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EL TAMPLIN QUE DOMO AL JEFE MAFIOSO

EL TAMPLIN QUE DOMO AL JEFE MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Mafia / Posesivo
Popularitas:622
Nilai: 5
nombre de autor: Fernando Perez

El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.

NovelToon tiene autorización de Fernando Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA VISITA

Pasaron 3 días.

3 días eternos para Catalina.

3 días donde el celular vibraba a las 6 pm en punto y ella saltaba como si le hubieran disparado.

**D: Estas ahí?**

**D: Llueve. No salgas.**

**D: Guarda tamplin para mí. Paso después.**

3 días donde Damián no apareció por el mercado. Y eso la tenía peor que la lluvia.

"¿Y si se aburrió? ¿Y si encontró otra vendedora?" pensaba Catalina mientras lavaba las ollas.

El jueves amaneció gris otra vez. Pero a las 5 pm, justo cuando estaba prendiendo el fuego, el celular vibró.

Catalina lo sacó con las manos temblorosas. Tenía harina en los dedos.

**D: Hoy no voy al mercado. Voy a tu casa. 8 pm. Dirección?**

El mundo se le vino encima.

Leyó el mensaje 10 veces. 20 veces.

"¿A mi casa? ¿Por qué? ¿Qué quiere en mi casa?"

El pánico le subió por la garganta. Su casa era un conventillo. Dos piezas. El techo con goteras. El piso de cemento. Olía a humedad y a remedio.

¿Y si Damián entraba y veía todo? ¿Y si le daba asco? ¿Y si se arrepentía de ayudarla al ver la pobreza donde vivía?

"Dirección?" decía el mensaje. Seguía esperando.

Catalina escribió con dedos torpes:

**Cata: Calle 12 # 458. Quilmes. Pero... no hace falta que venga...**

Borré. No podía decirle que no.

**Cata: Calle 12 # 458. Quilmes. La espero.**

Enter. Lo mandó. Y se arrepintió al segundo.

---

Las siguientes 3 horas fueron un caos.

Catalina limpió como loca. Trapeó 3 veces. Barrió. Sacudió. Lavó los platos que estaban desde ayer. Escondió la ropa vieja. Tapó la gotera con un balde.

"¿Qué pasa, hija?" preguntó su mamá desde la cama. "Estás nerviosa."

"Nada, mamá. Viene... viene un cliente. A hablar de negocios."

"¿Un cliente a las 8 de la noche?" Su mamá la miró con desconfianza. "Catalina, ten cuidado."

"Es buena persona, mamá. Me ha ayudado."

"Eso es lo que me preocupa."

A las 7:30 pm Catalina se cambió 3 veces. Se puso el único vestido que tenía. El negro. Se lavó la cara. Se peinó.

Se veía mal. Pero limpia.

A las 8 pm en punto tocaron.

Tres golpes. Fuertes. Seguros. Como él.

Catalina abrió la puerta y se le cortó la respiración.

Era Damián.

Traje negro impecable. Pelo mojado por la llovizna. Y en la mano una bolsa grande del supermercado. Pesada.

"¿Puedo pasar?" preguntó. Por primera vez en su vida pidió permiso.

"Pase... pase, Damián." Catalina se hizo a un lado.

Entró.

Y se quedó parado 2 segundos mirando todo.

La pieza chica. La cama de la mamá en un rincón con frazadas remendadas. La mesita con los remedios. La cocina pegada a 2 metros. El techo con manchas de humedad. El balde debajo de la gotera.

No dijo nada. No hizo cara de asco. No torció la boca. Solo entró y cerró la puerta.

"Buenas noches, señora" dijo, saludando a la mamá de Catalina que estaba sentada en la cama.

La mamá, flaca y nerviosa, se acomodó. "Buenas noches, señor."

"Me llamo Damián. Soy cliente de Catalina. Vengo a hablar un momento."

Su voz llenó la pieza chica. Era grave. Fuerte. Pero no gritó.

