—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 4 : Los hombres también destruyen
Hay hombres que levantan la mano y hay otros que no necesitan hacerlo.
Aprendí demasiado pronto que una persona también puede romperte con una sola frase. Las palabras tienen esa mala costumbre de quedarse viviendo dentro de la cabeza mucho después de que quien las pronunció ya se ha marchado. Se instalan en los rincones más oscuros de la memoria y, cuando menos lo esperas, vuelven para recordarte todo aquello que tanto esfuerzo hiciste por olvidar.
Aquella noche el club estaba más lleno de lo normal. La música envolvía el salón con un ritmo constante, las copas chocaban unas contra otras y las risas fingidas se mezclaban con el humo, el perfume y las luces tenues. Llevaba poco más de una hora sentada en una de las mesas cuando Nora apareció a mi lado.
—Valeria.
Levanté la vista.
—El señor Gutiérrez preguntó por ti.
Asentí sin hacer preguntas.
Lo conocía. Era un cliente habitual. Nunca levantaba la voz, nunca bebía de más y jamás cruzaba los límites que Nora había impuesto desde el primer día. Muchas de las chicas decían que era un buen cliente.
Yo sabía que no.
Con el tiempo había descubierto que la educación también podía ser cruel.
Caminé hasta la habitación privada y lo encontré sentado donde siempre. Vestía un traje gris impecable, llevaba un reloj demasiado costoso para pasar desapercibido y un anillo de matrimonio que jamás se quitaba. Incluso su perfume era siempre el mismo. Un aroma elegante que, por alguna razón, nunca conseguía resultarme agradable. Solo me hacía sentir cansada.
Sonrió apenas me vio entrar.
—Hola.
—Buenas noches.
Tomé asiento frente a él. Ni siquiera se molestó en ofrecerme algo de beber. Sacó el teléfono de su bolsillo y comenzó a responder correos electrónicos mientras yo permanecía en silencio. Aquello tampoco era nuevo.
Después de varios minutos levantó la cabeza.
—¿Sabes por qué me gusta pedirte a ti?
Negué con una sonrisa educada.
—Porque no hablas demasiado. Las otras hacen muchas preguntas. Tú solo escuchas... y eso se agradece.
Reí por simple cortesía, aunque no encontré nada gracioso en sus palabras, pero a la larga era bueno no le gustaba tocarme, asi que se agradecía.
Tal vez tenía razón.
Escuchar siempre había sido más fácil que contar mi propia historia.
El resto del tiempo habló de su empresa, de contratos millonarios, de viajes de negocios y de los problemas con sus socios. Yo asentía de vez en cuando. Era suficiente. Él no buscaba una conversación; solo necesitaba a alguien que estuviera allí para escucharlo.
En medio de su relato abrió la galería de su celular y me mostró una fotografía.
Una mujer sonreía abrazando a dos niños pequeños.
Había algo sereno en ella. Esa clase de belleza tranquila que solo tienen las personas que saben que alguien las espera al final del día.
—¿Son sus hijos? —pregunté.
Él sonrió con orgullo.
—Sí. Aunque su madre ya no es la misma.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Después del segundo embarazo subió mucho de peso. Las mujeres deberían cuidarse más. Uno trabaja duro y también quiere llegar a casa y encontrar algo bonito.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones no por su esposa.
Sino porque, durante un segundo, dejé de estar en aquella habitación ,Volví a tener doce años y a escuchar esa voz de mi padre diciendo exactamente lo mismo.
Bajé la mirada para esconder el temblor que comenzaba a recorrerme.
Él ni siquiera notó mi silencio.
Siguió hablando como si acabara de comentar el clima. Cuando terminó la conversación dejó varios billetes sobre la mesa y se puso de pie. Yo hice lo mismo, convencida de que simplemente se marcharía.
Pero, antes de abrir la puerta, se volvió hacia mí.
—No eres una mujer que llame la atención.
Sentí que el corazón se detenía durante un instante, era innecesario ese comentario
—Pero eres buena escuchando. Gracias.
Y se fue.
La puerta se cerró con un golpe suave y la habitación quedó en silencio.
Permanecí inmóvil, mirando el espacio vacío donde segundos antes había estado él.
No había sido un insulto.
Tampoco un cumplido.
Solo había puesto en palabras aquello que yo llevaba años diciéndome frente al espejo no llamaba la atención.
Nunca lo había hecho.
Respiré hondo, recogí el dinero de la mesa y abandoné la habitación.
No recuerdo cómo llegué al baño mis piernas simplemente caminaron solas. Empujé la puerta y, al comprobar que estaba vacío, me acerqué al espejo. La mujer que apareció frente a mí llevaba un vestido elegante, un maquillaje impecable y una sonrisa que ya no existía.
Apoyé las manos sobre el lavamanos.Intenté convencerme de que no importaba que solo era un cliente.
Que mañana ni siquiera recordaría mi nombre.
Pero dolía.
Dolía porque cada palabra encontraba un lugar donde quedarse porque ya no sabía distinguir cuáles heridas me habían hecho los demás... y cuáles seguía haciéndome yo.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
No lloraba por ese hombre.
Lloraba por todos.
Por el niño del colegio que dijo que parecía la mamá de mis compañeras.
Por mi padre.
Por cada desconocido que me miró con desprecio.
Por todas las veces que terminé creyendo que ocupar espacio era un defecto.
La puerta del baño se abrió.
Me limpié las mejillas con rapidez pero era demasiado tarde camila ya me había visto.
No preguntó de inmediato.
Simplemente caminó hasta colocarse a mi lado frente al espejo. Permanecimos allí varios minutos, compartiendo el mismo silencio.
Después habló con esa suavidad que siempre la caracterizaba.
—¿Quieres contarme qué pasó?
Negué lentamente.
—No.
Ella sonrió apenas.
—Está bien... entonces llora. Yo me quedo aquí.
Y eso hizo.
No intentó convencerme de que era bonita no buscó esas frases vacías para reparar un corazón que llevaba demasiado tiempo roto.
Solo permaneció a mi lado y, por alguna razón, ese silencio terminó siendo el abrazo más sincero que había recibido en mucho tiempo.
Cuando por fin logré calmarme, salimos juntas del baño.
Apenas cruzamos la puerta del camerino, una de las chicas comenzó a aplaudir.
—¡Camila! ¡Te llegaron flores!
Un enorme ramo de rosas blancas descansaba sobre la mesa. Todas se acercaron de inmediato para admirarlo. Camila se llevó una mano a la boca, completamente sorprendida, mientras tomaba la pequeña tarjeta que venía entre las flores. La leyó en silencio y una sonrisa iluminó su rostro.
Yo también sonreí.
De verdad me alegraba verla feliz, no era una mala amiga
Mientras las demás comentaban quién podría haber enviado un ramo tan hermoso, una pequeña margarita blanca se desprendió del arreglo y cayó al suelo.
Nadie pareció notarlo.
Me agaché despacio y la recogí entre mis dedos.
Era sencilla.
Pequeña.
Casi invisible al lado de tantas rosas.La observé durante unos segundos antes de guardarla con cuidado dentro de mi bolso.
Aunque solo hubiera llegado allí por accidente...
Alguien la había elegido primero.