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La Rosa Sin Espinas

La Rosa Sin Espinas

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Edad media / Época / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: María Esperanza Mendoza

Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.

NovelToon tiene autorización de María Esperanza Mendoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La casa de la Duquesa

El carruaje avanzaba lentamente por el camino cubierto de barro. Yo apenas podía distinguir el paisaje a través de la pequeña ventana empañada. Cada sacudida parecía recordarme que dejaba atrás el único hogar que había conocido, por humilde e incierto que hubiera sido.

Nadie me explicó por qué debía marcharme.

Solo escuché que mi padre ya no podía hacerse cargo de mí y que, por ser parte de la familia Howard, la duquesa de Norfolk aceptaría recibirme en su gran residencia de Lambeth. Aquellas palabras sonaban como un privilegio para quienes las pronunciaban, pero para una niña eran únicamente una despedida.

Llevaba un vestido sencillo, remendado en varias partes, y abrazaba una pequeña muñeca de tela que mi madre me había regalado antes de morir. Era lo único que me pertenecía.

Cuando el carruaje atravesó los enormes portones de piedra, mi respiración se detuvo.

La residencia era inmensa.

Las torres parecían tocar el cielo gris de Inglaterra. Las ventanas brillaban bajo la lluvia y los jardines se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Pensé que aquel lugar debía de ser un palacio.

Creí, con la ingenuidad propia de una niña, que allí encontraría cariño.

Qué equivocada estaba.

La duquesa apenas me recibió.

Era una mujer imponente, elegante y ocupada. Su casa estaba llena de sobrinos, nietos, pupilos, criados, damas y visitantes. Yo era solo una niña más entre decenas de jóvenes pertenecientes a familias nobles.

No me abrazó.

No preguntó cómo me sentía.

Ni siquiera pareció interesarse por mi nombre.

—Instálenla con las demás niñas —ordenó con indiferencia.

Y continuó caminando.

Aquellas fueron casi todas las palabras que escuché de ella durante mis primeros días.

Una criada me condujo por interminables pasillos hasta el dormitorio.

Esperaba encontrar una habitación acogedora.

En cambio, descubrí un enorme salón lleno de camas alineadas una junto a otra.

Allí dormían muchas muchachas de distintas edades.

Algunas cosían.

Otras reían.

Varias discutían.

Nadie parecía prestar atención a las normas.

Aquella casa tenía lujo, pero muy poca vigilancia.

Las jóvenes hacían prácticamente lo que querían mientras los adultos se ocupaban de asuntos más importantes.

Yo permanecí en silencio.

No conocía a nadie.

No sabía en quién confiar.

Las primeras noches lloré escondida entre las mantas.

Extrañaba a mi madre.

Extrañaba incluso la pobreza de mi antiguo hogar.

Al menos allí alguien conocía mi nombre.

Con el paso de las semanas comprendí cómo funcionaba la vida en Lambeth.

Las clases no eran constantes.

Había maestros que aparecían algunos días para enseñar música, costura, lectura, escritura y modales.

Pero nadie supervisaba realmente el comportamiento de los jóvenes.

Después de las lecciones, el resto del día pertenecía a cada uno.

Los pasillos se llenaban de risas.

Las cocinas de conversaciones prohibidas.

Los jardines de paseos secretos.

Y los dormitorios de rumores que ninguna niña debería escuchar.

Yo era demasiado pequeña para comprender muchas cosas.

Solo sabía que algo en aquel lugar no estaba bien.

Las muchachas mayores hablaban constantemente de vestidos, bailes y hombres.

Se burlaban de quienes aún conservaban la inocencia.

Decían que el amor era un juego.

Que la belleza era un arma.

Que una mujer debía aprender pronto a conquistar.

Yo escuchaba en silencio desde un rincón.

Nadie me explicaba qué significaban realmente aquellas palabras.

Con el tiempo empecé a crecer.

Mi cabello rubio se volvió más largo.

Mis ojos comenzaron a llamar la atención.

