La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10 LA TRAICIÓN
La primera noche después de la boda que nunca ocurrió, Lucía descubrió que el dolor podía tener distintas formas.
Estaba el dolor de perder a alguien.
El dolor de ser engañada.
El dolor de sentir miedo.
Y estaba aquel dolor extraño que aparecía cuando ninguna de esas cosas podía separarse de las demás.
Mateo había desaparecido.
Había sangre en su automóvil.
Había documentos que ella no entendía.
Había personas que conocían su nombre.
Y, aunque nadie lo había dicho todavía de manera definitiva, todo apuntaba a una sola posibilidad.
Mateo podía estar muerto.
Lucía seguía llevando el vestido de novia.
Habían pasado varias horas desde que abandonaron la iglesia, pero ella no recordaba exactamente cómo había llegado a la comisaría.
Recordaba el automóvil.
Las sirenas.
La voz de un policía.
La mano de su madre sosteniéndola.
El rostro de Roberto.
A Diego llorando en silencio.
Después, nada.
O quizá demasiadas cosas.
Preguntas.
Documentos.
Nombres.
La misma pregunta una y otra vez:
—¿Cuándo fue la última vez que habló con Mateo?
Lucía había respondido.
—Hoy.
—¿A qué hora?
—Antes de las cinco.
—¿Qué le dijo?
—Que estaba en peligro.
—¿Qué más?
—Que buscara una caja azul.
—¿Qué caja?
—No sé.
—¿Quién es Valentina Ríos?
Lucía había respondido:
—La mujer con la que me engañó.
Los policías se habían mirado entre sí.
Y ella había entendido que aquella información podía ser más importante de lo que parecía.
A las diez de la noche, finalmente la dejaron salir.
No porque hubieran terminado las preguntas.
Sino porque necesitaban continuar la investigación.
Un policía le explicó que probablemente tendría que regresar.
Lucía no dijo nada.
Simplemente salió.
Teresa la esperaba afuera.
Cuando la vio, la abrazó.
Lucía se dejó abrazar.
No tenía fuerzas para mantenerse de pie sola.
—Vamos a casa —dijo Teresa.
Lucía asintió.
Pero antes de caminar, miró hacia la calle.
Había coches.
Personas.
Luces.
Una ciudad completamente normal.
Le resultaba insoportable.
¿Cómo podía el mundo seguir funcionando?
¿Cómo podía alguien estar comprando comida?
¿Cómo podía un autobús pasar lleno de personas?
¿Cómo podía un niño reír?
¿Cómo podía una pareja caminar de la mano?
Su vida acababa de detenerse.
Y el mundo no parecía haberse enterado.
En el automóvil, nadie habló durante varios minutos.
Roberto conducía.
Teresa iba adelante.
Lucía estaba atrás con Diego.
Su vestido estaba arrugado.
La falda ya no tenía la forma que había tenido en la iglesia.
Una pequeña mancha de maquillaje había quedado cerca de su mejilla.
Diego la miraba de vez en cuando.
Finalmente habló:
—¿Quieres que paremos?
Lucía negó.
—No.
—¿Estás bien?
Ella soltó una pequeña risa.
—No.
Diego bajó la mirada.
Lucía apoyó la frente contra la ventana.
Entonces recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
No contestó.
Volvió a llamar.
Lucía apagó el teléfono.
Diego la observó.
—¿Quién era?
—No sé.
—¿Quieres que lo revise?
—No.
—Lucía...
—No.
Quería cerrar los ojos.
Quería dormir.
Quería despertar y descubrir que todo había sido un sueño.
Pero sabía que no ocurriría.
Llegaron a casa cerca de las once.
La puerta estaba cerrada.
Roberto la abrió.
Lucía entró.
Todo seguía igual.
El sofá.
La televisión.
La mesa.
El calendario.
Las fotografías.
La cocina.
Su taza.
Su habitación.
Todo.
Y precisamente por eso sintió algo dentro de ella romperse.
Había salido esa mañana vestida de novia.
Ahora regresaba sin esposo.
