Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 21
La mañana transcurrió con aparente normalidad en la mansión Fairchild.
Los sirvientes realizaban sus tareas habituales.
Las doncellas limpiaban los pasillos.
Los jardineros trabajaban en los rosales.
Y los cocineros preparaban el almuerzo.
Nadie parecía notar que algo estaba mal.
Nadie sabía que una de las habitaciones permanecía vacía desde la noche anterior.
Poco antes del mediodía, un carruaje negro atravesó las rejas de la mansión.
Elías descendió acompañado de Orión.
El viento agitó ligeramente su cabello oscuro mientras observaba la residencia frente a él.
Había pasado toda la semana pensando en aquella conversación.
En la confesión de la sirvienta.
En la posibilidad de que Madeline hubiera dicho la verdad.
Y aunque no le agradaba admitirlo, necesitaba respuestas.
Esta vez la escucharía.
Aunque solo fuera una vez.
Un mayordomo se apresuró a recibirlo.
—Bienvenido, duque Ashford.
—Gracias.
Elías entregó los guantes a Orión.
—¿Lady Madeline se encuentra en la mansión?
—Por supuesto, mi señor —respondió el hombre haciendo una reverencia—. Avisaré de inmediato.
Elías asintió.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Fue conducido hasta uno de los salones mientras esperaban la llegada de Madeline.
Pasaron varios minutos.
Luego otros más.
Elías comenzó a impacientarse.
Madeline jamás lo había hecho esperar tanto.
Ni una sola vez.
Justo cuando estaba a punto de preguntar qué ocurría, una joven doncella cruzó corriendo el corredor.
Su rostro estaba pálido.
—¿La encontraron? —preguntó otra sirvienta.
—No.
Elías frunció el ceño.
La muchacha siguió corriendo sin detenerse.
Algo no estaba bien.
Orión también pareció notarlo.
—¿Ocurre algo? —preguntó acercándose a un criado.
El hombre tragó saliva.
—No lo sé.
Pero su expresión decía exactamente lo contrario.
El ambiente comenzó a cambiar poco a poco.
Los sirvientes susurraban.
Algunos caminaban más deprisa.
Otros parecían nerviosos.
Unos minutos después, la misma doncella apareció nuevamente.
Esta vez entró corriendo al despacho del conde.
La puerta se cerró de golpe.
Y apenas unos segundos más tarde se escuchó un fuerte ruido proveniente del interior.
Elías intercambió una mirada con Orión.
Luego ambos salieron al corredor.
La puerta del despacho se abrió bruscamente.
Julián apareció.
Su rostro estaba oscuro.
Más oscuro de lo habitual.
—Busquen en toda la mansión —ordenó con voz fría—. Revisen los jardines, los establos, las cocinas. Todo.
Los sirvientes se apresuraron a obedecer.
Elías avanzó unos pasos.
—Conde.
Julián giró la cabeza.
Parecía furioso.
—Duque.
—¿Sucede algo?
Durante unos segundos el conde no respondió.
Como si intentara controlar su temperamento.
Finalmente apretó la mandíbula.
—Madeline no aparece.
Elías parpadeó.
—¿Cómo que no aparece?
—No está en su habitación, no está en los jardines, no está en ninguna parte.
Una sensación extraña atravesó el pecho de Elías.
—¿Quizá salió?
—No.
Respondió una voz temblorosa.
Una de las doncellas estaba cerca de la puerta.
—Lady Madeline no salió con carruaje y tampoco pidió que prepararan ninguno.
Julián la observó.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
La joven palideció.
—Anteayer por la noche, mi señor.
El silencio cayó sobre el corredor.
Elías sintió un mal presentimiento.
—¿Anteayer?
La doncella asintió.
—Pensé que lady Madeline deseaba estar sola, no permitió que nadie entrara a su habitación.
La otra doncella se llevó una mano a la boca.
—Yo tampoco la he visto desde entonces.
Otra sirvienta abrió los ojos.
—Ni yo.
El rostro de Julián se volvió aún más sombrío.
—¿Qué hay de sus pertenencias?
Preguntó de repente.
Una de las mujeres tragó saliva.
—Faltan varios vestidos y algunas joyas.
Aquellas palabras hicieron que todo encajara de golpe.
El silencio se volvió absoluto.
Nadie se atrevía a hablar.
Fue Julián quien rompió el silencio.
—Huyó.
La palabra cayó como una piedra.
Elías frunció el ceño.
—¿Qué?
—Huyó.
Repitió el conde con voz helada.
—Se llevó dinero, ropa y desapareció.
Elías permaneció inmóvil.
Sin comprender.
Sin procesarlo.
Porque aquello no tenía sentido.
Madeline había insistido en aquel compromiso durante años.
Años.
Entonces...
¿Por qué escaparía?
Recordó la última vez que la vio.
La discusión en aquella habitación.
La forma en que ella lo miró.
"Lo que menos quiero es verme involucrada con alguien que no me quiere y yo no quiero."
Las palabras regresaron con una claridad incómoda.
El corazón le dio un vuelco.
Por primera vez, una posibilidad cruzó por su mente.
¿Y si realmente había querido alejarse de todo?
¿Y si nunca pensó regresar?
Mientras los sirvientes corrían por la mansión buscándola desesperadamente, Elías permaneció inmóvil en medio del corredor.
Observando el caos.
Escuchando las órdenes furiosas de Julián.
Y sintiendo una sensación extraña que no lograba definir.
Porque había ido allí dispuesto a escucharla.
Y acababa de descubrir que Madeline Fairchild había desaparecido sin dejar rastro.
El resto del día fue un completo caos.
Sirvientes entrando y saliendo.
Guardias recorriendo los terrenos.
Doncellas nerviosas revisando habitaciones que ya habían sido inspeccionadas varias veces.