Algunas criadas comentaban que sería hermosa cuando fuera mayor.

Aquellos elogios me hacían sonreír.

No sabía que, muchas veces, la belleza también atraía peligros.

La casa nunca estaba completamente en silencio.

Siempre había visitas.

Caballeros.

Músicos.

Sirvientes.

Mensajeros.

Familiares.

El ambiente cambiaba constantemente.

Las reglas parecían desaparecer cuando caía la noche.

Mientras la duquesa descansaba en sus aposentos, el resto de la residencia continuaba despierto.

Había canciones.

Vino.

Risas.

Conversaciones susurradas.

Puertas que se abrían y se cerraban.

Yo observaba todo desde la distancia.

Era una niña intentando entender un mundo de adultos.

Algunas jóvenes me trataban con amabilidad.

Compartían conmigo pan caliente o me enseñaban nuevas canciones.

Otras disfrutaban haciéndome llorar.

Escondían mis pocas pertenencias.

Se burlaban de mi vestido viejo.

Decían que parecía una campesina perdida entre nobles.

Aprendí muy pronto que las lágrimas solo alimentaban la crueldad de quienes deseaban hacer daño.

Así que dejé de llorar delante de los demás.

Lloraba únicamente cuando nadie podía verme.

En ocasiones caminaba hasta la pequeña capilla.

Me arrodillaba frente al altar.

No pedía riquezas.

No pedía vestidos.

Solo deseaba que alguien me quisiera.

Que alguien me mirara como una hija.

Pero el cielo permanecía en silencio.

Los años comenzaron a pasar con rapidez.

Aprendí a bailar.

A cantar.

A tocar algunos instrumentos.

A bordar delicadas flores sobre la tela.

Los maestros decían que poseía gracia natural.

Sin embargo, nadie se preocupó por enseñarme prudencia.

Ni a reconocer cuándo una sonrisa escondía malas intenciones.

La casa de la duquesa era un lugar extraño.

Por fuera representaba el honor de una de las familias más importantes de Inglaterra.

Por dentro, estaba llena de descuidos.

Los criados comentaban que era imposible controlar a tantos jóvenes.

Cada uno vivía casi con total libertad.

Aquello parecía divertido para algunos.

Para mí era desconcertante.

Muchas noches permanecía despierta observando las sombras proyectadas por las velas.

Pensaba en mi madre.

Intentaba recordar el sonido de su voz.

Pero los recuerdos comenzaban a desvanecerse.

Eso era lo que más me aterraba.

Olvidarla.

Porque si olvidaba su rostro...

¿Quién sería yo?

Un invierno especialmente frío enfermó a varias muchachas.

Las habitaciones olían a hierbas medicinales y humo.

Vi a algunas recuperarse.

A otras marcharse para no volver jamás.

Comprendí entonces que la vida podía desaparecer sin previo aviso.

Desde aquel momento empecé a valorar cada amanecer.

Aunque no fuera feliz.

Aunque me sintiera sola.

Seguía respirando.

Y eso debía significar algo.

En la inmensa residencia nadie imaginaba el destino que el futuro me tenía reservado.

Yo tampoco.

Era solo Catalina Howard.

Una niña huérfana de afecto.

Una joven que buscaba un lugar al que llamar hogar.

Una muchacha que aún creía que el amor verdadero existía en alguna parte.

No sabía que aquella misma casa, con sus pasillos silenciosos y sus puertas siempre abiertas, marcaría mi vida para siempre.

Allí aprendería lecciones que nunca debieron enseñarse de aquella manera.

Allí comenzaría el largo camino que, años después, me conduciría hasta la corte del rey.

Pero ese destino todavía estaba muy lejos.

Por ahora, solo era una niña contemplando la lluvia caer detrás de una ventana.

Esperando, con el corazón lleno de esperanza, que algún día alguien pronunciara mi nombre con cariño.

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Arisleidy Alvarez Santana
aparentemente parece buena vamos a ver 🤭
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