Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 22. La despedida
El teléfono de Cynthia empezó a sonar sobre la mesa de la cocina.
Ella seguía en el sofá, profunda, con el sedante todavía corriéndole por las venas. Ni se movió. Ángel miró la pantalla y se le heló algo en el pecho: era el número viejo, el de Valentina.
Contestó.
—¿Aló?
Silencio del otro lado. Después, la voz de una niña, débil.
—¿Doctor? Quiero hablar con mami.
—Valentina. —Ángel se levantó de un salto—. Hola, mi amor. Mami está descansando un ratico. ¿Estás bien? ¿Dónde…?
No alcanzó. Hubo un ruido, un forcejeo suave, y la voz de la niña se cortó. La que habló después le congeló la sangre.
—Vaya, vaya. El doctorcito. —Alberto, al teléfono, con esa calma de hielo—. Contestando el celular de mi esposa. Qué cómodos se acomodaron ustedes dos.
Ángel apretó la mandíbula y se alejó hacia el patio, para que Cynthia no oyera si despertaba.
—¿Dónde está la niña?
—Conmigo. Donde tiene que estar. —Una pausa cargada—. Escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez. Le dices a Cynthia que se presente en la clínica. Que venga a cuidar a su hija, como debe hacer una madre. Y que venga ya.
—Está sedada. Tuvo un colapso. No está en condiciones de...
—Me importa un carajo en qué condiciones está. —La voz de Alberto se afiló—. Que venga. Porque si no viene, si se le ocurre mandarte a ti, o a un abogado, o a la policía, te juro por mi padre muerto que me encargo de que no vuelva a ver a Valentina en su vida. Y tú sabes que puedo. ¿Le transmites el mensaje, doctor, o te lo repito más despacio?
La línea se cortó.
Ángel se quedó con el teléfono en la mano, mirando el mar, conteniendo unas ganas inmensas de partir algo.
Cynthia despertó dos horas después, pesada, desorientada.
Por un segundo no se acordó. Después se acordó de todo de golpe, y se sentó en el sofá como impulsada por un resorte.
—Valentina. —Buscó a Ángel con la mirada—. ¿Dónde está mi hija? ¿Qué pasó?
Ángel acercó la silla y se sentó frente a ella. No tenía cómo suavizarlo.
—Llamó. Mientras dormías. —Respiró—. Contesté yo. Alberto la tiene en una clínica, Cynthia. La internó. Y dejó un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Que vayas. Que te presentes a cuidar a la niña. —Hizo una pausa—. Y que si mandas a alguien que no seas tú, si metes abogados o policía, se va a encargar de que no vuelvas a ver a Valentina nunca.
Cynthia se llevó las dos manos vendadas a la boca.
—Está enferma. —Las lágrimas le salieron de una—. Mi hija está enferma, con esa cosa adentro, y está sola con él, con ese monstruo, en un hospital, y yo aquí. —Se levantó tambaleándose—. Tengo que ir. Ahora mismo.
—Cynthia, espera.
—¡No! —Se giró, y por primera vez no había duda en su cara, solo una decisión dura como una piedra—. No hay nada que esperar. Es mi hija. Si tengo que volver a esa casa, vuelvo. Si tengo que arrodillarme delante de él, me arrodillo. Si tengo que dejar que me haga lo que quiera, lo dejo. —La voz se le quebró pero no se detuvo—. No me importa lo que me hagan, Ángel. ¿Me oyes? Lo que sea. Pero a mi hija no la dejo morir sola al lado de ese hombre.
Ángel se levantó también. Sabía que tenía razón. Sabía que no había una sola jugada legal, ni un solo plan, que fuera más rápido que el reloj que ya corría contra esa niña. Y eso era lo que más le dolía: que por una vez, con todo su poder, lo único que podía hacer era dejarla ir directo a las garras del que la había destruido.
—Voy a estar cerca —dijo, con la voz ronca—. Me las voy a arreglar para entrar a ese caso como médico. No vas a estar sola allá adentro, te lo juro. Aunque no me veas, voy a estar.
—No me prometas nada. —Cynthia recogió sus cosas con manos temblorosas—. Las promesas en mi vida nunca se cumplen.
Llegó a la puerta y se detuvo.
Se giró. Ángel estaba a unos pasos, con las manos a los lados, sin saber qué hacer con ellas, mirándola con una cara que ella no le había visto nunca, la del hombre que se queda.
Y Cynthia hizo algo que no había hecho con nadie por voluntad propia en años.
Cruzó los pasos que los separaban, le tomó la cara con las dos manos vendadas y lo besó.
No fue un beso largo. Fue torpe, salado de lágrimas, desesperado. Pero fue de ella, decidido por ella, y eso lo hizo distinto a todo lo que le habían dado o quitado en cinco años.
Ángel se quedó tieso un instante, sorprendido, y después la sostuvo de la cintura como si quisiera retenerla ahí para siempre.
Cynthia se separó primero.
—Qué lástima —susurró, con la frente pegada a la de él, los ojos cerrados—. Qué lástima conocernos así, doctor. En esta vida solo me tocó usted para enseñarme cómo se trata a una mujer, justo cuando ya no me quedaba nada para dar.
—Cynthia...
—Si tuviera otra vida. —Le pasó el pulgar por la mejilla, despacio—. Una sin él, sin todo esto. En esa vida sería feliz. Y usted sería mi esposo. Y a usted sí lo hubiera querido sin miedo.
Le dio un último beso, corto, en la comisura de la boca. Y antes de que él pudiera decir nada, antes de que se le ocurriera una sola palabra para detenerla, se dio la vuelta y salió por la puerta hacia el carro, llorando, sin mirar atrás, porque sabía que si miraba atrás no iba a tener fuerzas para irse.
Ángel se quedó parado en la sala vacía, con el sabor de sus lágrimas en la boca y el corazón hecho pedazos.
Y por fin lo aceptó, ahí, demasiado tarde, viéndola subirse al carro y arrancar.
No era Ángela. Nunca había sido Ángela. No la cuidaba por culpa, no la protegía por el recuerdo de su hermana muerta. La quería. La quería a ella, a Cynthia, con sus cicatrices y su desconfianza y su manera de reírse como si pidiera permiso. La quería de verdad, completa, como no había querido a nadie.
Y acababa de verla irse, por su propia voluntad, directo a los brazos del hombre que iba a destruirla otra vez.
Se dejó caer en la silla y, por primera vez, Ángel Velasco lloró.