A los siete años, Mariana Solís vio cómo su madre, Elena del Valle, se lanzaba desde la azotea de una villa en las Lomas de Chapultepec, enloquecida por años de abuso a manos de la familia Solís — una de las dinastías más influyentes de México. El padre de Mariana, Ricardo Solís, la envió al extranjero sin una mirada. A los trece, su familia adoptiva intentó destruirla. No lo logró. Mariana los destruyó primero.
Dieciséis años después, regresa a Ciudad de México con un nombre nuevo — Valentina del Valle — y un arsenal de identidades que el mundo apenas sospecha. Es Evelyn, la mujer que controla el 52% de Grupo Grobe, el conglomerado armamentístico más grande del hemisferio. Es la accionista mayoritaria de Grupo Quiroga. Es la fundadora de Destiny, la marca de joyería que visten las primeras damas. Es la campeona mundial de MMA que nadie sabe que pelea con una daga de obsidiana en el cinturón.
Y tiene una sola misión: hacer que cada miembro de la familia Solís pague exactamente lo que debe.
La venganza es metódica, escalada, y brutal. Comienza con bofetadas y termina con sierras eléctricas. Cada revelación de identidad es una bomba que estalla en la cara de quienes la despreciaron. Cada capítulo cierra con un gancho que no permite dejar de leer.
Pero en medio de esta maquinaria de destrucción aparece Sebastián Montero — vicepresidente del Consejo Empresarial, hijo de un general y una diplomática, un hombre que carga un rosario de ámbar y toca el piano como si pidiera perdón por existir. Sebastián la vio una sola vez, al otro lado de una plaza, y decidió que ella era como un arcoíris después de la tormenta.
Valentina no puede amar. Literalmente. Tiene un trastorno de desapego emocional que su cerebro activó como escudo después de perder a su madre. Pero tiene algo más: un alter ego. Cuando bebe, emerge Nana — una niña de siete años atrapada en el momento del trauma, que se llama a sí misma Bob Esponja y que mira a Sebastián con la inocencia que Valentina perdió.
Sebastián no retrocede. Acepta a Valentina completa — la mujer que arranca corazones en cenas del Caribe y la niña que quiere atrapar medusas con un cernidor de cocina. "No te pido que me des nada," le dice. "Solo que me dejes estar."
La novela entrelaza tres hilos: la venganza contra los Solís (que escala hasta una confrontación internacional con mercenarios, clones y consorcios financieros rivales), el romance imposible entre una mujer blindada y un hombre dispuesto a esperar, y el misterio de la hermana gemela que Valentina no sabe que ha tenido frente a ella durante toda la historia.
Bajo sus labios, mi locura es una novela web de 100 capítulos que combina la adrenalina de Kill Bill, la tensión romántica de Killing Eve, la ambientación mexicana de La Reina del Sur, y el ritmo adictivo de las novelas de GoodNovel que acumulan millones de lecturas en español.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Mi mejor amiga tiene pésimo gusto
Camila Ríos apareció en Villa del Valle a las siete de la noche con un vestido verde esmeralda, labios rojos y una misión suicida.
—Te voy a sacar a cenar.
Valentina, que revisaba en una tableta la ruta marítima del cargamento Solís, ni siquiera levantó la vista.
—No.
—Sí.
—Camila.
—Valentina.
Amy, de pie junto a la puerta del estudio, miró hacia otro lado. Bella hizo lo mismo. Las dos sabían que había tres personas en el mundo capaces de contradecir a Valentina del Valle sin terminar arrepentidas: una era Camila, otra todavía no existía oficialmente en su vida, y la tercera dependía del porcentaje de alcohol en sangre de Valentina.
Camila cruzó el estudio y le quitó la tableta de las manos.
—Has roto una boda, destruido una familia en redes y, según tu cara, probablemente mandaste hundir algo caro en el Caribe. Ya trabajaste suficiente.
—No lo mandé hundir.
—¿Ves? Ese es el tipo de detalle que una amiga normal no tendría que aclarar.
Valentina extendió la mano.
—Devuélveme la tableta.
—No. Tengo una cena y vas a venir conmigo.
—¿Por qué?
Camila sonrió de una forma que intentó ser misteriosa y terminó siendo culpable.
—Quiero presentarte a alguien.
Valentina la observó por fin.
