Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 23
Capítulo 23
Tres años
Félix leyó el mensaje dos veces.
Luego una tercera, como si las palabras pudieran cambiar de orden y volverse menos peligrosas.
No cambiaron.
"Fé, ¿puedo invitarte un café para explicarte la idea esta tarde, por favor, tranquilamente, hoy?"
—Respóndele —dijo Luca, con la voz de quien olía sangre romántica desde tres salones de distancia.
Félix pegó el celular contra el pecho.
—No estoy aceptando opiniones del comité de gente chismosa.
—Yo no soy comité —dijo Yael, levantando la mano con dignidad falsa—. Soy familia política de todas las personas involucradas y, por lo tanto, tengo derechos constitucionales.
Quique, que seguía comiendo pan dulce como si necesitara azúcar para sobrevivir a los secretos de los ricos, señaló a Félix con la concha.
—Si quieres voy de escolta. Me siento emocionalmente preparado para intimidar a otro Yúnez.
—No vas a intimidar a mi hermano —protestó Yael.
—Después de lo de tu esposo, no me tientes.
Yael cerró la boca.
Luca soltó una risa por la nariz. Félix no. Félix tenía las orejas rojas y los dedos demasiado quietos sobre el celular. A Yael se le bajó un poco la sonrisa. Ese nerviosismo no era el de un simple "me cae bien". Era más viejo, más hondo, de esos que uno guarda doblados en la cartera durante años para que nadie los vea.
—Fé —dijo Yael, ahora más suave—, si no quieres ir, no tienes que ir.
Félix miró la pantalla.
El nombre de Hugo seguía ahí.
Hugo Yúnez.
El hermano mayor que entraba a cualquier lugar como si supiera exactamente dónde estaba la salida, el extintor y el punto débil de todos los presentes. El dentista que podía hablar de caries con la misma seriedad con la que preguntaba si alguien ya había comido. El hombre que, desde hacía tres años, arruinaba la concentración de Félix con una facilidad ridícula.
Tres años.
Félix tragó saliva.
—No es que no quiera.
Luca dejó de sonreír.
—Ah.
Yael parpadeó.
—¿Ah?
Quique bajó la concha.
—¿Cómo que "no es que no quiera"?
Félix escribió antes de arrepentirse.
"Sí. Tengo libre después de las cinco."
Vio el mensaje salir.
Un solo segundo.
Dos.
Hugo respondió casi de inmediato.
"Paso por ti a UniValle. Solo café. Si te incomodas, te regreso en cinco minutos."
Félix apretó tanto el celular que la pantalla se le marcó en la palma.
—Qué considerado —murmuró Luca—. Eso está peor.
—¿Peor por qué? —preguntó Quique.
—Porque si fuera un patán, uno lo borra y ya. Cuando son atentos, te dejan sin defensa legal.
Yael le quitó la bolsa de pan dulce a Quique y se la puso enfrente a Félix.
—Come algo.
—No tengo hambre.
—Exacto. Come.
Félix obedeció, más por tener algo que hacer con las manos que por apetito. El pan le supo a azúcar y pánico.
***
A las cinco y siete, Hugo Yúnez estaba estacionado frente al edificio de artes.
No tocó el claxon. No mandó cinco mensajes. Solo bajó del carro y se recargó junto a la puerta del copiloto con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. Ya no traía bata ni saco. Aun así, se veía demasiado arreglado para una tarde cualquiera.
Félix salió con su libreta apretada contra el pecho.
Detrás de una columna, tres cabezas desaparecieron demasiado tarde.
Hugo alzó la mirada hacia el escondite.
—Yael, si quieres espiarnos, por lo menos escóndete del lado donde no pega el sol.
—¡No estoy espiando! —gritó Yael desde la columna.
—Yo sí —añadió Luca.
—Yo vengo como seguridad privada —dijo Quique.
Félix se cubrió la cara con la libreta.
—Perdón.
Hugo no se burló de él. Eso fue peor. Abrió la puerta del copiloto y esperó.
—No tienes que disculparte por tener amigos intensos.
—Son un paquete.
—Me gustan los paquetes difíciles.
Félix bajó la libreta un centímetro.
Hugo sonrió, como si acabara de darse cuenta de cómo había sonado.
—Hablo del proyecto.
—Claro.
—Del proyecto de salud dental.
—Sí, doctor.
El "doctor" salió demasiado formal. Hugo ladeó la cabeza.
—Fé, si me dices doctor fuera del consultorio, voy a sentir que me estás cobrando distancia.
Félix subió al carro antes de contestar. Hugo cerró la puerta con cuidado y rodeó el vehículo.
El café estaba a diez minutos de UniValle, en una calle arbolada donde las mesas de afuera se llenaban de estudiantes con laptops y señoras que hablaban de pilates como si fuera una religión. Hugo eligió una mesa en una esquina, no demasiado escondida, no demasiado expuesta.
Félix agradeció ese detalle sin decirlo.
—Pedí aquí porque tienen buen panqué de limón —dijo Hugo—. Y porque si Yael decide aparecer detrás de una maceta, lo vamos a ver venir.
Félix soltó una risa breve.
—No lo descartes.
—No lo descarto. Es mi hermano.
Pidieron café. Hugo esperó a que el mesero se fuera antes de sacar una carpeta. Adentro no había nada improvisado: hojas con el logo de Grupo Yúnez, fechas tentativas, escuelas participantes, presupuesto para materiales, ideas de ilustraciones para niños y un espacio marcado para "diseño narrativo".
Félix dejó de respirar por un segundo.
—¿Esto es real?
—Sí.
—Pensé que era... no sé. Una excusa.
Hugo apoyó los antebrazos en la mesa.
