"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4 El número y la confusión
El sol de la mañana siguiente había salido entre nubes dispersas, pero al caer la tarde el cielo se puso más claro, aunque seguía sintiéndose ese aire fresco y húmedo propio del otoño en Santiago.
Las hojas de los árboles caían despacio sobre las veredas de La Reina, y el barrio se llenaba poco a poco de las luces tenues que empezaban a encenderse en las casas.
Como el día anterior, Cristian salió de su curso antes de que terminara la fila general y se quedó parado en un rincón discreto, cerca de la puerta principal, esperando con calma.
Llevaba su mochila al hombro, el uniforme impecable y las manos en los bolsillos, mirando hacia el pasillo por donde sabía que saldría Eluney.
En cuanto la vio aparecer, una sonrisa tranquila se le dibujó en los labios.
Ella caminaba con paso suave, recogiendo sus libros con cuidado, y al levantar la vista y verlo ahí, le devolvió la sonrisa sin dudarlo.
—Hola —le dijo Cristian al acercarse—.
¿Te parece bien que volvamos a irnos juntos?
—Claro que sí —respondió ella con naturalidad—.
Me hace mucho más ameno el camino.
Salieron del colegio y empezaron a caminar por la calle arbolada, igual que la tarde anterior.
Iban hablando de las clases, de una tarea difícil que les habían dejado y de lo rápido que se hacía de noche en esta época del año.
En un momento, Cristian sacó su teléfono móvil —uno de los modelos más nuevos, aunque lo usaba con sencillez— y se detuvo un instante.
—Se me ocurrió algo —dijo él con tono amable—.
Si quieres, podemos intercambiar nuestros números.
Así, si un día uno de los dos se retrasa o tiene que irse antes, podemos avisarnos y no quedar esperando en vano.
Solo por eso, claro está.
Eluney asintió de inmediato, le pareció una idea muy práctica y sin ninguna intención oculta.
Sacó también su teléfono, y se los pasaron para guardar cada uno el contacto del otro.
—Listo —dijo Cristian devolviéndole el aparato—.
Ahí te puse mi nombre: Cristian.
—Y yo el mío: Eluney —respondió ella, guardándolo en su bolso con cuidado.
Siguieron caminando conversando tranquilos, hasta que llegaron a la altura de la casa de ella.
Ahí estaba el portón de hierro alto, y justo en ese momento se abrió la puerta principal de la vivienda.
Bajó corriendo Antonella, su hermana de seis años, que acababa de llegar de su propio colegio de párvulos.
Vestía su uniforme azul, con el cabello recogido en dos trenzas que le saltaban con cada paso, y en cuanto vio a Eluney acompañada de Cristian, se detuvo en seco con los ojos muy abiertos.
En un segundo, volvió a correr, esta vez directo hacia su hermana, se agarró de su mano y señaló a Cristian con el dedito, sin ningún pudor:
—¡Eluney, ese es tu pololo!
—gritó con voz fuerte y alegre, convencida de que tenía toda la razón—.
¡Ya lo vi!
Eluney sintió cómo la sangre le subía de golpe a la cara, desde el cuello hasta las mejillas, poniéndose completamente roja de la vergüenza.
Se agachó rápido para quedar a la altura de su hermana, le apretó suavemente la mano y miró de reojo a Cristian, que se había quedado quieto, con una sonrisa divertida y sin burlarse en absoluto.
—¡Antonella, baja la voz!
—le dijo ella, aunque con cariño, sin regañar con dureza—.
Vamos, entremos un poquito.
Se puso de pie, miró a Cristian con una sonrisa nerviosa y le explicó con claridad para que no quedara ninguna duda:
—Él es Cristian.
Y por ahora, solo somos amigos y compañeros de colegio.
Nada más.
¿entiendes?
Antonella la miró con desconfianza, como si no le creyera del todo, pero asintió con la cabeza.
Cristian intervino con voz suave y amable, para sacarla de la situación incómoda:
—Así es, Antonella. Solo somos amigos por ahora.
Nos acompañamos en el camino y nada más.
Eluney respiró hondo, todavía con las mejillas encendidas, pero se sintió más tranquila al ver que Cristian se lo tomaba con gracia.
—Bueno, ya llegamos —dijo ella—.
Gracias por acompañarme otra vez.
—De nada —respondió él, con esa calma de siempre—.
Mañana te espero igual.
¿va?
Que descansen.
—Igualmente —se despidió ella, y entró junto a Antonella al jardín, cerrando el portón detrás de sí.
Mientras caminaban hacia la puerta de la casa, Antonella seguía mirándola de reojo, curiosa:
—¿Y cuándo va a ser tu pololo?
preguntó con inocencia.
Eluney se rio suavemente, todavía sintiendo el calor en la cara:
—Ya veremos, chiquita.
Por ahora, solo es un amigo.
Y así, entre risas y la confusión de la niña, terminó esa tarde, dejando en el aire un detalle nuevo: ya tenían forma de comunicarse, pero seguían manteniendo todo con la sencillez y el respeto que los caracterizaba.