¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir en un mundo de mentiras?
Elara Varela ha perdido su herencia y su dignidad a manos de su propia familia, pero tiene una última carta que jugar, un matrimonio arreglado con el hombre más poderoso y enigmático de la región. Damian Montecristo vive confinado a una silla de ruedas, rodeado de enemigos que acechan su imperio.
Lo que nadie sospecha es que ambos guardan secretos letales. Elara oculta una mente brillante tras su fragilidad, y Damian esconde una fortaleza que desafía a la parálisis que todos creen real. En esta red de engaños, traiciones y ambición, lo único prohibido es confiar... y, sin embargo, es lo único que podría salvarlos.
Bajo una misma máscara, la verdad es el arma más peligrosa.
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El juego empieza en serio
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas, iluminando la habitación con un brillo nuevo, como si el mundo mismo hubiera cambiado con lo ocurrido la noche anterior. Elara despertó entre sábanas tibias, recostada sobre el pecho firme y sereno de Damian, escuchando el latido pausado y fuerte de su corazón. Al levantar la vista, lo encontró ya despierto, observándola con una ternura y una intensidad que la hacían sentir la mujer más protegida y deseada del mundo.
—Buenos días, esposa mía —murmuró él con voz ronca por el sueño, acariciando su mejilla con la yema de los dedos —A partir de hoy, nada será igual. Ya no fingiremos solo por sobrevivir… ahora lo haremos para ganar.
Se vistieron con cuidado, recuperando cada uno su apariencia habitual, él, inmóvil y serio en su silla de ruedas; ella, apacible y algo distraída, caminando con lentitud apoyada en su bastón. Pero ahora, cada mirada que se cruzaban llevaba un significado secreto, una promesa de complicidad absoluta. Bajaron juntos al comedor principal, donde ya esperaban el personal y, para sorpresa de Elara, una visita inesperada, Federico Montecristo, el tío de Damian, el hombre responsable de su supuesta desgracia.
Era un hombre mayor, de aspecto imponente pero mirada astuta y fría, que recorría cada rincón y cada rostro con desconfianza. Al verlos entrar, fingió una sonrisa amable y compasiva, acercándose despacio.
—¡Allí están! Mi querido sobrino… y su joven esposa. Qué gusto verlos juntos. Espero que todo esté siendo de su agrado aquí, señorita Elara.
—Muchas gracias, señor —respondió ella con voz dulce y apocada, bajando la mirada tal como tenía acostumbrado —Todo es muy hermoso, aunque a veces me siento un poco perdida entre tantas cosas importantes que no entiendo.
Federico soltó una risa baja y satisfecha, creyendo confirmar lo que ya sabía, que ella era inofensiva e ignorante. Se volvió hacia Damian, fingiendo preocupación.
—He venido porque hay negocios urgentes que atender. Como sabes, estando tú en esta situación, he tenido que tomar muchas decisiones por ti… y ahora hay una inversión muy grande que firmar, muy beneficiosa para todos, pero que necesita tu firma inmediata.
Puso sobre la mesa documentos gruesos y llenos de cifras complejas, esperando que Damian los aceptara sin leerlos bien, tal como había ocurrido otras veces. Pero esta vez, Damian levantó la vista despacio, con esa calma helada que aterrorizaba a cualquiera, y habló con suavidad cortante.
—Es cierto, tío… yo ya no puedo ocuparme de nada con claridad. Pero afortunadamente, ahora tengo a mi esposa. Aunque parezca lo que parece, tiene una vista muy aguda y le gusta mucho mirar papeles y números. ¿Verdad, querida? —dijo, mirándola con una chispa de desafío y confianza.
Elara sintió cómo la sangre le aceleraba, pero mantuvo la compostura perfecta. Se acercó despacio a la mesa, tomó los documentos con manos que parecían torpes pero que sostenían todo con firmeza, y empezó a pasar las páginas con lentitud exagerada, como si apenas entendiera lo que veía. Mientras tanto, Federico la observaba impaciente y burlón, seguro de que no encontraría nada extraño.