Sin boda.
Sin seguridad.
Sin saber siquiera si el hombre al que había amado durante seis años seguía vivo.
Teresa quiso acompañarla a su habitación.
Lucía negó.
—Quiero estar sola.
—No.
—Mamá.
—No te voy a dejar sola.
Lucía la miró.
—Necesito quitarme este vestido.
Teresa asintió lentamente.
—Está bien.
Entró con ella.
Lucía cerró la puerta.
Durante varios minutos ninguna habló.
Finalmente Teresa la ayudó a quitarse el vestido.
Lucía se quedó frente al espejo.
Sin maquillaje.
Sin peinado.
Sin vestido.
Era ella nuevamente.
Pero no se reconocía.
Teresa dobló la prenda.
—¿Qué hacemos con esto?
Lucía lo miró.
—Guárdalo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Teresa lo colocó dentro del armario.
Lucía cerró la puerta.
Y por un momento creyó que con aquel gesto podía cerrar también todo lo ocurrido.
Pero no podía.
A medianoche, Lucía abrió la libreta.
La misma donde había comenzado a anotar sus sospechas.
Las páginas anteriores parecían pertenecer a otra mujer.
Leyó:
Mateo tiene una deuda.
Transferencias desde mi cuenta.
Valentina.
Ferrer Logística.
Alguien me amenaza.
Y al final:
Mateo dijo que podía estar en peligro.
Lucía agregó una nueva línea.
Mateo desapareció el día de nuestra boda.
Se quedó mirando.
Después escribió:
Hay sangre en su automóvil.
No quiso escribir la siguiente frase.
Le costó varios minutos.
Finalmente la escribió.
Puede estar muerto.
El bolígrafo se le cayó de la mano.
Lucía comenzó a llorar.
No quería llorar por él.
No después de descubrir la traición.
No después de la mentira.
Pero seis años no desaparecían en una tarde.
No podía borrar de su mente al hombre que la había esperado fuera de la universidad.
Al hombre que había llevado sopa a su madre.
Al hombre que había ayudado a Diego.
Al hombre que le había puesto un anillo.
Ese hombre y el hombre que la había engañado parecían dos personas diferentes.
Y, sin embargo, eran la misma.
Esa era la parte más difícil de aceptar.
A la una de la madrugada, Lucía recibió un mensaje.
El teléfono estaba sobre la mesa.
La pantalla se encendió.
“¿Ya entendiste?”
Lucía sintió un escalofrío.
No respondió.
Llegó otro.
“Mateo cometió su último error.”
Lucía sintió que la respiración se le cortaba.
Después apareció un tercero.
“Ahora falta que tú entregues lo que él escondió.”
Ella miró alrededor.
No había nadie.
Pero por primera vez sintió que su propia habitación ya no era segura.
El teléfono volvió a vibrar.
“No sabemos cuánto sabes.”
Lucía apretó el aparato.
Quiso responder.
Quiso preguntar quién era.
Quiso saber dónde estaba Mateo.
Pero recordó la advertencia de Valentina.
Recordó el rostro de Mateo.
Y no respondió.
A las siete de la mañana llegó nuevamente la policía.
Esta vez fueron dos agentes.
Roberto abrió la puerta.
—¿Otra vez?
—Necesitamos hablar con Lucía.
Ella salió de su habitación.
Uno de los agentes llevaba una carpeta.
—Señorita Andrade, encontramos nuevas evidencias.
Lucía sintió miedo.
—¿De Mateo?
—Sí.
—¿Está vivo?
El agente dudó.
Ese silencio volvió a aparecer.
—Encontramos el cuerpo esta madrugada.
Lucía dejó de respirar.
Teresa se llevó una mano a la boca.
Diego se quedó inmóvil.
Roberto cerró los ojos.
Lucía sintió que el suelo se movía.
—¿Dónde?
—A las afueras de la ciudad.
—¿Cómo murió?
—Todavía estamos esperando el informe completo.
—¿Pero saben...?
El agente respiró.
—Hay indicios de una muerte violenta.
