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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 3

Capítulo 3

Tres identidades

El segundo día en la residencia de Lomas, Valentina aprendió a ser dos personas.

Por la mañana era "Mariana". Se sentaba a la mesa del desayuno con el pelo suelto y un vestido de punto que había sacado del clóset de la habitación principal. Sonreía cuando Nana le servía fruta. Contestaba "Gracias, abuelita" cuando Doña Carmen le mandaba un mensaje preguntando si había dormido bien. Firmaba como "la señora Quirós" en los recados que dejaba el ama de llaves.

Alejandro desayunaba en silencio. Leía algo en la tableta, tomaba su café, y se iba a la oficina sin despedirse. La miraba poco. Pero cuando la miraba, lo hacía con esa intensidad que le apretaba algo en el pecho.

Por la tarde era "Lucero". Pantalón oscuro, blusa blanca, la marca de nacimiento falsa pegada en la mejilla, el pelo recogido en un chongo tirante. Invisible. Cuando Mariana llegaba de visita —porque para el mundo, la "señora" iba y venía—, Valentina se convertía en su sombra silenciosa. Le cargaba el bolso, le servía agua, le acomodaba la silla. Con la cabeza baja y las manos quietas.

Actuar le salía bien. El cambio la mataba.

Un minuto estaba riéndose en la cocina con Nana mientras picaban verdura para la comida, y al siguiente escuchaba el timbre de la puerta y tenía cuarenta segundos para quitarse el anillo de casada, recogerse el pelo, pegarse la mancha en la cara y bajar por la escalera de servicio antes de que Mariana entrara por la puerta principal.

El tercer día, Mariana llamó a las nueve de la mañana.

—Necesito que me digas exactamente qué hizo Alejandro ayer. Todo. A qué hora llegó, con quién habló, cuántas veces salió del estudio, si alguien lo visitó.

Valentina se encerró en el baño del cuarto de servicio y bajó la voz.

—Llegó a las siete y cuarto. Cenó solo. No recibió visitas. Subió al estudio a las ocho y no salió hasta las once. Se fue a dormir.

—¿Habló contigo?

—Un par de frases en la cena. Me preguntó si la cama estaba cómoda.

—¿Y qué le dijiste?

—Que sí.

Silencio al otro lado. Valentina casi podía oír a Mariana calculando si esa conversación contenía alguna señal de peligro.

—No le hables de más. No lo busques. No le coquetees. Tú solo estás ahí para quedar embarazada, ¿entiendes? Si él quiere contacto físico, cooperas. Si no, te quedas quieta.

—Entiendo, hermana.

—Y llámame a diario. No me importa la hora.

Colgó.

Valentina se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono. La imagen de Mariana como contacto era una foto de las dos juntas, obligada, en algún cumpleaños de la familia Solís. No eran gemelas, pero habían heredado de Arturo la misma estructura del rostro: con el maquillaje, el peinado y la postura adecuados, el parecido resultaba desconcertante. Mariana usaba un vestido de diseñador y Valentina un uniforme de servicio; esa diferencia bastaba para que casi nadie mirara dos veces.

El teléfono sonó otra vez. Número distinto. Valentina vio el nombre en la pantalla y se le heló la sangre.

Elena Navarro.

La madre de Mariana. La mujer que le había hecho la vida imposible a Aurora Reyes hasta que su cuerpo no aguantó más. La mujer que la había encerrado en la casa Solís como si fuera un mueble, y que la prestaba a Mariana como si fuera una herramienta.

Contestó.

—¿Ya hiciste lo que te pidió tu hermana?

La voz de Elena era aguda y cortante, como un cuchillo de cocina barato.

—Sí, señora.

—Bien. Espero que no te estés haciendo ilusiones, Valentina. Ese hombre no es para ti. Haces tu trabajo, te embarazas, entregas al bebé y vuelves a tu lugar. ¿Está claro?

—Clarísimo.

—Más te vale. No te vayas a creer que por dormir una noche con él ya eres alguien. Tu madre se creyó lo mismo con Arturo y mira cómo le fue.

Valentina apretó el teléfono hasta que le crujieron los nudillos. Se mordió la lengua. La sangre le sabía a metal.