Pero ella sí lo encontró. Conocía ese tipo de trucos perfectamente, cláusulas ocultas que transferían propiedades y acciones al nombre del tío, deudas falsas cargadas a la empresa familiar, ganancias desviadas… todo diseñado para dejar a Damian sin absolutamente nada en poco tiempo.
—Ay… qué letras tan pequeñas —murmuró ella fingiendo confusión, señalando con el dedo justo donde estaba el engaño principal —Aquí dice… ¿que todo pasa a su nombre, señor Federico? Qué raro… yo creí que todo debía seguir siendo de mi esposo.
El rostro del hombre cambió de golpe, perdiendo toda amabilidad, mirándola con dureza y amenaza velada.
—No entiende nada, muchacha. Son cosas de hombres, de negocios serios. Deje eso y aléjese.
En ese instante, la mano de Damian golpeó suavemente la mesa, pero con tal autoridad que todos se quedaron inmóviles.
—Ella habla por mí ahora —dijo con voz grave y profunda que llenó toda la estancia —Y si ella duda de algo, yo también lo hago. Estos documentos no se firmarán hoy. Se quedarán aquí para revisarlos con calma. Volveremos a hablar de ello cuando todo esté en orden.
Federico comprendió de inmediato que el juego había cambiado. No pudo hacer otra cosa que retirarse furioso pero sin poder protestar más, lanzando una mirada llena de advertencia hacia ambos antes de salir.
En cuanto quedaron solos, Damian extendió la mano hacia ella con una sonrisa de orgullo inmenso, y al tomarla la atrajo hacia sí con ternura y pasión.
—Lo hiciste perfecto, mi vida. Lo pusiste contra las cuerdas sin levantar ni la voz. Eres brillante.
—Apenas empiezo —respondió ella acercándose más, sintiendo su calor y su fuerza —Pero ahora sabemos con claridad hasta dónde llega su codicia. Y que no dudará en atacarnos de frente si siente que pierde el control.
Y así fue como esa misma tarde ocurrió el primer intento directo. Mientras caminaban por los senderos apartados del jardín, lejos de la vista de los sirvientes, dos hombres encapuchados salieron de entre los árboles con paso decidido, cerrándoles el paso con intenciones nada buenas.
—¡Quédate detrás de mí! —ordenó Damian al instante, y antes de que ella pudiera reaccionar, se puso de pie con agilidad sorprendente, desplegando toda su altura y fuerza, dejando caer la silla de ruedas al suelo con estruendo.
Elara se quedó sin aliento al verlo erguido, firme, lleno de una presencia imponente y temible que jamás había mostrado ante nadie. Con movimientos rápidos y precisos, se enfrentó a los atacantes, defendiéndose y protegiéndola al mismo tiempo, golpeando con firmeza hasta hacerlos huir despavoridos al ver que su víctima “indefensa” era mucho más peligrosa que ellos.
Cuando todo quedó en silencio, Damian se giró hacia ella, con el cabello algo desordenado y la mirada encendida, pero llena de ternura al verla sana y salva. Ella corrió hacia él olvidando su cojera por completo, y lo abrazó con fuerza, sintiendo sus brazos rodearla y alzarla casi en el aire con facilidad.
—Ahora ya no hay vuelta atrás —le susurró contra el oído, con voz firme y emocionada —Ya no me esconderé más ante ti, ni ante nadie si es necesario. Lucharemos hombro con hombro, hasta limpiar todo lo sucio que han hecho.
La besó entonces con pasión desbordada, bajo el cielo abierto, sellando una alianza que nadie podría romper. Luego, con suavidad, la tomó en brazos y la llevó de regreso hacia la casa, mientras ella se apoyaba en su pecho, sintiéndose la mujer más afortunada y valiente del mundo. Sabían que los desafíos más grandes aún estaban por llegar, que sus enemigos se volverían más crueles y desesperados… pero también sabían que juntos eran invencibles, y que el amor que los unía era su mayor fortaleza y su mejor arma.