Lucía cerró los ojos.
No lloró.
No inmediatamente.
Simplemente se quedó allí.
Vacía.
Como si su cuerpo hubiera comprendido algo que su mente todavía no podía aceptar.
Mateo estaba muerto.
Las horas siguientes fueron confusas.
Reconocimiento.
Preguntas.
Documentos.
Llamadas.
La familia de Mateo llegó.
Su madre lloraba.
Su hermano estaba furioso.
Algunos familiares miraban a Lucía con una expresión difícil de interpretar.
Dolor.
Compasión.
Y, en algún caso, sospecha.
Porque una muerte siempre necesita una explicación.
Y cuando una persona aparece muerta el mismo día en que debía casarse, la gente comienza a formular sus propias conclusiones.
Lucía lo comprendió cuando escuchó a alguien decir:
—Quizá discutieron.
Otra persona respondió:
—Ella fue la última persona que habló con él.
Lucía se quedó inmóvil.
Sí.
Era verdad.
Ella había hablado con Mateo.
Pero no lo había matado.
No sabía cómo convencer a alguien de algo que ni siquiera podía demostrar.
Por la tarde, uno de los agentes regresó.
—Necesitamos mostrarle algunas cosas.
Lucía se sentó.
Sobre la mesa colocaron varias fotografías.
No del cuerpo.
Del vehículo.
Del lugar donde había sido encontrado.
Una fotografía mostraba el asiento del conductor.
Otra, el interior.
Otra, una de las puertas.
Y una última mostraba una pequeña caja azul.
Lucía sintió un escalofrío.
—Esa.
El agente la miró.
—¿La reconoce?
—Mateo la mencionó.
—¿Dónde?
—Durante la última llamada.
—¿Sabe qué contiene?
—No.
El agente tomó nota.
—La caja estaba en un compartimiento oculto.
Lucía lo miró.
—¿Qué había dentro?
El agente abrió la carpeta.
—Documentos, una memoria digital y algunas fotografías.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Puedo verlas?
—Todavía no todas.
—¿Por qué?
—Porque parte del contenido podría estar relacionado con la investigación.
—¿Y mi nombre aparece?
El agente levantó la mirada.
—Sí.
Lucía sintió que el mundo volvía a moverse debajo de sus pies.
—¿Por qué?
—Eso es precisamente lo que queremos averiguar.
Cuando los policías se fueron, Lucía permaneció sentada.
Roberto estaba de pie junto a la ventana.
—No quiero que vuelvas a tener contacto con nadie relacionado con Mateo.
Lucía lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ya no sabemos quién está involucrado.
—Pero necesito saber qué pasó.
—La policía lo investigará.
—También necesito saber por qué mi nombre está en esos documentos.
Roberto no respondió.
Teresa se acercó.
—Hija, hazle caso a tu padre.
Lucía negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si dejo que otros decidan todo, nunca sabré la verdad.
Roberto golpeó suavemente la mesa con la mano.
—¡No entiendes el peligro!
Lucía lo miró.
—Sí entiendo.
Su voz tembló.
—Mateo está muerto.
Silencio.
—Y yo sigo aquí porque alguien todavía necesita algo que él tenía.
Roberto se quedó inmóvil.
Lucía continuó:
—Eso significa que esto no terminó.
Esa noche, Lucía quiso dormir.
No pudo.
Se acostó.
Cerró los ojos.
Recordó el día que conoció a Mateo.
La papelería.
Las primeras impresiones.
La primera cita.
La propuesta.
El anillo.
El vestido.
La iglesia vacía.
La última llamada.
Y después recordó la frase:
“Si sigues conmigo, vas a morir.”
Ahora entendía que había sido una advertencia real.
Pero no entendía por qué.
A las dos de la madrugada, escuchó un ruido en el patio.
Lucía abrió los ojos.
Se quedó inmóvil.
Escuchó nuevamente.
Un pequeño golpe.
Después silencio.
Se levantó.
No salió.
Tomó el teléfono.
Llamó a su padre.
No respondió.
Llamó a Diego.
Tampoco.
Escuchó otro ruido.
Esta vez más cerca.
Lucía retrocedió.
Algo golpeó ligeramente una ventana.
Ella contuvo la respiración.
Luego vio una sombra.
Se acercó lentamente a la cortina.
No la abrió.
Esperó.
La sombra desapareció.
Pasaron varios minutos.
Nada.
Finalmente escuchó un automóvil alejarse.
Lucía respiró profundamente.
No había imaginado nada.
Alguien había estado allí.
A las seis de la mañana, encontró algo debajo de la puerta.
Un sobre blanco.
No había nombre.
No había dirección.
Lucía lo recogió.
Pesaba poco.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Era una fotografía de ella.
Saliendo de la oficina.
La fecha era reciente.
Muy reciente.
Lucía sintió que le faltaba el aire.
Alguien la había estado observando.
En el reverso había una frase:
“Mateo ya no puede protegerte.”
Debajo:
“Ahora solo depende de ti.”
Lucía dejó caer la fotografía.
Se quedó mirando la puerta.
Entonces entendió algo.
La muerte de Mateo no había cerrado el problema.
Lo había trasladado a ella.
Ese mismo día, la policía informó oficialmente la muerte de Mateo.
La noticia comenzó a circular.
Primero entre familiares.
Después entre vecinos.
Luego en redes sociales.
Una fotografía de Mateo apareció junto a un titular sobre su muerte.
Lucía apareció en algunas publicaciones.
“Hombre muere horas antes de su boda.”
“Misteriosa muerte de empresario vinculado a investigación.”
“La novia interrogada por la policía.”
Lucía leyó uno de los titulares.
Sintió náuseas.
No era la mujer que había perdido al hombre que amaba.
Ahora era un nombre asociado a un caso.
Una mujer que otros podían juzgar sin conocerla.
Por la tarde, Valentina llamó.
Lucía dudó antes de responder.
—¿Hola?
—Ya lo sabes.
Lucía sintió rabia.
—¿Por qué no me dijiste que podía morir?
Valentina guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—Yo también.
—¡Él está muerto!
Valentina comenzó a llorar.
—Lo sé.
—¿Quién lo mató?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Tú sabes algo.
—Sé que Esteban estaba furioso.
Lucía se quedó quieta.
—¿Por qué?
—Mateo tenía algo que él quería.
—¿Qué?
—No lo sé exactamente.
—Entonces ¿qué hago?
Valentina respiró.
—Busca la caja azul.
—La policía tiene la caja.
—No toda.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Mateo siempre guardaba una copia.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Valentina.
—Solo sé que si la policía encuentra primero lo que falta, quizá no puedas recuperar tu vida.
Lucía sintió miedo.
—¿Y quién busca esa copia?
Valentina no respondió.
—¿Quién?
—Esteban.
La llamada se cortó.
Lucía se sentó en la cama.
La muerte de Mateo había cambiado el significado de todo.
La fotografía.
La caja.
La deuda.
Valentina.
Esteban.
Las transferencias.
Su nombre en documentos.
Ya no podía pensar que aquello era simplemente una historia de infidelidad.
Mateo la había traicionado.
Eso era cierto.
Pero también había estado atrapado en algo.
Algo que finalmente lo había matado.
Y ahora ese algo estaba acercándose a ella.
Lucía abrió el armario.
Vio el vestido.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después recordó cómo había comenzado aquel día.
Pensó que iba a convertirse en esposa.
Terminó convirtiéndose en viuda.
Pero todavía había algo peor.
Había perdido al hombre que amaba, sí.
Pero también había perdido la sensación de estar segura en su propia casa.
Y eso apenas era el comienzo.
Esa noche, antes de dormir, Lucía tomó el cuaderno azul.
En una página nueva escribió:
MATEO ESTÁ MUERTO.
Debajo:
ME ENGAÑÓ.
Después:
ME MINTIÓ.
Luego:
UTILIZÓ MI CONFIANZA.
