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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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El sabor de la mañana .

Despertaron con las primeras luces del alba, cuando el sol aún no había despuntado sobre el horizonte pero el cielo ya se teñía de un azul pálido y lavanda. El fuego se había reducido a cenizas humeantes, y el frescor de la madrugada los obligó a buscar el calor del otro.

Marina fue la primera en abrir los ojos. Durante unos segundos, no supo dónde estaba. Luego, al sentir el brazo de Álix rodeándole la cintura, al ver su rostro dormido, relajado y vulnerable, recordó todo. Y sonrió.

Lo observó en silencio, sin atreverse a moverse por miedo a despertarlo. Tenía el cabello revuelto y lleno de arena, los labios ligeramente entreabiertos, la respiración pausada. Parecía un niño, pensó Marina. Un niño grande y guapo que había viajado miles de kilómetros para terminar durmiendo en una playa perdida de Cuba, junto a una bióloga marina que nunca había creído en los cuentos de hadas.

Pero ahora, por primera vez en su vida, Marina empezaba a creer.

—Buenos días —murmuró Álix, abriendo los ojos lentamente. Su mirada color caramelo se enfocó en ella, y una sonrisa perezosa curvó sus labios—. ¿Es real o estoy soñando?

—Es real —respondió ella, inclinándose para darle un beso en la punta de la nariz—. Aunque lo de anoche... eso sí que fue un sueño.

—¿Un sueño bueno, espero?

—El mejor.

Se incorporaron lentamente, sacudiéndose la arena de la ropa y del cabello. El mar, en calma absoluta, reflejaba los primeros rayos del sol como un espejo dorado. Marina se puso de pie, dejó caer el vestido sobre la arena y caminó desnuda hacia el agua, sin pudor, sin miedo. Álix la contempló embelesado, viendo cómo su silueta se recortaba contra el horizonte luminoso.

—¿Vienes o te quedas ahí mirando? —lo desafió ella, girándose con una sonrisa pícara.

Álix no se lo hizo repetir.

Se sumergieron juntos en el agua fresca y cristalina, dejando que el mar les limpiara el cuerpo y el alma. Nadaron, rieron, se salpicaron, se besaron bajo el agua. Eran dos criaturas marinas en su hábitat natural, dos almas que habían encontrado en el otro lo que nunca supieron que estaban buscando.

Después, se sentaron en la orilla, con el agua cubriéndoles las piernas, y compartieron una barra de chocolate que Álix había guardado en su bolsa. El sabor dulce del cacao mezclado con la sal del mar era una metáfora perfecta de lo que estaban viviendo: dulzura y sal, placer y dolor, amor y distancia.

—¿En qué piensas? —preguntó Álix, notando la sombra que había cruzado el rostro de Marina.

—En que quedan nueve días.

—Marina...

—No, déjame terminar. Quedan nueve días, Álix. Nueve días antes de que cojas un avión y vuelvas a tu mundo. Y yo no quiero pasarlos pensando en la despedida. Quiero vivirlos. Intensamente. Sin miedo. Sin ataduras. Si esto tiene que terminar, que termine de la mejor manera posible.

Álix tomó su rostro entre las manos y la miró fijamente a los ojos, a ese azul turquesa que lo había hechizado desde el primer instante.

—Esto no va a terminar —dijo, con una determinación que ni él mismo sabía que poseía—. No sé cómo vamos a hacerlo, pero encontraremos la manera. Porque yo no voy a renunciar a ti. No después de lo de anoche. No después de haberte encontrado.

—Eres un soñador, francés.

—Sí. Y tú eres mi sueño.

El sol ya se había alzado por completo cuando emprendieron el camino de regreso al hotel. Caminaron de la mano, en silencio, saboreando la complicidad de los amantes que guardan un secreto. Al llegar al centro de conservación, la realidad los golpeó de frente: el carrito de Javier estaba aparcado junto a la puerta, y desde dentro llegaba el sonido de las bombas de agua y el walkie-talkie de Ernesto.

—Tengo que trabajar —dijo Marina, con pesar—. Los miércoles hacemos limpieza de los tanques y control de parámetros.

—¿Puedo ayudarte?

