Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
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Capitulo 11
El cielo de Seúl amaneció plomizo, anticipando la tormenta que no tardaría en estallar. En la mansión Jeon, el ambiente dulce de los últimos días se evaporó de golpe cuando un imponente sedán de lujo negro, escoltado por dos camionetas de seguridad, se detuvo frente a la entrada principal.
De la parte trasera bajó una mujer de unos setenta años con una elegancia intimidante. Vestía un *hanbok* moderno de seda bordada, llevaba el cabello cano recogido en un moño pulcro y sostenía un bastón con empuñadura de plata que resonaba con peso sobre el mármol. Era la Sra. Noh, la temida presidenta del Conglomerado Jeon y abuela de Jungkook.
A su lado, luciendo una sonrisa triunfante, caminaba Min Ah-jung.
La puerta de la mansión se abrió y la Sra. Kang se inclinó en una reverencia de noventa grados, con el rostro más pálido que de costumbre.
—Señora Presidenta... no nos avisó de su visita —dijo el ama de llaves con voz cautelosa.
—Si avisara, no encontraría las aberraciones que ocurren en esta casa a mis espaldas —sentenció la anciana con voz de mando—. ¿Dónde está la chica?
Suki, que venía del salón llevando una bandeja con galletas recién horneadas junto a Byul, se detuvo en seco al ver a la imponente matriarca. El pequeño Byul instintivamente se escondió detrás de las faldas de Suki, apretándole la mano.
—¿Eres tú? —la Sra. Noh recorrió a Suki con una mirada helada y despectiva, analizando su sencilla ropa—. La niñera temporal sin educación ni alcurnia que ha estado distrayendo a mi nieto y jugando a la familia feliz.
—Abuela —la voz firme de Jungkook resonó desde la escalera. Bajó a pasos rápidos, colocándose de inmediato entre la Sra. Noh y Suki, cubriendo a esta última con su cuerpo—. ¿Qué haces aquí? Y Ah-jung... veo que tu especialidad sigue siendo llevar chismes.
Ah-jung cruzó los brazos con suficiencia.
—Solo le conté a tu abuela la verdad, Jungkook-ah. Que has perdido el juicio por una chica de la calle, arriesgando la reputación de la firma de arquitectura y el futuro del grupo.
—¡Suficiente! —ordenó la Sra. Noh, golpeando el suelo con su bastón—. Jungkook, ve a tu despacho. Tengo asuntos que tratar a solas con esta joven.
—No voy a dejarla sola contigo, abuela. Lo que tengas que decir, dímelo a mí —repuso Jungkook con la mirada echando chispas, tomando la mano de Suki frente a todos.
Suki sintió el calor de la mano de Jungkook, pero al ver la mirada calculadora de la Sra. Noh y la presencia fría de Ah-jung, un nudo amargo se le asentó en el estómago.
—¿Crees que puedes enfrentarme por una niñera, Jeon Jungkook? —preguntó la abuela con una calma aterradora—. Si insistes en esta locura, convocaré a la junta directiva mañana mismo. Te removeré de la presidencia de la firma de arquitectura, retiraré los fondos de fideicomiso de Byul y me aseguraré de litigar la custodia legal del niño. ¿Estás dispuesto a destruir la herencia de tu hermano por un capricho?
El silencio que siguió fue asfixiante. Jungkook apretó la mano de Suki con tanta fuerza que le nudillos se le pusieron blancos, pero sus ojos reflejaban la terrible encrucijada en la que lo habían puesto.
Suki miró a Jungkook. Vio la tensión en su mandíbula, el peso sobre sus hombros y luego miró hacia abajo, encontrando la mirada asustada de Byul. La idea de que el niño fuera separado de su único tío y sumergido en una batalla legal desgarradora le rompió el corazón a Suki.
—Sra. Noh... —intervino Suki con voz suave pero temblorosa, dando un paso al frente y soltándose delicadamente del agarre de Jungkook—. Por favor, no culpe al Sr. Jeon. Hablaré con usted.
—¡Suki, no! —exclamó Jungkook, intentando detenerla.
—Está bien, Jungkook. Por favor... déjanos hablar —suplicó Suki, mirándolo a los ojos con una tristeza tan profunda que a él se le encogió el alma.
La conversación en el estudio fue breve y devastadora.
La Sra. Noh no usó gritos; usó la lógica fría del poder.
