Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 2: La Sentencia del Alpha
El peso de las palabras de Logan flotó en el aire del Gran Salón como una densa neblina de azufre. Un silencio sepulcral, casi violento, se apoderó de los cientos de lobos presentes. Nadie se atrevía a respirar.
Astra sintió que la sangre se congelaba en sus venas. Sus ojos, fijos en el hombre que el destino le había asignado, suplicaban en silencio un rastro de piedad, una señal de que todo aquello era una retorcida broma de iniciación. Pero el rostro de Logan permaneció inmutable, tallado en la más fría e implacable piedra.
Lentamente, el futuro Alpha levantó su brazo derecho y extendió la mano hacia el frente.
Por una milésima de segundo, el corazón de Astra dio un vuelco desesperado.
«Es a mí», pensó, en un último y patético destello de esperanza. «Va a pedirme que suba».
Sin embargo, los dedos de Logan no apuntaban en su dirección. Su mano pasó de largo el ángulo donde Astra se encontraba y se dirigió hacia la primera fila de la aristocracia.
De entre la multitud, una figura elegante y esbelta se deslizó con la gracia de una pantera. Era Irina Volkov, la hija del general más condecorado de la manada. Su largo cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre un vestido de seda roja que simulaba la sangre fresca, y sus ojos grises brillaban con una altivez calculadora.
Irina avanzó por el pasillo. Al pasar junto a Astra, se detuvo apenas un instante, lo suficiente para clavarle una mirada cargada de una superioridad aplastante. Sus labios perfectos se curvaron en una sonrisa triunfal antes de ignorarla por completo y subir los escalones del estrado.
Logan la recibió tomándola de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza posesiva que hizo que el lazo en el pecho de Astra crujiera como cristal templado.
El futuro Alpha alzó la barbilla, proyectando su imponente voz sobre la multitud, asegurándose de que cada rincón del territorio escuchara su decreto.
—Yo, Logan Thorne, futuro Alpha de la Manada Colmillo de Plata, rechazo públicamente a Astra como mi mate —su voz de mando azotó las paredes, haciendo que la propia tierra vibrara— Su sangre Omega es un insulto a nuestro linaje, una debilidad que corrompería la fuerza de nuestro futuro. En su lugar, reclamo a Irina como mi verdadera Luna y compañera de trono.
El salón, que un segundo antes parecía un cementerio, estalló en un clamor de vítores, aplausos y murmullos de absoluta aprobación. Los lobos de la alta casta celebraban la decisión como un acto de sublime sabiduría militar. Después de todo, ¿quién quería a una sirvienta desnutrida como reina cuando podían tener a la heredera de la facción guerrera?
Para Astra, el mundo se redujo a un zumbido agudo y ensordecedor.
En el instante en que Logan pronunció la palabra rechazo, el lazo místico en su interior se retorció violentamente. Fue una sensación física, brutal. Como si un puñal de hielo negro le atravesara el esternón y se hundiera directamente en su alma, desgarrando las conexiones espirituales que la unían a él. El vínculo sagrado, herido de muerte, comenzó a emitir oleadas de dolor que le nublaron la vista y le provocaron una náusea sorda.
Apretó los puños contra su vientre, obligándose a mantenerse en pie, negándose a darles el placer de verla colapsar en el suelo.
Con las lágrimas finalmente desbordándose y quemando sus mejillas, Astra dio tres pasos hacia el estrado. La multitud guardó silencio de nuevo, expectante ante el espectáculo de la paria herida.
—¿Por qué...? —su voz, rota y ahogada por la agonía del lazo desgarrándose, apenas fue un hilo en la inmensidad del salón— Logan... la Luna nos eligió. Sientes el vínculo tanto como yo... no puedes hacerle esto al destino...
Logan bajó la mirada desde la altura del estrado. No había remordimiento en sus ojos oscuros, solo una soberbia ciega y el fastidio de quien lidia con un insecto molesto.
—El destino es para los débiles que no pueden moldear su propio futuro, Astra —respondió él, con un tono gélido que cortaba más que la plata— Mírate. Eres una Omega sin aroma, incapaz de engendrar cachorros fuertes, un error biológico de la naturaleza. Eres una paria. No vales nada para mí, ni para esta manada.
A su lado, Irina se inclinó levemente hacia adelante, entrelazando su brazo con el de Logan. Sus ojos grises centellearon con una malicia contenida, disfrutando cada segundo de la destrucción pública de la chica.
—Deberías agradecer que el Alpha sea compasivo y te permita escuchar tu sentencia de pie, rata de cocina —susurró Irina, con una dulzura venenosa que solo Astra pudo escuchar.
Astra bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su rostro. El dolor del alma mutó. La humillación era tan vasta, tan profunda, que algo más comenzó a agitarse en el vacío que Logan había dejado en su pecho. Una chispa extraña, fría y oscura, ajena a la magia de los lobos.
Pero no tuvo tiempo de entenderla.
El viejo Alpha, el padre de Logan, dio un paso al frente, interrumpiendo el tenso silencio. En su mano derecha sostenía una reliquia que hizo que todos los presentes contuvieran el aliento: la Daga de la Purga, un arma ceremonial forjada en plata pura y bendecida con magia lunar ancestral para cortar los lazos biológicos.
—Para consolidar la nueva unión y proteger el poder de la manada, el lazo erróneo debe ser extirpado de raíz —sentenció el viejo tirano, alzando el arma cuyo reflejo plateado iluminó el rostro pálido de Astra— Guardias, sostengan a la paria.