La noticia se propagó por toda la mansión en cuestión de horas.
Lady Madeline había desaparecido.
Y nadie sabía dónde estaba.
Elías observaba todo desde el corredor principal mientras los empleados corrían de un lado a otro.
No parecía una actuación.
No parecía algo preparado.
Aquellas personas estaban realmente preocupadas.
—Revisen nuevamente los establos.
—Ya lo hicimos.
—Entonces revisen otra vez.
—Sí, señor.
La voz furiosa de Julián resonó por toda la mansión.
El conde rara vez perdía la compostura delante de los demás.
Sin embargo, aquella vez ni siquiera intentaba ocultar su enojo.
—Conde.
Julián volteó hacia él.
—¿Qué?
—¿Encontraron alguna carta?
—Nada.
Elías frunció ligeramente el ceño.
Era extraño.
Muy extraño.
Si Madeline realmente había decidido marcharse, lo normal sería dejar al menos una nota para su madre.
Recordó a Celia.
No la había vuelto a ver desde aquella mañana.
—¿Dónde está la condesa?
Julián soltó un suspiro cargado de irritación.
—En sus aposentos.
No quiso decir nada más.
Elías decidió buscarla por su cuenta.
Cuando llegó al ala oeste de la mansión, una doncella salía de la habitación de la condesa con los ojos ligeramente enrojecidos.
La joven hizo una reverencia apresurada antes de retirarse.
Elías golpeó suavemente la puerta.
—Condesa.
—Adelante.
La voz sonó cansada.
Al entrar la encontró sentada junto a la ventana.
Las cortinas estaban abiertas.
La luz de la tarde iluminaba suavemente su rostro.
Tenía los ojos rojos.
Como si hubiera estado llorando.
Pero aun así sonrió al verlo.
—Duque Ashford.
—Lamento molestarla.
Celia negó con la cabeza.
—No es ninguna molestia.
Elías guardó silencio unos segundos.
No estaba acostumbrado a consolar personas.
Mucho menos a iniciar conversaciones delicadas.
—¿Está bien?
La pregunta pareció tomarla por sorpresa.
Después soltó una pequeña risa triste.
—¿Cómo cree que está una madre cuando su hija desaparece?
Elías no supo qué responder.
Celia volvió la vista hacia la ventana.
—Madeline siempre fue una niña muy dulce.
Cuando era pequeña corría por toda la mansión.
Siempre regresaba cubierta de barro.
Aunque después fingía que no había hecho nada.
Una sonrisa nostálgica apareció en sus labios.
—Era muy mala mintiendo.
Elías escuchó en silencio.
—Con el tiempo empezó a cambiar.
Se volvió más callada.
Más reservada.
Más triste.
Aquellas palabras hicieron que algo incómodo se removiera en su interior.
Porque él también recordaba a la Madeline de antes.
La joven que lo seguía a todas partes.
La que intentaba llamar su atención constantemente.
La que parecía vivir únicamente pendiente de él.
Y luego estaba la Madeline de las últimas semanas.
La que le hacía preguntas extrañas.
La que parecía cansada.
La que había dejado de perseguirlo.
—Condesa.
Celia levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Ella parecía feliz últimamente?
La mujer se quedó inmóvil.
Solo unos segundos.
Pero Elías lo notó.
—¿Por qué pregunta eso?
—Solo responda.
Celia bajó lentamente la mirada.
—No.
Aquella sencilla respuesta golpeó más fuerte de lo esperado.
—Ya veo.
—Duque.
Elías la observó.
—Si llega a encontrarla algún día...
La voz de Celia se quebró apenas un poco.
—Solo asegúrese de que esté bien.
Nada más.
Elías sintió algo extraño al escuchar aquellas palabras.
Porque sonaban menos como una petición.
Y más como el deseo desesperado de una madre.
—Lo haré.
Respondió antes de pensarlo.
Celia sonrió débilmente.
—Gracias.
Cuando salió de la habitación, el sol ya comenzaba a ocultarse.
La mansión seguía agitada.
Los guardias continuaban buscando pistas.
Los sirvientes seguían murmurando entre ellos.
Pero Elías apenas les prestó atención.
Caminó por los pasillos sin rumbo fijo.
Pensando.
Recordando.
Analizando.
Hasta que sus pasos lo llevaron frente a una puerta.
La habitación de Madeline.
Permaneció unos segundos observándola.
Después giró el pomo.
La habitación estaba vacía.
Silenciosa.
Extrañamente silenciosa.
Entró despacio.
La cama estaba perfectamente tendida.
La ventana cerrada.
La mesa ordenada.
Como si la dueña simplemente hubiera salido a dar un paseo.
Sin embargo, había pequeños detalles que delataban la verdad.
Espacios vacíos en la estantería.
Algunos cajones abiertos.
Perchas sin vestidos.
Elías recorrió el lugar con la mirada.
Entonces algo llamó su atención.
Sobre la mesa descansaba un libro.
Uno cualquiera.
Quizá olvidado durante las prisas.
Lo tomó entre las manos.
Al abrirlo encontró una pequeña flor seca entre las páginas.
Nada importante.
Nada especial.
Pero por alguna razón se quedó observándola.
Y en ese momento comprendió algo que no le gustó en absoluto.
Madeline realmente se había ido.
No era una rabieta.
No era una discusión pasajera.
No era una estrategia.
Había planeado marcharse.
Y lo había hecho sin intención de regresar.
Elías cerró el libro lentamente.
Luego volvió a dejarlo donde estaba.
Afuera comenzaban a encenderse las luces de la mansión.
La noche estaba cayendo.
Y mientras observaba aquella habitación vacía, una pregunta empezó a repetirse una y otra vez en su cabeza.
¿Dónde estás, Madeline?
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada