Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 3. LAS MENTES BRILLANTES Y LOS REFUGIOS DE MADERA
Dos años transcurrieron bajo los techos altos de Santa María, transformando los cuerpos y las rutinas de los muchachos, pero dejando intacto el núcleo de su complicidad. Tom había cumplido los doce años y su fisonomía empezaba a estirarse, adquiriendo esa espigada torpeza típica de la preadolescencia. Alie, con sus ocho años recién estrenados, seguía siendo una chiquilla menuda, pero su mirada azul había ganado una madurez y una agudeza que desconcertaba a las propias religiosas.
Para el cuerpo docente del orfanato, Tom se había convertido en un fenómeno de estudio. Lo que al principio consideraron una simple facilidad para el cálculo mental resultó ser un intelecto fuera de toda norma. Tras una serie de evaluaciones exhaustivas solicitadas por Sor Elena a la junta de educación del distrito, los resultados oficiales confirmaron que el muchacho era superdotado. Su capacidad de retención, su lógica abstracta y su velocidad para descifrar algoritmos complejos duplicaban la media. Aquel diagnóstico supuso un cambio radical en su rutina escolar: las autoridades determinaron que el aula de su edad era un freno para su desarrollo, por lo que fue adelantado dos cursos académicos de golpe.
Ese ascenso, que para cualquier otro joven habría sido motivo de orgullo, supuso para Tom un nuevo muro de aislamiento. Compartir pupitre con muchachos de catorce y quince años, que lo veían como un bicho raro o una amenaza para sus calificaciones, incrementó su tendencia a la introversión. En los pasillos del instituto del pueblo, Tom era un islote solitario; un especialista de los números atrapado en el cuerpo de un niño que se negaba a socializar con quienes consideraba inmaduros.
El único cable a tierra de Tom, el único faro que evitaba que su mente se perdiera en la frialdad de las matemáticas, seguía siendo Alie.
Todas las tardes, al regresar de sus clases avanzadas, el chico ignoraba las invitaciones de los tutores para unirse a los talleres de debate o de ajedrez. Su prioridad absoluta era cruzar el patio de Santa María y buscar la cabellera castaña de la niña. El refugio de ambos ya no era solo el suelo arcilloso junto a la tapia de piedra, sino un viejo desván abandonado sobre las caballerizas del convento, un lugar cubierto de polvo y trastos viejos donde las monjas rara vez subían.
Aquella tarde de otoño, el frío calaba los huesos. Tom subió los crujientes peldaños de madera del desván portando bajo el brazo un pesado manual de economía que le había prestado uno de sus profesores de secundaria. Al abrir la puerta carcomida, se encontró a Alie sentada sobre una manta descolorida, alumbrada por la luz mortecina que se filtraba a través de un tragaluz circular. La niña estaba concentrada, escribiendo en unas hojas sueltas que mantenía unidas con una pinza de ropa.
—Vuelves tarde hoy —dijo Alie sin levantar la vista del papel, aunque una sonrisa delató su alivio al escucharlo llegar—. Sor Elena andaba preguntando por ti para que le ayudes con el inventario de la despensa. Dice que tú sumas los sacos de harina el doble de rápido que la calculadora de la oficina.
Tom sonrió de medio lado, dejando caer el libro sobre el suelo de tablones ásperos antes de dejarse caer a su lado. El olor a papel viejo y madera seca los envolvía como una armadura contra el resto del mundo.
—Me retuvieron en la biblioteca —explicó Tom, pasándose una mano por el cabello alborotado—. El director quiere que me presente a unas olimpiadas nacionales de matemáticas el próximo mes. Dice que si gano, habrá una beca universitaria asegurada para el futuro.
Alie dejó el lápiz a un lado y lo miró fijamente, con esos ojos azules tan limpios y expresivos. Una sombra de preocupación cruzó su rostro infantil.
—¿La universidad? Pero eso es para cuando seas mayor, Tom. Falta mucho para eso.
—No tanto —replicó él, con una seriedad que no correspondía a sus doce años—. El profesor dice que al ritmo que voy, terminaré la educación preparatoria a los dieciséis. En cuanto cumpla los dieciocho, tendré que marcharme de aquí, Alie. El Estado no mantiene a nadie en el orfanato después de la mayoría de edad. Tengo que estar preparado. Necesito una carrera, un negocio propio, dinero. Solo así podré ser libre y nadie volverá a decidir por mí.
Alie asimiló las palabras en silencio. El concepto del tiempo y del futuro a veces le resultaba inabarcable, pero la idea de que Tom se marchara del orfanato dejándola sola le causaba un pinchazo helado en el estómago. Se acercó un poco más a él, buscando la calidez de su costado.
—¿Y qué estás escribiendo tú? —preguntó Tom, cambiando de tema con delicadeza al notar el sutil cambio de ánimo en su amiga. Tomó una de las hojas sueltas que ella custodiaba con tanto celo.
—Es una historia —respondió Alie, sintiendo que las mejillas se le encendían un poco por la timidez—. Una de las novelas de aventuras que me gustan. Va sobre un caballero que se pierde en un bosque de niebla y tiene que descifrar los acertijos de las estrellas para encontrar el camino de regreso a su castillo. Pero el caballero no sabe de números, así que está atrapado.
Tom leyó los primeros párrafos con atención. La caligrafía de Alie era redonda y esmerada, y la riqueza de las palabras que empleaba para describir el bosque denotaba una sensibilidad literaria inusual para sus ocho años. Era el contraste perfecto a su mente analítica: donde Tom veía fórmulas, vectores y variables macroeconómicas, Alie veía metáforas, sentimientos y universos literarios.
—El caballero no necesita saber de estrellas —dictaminó Tom, devolviéndole la hoja con una mirada cargada de un afecto profundo que solo reservaba para ella—. Solo necesita una brújula. O alguien que lo guíe desde fuera del bosque.
—Pues tú serás mi brújula —afirmó Alie con total naturalidad, clavando sus ojos en los de él—. Si un día me pierdo escribiendo mis historias, tú harás las cuentas para saber cómo regresar.
—Hecho —prometió Tom en un susurro, sintiendo que el peso de su superdotación y la presión de las expectativas ajenas se desvanecían por completo cuando estaba en aquel desván con ella.
Los días continuaron su curso y el vínculo entre ambos se hizo tan evidente que Sor Elena comenzó a vigilarlos con una mezcla de ternura y cautela. La religiosa sabía que los niños criados en el desamparo tendían a aferrarse con desesperación a la primera mano que les brindaba afecto, pero lo de Tom y Alie iba más allá de una simple necesidad de compañía. Se complementaban de una forma casi mística. Cuando Tom sufría de insomnio por culpa de una mente que nunca dejaba de procesar datos, Alie se sentaba en el suelo del pasillo y le leía fragmentos de sus cuentos en voz baja hasta que los ojos verdes del muchacho se cerraban por el cansancio. Cuando Alie flaqueaba en sus tareas de geografía o se sentía abrumada por la disciplina del convento, Tom aparecía con un esquema simplificado que convertía el estudio en un juego de lógica elemental.
Eran inseparables, dos piezas de un engranaje perfecto que el destino había decidido juntar en el rincón más humilde del mundo, preparándolos sin que lo supieran para las tormentas que el futuro les tenía reservadas.