Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.
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Capítulo 4
Capítulo 4
Llovía cuando llegué al bar Marea.
Dentro del elevador, bajé la cabeza y fui secando con cuidado las gotas que habían salpicado mi ropa. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando tres hombres mayores, evidentemente borrachos, entraron a empujones.
—Esta sí tiene cara de niña buena. ¿Aquí no ofrecen chicas así?
—Seguro estudia en alguna universidad de la zona. Ya sabes cómo son las universitarias…
—Oye, preciosa, ¿cuánto cobras por pasar la noche conmigo?
El hombre de barriga prominente se acercó y alargó una mano hacia mí. Entonces vio el botón que yo había presionado y recuperó de golpe la sobriedad.
Séptimo piso.
El acceso a esa planta estaba restringido. Era el punto de reunión de los jóvenes pertenecientes a las familias más poderosas de Ensenada. Nadie sensato se arriesgaba a provocar a los Salvatierra, los Santillán o los Cárdenas.
Los hombres retrocedieron.
Antes de salir, el de la barriga me estudió por última vez. Quizá le molestó comprender que una mujer a la que deseaba estaba completamente fuera de su alcance, porque escupió con desprecio:
—Tanto hacerte la decente y seguro subes a rogarles a esos ricos que se acuesten contigo por dinero.
No contesté. Esperé a que salieran y cerré las puertas del elevador.
Después apreté entre los dedos el chocolate que llevaba en el bolsillo.
La dueña del lugar donde trabajaba lo había traído del extranjero. Según ella, era muy caro. Yo había resistido las ganas de comérmelo porque pensaba dárselo a Gael como disculpa.
Al fin y al cabo, era yo quien necesitaba su ayuda y encima iba a hacerlo esperar.
El elevador anunció mi llegada con un sonido suave.
El corredor del séptimo piso estaba desierto. En el aire flotaba un aroma tenue a vino añejo, mucho más agradable que la mezcla agresiva de alcohol barato de los pisos inferiores.
Consulté el número que Gael me había enviado y fui buscando las puertas una por una.
—Setecientos tres…
Me detuve frente al salón privado y levanté la mano para llamar. Apenas toqué la puerta, esta se abrió unos centímetros.
El sonido inconfundible de un beso apasionado escapó por la rendija.
Me quedé inmóvil.
¿Gael estaba con una mujer?
Los dedos suspendidos en el aire se cerraron en un puño. Una ira absurda comenzó a crecerme en el pecho. Ya no teníamos ninguna relación y, por lo tanto, yo ni siquiera sabía con qué derecho podía sentirme así.
Aun así, contuve la respiración y miré por la abertura.
Dos cuerpos se entrelazaban frente al ventanal. Entre los besos húmedos se oía el golpe de una bofetada. El hombre besaba con brutalidad y soltaba insultos al mismo tiempo.
—¿De verdad creíste que con esa cara ibas a conquistar a Gael Salvatierra?
Le dio otra bofetada.
—¿Quién te autorizó a traicionarme?
—Perdóname… —suplicó la mujer entre lágrimas—. Yo no quería traicionarte. Gael me dijo que viniera.
Sebastián apretó la mano alrededor de su cuello. Las venas sobresalieron en el dorso.
—¿Todavía te atreves a mentirme? ¿Crees que Gael perdería el tiempo con una cualquiera como tú?
Se inclinó sobre ella con una expresión feroz.
—Mi hermano tiene fama de ser peligroso. ¿Cuántas vidas crees que tienes para meterte con él?
Sebastián tampoco entendía por qué Gael lo había atraído hasta allí. Había tomado en casa una pastilla para rendir más en la cama y la mujer desapareció justo después. No estaba dispuesto a marcharse sin conseguir lo que quería.
Le arrancó la ropa con varios tirones y volvió a besarla mientras la sujetaba por el cuello.
Abrí mucho los ojos.
Durante mi relación con Gael siempre me habían tratado con cuidado. Nunca había presenciado una escena tan violenta y degradante.
Los jadeos llenaron la habitación. Cuando Sebastián comenzó a desabrocharse el pantalón, cerré los ojos y di media vuelta para escapar.
Una mano atrapó mi muñeca.
El tirón fue tan fuerte que no me dejó ninguna posibilidad de resistirme. Mi cuerpo salió despedido hacia el salón contiguo. La espalda chocó contra la puerta, pero algo suave se interpuso a tiempo detrás de mi cabeza y amortiguó el golpe.
Un aroma limpio a menta me envolvió.
Lo conocía demasiado bien.
—Gael…
Abrí los ojos, todavía aturdida, y levanté la mano por instinto para tocar su rostro.
Él no se apartó. En cuanto mis dedos fríos rozaron su piel, su respiración perdió el ritmo. Giró la cabeza y frotó la mejilla contra mi palma.
—Soy yo.
Su voz grave resultaba aún más seductora en la oscuridad.
Gael introdujo una rodilla entre mis piernas y me sostuvo de la barbilla.
—Ahora que lo viste con tus propios ojos, ¿entiendes qué clase de hombre es?
Las fotografías podían ignorarse. Aquello, no.
¿Todavía lo amaba?
Intenté liberarme, pero su cuerpo y la puerta me mantenían atrapada. Después de varios esfuerzos inútiles, solo conseguí responder:
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Sus dedos apretaron un poco más mi barbilla.
—Tienes razón. No es asunto mío. Pero dime una cosa…
Acercó la boca a mi oído. El aliento caliente acarició la punta, casi como un beso.
—Tu prometido te engaña, preciosa. ¿No quieres devolverle el golpe?
Mordió suavemente mi lóbulo. La descarga de deseo que me provocó debilitó mis piernas.
Solo entonces añadió, mitad promesa y mitad tentación:
—Úsame. Yo puedo darte todo lo que quieras.
Incluso el tratamiento de mi abuela.
Había considerado esa posibilidad antes de ir. No lo aparté cuando volvió a inclinarse sobre mí.
—¿Y qué tendré que pagar después?
Gael Salvatierra no era un hombre al que alguien pudiera utilizar sin consecuencias.
Su risa me rozó el oído. Bajó la cabeza y depositó un beso breve en mis labios.
—Será un intercambio justo. Tú también tendrás que ayudarme con algo…
Me sujetó la muñeca. Con una lentitud deliberada, guio mis dedos hacia abajo, hasta la dureza evidente bajo su pantalón.
El aire se me quedó atorado en la garganta.
—Tú… ¿Cómo puedes estar así?
¿En cualquier momento y en cualquier lugar?
¿De verdad no sabía contenerse?
Gael adoptó una expresión inocente.
—No puedo evitarlo, bebé. Tengo veintiún años. Tendrás que perdonarme por tener tantas ganas.
Pegó sus labios a mi oído y añadió sin la menor vergüenza:
—Además, mi cuerpo solo te reconoce a ti.
Me quedé sin palabras.
Conocía de sobra su resistencia. La primera vez que nos acostamos, cuando ambos teníamos dieciocho años, Gael no supo detenerse durante dos días. Acabé deshidratada y tuvieron que llevarme al hospital.
Él pasó horas arrodillado junto a mi cama, con el aspecto de un perro abandonado, suplicando que lo perdonara.
—Yo…
Me humedecí los labios, asustada. Nunca había hecho algo así. En nuestra relación siempre era Gael quien tomaba la iniciativa y se ocupaba de darme placer.
Pero pensé en la enfermedad de mi abuela. Pensé también en Sebastián, en sus manos sobre el cuerpo de otra mujer.
Me obligué a decidir.
Rodeé con los brazos el cuello de Gael y abrí los labios con cautela.
—Voy a ayudarte.
***
El agua corría en el lavabo.
Me froté con cuidado la mano con la que acababa de masturbar a Gael. No quería dejar sin limpiar ni un centímetro de piel y lo hacía con tanta fuerza que el dorso comenzaba a enrojecerse.
Gael descansaba contra el marco de la puerta. Con los párpados bajos y una expresión satisfecha, lanzó un silbido.
—¿Tanto asco te doy?
Le dirigí una mirada a través del espejo.
—Si tú hubieras usado la mano conmigo, ¿no correrías a lavártela?
—Claro que no.
Respondió tan deprisa que incluso pareció entusiasmado con la idea.
Ya ni siquiera intentaba fingir que era un caballero. Llevaba la perversión escrita en la cara.
Unió el pulgar y el índice formando un círculo, acercó la mano a sus labios curvados y asomó lentamente la punta de la lengua.
—¿Quieres comprobarlo, bebé? Con la lengua soy todavía mejor.
A Gael no le gustaba usar los dedos.
Prefería la boca.
Pervertido.
Le lancé una mirada furiosa. Como aquello no bastó para aliviar mi enojo, recogí agua con las manos y se la arrojé a la cara.
—¡Oye!
Su pose arrogante desapareció por completo. Se secó con una mano y, cuando abrió los ojos, me encontró riendo detrás de mis dedos.
La poca molestia que podía sentir se desvaneció.
Gael se encogió de hombros y terminó riéndose conmigo.
—Qué mal te portas.
Aunque los dos sabíamos quién me había consentido hasta volverme así.
Nadie más se habría atrevido a provocarlo de esa forma. Y por ninguna otra persona Gael habría dejado pasar la ofensa con una sonrisa.
Regresó al salón y ocupó el sillón individual. Se remangó la camisa, dejando al descubierto los antebrazos firmes, y se metió una paleta a la boca.
—Ven. Voy a secarte la mano.
Me detuve frente al dispensador de papel.
—Hay un secador aquí.
—Ya lo vi.
La paleta de fresa giró entre sus labios.
—Pero quiero hacerlo yo. Tienes tres segundos para venir.
Su tono no admitía una negativa. Se aprovechaba sin pudor de que ahora yo necesitaba su ayuda.
Retiré las gotas más grandes con una toalla de papel y caminé hasta él. Gael había ocupado todo el sillón.
Señaló uno de sus muslos con el dedo.
—Siéntate aquí.
El otoño de Ensenada todavía era templado. Los dos llevábamos pantalones holgados y delgados; sentarme sobre él resultaba demasiado íntimo incluso con la tela de por medio.
Tragué saliva. Después de dudar un momento, me acomodé con cuidado sobre su pierna.
El calor de su cuerpo atravesó de inmediato ambos pantalones. Me quedé rígida de vergüenza.
—Relájate, preciosa.
La voz profunda me acarició la oreja.
Gael se enderezó, me tomó de la cintura y me atrajo sin esfuerzo contra su pecho. Apoyó la barbilla en el hueco de mi cuello y me rodeó desde atrás.
Con una toalla tibia y limpia, comenzó a secarme los dedos uno a uno.
Lo hacía despacio. Su mano caliente apretaba y masajeaba cada articulación hasta provocar un hormigueo que se extendía por mis brazos.
—Me duele…
El gemido se me escapó y, por instinto, busqué refugio contra su pecho.
Gael se quedó quieto un instante. Luego acarició mi hombro tembloroso.
—No creas que vas a librarte por hacerte la tierna. Las mujeres crueles que juegan con los sentimientos de los demás merecen un castigo.
Lo decía con severidad, pero sus manos no dejaron de consolarme.
Recordé las palabras despiadadas con las que había terminado nuestra relación. La culpa me hizo bajar la cabeza.
—Perdóname…
—¿Qué dijiste?
Había hablado tan bajo que no me oyó.
—Nada.
Levanté la mirada y encontré su rostro demasiado cerca. Me eché un poco hacia atrás y busqué cualquier pretexto para cambiar de tema.
—¿Desde cuándo comes paletas?
Gael arqueó una ceja.
—Estoy dejando de fumar.
—Ah…
Asentí sin comprender. En realidad, casi nunca lo había visto con un cigarro cuando éramos novios.
En la preparatoria circulaban historias sobre sus peleas y su carácter terrible. Yo jamás las creí porque, conmigo, Gael se comportaba como el novio más dócil del mundo.
Él acercó de pronto la paleta a mis labios.
—Es de fresa. ¿Quieres probarla?
—Sí.
Abrí la boca para tomar el dulce.
Gael me sostuvo de la barbilla y se apoderó de mis labios.
El ataque me tomó desprevenida. Eché la cabeza hacia atrás y terminé correspondiendo a aquel beso feroz.
Nuestras respiraciones ardientes se mezclaron. En su boca quedaba un sabor tenue a fresa, oculto bajo un deseo posesivo y abrumador. Me besaba como si quisiera reclamarme de nuevo frente al mundo entero.
La falta de aire fue debilitando mi cuerpo. Cerré los ojos y me abandoné contra él.
Cuando por fin se separó, Gael respiraba con dificultad.
—¿Ya lo probaste?
Aún saboreando nuestro primer beso después de casi tres años, volvió a tenderme una trampa con voz seductora.
—Dime, preciosa. ¿A qué sabe?
Tenía la cara ardiendo. Por más tiempo que pasara, la habilidad de Gael para besar seguía dejándome indefensa.
Bajé la cabeza. Mis labios, hinchados y húmedos, apenas consiguieron formar las palabras.
—A… a fresa.
Su risa vibró junto a mi oído.
Gael siempre había sabido cómo hacerme perder la compostura. Adoraba verme sonrojada, escondiéndome contra su pecho después de cada una de sus provocaciones.
Me abrazó con fuerza, sin ninguna intención de soltarme.
El salón quedó en silencio. Mucho después, fingiendo indiferencia, preguntó:
—¿Cuándo vas a terminar con él?
La mano apoyada en mi hombro se tensó.
No necesitaba leerle la mente para sentir sus celos. Por la violencia contenida de su abrazo, parecía capaz de encerrarme para que no volviera a huir y hacer que Sebastián desapareciera para siempre.
La presión empezó a dolerme, pero no dije nada. Sabía que estaba furioso.
Mi acuerdo con Sebastián duraba solo tres meses. El contrato prohibía revelar sus condiciones y, además, al principio él había cubierto todos los gastos médicos de mi abuela. No podía traicionarlo explicándole la verdad a Gael.
Negué con la cabeza.
—El compromiso fue acordado hace años por nuestras familias…
No expresé lo que yo quería. Gael interpretó mi silencio como una prueba de que amaba tanto a Sebastián que estaba dispuesta a aferrarme a ese matrimonio a pesar de todo.
Soltó una risa helada.
—Entonces, ¿qué soy yo? Si vas a casarte con él, ¿qué lugar piensas darme?
¿Su exnovio? ¿Su amante solo cuando necesitaba besos? ¿Un perro al que podía llamar o echar cuando le diera la gana?
La mano de Gael subió hasta mi cuello. Sus dedos lo rodearon sin apretar y comenzaron a acariciarlo con una lentitud inquietante. En sus ojos azul claro apareció un brillo peligroso y seductor.
—Cuando te llamen señora Salvatierra, dime una cosa: ¿sabrás si te casaste con mi hermano o conmigo?