SIN ESPOILER
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LA VISPERA DE LA BODA
La mansión Moretti nunca había estado tan llena de vida.
Faltaba solo un día para la boda de Lorenzo y Valeria, y desde muy temprano decenas de personas entraban y salían de la propiedad ultimando hasta el más mínimo detalle.
Floristas acomodaban enormes arreglos de rosas blancas y lirios.
Los chefs revisaban el menú por última vez.
Los organizadores recorrían los jardines verificando que cada mesa estuviera en su lugar.
Electricistas comprobaban la iluminación que transformaría la terraza frente al mar en un escenario de ensueño.
Todo debía salir perfecto.
No solo porque se trataba del líder de una de las organizaciones más poderosas de Italia.
Sino porque, para Lorenzo, aquel era el día en que volvería a formar una familia.
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En el segundo piso de la mansión, Valeria observaba desde el balcón cómo los preparativos avanzaban.
Llevaba una taza de café entre las manos y una sonrisa tranquila.
Nunca imaginó que volvería a sentir aquella emoción.
Después de enviudar había cerrado su corazón durante años.
Había dedicado toda su vida a Victoria y a su carrera como modelo.
Jamás pensó que volvería a enamorarse.
Y, sin embargo, ahí estaba.
A unas horas de convertirse en la esposa de Lorenzo.
Escuchó que llamaban suavemente a la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó Victoria.
—Siempre.
La joven entró sonriendo.
Llevaba ropa cómoda y el cabello recogido en una coleta.
—Los organizadores quieren saber si prefieres las velas grandes o las pequeñas para el camino hacia el altar.
Valeria soltó una pequeña risa.
—No pensé que hubiera tantas decisiones.
—Yo tampoco.
Las dos caminaron hasta el balcón.
Durante unos minutos contemplaron el jardín.
—Mamá...
—¿Sí?
—Estás feliz.
Valeria sonrió.
—Muchísimo.
Victoria tomó su mano.
—Te ves diferente.
—¿Diferente?
—Sí.
Más tranquila.
Más... ligera.
Valeria miró el horizonte.
—Creo que durante muchos años solo sobreviví.
Victoria la observó en silencio.
—Y Lorenzo me enseñó que también podía volver a vivir.
Los ojos de la joven comenzaron a humedecerse.
Sin decir una sola palabra abrazó a su madre.
—Gracias por aceptar ser feliz otra vez.
Valeria la abrazó con fuerza.
—Gracias por permitírmelo.
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Mientras tanto...
En el despacho principal de la mansión...
Ian ayudaba a Lorenzo a revisar la lista de invitados.
—¿Cuántos faltan por confirmar?
—Solo tres familias.
Lorenzo cerró la carpeta.
—Perfecto.
Ian sonrió.
—Nunca te había visto tan nervioso.
—¿Yo?
—Has revisado la lista cinco veces.
—Solo quiero que todo salga bien.
Ian rio.
—Saldrá bien.
Lorenzo apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.
—Gracias por ayudarme con todo esto.
—No tienes que agradecerlo.
—Sí tengo.
Ian levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque has estado conmigo desde el primer día.
Has aceptado a Valeria con respeto.
Y también has hecho sentir bienvenida a Victoria.
Ian sonrió con sinceridad.
—Ellas también hicieron muy fácil quererlas.
Lorenzo lo miró unos segundos.
—Estoy orgulloso de ti.
Ian bajó ligeramente la mirada.
Aquellas palabras siempre significaban mucho para él.
—Gracias, papá.
Los dos se abrazaron brevemente.
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Al caer la tarde, los preparativos estaban prácticamente terminados.
Los organizadores permitieron que la familia recorriera por primera vez el lugar donde se celebraría la ceremonia.
Las cuatro personas caminaron lentamente hacia la terraza.
Victoria abrió mucho los ojos.
—Es... hermoso.
Miles de pequeñas luces colgaban entre los árboles.
El camino estaba cubierto de pétalos blancos.
El altar, construido de madera clara y decorado con flores, tenía como fondo el inmenso mar.
El sonido de las olas hacía que todo pareciera aún más especial.
Valeria llevó una mano a su pecho.
—Es mucho más bonito de lo que imaginaba.
Lorenzo sonrió satisfecho.
—Quería que fuera perfecto.
Ian observó la decoración.
—Lo lograron.
Durante varios minutos caminaron admirando cada detalle.
Los organizadores explicaban dónde estaría cada invitado.
Dónde tocaría la orquesta.
Dónde sería la recepción.
Todo parecía listo.
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Cuando cayó la noche, decidieron cenar juntos en la terraza antes de que comenzaran las últimas pruebas.
La conversación fue tranquila.
Recordaron el día en que Lorenzo y Valeria se conocieron.
Las bromas de Victoria durante la primera cena.
La sorpresa de Ian al conocerlas.
Y todas las experiencias que habían compartido durante el último año.
Las risas no faltaron.
En un momento, Valeria miró a sus hijos.
—¿Pueden hacerme un favor?
—Claro —respondieron ambos al mismo tiempo.
Ella sonrió.
—Pase lo que pase mañana...
Quiero que nunca pierdan la amistad que construyeron.
Ian y Victoria intercambiaron una mirada.
Los dos sonrieron.
—Lo prometemos —respondió Ian.
—Siempre seremos amigos —añadió Victoria.
Solo ellos sabían lo difícil que era pronunciar esas palabras.
Porque desde hacía meses ambos luchaban por ocultar sentimientos que ya no parecían los de una simple amistad.
Pero ninguno estaba dispuesto a arruinar la felicidad de sus padres.
Aunque eso significara guardar silencio.
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Más tarde, cuando todos comenzaron a retirarse para descansar, Victoria salió un momento al jardín.
Necesitaba respirar.
Las luces iluminaban el camino de piedra.
Escuchó unos pasos detrás de ella.
Era Ian.
—Pensé que te encontraría aquí.
Ella sonrió.
—¿Cómo lo supiste?
—Siempre vienes al jardín cuando necesitas pensar.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Ya me conoces demasiado.
—Supongo que sí.
Caminaron unos metros en silencio.
La brisa del mar era fresca.
—Mañana todo cambiará —dijo Victoria.
Ian asintió.
—Sí.
—Nuestros padres serán marido y mujer.
—Y nosotros...
Los dos guardaron silencio.
La palabra "hermanastros" quedó flotando en el aire, aunque ninguno fue capaz de pronunciarla.
Victoria respiró profundamente.
—Solo quiero que ellos sean felices.
Ian la miró.
—Yo también.
Ella levantó la vista hacia el cielo.
—Se lo merecen.
—Más que nadie.
Permanecieron unos minutos contemplando las estrellas.
Sin darse cuenta, sus manos quedaron muy cerca.
Apenas unos centímetros las separaban.
Pero ninguno dio el último paso.
Ambos sabían que aquello cambiaría todo.
Finalmente, Ian rompió el silencio.
—Será mejor descansar.
—Sí.
Comenzaron a caminar de regreso hacia la mansión.
Antes de entrar, Victoria se volvió hacia él.
—Buenas noches, Jack.
Ian sonrió al escuchar aquel apodo que tanto le gustaba.
—Buenas noches, Vicky.
Los dos entraron en la casa.
Sin saber que, cuando amaneciera, la boda de sus padres marcaría el inicio de una nueva etapa para toda la familia... y también el comienzo del mayor conflicto en sus propios corazones.