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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

La tarjeta de Emilio Navarro siguió dentro del cajón como si respirara.

Valentina apagó la lámpara, volvió a encenderla y se quedó sentada en la orilla de la cama con el celular en la mano. En la casa no se oían voces, solo el rumor lejano de la lluvia contra los ventanales y, de vez en cuando, el zumbido del portón eléctrico.

"No le vamos a dar una."

No había escuchado la frase, pero podía imaginarla en la boca de Sebastián. Esa forma suya de decidir el mundo antes de explicarlo. Esa seguridad fría que convertía cualquier preocupación en orden.

Abrió el cajón otra vez.

Emilio Navarro.

El nombre brillaba sobre el papel grueso, limpio, demasiado elegante. Valentina lo tomó entre dos dedos, lo miró unos segundos y luego lo soltó como si quemara. No sabía si Sebastián tenía razón. Lo que sí sabía era que estaba harta de tener que pedir permiso para respirar.

Marcó el número de Daniel antes de arrepentirse.

Contestó al segundo tono, con la voz ronca.

—¿Vale? ¿Pasó algo?

La pregunta le aflojó algo en el pecho.

—Necesito salir de aquí.

Daniel no preguntó "¿de dónde?". Tampoco hizo el comentario fácil sobre Las Lomas ni sobre Sebastián.

—Mándame tu ubicación exacta. Voy por ti.

—Está lloviendo.

—Por eso mismo. No te subas a un coche de aplicación a esta hora.

Valentina se puso una sudadera sobre el vestido de casa, metió el celular y la cartera en una bolsa pequeña y salió al pasillo sin hacer ruido. La residencia dormía con las luces bajas, como si también supiera guardar secretos. Al bajar la escalera, vio una línea de luz bajo la puerta del despacho.

No se detuvo.

Braulio apareció en el vestíbulo antes de que ella tocara la manija.

—Señorita Reyes.

—Voy a salir.

El hombre miró la lluvia detrás del cristal, luego el reloj.

—¿Quiere que llame al chofer?

—No. Viene un amigo por mí.

Braulio no discutió. Ese silencio le pareció casi peor.

—Le aviso a Don Sebastián.

—No —dijo Valentina, demasiado rápido.

Braulio sostuvo su mirada con la paciencia de alguien que ya había visto demasiadas noches difíciles en esa casa.

—Entonces al menos espere dentro del portón. Afuera no.

Valentina quiso decirle que no era una niña. La frase le subió a la lengua y se le quedó ahí. Al final tomó el paraguas negro que él le ofrecía.

—Gracias.

Esperó bajo la caseta, con el frío de la lluvia metiéndose por los tobillos. Cuando el coche de Daniel se detuvo frente al portón, ella entró rápido y cerró la puerta antes de mirar atrás.

Daniel traía una chamarra encima de una camiseta vieja y el cabello húmedo, como si hubiera salido sin pensarlo.

—¿Estás bien?

Valentina soltó una risa corta.

—No sé qué contestar sin mentirte.

Él arrancó despacio.

—Entonces no contestes todavía.

No fueron lejos. Daniel la llevó a una cafetería de Polanco que seguía abierta por los desvelados, los guardias de turno y la gente que no quería llegar a casa. El lugar olía a café quemado, pan dulce recién calentado y piso mojado. La lluvia dibujaba líneas torcidas en los vidrios.

Valentina se sentó frente a él con las manos alrededor de una taza de chocolate caliente que no había pedido pero que Daniel puso delante de ella.

—No tomo chocolate a esta hora.

—Hoy sí.

Ella lo miró.

—¿Desde cuándo decides por mí?

Daniel levantó las manos, rendido.

—Perdón. Te lo cambio.

Valentina bajó la vista a la taza. El vapor le humedeció la nariz.

—No. Está bien.

Él no sonrió como si hubiera ganado. Solo se apoyó contra el respaldo y esperó.

Eso fue lo que la rompió.

—Sebastián cree que si no me explica nada, yo igual tengo que obedecer —dijo, cuidando la voz para que la mesera no volteara—. Me dice "ese dinero no", "esa persona no", "ese camino no". ¿Y ya? ¿Tengo que agradecer porque, según él, me está salvando?