Y finalmente:
PERO NO CREO QUE SU MUERTE HAYA SIDO SOLO POR LA INFIDELIDAD.
Lucía dejó el bolígrafo.
Miró la página.
Por primera vez no estaba escribiendo para ordenar sus sentimientos.
Estaba reuniendo piezas.
Y esa diferencia era importante.
Porque una mujer de vida sencilla podía no tener dinero.
Podía no tener influencia.
Podía no conocer abogados, empresarios ni investigadores.
Pero Lucía tenía algo que quienes la perseguían todavía no comprendían.
Sabía observar.
Sabía recordar.
Sabía encontrar patrones.
Y ahora tenía una razón para hacerlo.
Quería saber quién había destruido su vida.
Pero había otra razón más profunda.
Quería saber por qué habían utilizado su nombre.
Pasaron tres días.
Lucía no salió casi de casa.
La policía seguía investigando.
La familia de Mateo había iniciado sus propios reclamos.
Algunos amigos dejaron de llamarla.
Otros aparecieron con mensajes de condolencia.
Una vecina le dejó comida.
Otra llevó flores.
Lucía agradecía todo, pero se sentía desconectada.
Una mañana, mientras buscaba documentos antiguos de Mateo, recordó algo.
Una frase que él había dicho meses atrás.
“Si algún día necesitas encontrar algo mío, busca donde guardo las cosas que nadie usa.”
No le había dado importancia.
Ahora sí.
Pensó en la casa de Mateo.
En su habitación.
En el armario.
En la cama.
En la caja azul.
Pero la policía ya había revisado todo.
O eso creía.
Entonces recordó algo más.
El viejo taller donde Mateo guardaba herramientas.
Había ido allí con él años atrás.
Había una caja de metal.
Un armario viejo.
Un espacio que prácticamente nunca utilizaban.
Lucía tomó su abrigo.
Se detuvo frente a la puerta.
Por primera vez desde la muerte de Mateo sintió algo diferente del miedo.
Determinación.
No sabía qué encontraría.
No sabía si estaba tomando una mala decisión.
Pero sabía que permanecer quieta no le devolvería la seguridad.
Tomó el teléfono.
Lo guardó.
Y salió.
A unas calles de allí, un automóvil oscuro la observaba.
El conductor sostuvo el teléfono.
—Salió.
Una voz respondió:
—Síguela.
—¿Y si encuentra algo?
Hubo silencio.
Luego:
—Entonces no dejes que vuelva a casa.
El automóvil comenzó a moverse.
Lucía caminaba sin saber que alguien había decidido seguirla.
Todavía llevaba ropa sencilla.
No tenía armas.
No tenía dinero suficiente para escapar.
No tenía experiencia huyendo.
No tenía idea de cómo defenderse.
Solo tenía una libreta, un teléfono y su propia inteligencia.
Y todavía estaba cometiendo un error que más adelante recordaría muchas veces.
Estaba caminando directamente hacia el lugar donde los secretos de Mateo podían estar escondidos.
Pero también hacia el lugar donde empezaría a descubrir la verdadera razón por la que él había muerto.
Mientras avanzaba por la calle, Lucía pensó por última vez en la mujer que había sido antes de aquel día.
Una mujer que tenía un trabajo.
Una familia.
Un novio.
Una boda.
Una vida sencilla.
Una mujer que creía que el peor dolor que podía sufrir era descubrir una infidelidad.
Sonrió con tristeza.
Qué poco sabía.
Porque ahora entendía que la traición no había sido el final.
Había sido la puerta.
Y al cruzarla, había dejado atrás la vida que conocía.
Mateo estaba muerto.
Su boda había terminado en tragedia.
Su nombre aparecía en documentos que jamás había visto.
Personas desconocidas la estaban vigilando.
Y alguien había decidido que, después de la muerte de Mateo, ella era el siguiente problema que debía resolverse.
Lucía continuó caminando.
Sin saber que aquella tarde encontraría una prueba que cambiaría para siempre lo que pensaba de Mateo.
Y descubriría que la peor parte de su traición todavía no había salido a la luz.