Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 5: El olor
Lleva cuatro días volviendo.
Nico no lo ha contado a propósito, simplemente lo sabe. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, cada tarde, después de la piscina, cuando el cloro todavía se le pega a la piel y el pelo rubio se le seca con puntas revoltosas, sus piernas eligen la calle que bordea el campus. La tienda de bicicletas, el local de comida china, el timbre desafinado de Offline.
Ya no necesita pedir.
Jean lo ve entrar y mientras Nico cruza hacia la mesa del fondo, el sonido de la máquina de espresso se adelanta, cuando Nico saca su cuaderno y abre la página por donde va, el cortado ya está en camino. No lo trae Jean —nunca lo trae—, pero siempre llega y siempre, en la espuma, la flor de cinco pétalos.
No hablan mucho. Un "hola" al entrar, un "gracias" al recoger la taza, un cruce de miradas que dura un segundo más de lo necesario, pero ninguno de los dos se atreve a alargar.
Sin embargo, algo ha cambiado.
Nico lo nota en la forma en que Jean, a veces, deja de secar la misma taza cuando él entra, en la manera en que su mirada ámbar se posa sobre él un instante antes de volver a su tarea, como si supiera que va a llegar. Como si, sin quererlo, lo estuviera esperando.
Mauro ha dejado de preguntarle por qué va solo a ese café, Leo ha levantado una ceja una vez y ya. Nico no da explicaciones, no las tiene.
Simplemente va.
———
La tarde del jueves es más cálida que los días anteriores.
El sol entra por los ventanales de Offline y dibuja cuadriláteros de luz sobre el suelo de madera. La chica del portátil rojo está en su mesa de siempre, el hombre del traje gris ya se ha ido, la pareja de los muffins no ha aparecido.
Nico está sentado en el fondo, con la libreta abierta, pero no dibuja, mira la luz moverse sobre la página en blanco.
De reojo, ve a Jean detrás de la barra. Hoy lleva el uniforme azul marino, el pelo como siempre, recogido en una coleta baja, con ese mechón que no deja de escaparse, lo acomoda detrás de la oreja con el gesto rápido y nervioso que Nico ya conoce. Jean coge una bandeja con platos sucios y sale del mostrador.
Nico nunca lo había visto fuera de ahí.
Es extraño, la barra siempre ha sido su frontera, su territorio, verlo caminar entre las mesas es como ver a alguien salir de su escondite. Parece más pequeño, más delgado, los hombros encorvados hacia adelante, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. Se acerca a la mesa contigua a la de Nico, la que está vacía desde hace rato, se agacha para recoger una servilleta caída, y al levantarse, gira.
Está a menos de un metro.
Nico levanta la vista de su libreta, sus ojos se encuentran, Jean no sonríe —Nico no está seguro de haberlo visto sonreír nunca—, pero hay algo en su expresión que se suaviza. Solo un instante. Luego, Jean pasa a su lado para dejar la bandeja en el mostrador.
Y entonces Nico lo huele.
No es como los otros. En la universidad, los omegas se acercan con aromas que son banderas: vainilla, jazmín, caramelo, olores dulces que buscan enganchar al alfa antes de una palabra. Nico está acostumbrado. También ha conocido olores más íntimos, de encuentros pasados en la preparatoria —miel, flores nocturnas, fruta madura— que lo envolvían y lo arrastraban sin pedir permiso. Esto es distinto. Es un susurro, algo que apenas se atreve a existir.
Té verde y musgo de bosque.
Un aroma tenue, húmedo, íntimo, como el rastro de algo que ha estado mucho tiempo escondido y que, por un momento, olvidó ocultarse. No pide nada, no reclama, no es dulce ni envolvente, solo está ahí, pequeño y frágil, como una puerta entreabierta a un cuarto oscuro.
Nico se queda inmóvil.
No respira, no quiere, porque si respira el olor se irá y quiere retenerlo un segundo más. Solo uno.
Jean ya está detrás de la barra, ha dejado la bandeja y vuelve a secar tazas. No mira hacia Nico, no se ha dado cuenta de nada.
Pero Nico sí.
Se da cuenta de que nunca había percibido su olor. Las otras veces, cuando se acercaba al mostrador, cuando pedía el cortado, no había nada, un vacío olfativo que le había parecido extraño. Ahora lo entiende: no es que no tuviera olor, es que su olor es tan leve, tan contenido, que hay que estar cerca, muy cerca, casi lo suficiente para rozarlo.
Nico mira su cuaderno, la página sigue en blanco.
Su mano sostiene el lápiz, pero no dibuja, siente algo raro en el pecho, no sabe cómo llamarlo. No es como cuando ha olido a otros omegas, esos aromas intensos que lo asaltaban y le despertaban algo automático, físico, casi molesto por lo predecible.
Esto es diferente.
Este olor no exige nada, no seduce, no grita, no se ofrece. Solo está ahí, esperando, como si no estuviera seguro de querer ser encontrado.
Y Nico, sin saber por qué, quiere encontrarlo.
Quiere volver a sentirlo, quiere acercarse más, quiere saber si siempre ha sido así o si hoy, por alguna razón que desconoce, ha florecido un poco más.
Pero no hace nada.
Se queda sentado, con el lápiz entre los dedos, mientras Jean sigue secando tazas detrás de la barra y la luz de la tarde se alarga sobre el suelo. No bebe más café, no dibuja nada. Cuando se levanta para marcharse, casi media hora después, Jean levanta la vista por un segundo.
—¿Ya te vas? —pregunta. No es la frase de un cliente a un camarero, hay algo en ella que suena a otra cosa.
—Sí —dice Nico—, tengo que estudiar.
Miente, no tiene nada que estudiar, pero no sabe cómo quedarse más tiempo sin una excusa. Jean asiente. No dice "hasta luego", solo baja la cabeza y retoma su tarea.
Nico sale a la calle, el aire de la tarde es cálido y huele a escape de coches, a tierra seca, a la nada que hay después de un olor que se queda. Camina hacia su departamento con las manos en los bolsillos.
El aroma a té verde y musgo de bosque se ha desvanecido, pero en algún lugar de su memoria, en ese rincón donde se guardan las cosas que no se nombran, sigue flotando.
Y él no quiere que se vaya del todo.