✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
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Noche de locura
Desde la torre de control en el medio del campo de juego, la vista del estadio era imponente y aterradora. Cincuenta mil personas saltaban al mismo ritmo, transformando el lugar en un mar de linternas de teléfonos celulares y carteles brillantes. El ruido de la multitud no era un sonido común; era un rugido salvaje que se sentía directamente en los huesos. Bruno Koch tenía las manos apoyadas sobre los controles de la consola principal. Tenía los auriculares bien ajustados sobre las orejas, pero ni siquiera el aislamiento del plástico lograba mitigar la vibración del suelo. Su propia respiración se sentía agitada. Estaba aterrado.
Al lado de Bruno, Harper Burke controlaba las pantallas de frecuencia con la mandíbula tensa. Sus ojos verdes saltaban de un monitor a otro, vigilando que los niveles de sonido no saturaran los parlantes gigantescos que colgaban del techo de la estructura.
—Los latidos me van a mil —dijo Harper por el micrófono interno, con la voz cargada de un nerviosismo que rara vez mostraba—. Los músicos ya están en sus puestos. El video de introducción está por terminar. Rezo para que Nash pueda mantenerse en pie cuando esas luces se enciendan.
—Va a salir bien. Tiene que salir bien —respondió Bruno, intentando convencerse a sí mismo más que a ella.
Sin embargo, sus propios dedos temblaban levemente sobre los reguladores de volumen. El recuerdo de Nash en el camerino hacía unos minutos, temblando con violencia y sin poder respirar por el ataque de pánico, le pesaba en el estómago como un bloque de cemento. Sabía que subirlo a ese escenario era una locura absoluta, pero la maquinaria de la discográfica ya se había puesto en marcha y nadie podía detenerla.
Las luces del estadio se apagaron de golpe. Un grito unísono y ensordecedor brotó de las tribunas, elevando la temperatura del aire. La pantalla gigante del fondo del escenario proyectó la silueta de Nash y los primeros acordes de la batería estallaron con una potencia que hizo vibrar el pecho de Bruno. En medio del humo artificial y los destellos de luces rojas, Nash Wright apareció en el centro de la pasarela.
Llevaba la campera de cuero negro y sostenía el micrófono inalámbrico con una mano. Desde lejos, bajo el resplandor de los reflectores, parecía el mismo artista seguro e invencible de siempre. La multitud enloqueció.
Bruno respiró hondo y subió el canal del micrófono principal de Nash.
—Vamos, amigo... tú puedes —murmuró Bruno en el silencio de su mente, enviándole todas sus fuerzas a través de la distancia.
La primera canción comenzó. Nash empezó a cantar, pero Bruno notó el desastre de inmediato a través de sus auriculares de monitoreo. La voz de Nash entró tarde, completamente desfasada del ritmo de la batería. Su tono era tembloroso, sin el aire suficiente para sostener las notas largas. Apenas lograba balbucear las primeras frases de la letra. Bruno reaccionó rápido: con un movimiento suave de los dedos, bajó un poco el volumen real de Nash y subió las pistas de los coros pregrabados para camuflar el fallo. Para la gente en el campo, el show sonaba aceptable, pero para Bruno, que escuchaba la señal limpia y sin efectos del micrófono, era el sonido de un hombre sufriendo.
Nash caminaba por el escenario con movimientos erráticos. No miraba al público; mantenía los ojos fijos en el suelo o miraba hacia los lados de la pasarela con una expresión de profunda confusión. El sudor empezó a correrle por el rostro de manera excesiva, arruinando el maquillaje que cubría su palidez.
Para la tercera canción, la situación pasó de preocupante a catastrófica. La música que sonaba era una de sus canciones más energéticas, pero Nash se detuvo por completo en medio del escenario. Dejó caer el brazo que sostenía el micrófono a un costado de su cuerpo.
—Bruno... —la voz de Harper sonó alarmada a su lado—. Mira la pantalla de primer plano. Algo anda muy mal con sus ojos.
Bruno levantó la vista de la consola y miró el monitor de video que transmitía la imagen directa de las cámaras de televisión del concierto. El plano cerrado de la cara de Nash era espantoso. Sus pupilas estaban totalmente dilatadas, reflejando las luces parpadeantes de los reflectores. Su mirada no estaba fija en este mundo; se movía de un lado a otro con un pánico salvaje, como si estuviera viendo fantasmas entre la multitud. La mezcla de la falta de sueño, el ansiolítico que se había tomado en el camerino y el trauma físico de su intento de suicidio de la semana anterior habían desatado un brote de delirio en pleno show en vivo.
Nash volvió a levantar el micrófono con manos torpes. Empezó a hablar, pero sus palabras no tenían nada que ver con la letra de la canción.
—Ella está ahí... —dijo Nash a través de los parlantes del estadio. Su voz distorsionada y ronca retumbó en las tribunas, interrumpiendo la melodía de los músicos—. Grace... te veo. Sé que estás ahí atrás de las luces. ¿Por qué me haces esto? Déjame respirar... ¡Déjame respirar!
Un murmullo de confusión empezó a extenderse entre las cincuenta mil personas del público. Los músicos de la banda disminuyeron la intensidad de sus instrumentos, mirándose entre sí sin saber qué hacer.
—¡Nash, vuelve a la canción! —le gritó el director musical a través del sistema de intercomunicación interna, pero Nash no lo escuchaba. Había perdido por completo el contacto con la realidad.
