Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 6
Capítulo 6: Regreso a Red Thorn
La casa de Red Thorn olía igual que los malos recuerdos.
Rosas demasiado dulces. Madera barnizada. Perfume de Marcela escondiendo algo podrido bajo las alfombras. Celeste no había vuelto desde que Damián regresó, pero la casa seguía esperándola como una boca abierta.
—No tienes que entrar sola —dijo Damián desde el asiento contrario de la camioneta.
Celeste miró por la ventana.
No quería su compañía.
Tampoco quería que en Red Thorn la vieran llegar sin él y entendiera eso como debilidad.
El problema de Damián Valcárcel era que podía ser útil.
Demasiado útil.
Ella escribió:
Solo venimos por documentos de Elena. Nada más.
Él leyó y guardó el teléfono de ella con la mirada, como si cada palabra escrita fuera una herida que necesitaba recordar.
—Entonces tomaremos los documentos.
Tomaremos.
Celeste no corrigió el plural.
Cuando entraron, Marcela los recibió con una sonrisa amplia.
—Alpha Damián, qué honor. Si hubiéramos sabido que venía, habríamos preparado algo digno.
—No vine a cenar.
La sonrisa de Marcela tembló.
Bianca apareció al fondo de la escalera con un vestido rojo oscuro. No era casual. Nada en Bianca era casual. El escote, la garganta desnuda, la pulsera de plata fina rozando su muñeca: todo estaba calculado para una sola mirada masculina.
Damián no se la dio.
Su atención estaba en Celeste.
Eso bastó para que el aroma de Bianca se volviera agrio.
Raúl Serrano salió del despacho con una copa en la mano.
—Celeste —dijo, como si ella fuera una visita desagradable—. Tu madre ya no tiene nada aquí.
Celeste sacó el teléfono.
Los títulos del terreno norte, la cuenta de la clínica y el contrato de administración de bienes siguen a nombre de Elena Marín.
Raúl leyó, y su mandíbula se endureció.
—Sigues creyendo que escribir te hace lista.
Damián dio un paso.
No necesitó decir nada.
Raúl bajó la mirada por instinto y lo odio por eso.
—Los documentos —pidió Damián.
—Hay procedimientos.
—Estoy siguiendo uno.
La voz del Heredero Alpha no subió.
La casa entera pareció bajar.
Marcela se apresuró a intervenir.
—Claro. Claro que sí. Bianca, lleva a Celeste al archivo familiar. Alpha Damián, quizá quiera esperar en el salón. Hay mezcal de reserva especial.
Bianca sonrió.
—Yo la acompaño.
Celeste sintió el arañazo de su loba.
*Trampa.*
No hacía falta ser un lobo para saberlo.
Ella escribió:
Prefiero ir con Dr. Elías o con un representante legal.
Marcela soltó una risita.
—Ay, mi niña. Sigues tan dramática.
Damián tomó el teléfono de Celeste con permiso de una mirada y leyó el mensaje en voz alta.
El silencio de Red Thorn cambió.
No era lo mismo ignorar palabras escritas por una mujer muda que oírlas en la voz de un Alpha.
—Iremos los dos —dijo él.
Bianca apretó los labios.
—El archivo es pequeño.
—Entonces respira menos.
Celeste casi lo miró.
Casi.
El archivo familiar estaba al final de un corredor estrecho. Las paredes tenían fotografías de generaciones Serrano, todos con sonrisas de familia honorable. Celeste conocía el reverso de esas sonrisas: puertas cerradas, permisos negados, cuentas escondidas, una madre enferma usada como correa.
Bianca abrió el archivo y entró primero.
—Aquí están las cajas de Elena —dijo—. Aunque no sé para qué las quieres. Una mujer en ese estado no firma, no reclama, no decide.
Celeste se quedó quieta.
Damián no.
Su aura llenó el pasillo.
Bianca palideció, pero insistió.
—Solo digo la verdad.
Celeste escribió:
Mi madre sigue viva.
Bianca miró la pantalla y sonrió.
—Por ahora.
El mundo se redujo a esa frase.
La sangre de Celeste se volvió hielo.
Su loba se lanzó contra la prisión interna con tanta fuerza que el dolor le dobló los dedos.
*Muerde.*
Damián se movió antes de que Celeste pudiera hacerlo.
No tocó a Bianca.
Solo la miró.
—Repite eso.
Bianca abrió la boca.
No pudo.
El miedo le cerró la garganta.
Desde el salón llegó una risa demasiado alta de Marcela, seguida por el tintineo de copas. Red Thorn estaba actuando para cubrir algo.
Celeste lo entendió.
La trampa no estaba en el archivo.
Estaba en la casa.
Un aroma desconocido se filtró bajo la puerta del corredor. Dulce, caliente, falso. No era un vínculo de pareja. No era deseo natural. Era perfume negro de mercado, mezclado con una hebra de acónito.
Damián lo olió al mismo tiempo.
Sus ojos se volvieron oro.
—Celeste, detrás de mí.
Ella no obedeció.
Se movió a un lado, no atrás.
Si Red Thorn quería verla como presa, tendría que aprender a verla de pie.
Bianca sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa tembló.
—Creo que la cena está lista.
Abajo, una puerta se cerró con llave.
Y Celeste supo que Red Thorn no planeaba dejarlos salir con documentos.
Planeaba fabricar otra vergüenza.
Red Thorn House no había cambiado tanto como Celeste esperaba.
El recibidor seguía oliendo a cera cara, flores viejas y secretos mal ventilados. Marcela Ríos había mantenido los retratos de Elena en la pared, pero no por amor. Por utilidad. Una mujer enferma enmarcada daba apariencia de duelo familiar, no de saqueo.
Damián entró detrás de Celeste sin tocarla.
Bianca apareció en la escalera con una sonrisa hecha para visitas.
—Qué sorpresa. La esposa muda volvió con escolta.
El vínculo reaccionó con un latigazo caliente desde Damián.
Celeste levantó un dedo antes de que él hablara.
No.
Ella abrió su tablet y escribió: Vengo por documentos de Elena. No por teatro.
Bianca leyó y su sonrisa se volvió más fina.
—El teatro es lo único que te sale bien cuando alguien más escribe tus líneas.
Celeste sintió el golpe, pero no retrocedió.
Marcela bajó después, oliendo a medicina dulce y miedo escondido.
—Todo está en orden —dijo.
Mateo, revisando una puerta lateral, murmuró:
—Frase favorita de criminales administrativos.
Celeste no sonrió.
Había venido a recuperar papeles.
Pero la casa ya estaba preparando otra trampa.
Celeste lo sintió en el cambio de las sirvientes, en la puerta del despacho demasiado cerrada, en el perfume negro que no pertenecía a ninguna visita normal.
Escribió una sola palabra para Mateo:
Revisa.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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