—Sé exactamente quién eres, Kim Suki —dijo la anciana, sentada tras el escritorio—. Una joven con una racha de mala suerte interminable, sin familia, sin patrimonio y con una deuda médica enorme. Jungkook es un hombre noble y solitario; confundió la lástima y el afecto por Byul con amor. Pero el mundo real no es un cuento de hadas.
—Yo no estoy con él por su dinero, Sra. Noh —respondió Suki, luchando por contener las lágrimas—. Lo quiero de verdad. Y a Byul también.
—El amor no paga los salarios de miles de empleados de nuestra corporación —sentenció la abuela con frialdad—. Si te quedas, destruirás la carrera de Jungkook y pondrás la vida de Byul patas arriba. Pero si te vas hoy mismo, pacíficamente, aseguraré tu futuro. Te daré una suma generosa de dinero y un empleo en otra provincia.
Suki levantó la cabeza, limpiándose una lágrima rebelde. Su orgullo y su dignidad, lo único que su abuela le había enseñado a proteger, salieron a la luz.
—No quiero su dinero, Sra. Noh. Ni un solo guon —dijo Suki con la voz firme a pesar del llanto—. Si me voy, no será por sus amenazas ni por su dinero. Será porque amo a Jungkook y a Byul demasiado como para permitir que sufran por mi culpa.
La Sra. Noh parpadeó, levemente sorprendida por la dignidad absoluta de la chica, pero no cedió.
—Tienes hasta medianoche —dijo la anciana, poniéndose de pie.
Esa noche, la lluvia volvió a caer sobre Seúl con la misma intensidad que el día en que Suki y Jungkook se conocieron.
En el comedor, la cena fue silenciosa. Jungkook intentó sonreír, buscando la mano de Suki por debajo de la mesa constantemente, prometiéndole en susurros que él resolvería todo con su abuela al día siguiente y que nada ni nadie los separaría. Suki solo lo miraba, memorizando cada rasgo de su rostro, cada sonrisa y la calidez de su voz.
A las diez de la noche, Suki acostó a Byul. Le leyó su cuento favorito de dinosaurios y le acomodó las cobijas.
—Suki... —murmuró el pequeño, con los ojos entrecerrados por el sueño—. La anciana fea no va a hacer que te vayas, ¿verdad? Mi tío dijo que tú te quedarás siempre.
Suki sintió un nudo gigante en la garganta. Se inclinó y le dio un beso largo en la frente a Byul, acariciándole el cabello.
—Siempre estaré en tu corazón, Byul-ah... Nunca olvides lo mucho que te quiero —susurró Suki, conteniendo los sollozos hasta que el niño se quedó profundamente dormido.
A las dos de la madrugada, cuando toda la mansión estaba en completa penumbra y silencio, Suki salió de su habitación. Llevaba solo su vieja maleta gastada, la misma ropa sencilla con la que había llegado y, abrazado contra su pecho, el pequeño conejito de peluche que Jungkook le había regalado en el mercado nocturno.
Antes de cruzar la puerta principal, caminó en silencio hasta el estudio de Jungkook. Dejó una carta pulcramente doblada sobre el escritorio de madera, junto a los tenis amarillos que él le había comprado.
Con el corazón hecho pedazos, Suki bajó las escaleras. Al llegar al vestíbulo, encontró a la Sra. Kang esperándola en la penumbra. El ama de llaves no dijo nada; solo se acercó y le entregó un paraguas amarillo nuevo y un pañuelo.
—Es usted la persona más noble que ha pisado esta casa, señorita Suki —dijo la Sra. Kang, con los ojos empañados en lágrimas—. La vamos a extrañar.
—Cuide de ellos, por favor —alcanzó a decir Suki con un hilo de voz, antes de hacer una última reverencia.
Suki abrió la gran puerta de la mansión y salió a la noche lluviosa.
Caminó por la avenida desierta bajo el agua, con las lágrimas mezclándose con la lluvia en sus mejillas. Tiraba de su maleta cuya rueda izquierda volvía a chillar, sintiéndose más sola y desafortunada que nunca. Había entrado a esa casa por culpa de un accidente y se iba de ella dejando atrás su corazón entero.
Mientras la silueta de la mansión desaparecía en la lejanía tras las luces de la ciudad, Suki apretó el pequeño peluche de conejito contra su pecho y susurró al viento de la noche:
—Adiós, mi suerte... Adiós, Jungkook.