—¿Hablamos de Navarro?

Valentina apretó la taza.

—También tú.

—No dije que él tuviera razón.

—Pero lo pensaste.

Daniel soltó el aire por la nariz.

—Pensé que Sebastián Montero no se asusta fácil. Si reaccionó así, algo sabe.

—Qué maravilla. Entonces volvemos a lo mismo: todos saben algo menos yo.

—Vale.

La forma en que dijo su nombre no la empujó. La sostuvo.

Ella se frotó la frente.

—Perdón. No debí llamarte para gritarte a ti.

—Para eso también sirven los amigos.

—No quiero depender de Sebastián —dijo ella, más bajo—. Pero cuando trato de moverme sola, todo termina regresando a él. Si acepto ayuda, es por Montero. Si la rechazo, es por orgullo. Si escucho a alguien más, es porque me están usando para llegar a él. Estoy cansada, Daniel.

Él se inclinó hacia adelante.

—No tienes que depender de nadie para demostrar que vales. Ni de Montero, ni de Navarro, ni de mí.

Valentina tragó saliva.

—Eso suena bonito, pero no paga deudas.

—No. Pero evita que te entregues al primer tipo que te ofrezca una salida con moño. Podemos revisar opciones. Abogados de deuda. Fondos pequeños. Gente que no esté casada con el Consejo ni con Montero. Yo no tengo cinco millones disponibles, ya te lo dije, pero tengo contactos y tiempo.

—Tú también tienes tu empresa ardiendo.

—Y aun así estoy aquí.

La frase quedó entre los dos.

Yo estoy aquí.

Daniel la miraba con una calma que no tenía nada de casual. No era la mirada cómoda de la universidad, ni la del amigo que llevaba café antes de los exámenes, ni la del socio que pasaba un contacto por correo. Había algo más en sus ojos, algo que llevaba años esperando una puerta menos cerrada.

Valentina lo vio.

Y decidió no verlo.

Bajó la mirada a la taza.

—Gracias por venir.

Daniel entendió el cambio. Se le movió apenas la boca, no como una sonrisa, sino como alguien que acepta una respuesta sin obligarla a pronunciarla.

—Siempre voy a venir si me llamas.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque un día voy a abusar de esa promesa.

—Entonces ya veremos ese día.

La lluvia siguió golpeando los cristales. Valentina bebió el chocolate. Estaba demasiado dulce, pero le calentó las manos. Durante media hora hablaron de cosas útiles: Altamar, cláusulas, posibles abogados, un fondo de Jalisco que Daniel conocía por un excompañero. Él anotó nombres en una servilleta y ella tomó foto. Ninguna solución era inmediata. Eso, por primera vez en toda la noche, le pareció honesto.

Cuando Daniel la dejó de vuelta frente al portón de Las Lomas, eran casi las dos.

—¿Quieres que espere hasta que entres? —preguntó.

—No hace falta.

—Vale.

Ella se quedó con la mano en la manija.

—Gracias. En serio.

Daniel asintió.

—Duerme algo.

Valentina bajó con el paraguas de Braulio abierto. El guardia la dejó pasar sin hacer preguntas. Al cruzar el jardín, notó que las luces estaban encendidas. No las de seguridad, frías y altas, sino las pequeñas lámparas junto al camino, doradas, encendidas una por una como una fila paciente.

En el pórtico, Sebastián estaba sentado en la silla de ruedas.

La lluvia le caía sobre los hombros.

No estaba bajo techo del todo. Una parte del alero lo cubría, pero el viento empujaba el agua hacia él. La camisa oscura se le pegaba al brazo. La mano derecha descansaba sobre la rueda, inmóvil.

Valentina se detuvo a tres pasos.

—¿Qué hace ahí?

Sebastián no respondió.

Solo la miró.

No había reclamo en sus ojos. Tampoco alivio dicho en voz alta. Eso la desarmó más que cualquier pregunta.

Él bajó la vista al paraguas que ella traía, luego al coche de Daniel alejándose detrás del portón. Después movió la silla.

Las ruedas dejaron dos marcas húmedas sobre la piedra.

Sebastián entró a la casa sin decir una palabra.

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