—No.
—Ni sabes quién es.
—Por eso.
—Se llama Hugo. Es lindo, educado y me trata precioso.
—Peor.
Camila abrió la boca, ofendida.
—No puedes odiarlo antes de conocerlo.
—Puedo.
—Valentina.
El tono cambió apenas.
No fue súplica. Fue esa forma suave de Camila de pedir sin decir "por favor", porque sabía que Valentina odiaba esa palabra cuando venía cargada de debilidad.
Valentina miró el reloj.
—Una hora.
Camila recuperó la sonrisa.
—Dos.
—Cuarenta minutos.
—Hora y media.
Valentina se puso de pie.
—Una hora.
—Perfecto. Sabía que aceptarías.
—No acepté. Perdí paciencia.
Media hora después, La Hacienda de Polanco estaba llena de gente que hablaba demasiado bajo para fingir elegancia y demasiado alto para ocultar que quería ser vista. Mesas de madera oscura, lámparas cálidas, meseros impecables y políticos retirados mezclados con empresarios que pedían mezcal artesanal como si eso los volviera interesantes.
Camila tomó a Valentina del brazo al entrar.
—Compórtate.
—Define eso.
—No amenaces a mi novio.
—¿Y si lo merece?
—Primero cena. Luego amenazas.
Valentina no respondió. Para ella, aquello ya era una concesión enorme.
Hugo las esperaba en una mesa junto al ventanal. Era guapo de una manera obvia: barba recortada, camisa blanca abierta en el cuello, reloj demasiado caro para alguien que, según Camila, estaba "construyendo su propio negocio". Se levantó al verlas y besó a Camila en la mejilla con exceso de confianza.
—Amor, estás preciosa.
Camila se iluminó.
Valentina lo evaluó en tres segundos.
Zapatos italianos nuevos. Perfume caro, aplicado de más. Manicura masculina. Sonrisa entrenada. Ojos que primero buscaron el bolso de Valentina antes de buscar su cara.
Basura con buen empaque.
—Hugo, ella es Valentina. Mi mejor amiga.
Hugo extendió la mano.
—Un placer. Camila habla muchísimo de ti.
Valentina no tomó su mano.
—Qué imprudente.
Camila le pisó el pie debajo de la mesa.
Hugo soltó una risa insegura y se sentó.
—Tiene sentido del humor.
—No —dijo Valentina.
El mesero llegó como salvación. Camila pidió con entusiasmo, Hugo pidió el vino más caro sin mirar el precio y Valentina pidió agua mineral. Cuando Hugo empezó a hablar de inversiones, "contactos en Miami" y una supuesta ronda de capital, Valentina lo escuchó con el mismo interés que habría dedicado a una mancha en la pared.
—Entonces, ¿a qué te dedicas exactamente? —preguntó.
Hugo sonrió.
—Estoy diversificando.
—Eso no es un trabajo.
Camila tosió.
—Vale...
—No, no, está bien —dijo Hugo—. Me gusta una mujer directa. Estoy en bienes raíces, tecnología, hospitalidad. Cosas grandes.
—¿Con capital propio?
La sonrisa de Hugo perdió medio milímetro.
—Con socios estratégicos.
—Qué elegante forma de decir que alguien más paga.
Camila volvió a pisarla, esta vez más fuerte.
Valentina bebió agua.
La noche habría terminado en una discusión menor, una factura inflada y una conversación incómoda en el auto, si una mujer de unos cincuenta años no hubiera entrado al restaurante con un vestido negro impecable y una seguridad que hizo girar varias cabezas.
Hugo la vio.
Y se quedó sin sangre en la cara.
Valentina también la vio. Luego vio el reloj de Hugo, la cartera de Hugo, el miedo de Hugo.
La mujer se acercó a la mesa sin prisa.
—Hugo.
Camila parpadeó.
—¿La conoces?
Hugo se levantó tan rápido que golpeó la mesa con la rodilla.
—Lorena, yo...
La mujer miró a Camila. No con desprecio. Con una lástima educada que dolía más.
—Tú debes ser Camila.
Camila se quedó rígida.
—Sí. ¿Y usted es...?
—Lorena Valdés. La mujer que le paga el departamento a Hugo.
El silencio de la mesa fue perfecto.
En otra situación, Valentina habría apreciado la precisión.