—No tienes que hacerlo.

—Quiero hacerlo. Quiero estar donde estés tú.

Marina lo miró con una mezcla de incredulidad y gratitud. No estaba acostumbrada a que nadie se interesara por su trabajo, y mucho menos un extranjero de vacaciones. Pero Álix parecía genuino. Todo en él parecía genuino.

—Está bien. Pero te advierto que vas a acabar oliendo a pescado.

—Por ti, hasta eso.

Pasaron la mañana juntos en el centro de conservación. Marina le enseñó a limpiar los filtros, a medir la salinidad del agua, a alimentar a los peces loro que nadaban en los tanques de exhibición. Álix se manchó de algas, se mojó hasta los huesos y se pinchó un dedo con un erizo de mar, pero nunca había sido tan feliz. Ver a Marina en su elemento, apasionada, competente, radiante, era un espectáculo que eclipsaba cualquier maravilla natural que hubiera fotografiado en sus viajes.

Javier y Ernesto los observaban con sonrisas cómplices, intercambiando miradas que lo decían todo sin necesidad de palabras. A la hora del almuerzo, los cuatro compartieron un arroz congrí y plátanos maduros fritos que Javier había traído en una fiambrera, sentados en el muelle con los pies colgando sobre el agua.

—Ustedes dos parecen novios —dijo Javier, sin rodeos, mientras se llevaba una cucharada de arroz a la boca.

Marina se atragantó. Álix se quedó pálido. Ernesto se rió por lo bajo, sin levantar la vista de su libreta.

—Somos... amigos —dijo Marina, con una voz tan poco convincente que hasta ella misma se dio cuenta.

—Claro, amigos —asintió Javier, con sorna—. Amigos que se miran como si se quisieran comer el uno al otro.

—Javier, por favor —protestó Marina, pero sus mejillas sonrojadas la delataron.

—No te preocupes, jefa. Nos alegramos por ti. Hace tiempo que no te veíamos tan contenta. —Javier se volvió hacia Álix y lo miró con seriedad—. Eso sí, francés. Si le rompes el corazón, yo mismo te echo a los tiburones. ¿Entendido?

—Entendido —respondió Álix, con un nudo en la garganta.

El resto de la tarde transcurrió con la rutina del centro de conservación. Marina le enseñó a Álix los proyectos de reforestación de coral, las gráficas de temperatura del agua que llevaban meses registrando, los planes para ampliar el vivero de tortugas. Él escuchaba con atención, hacía preguntas inteligentes, tomaba notas mentales. Y Marina, al verlo tan involucrado, sintió que su corazón se derretía un poco más.

Al atardecer, cuando el centro cerró sus puertas, Marina y Álix se quedaron solos de nuevo en el muelle. El cielo se teñía de naranja y rosa, y el mar, en calma, reflejaba los colores como un lienzo impresionista.

—Hoy ha sido un buen día —dijo ella, apoyándose en la barandilla.

—Todos los días contigo son buenos.

—Eres demasiado halagador. Cualquiera pensaría que tienes un objetivo oculto.

—Mi único objetivo eres tú. Desde el primer momento en que te vi.

Marina se giró hacia él. En sus ojos turquesa, el atardecer pintaba destellos dorados que los hacían aún más hipnóticos.

—Álix, yo... tengo miedo. Miedo de esto. De nosotros. De lo rápido que está sucediendo todo.

—El amor no entiende de tiempos —respondió él, acariciándole la mejilla—. Llega cuando quiere y se queda el tiempo que le da la gana. Lo único que podemos hacer es dejarnos llevar.

—¿Y si me estrello?

—Yo estaré aquí para recogerte. Siempre.

La besó. Un beso lento y profundo, sin urgencia, sin desesperación. Un beso que era una promesa. Un beso que era un hogar.

Aquella noche, se durmieron juntos en el bungalow de Álix, abrazados bajo las sábanas blancas, escuchando el murmullo de las olas a lo lejos. Antes de cerrar los ojos, Marina susurró algo que Álix apenas pudo oír.

—Gracias por aparecer.

Y él, estrechándola contra su pecho, respondió:

—Gracias por dejarme quedarme.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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