Se sentó en la única silla que había. La de madera, rota, que Catalina usaba para cocinar. No le importó que crujiera.

Catalina corría de un lado a otro. "¿Quiere... quiere té? ¿Agua? ¿Algo?"

"Té." Dijo él. "Si no es molestia."

"No es molestia."

Sirvió el té en las únicas dos tazas que tenía. Una descascarada. Le dio la mejor a Damián.

Los tres tomaron té en silencio. Se oía la lluvia afuera y la gotera cayendo en el balde: tac... tac... tac...

Damián miró todo. Las fotos viejas en la pared. La tele chiquita. El saco de él colgado para secarse.

Al final dejó la taza en la mesa. Hizo ruido.

"Señora" dijo, mirando a la mamá. "Su hija cocina muy bien. El mejor tamplin de Quilmes. De Argentina."

La mamá sonrió nerviosa. "Gracias, señor. Ella es buena chica. Trabajadora."

"Lo sé." Damián la miró a Catalina. "Por eso estoy aquí."

Catalina se tensó. El corazón le latía en la garganta. "¿Por eso?"

"Quiero ayudarla. A ustedes dos." Fue directo. Sin rodeos. "Con la medicina. Con el alquiler. Con la comida. Con lo que necesiten."

La mamá y Catalina se miraron.

"¿A cambio de qué?" preguntó la mamá. Cauta.

"A cambio de nada." Damián se recostó en la silla. "Solo quiero que estén bien. Que no pasen frío. Que no se preocupen."

"Pero señor..." la mamá dudaba.

"Llámeme Damián." La cortó. "Y no es limosna. Es... inversión."

Catalina no entendía. "¿Inversión?"

"En el mejor tamplin de Quilmes." Sonrió. Casi imperceptible. "Si ustedes están bien, Catalina cocina mejor. Y yo como mejor."

Era mentira. Y los tres lo sabían.

La mamá se puso a llorar. Bajito. "Dios te bendiga, Damián. De verdad. No sabe la falta que nos hace."

Damián se incomodó. Se rascó la nuca. "No soy hijo de nadie. No me bendiga. Solo... quiero ayudar."

Se quedó 20 minutos más.

Preguntó por la diabetes. "¿Cada cuánto la insulina?"

Preguntó por el trabajo. "¿Cuánto vendes por día?"

Preguntó por el frío. "¿Tienen calefactor?"

Catalina contestaba todo bajito. Su mamá también.

Antes de irse, Damián dejó la bolsa grande en la mesa. "Comida. Para la semana. Y un calefactor chico. Para el frío."

Catalina abrió la bolsa. Había arroz, fideos, leche, carne, pan. Y abajo, un calefactor nuevo.

"Yo... yo no puedo..."

"Sí puedes." La cortó. "Y lo harás."

La acompañó a la puerta. La lluvia había parado.

"Gracias" dijo Catalina. Otra vez.

Damián se quedó mirándola en el marco de la puerta. El pasillo oscuro atrás.

"¿Puedo volver?" preguntó. Bajito.

Catalina sintió que se ahogaba. Asintió. "Cuando... cuando quiera, Damián."

Él asintió. "Bien."

Se fue. Caminó bajo la llovizna hasta la camioneta. Sin apuro.

---

Catalina cerró la puerta y se apoyó en ella.

Su mamá la abrazó. "Hija... qué buen hombre."

"¿Lo es, mamá?"

"No lo sé. Pero vino a nuestra casa. Y no puso mala cara."

Esa noche Catalina no durmió.

Porque Damián había entrado a su casa. A su vida. A su pobreza.

Y no se había ido corriendo.

Se había quedado. Había tomado té. Había preguntado.

Y había vuelto a pedir permiso para volver.

Por primera vez, Catalina tenía miedo de que se quedara.

Y más miedo todavía de que se fuera.

**FIN CAPÍTULO 8**

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