—También necesitaba una excusa para invitarte café. Pero el proyecto es real.
Félix bajó la mirada a las hojas. Un niño dibujado con un cepillo gigante aparecía en un boceto torpe hecho por alguien que claramente no dibujaba. Aun así, la intención estaba ahí: campañas en primarias privadas y públicas, charlas gratuitas, kits de higiene, murales pequeños para consultorios comunitarios.
No era caridad de foto.
Era trabajo.
—¿Por qué yo? —preguntó Félix.
Hugo no respondió de inmediato. Tomó su taza, pero no bebió.
—Porque sabes contar cosas con imágenes sin tratar a los niños como si fueran tontos.
Félix sintió que el calor del café le subía a la cara aunque todavía no lo había tocado.
—Hay diseñadores profesionales en Grupo Yúnez.
—Sí.
—Y agencias.
—También.
—Entonces, ¿por qué yo? ¿Por Yael?
Hugo frunció apenas el ceño.
—No.
La respuesta fue corta. Firme.
Félix levantó la vista.
—No quiero ser "el amigo de Yael" al que le dan algo porque está cerca de la familia.
—Por eso traje presupuesto, calendario y contrato. Si aceptas, cobras como profesional. Si no aceptas, no pasa nada. Y si mañana decides que te caigo mal, te sigo recomendando con el equipo, porque tu trabajo sirve para esto.
Félix no supo qué hacer con las manos. Las puso sobre la libreta, luego debajo de la mesa, luego otra vez sobre la libreta.
—No me caes mal.
Hugo lo miró con una atención que Félix siempre intentaba evitar.
—Ya sé.
El corazón de Félix dio un golpe seco.
—¿Cómo que ya sabes?
Hugo sí bebió café entonces, quizá para ganar un segundo.
—Porque hace tres años, en la exposición de primer ingreso de Yael, te vi guardar tu libreta cuando me acerqué. Luego te fuiste a acomodar un cuadro que ya estaba derecho.
Félix se quedó inmóvil.
—Eso no significa nada.
—Después, en una cena en casa de mis papás, te sentaste del otro lado de la mesa y casi tiraste el agua cuando te pregunté si seguías dibujando.
—Soy torpe.
—Eres artista. No torpe.
—Son cosas distintas.
—Ese día llevaba brackets una niña de ocho años en mi consultorio y me enseñó un sticker que tú habías hecho para una feria universitaria. Dijo que quería lavarse los dientes porque el monstruo de caries se veía "bien feo". Guardé el sticker.
Félix parpadeó.
—¿Guardaste un sticker mío?
—Sí.
—¿Tres años?
—Tres años.
El ruido del café siguió igual alrededor de ellos: tazas, cucharitas, risas de otra mesa, una licuadora al fondo. Pero para Félix todo sonó más lejos.
Tres años.
La misma cifra que él tenía atravesada en el pecho.
—Yo... —empezó, y se detuvo porque la voz le salió más baja de lo normal.
Hugo no lo apuró.
Eso fue lo que lo terminó de desarmar.
Félix abrió la libreta sin pensar. En la primera página no había tareas ni apuntes de clase. Había bocetos viejos: manos sosteniendo una taza, una sonrisa vista de perfil, una camisa doblada en los antebrazos. Félix intentó cerrarla, pero Hugo alcanzó a ver.
No tocó la libreta.
Solo miró a Félix.
—Fé.
Félix soltó el aire.
—Me gustas desde hace tres años.
La frase salió completa, sin adornos, sin escondites. Tan simple que dio miedo.
Hugo se quedó muy quieto.
Félix quiso decir "olvídalo", "no hagas caso", "es una tontería", cualquier cosa que le devolviera la puerta de escape. Pero Hugo dejó la taza en el plato con un sonido leve y se inclinó un poco hacia él.
—Entonces no estoy loco.
Félix lo miró.
—¿Qué?
—Yo llevo tres años diciéndome que eres el mejor amigo de mi hermanito, que debía portarme como adulto decente y no incomodarte.
Félix sintió que los dedos se le enfriaban.
—¿Y ahora?
Hugo sonrió, pero esta vez no tuvo nada de broma.
—Ahora estás aquí, mirándome como si también te hubieras cansado de fingir.
Félix bajó la vista un instante. Cuando la levantó, Hugo seguía esperándolo. Sin invadir. Sin tocar. Sin convertir la confesión en una victoria.
El celular de Félix vibró sobre la mesa.
Mensaje de Yael:
"¿Sigues vivo? Manda señal o Luca entra en modo rescate."
Félix soltó una risa nerviosa. Hugo leyó el nombre en la pantalla y negó con la cabeza.
—Dile que si entra, le cobro consulta.
Félix escribió una respuesta breve:
"Estoy bien. No vengan."
La palomita azul apareció casi de inmediato.
Después, otro mensaje de Luca:
"SI TE ROBA UN BESO PARPADEA DOS VECES."
Félix puso el celular boca abajo.
—Lo siento.
—No lo sientas. Me cae bien que te cuiden.
—A veces parecen escoltas sin capacitación.
—Mejor. Los escoltas capacitados no dan tanto miedo.
Félix volvió a reír, y esa vez el nudo del pecho se aflojó un poco.
Hugo deslizó la carpeta hacia él.
—Piensa lo del proyecto. Con calma.
—¿Y lo otro?
La pregunta le salió antes de medirla.
Hugo apoyó los dedos sobre la orilla de la carpeta, cerca de su mano, sin tocarlo.
—Lo otro no pienso tratarlo como un trámite.
Félix dejó de mirar la carpeta.
Hugo sostuvo sus ojos.
—No te invité solo por la campaña, Fé.