Camila miró a Hugo.
—¿Qué?
—Amor, no es lo que parece.
Señora Lorena arqueó una ceja.
—¿No? Entonces explícale por qué la tarjeta con la que pagaste las flores de ayer está a mi nombre.
Camila bajó la mirada hacia el ramo pequeño que Hugo le había enviado esa mañana. Lo había presumido en fotos. Valentina recordaba el mensaje: "¿Ves? Es detallista."
Hugo intentó tomarle la mano.
—Camila, escúchame...
Valentina se puso de pie.
—No la toques.
Hugo se irritó. La vergüenza, cuando no tiene dignidad, busca a quién morder.
—Mira, tú no te metas. Esto es entre mi novia y yo.
—¿Cuál de las dos? —preguntó Señora Lorena.
Dos mesas cercanas fingieron no escuchar.
Hugo apretó la mandíbula.
—Usted también cállese. No haga un escándalo.
Valentina lo golpeó.
No fue un golpe teatral. Fue un puñetazo corto directo a la mandíbula. Hugo cayó sobre su silla, la silla se fue hacia atrás y ambos terminaron en el piso con un estruendo que hizo callar al restaurante entero.
Camila se llevó una mano a la boca.
Señora Lorena miró a Valentina.
—Gracias.
—No lo hice por usted.
—Lo sé. Por eso se lo agradezco más.
Hugo gimió desde el suelo, intentando entender qué parte de su cara le dolía primero.
El gerente apareció pálido.
—Señoritas, por favor...
Señora Lorena sacó una tarjeta negra de su bolso y se la entregó.
—La cuenta de esta mesa, los daños y una botella de mezcal para las señoras. Y saque a ese hombre por la puerta de servicio antes de que vomite sobre su alfombra.
El gerente tomó la tarjeta como si fuera una orden militar.
Camila seguía sin moverse.
—Camila —dijo Valentina.
Ella levantó los ojos. Estaban llenos de lágrimas que todavía se negaban a caer.
—Soy una idiota.
—Tienes pésimo gusto —corrigió Valentina.
Una lágrima se le escapó a Camila. Después otra.
—Me dijo que quería algo serio.
—Los mantenidos también hablan.
Señora Lorena soltó una risa suave, triste.
—Demasiado, en mi experiencia.
Camila intentó limpiarse la cara con los dedos, pero le temblaban.
Valentina tomó una servilleta de lino y se la puso en la mano.
—Respira.
—No puedo creer que le presenté esto a mi mejor amiga.
—Yo sí.
—¡Valentina!
—Te dije que tenías pésimo gusto.
Camila soltó un sollozo que casi se volvió risa y eso terminó por romperla. Valentina la atrajo hacia sí, sin palabras, sin promesas. Solo la sostuvo. Camila escondió la cara en su hombro y lloró como alguien que no estaba llorando por Hugo, sino por la vergüenza de haber querido creer.
Señora Lorena esperó un momento antes de hablar.
—La cena sigue en pie, si ustedes quieren. Me gustaría disculparme por la parte que me toca.
Camila se separó un poco, confundida.
—Usted no me hizo nada.
—Le facilité el presupuesto a un imbécil. Eso cuenta.
Valentina miró a la mujer.
Había dignidad en admitir una culpa pequeña sin convertirla en espectáculo.
—Cinco minutos —dijo Valentina a Camila—. Te lavas la cara y cenamos.
Camila respiró hondo.
—¿De verdad?
—Pediste que saliera a cenar. Ya estoy aquí.
Camila asintió, todavía temblando, y se levantó rumbo al baño.
Cuando quedó a solas con Señora Lorena, Valentina miró hacia la puerta por donde dos empleados arrastraban a Hugo medio inconsciente.
—Tiene mal gusto usted también.
Señora Lorena tomó su copa de agua.
—Lo sé. Pero yo ya estoy grande para llorar en baños de restaurante.
Valentina no sonrió.
Pero no la contradijo.
Su teléfono vibró dentro de la bolsa.
Emilio:
"Los Solís acaban de contratar a treinta hombres para buscarte."
Valentina leyó el mensaje una vez.
Luego guardó el teléfono y miró hacia el pasillo por donde Camila había desaparecido.
—Qué considerados —murmuró—. Justo después de cenar.