—¿Algo más, señora?

—No. Haz tu trabajo.

Colgó.

Valentina se sentó en el borde de la bañera del baño de servicio y respiró hasta que dejó de temblar. Se lavó la cara con agua fría. Se miró en el espejo.

"Tu madre se creyó lo mismo."

Aurora Reyes no se había "creído" nada. Aurora Reyes había sido violada por Arturo Solís una noche que él llegó borracho, y después Elena la había destruido pieza por pieza hasta matarla de a poco.

Valentina se secó la cara con la toalla y salió del baño.

Esa tarde, Nana le pidió que preparara el café de la oficina.

—El señor se queja de que el café de Rosita sabe a agua de calcetín. A ver si tú lo haces mejor, que te vi moler los granos esta mañana y se te da bien.

Valentina subió al segundo piso con la bandeja. La puerta del estudio estaba entreabierta. Tocó con los nudillos.

—Pase.

Entró. El estudio era grande, con libreros de piso a techo, un escritorio de madera oscura, y un ventanal que daba al jardín. Alejandro estaba sentado detrás del escritorio con la camisa arremangada y el ceño fruncido sobre unos documentos. Junto a él, de pie y en silencio, un hombre alto de traje negro que Valentina no había visto antes.

Cara cuadrada. Mandíbula dura. Ojos que registraban todo y no soltaban nada. Parecía el tipo de persona que podía romperle un brazo a alguien sin cambiar de expresión.

Bruno Estrada. El asistente de Alejandro. Nana la había prevenido: "Ese no habla, pero ve todo. Ten cuidado con él."

Valentina dejó la taza en el escritorio. Café negro, sin azúcar, cargado. Lo había preparado con granos que encontró al fondo de la alacena —tostado medio, molido a mano, probablemente caro— y le había ajustado la extracción para que no quedara amargo.

—Con permiso, señor.

Se dio la vuelta para irse.

—Espera.

Se detuvo.

Alejandro tomó un trago del café. Otro. Dejó la taza en el escritorio y la miró.

—¿Quién hizo esto?

—Yo, señor.

—¿Cómo te llamas?

—Lucero, señor. Lucero Vargas. Soy la asistente personal de la señora.

Él la observó. La marca falsa en la mejilla. Las manos ocupadas con la charola. La atención medida. Todo en ella decía "personal de servicio", pero la forma en que lo miraba cuando levantaba los ojos —rápida, directa, un destello de algo detrás de la sumisión— decía otra cosa.

—El café está diferente hoy. —Le dio otro trago—. Mejor que ayer.

—Gracias, señor.

—Mañana lo quiero igual.

—Sí, señor.

Valentina salió del estudio y cerró la puerta. En el pasillo, exhaló.

Un cumplido. O algo parecido. De un hombre que Nana decía que rara vez abría la boca para algo que no fuera una orden o una queja.

Detrás de la puerta, Bruno miró a Alejandro.

—¿Esa es la nueva?

Alejandro giró la taza entre los dedos.

—Sí.

—No la había visto antes.

—Llegó con Mariana.

Bruno asintió. No dijo más. Pero algo en la forma en que la mujer había entrado y salido del estudio no le cuadraba. El personal nuevo solía ponerse nervioso frente a Alejandro. Esta controlaba cada músculo de la cara con demasiada precisión para alguien que supuestamente estaba nerviosa.

Bruno lo archivó mentalmente. Ya investigaría después.

En la cocina, Valentina encontró a Nana lavando unas ollas.

—¿Qué dijo?

—Que mañana lo quiere igual.

Nana se limpió las manos en el mandil y le dio una palmada en el hombro.

—Niña, llevas tres días aquí y ya lograste lo que Rosita no pudo en seis meses. A lo mejor te quedas.

Valentina sonrió. La sonrisa de Lucero: pequeña, humilde, agradecida.

Por dentro, estaba haciendo cuentas.

El café era su entrada al estudio. El estudio era el territorio de Alejandro. Si todas las mañanas tenía que subir a llevarle café, todas las mañanas tendría un minuto a solas con él.

Un minuto al día no parecía mucho.

Pero para lo que Valentina tenía planeado, era más que suficiente.

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Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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