El cantante comenzó a caminar hacia el borde de la pasarela, tambaleándose como si estuviera borracho. Apuntaba con el dedo índice hacia el vacío, discutiendo con un enemigo invisible que solo existía en su mente atormentada.
—¡Me dijiste que era un desastre! ¡Me dijiste que no servía para nada! —gritaba Nash por el micrófono, y su voz, llena de una furia y un dolor desgarradores, se escuchaba en cada rincón del estadio central—. ¡Tienen que apagar las luces! ¡Las luces me están quemando! ¡Bruno, ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Bruno!
El delirio era total. Nash se llevó las manos a la cabeza, tirándose del cabello rubio ceniza con desesperación. Estaba sufriendo un colapso mental público frente a miles de fanáticos y cámaras que transmitían en vivo.
A Bruno se le encogió el corazón de una manera tan dolorosa que sintió que el pecho físico se le partía. Ver al hombre que amaba, al chico con el que había compartido sus primeros sueños en bares oscuros, desnudando su miseria y su locura frente a un estadio entero fue la experiencia más devastadora de su vida. Una lágrima de pura impotencia corrió por la mejilla de Bruno. Sabía lo que tenía que hacer, aunque eso significara ponerle fin a la carrera de su amigo.
—Tengo que apagarlo —dijo Bruno, con la voz rota por el llanto que se escapaba.
—Hazlo. Córtalo ya —respondió Harper, con los ojos empañados por la lástima.
Bruno extendió la mano hacia el canal número uno de la consola, el canal que llevaba la voz de Nash. Con un movimiento firme, bajó el regulador hasta el fondo, silenciando por completo el micrófono del cantante. Al mismo tiempo, cortó el sonido de la banda de música y activó el canal de emergencia para que los parlantes reprodujeran música de fondo ambiental.
El estadio quedó sumergido en un desorden de gritos, abucheos y murmullos de desconcierto. En el escenario, Nash se dio cuenta de que su voz ya no se escuchaba. Miró el micrófono inalámbrico con desprecio, lo arrojó con violencia contra las tablas del piso y se dejó caer de rodillas, escondiendo el rostro entre las manos, completamente vencido por su propia mente.
El personal de seguridad y los asistentes médicos corrieron desde los costados del escenario para auxiliarlo. Rodearon al cantante con una manta negra para taparlo de las cámaras y lo levantaron del suelo casi en peso muerto, arrastrándolo hacia la zona de los camerinos subterráneos.
Bruno se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa de la consola con movimientos mecánicos. Tenía las piernas tan flojas que sintió que se iba a caer al piso en cualquier momento. Miró hacia el escenario vacío, donde el personal de limpieza ya empezaba a levantar el micrófono roto de Nash. El concierto se había terminado tras apenas quince minutos de confusión y horror.
Tres horas más tarde, las luces del estadio se habían apagado por completo y el público ya había evacuado las instalaciones. Bruno y Harper permanecían en la oficina de producción del subsuelo, esperando noticias. La atmósfera en el lugar era fúnebre.
La puerta se abrió y entró el representante de la discográfica. Ya no tenía la corbata puesta y su rostro reflejaba una derrota absoluta. Se dejó caer en un sillón, arrojando una pila de papeles sobre la mesa de madera.
—Se terminó —dijo el representante con una voz seca, sin rastro de la energía de los días anteriores—. La gira mundial está oficialmente cancelada. Los inversores retiraron los fondos hace una hora y la prensa internacional está destruyendo a Nash en las redes sociales. Esto es un desastre financiero y de relaciones públicas. Nash Wright está acabado en esta industria.
Bruno no dijo nada. No le importaba el dinero de los inversores ni los comentarios de la prensa. Lo único que le importaba era la vida del hombre que estaba internado en la clínica médica del subsuelo bajo sedación total.
Caminó por los pasillos grises del estadio hasta llegar a la sala de enfermería donde tenían a Nash antes de trasladarlo a un centro especializado. Al entrar, vio a Nash acostado en una camilla. Le habían quitado la ropa de cuero del show y llevaba una bata simple de algodón. Su rostro estaba completamente limpio de maquillaje, mostrando la cruda realidad de su demacración. Tenía los ojos cerrados por el efecto de los sedantes fuertes que le habían inyectado para sacarlo del estado de delirio.
Bruno se acercó lentamente y se sentó en el borde de la camilla. Tomó la mano derecha de Nash entre las suyas. Estaba flácida, sin fuerza, pero al menos ya no temblaba.
Mirando el rostro pacífico de su amigo bajo el efecto de las drogas medicinales, Bruno se dio cuenta de que habían llegado al fondo del pozo. Ya no había conciertos que salvar, ni discos que grabar, ni mentiras que inventar para los periodistas. Todo el imperio musical de Nash se había derrumbado en una sola noche de locura.
Bruno apretó la mano de Nash contra su mejilla húmeda, llorando en un silencio absoluto en la penumbra del cuarto. El dolor de ver a su amor secreto en ese estado de total destrucción le desgarraba el alma, pero en medio de esa oscuridad tan densa, Bruno sintió una pequeña y extraña chispa de claridad: el sol se había apagado por completo, el éxito se había ido, y ahora que Nash no tenía nada más que perder, tal vez... solo tal vez, era el momento de empezar a salvar al hombre real que quedaba detrás del artista roto.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!