Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XXIII Aliado en las sombras
Punto de vista de Claudia
Caminaba por los pasillos de mármol con el paso firme de quien sabe que tiene el mundo a sus pies. En mi mano, la tablet pesaba menos que una pluma, pero contenía una bomba atómica: la grabación de "Isabella" —o quienquiera que fuese esa impostora— hablando con un tal Miguel sobre una madre enferma y una identidad oculta.
Había esperado años para ver a los Castillo caer, y ver a Alexander libre de esa mujer sería mi mayor logro. Él es un Volkov, un hombre que merece a alguien a su altura, alguien que cuide su espalda, no una mujer que se esconde en las despensas para conspirar.
Me detuve frente a la puerta del despacho de Alexander. Ajusté mi falda y puse mi mejor expresión de "lealtad preocupada". Entré sin llamar, como solía hacerlo cuando el asunto era urgente.
—Alexander, lamento interrumpir, pero hay algo que debes escuchar de inmediato —dije, acercándome a su escritorio. Él ni siquiera levantó la vista de sus documentos, pero su mandíbula se tensó—. Se trata de tu esposa. He detectado una irregularidad en las comunicaciones de la mansión.
Él dejó la pluma sobre la mesa y me miró con esos ojos grises que siempre me hacían flaquear, pero esta vez estaban más fríos que de costumbre.
—¿Qué quieres decir con "irregularidad", Claudia?
—Hizo una llamada clandestina desde la línea de servicio. Usó un nombre que no es el suyo y habló con un hombre sobre un tratamiento médico secreto. Aquí está la grabación.
Con una sonrisa interna de triunfo, deslicé el dedo por la pantalla de la tablet para reproducir el archivo de audio de la extensión 04. Pero lo que salió de los altavoces no fue la voz angustiada de Elena.
Fue estática. Un siseo blanco, vacío y persistente.
Fruncí el ceño y lo intenté de nuevo. Nada. Fui a la base de datos central, al registro de llamadas de la última hora. El registro estaba ahí: Extensión 04 - Llamada saliente - 23:14. Pero cuando intenté acceder al archivo fuente, apareció un mensaje en letras rojas que me heló la sangre: ARCHIVO CORRUPTO O ELIMINADO.
—¿Y bien? —la voz de Alexander sonó como un latigazo. Se puso de pie, rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí—. Estoy esperando, Claudia.
—Alexander, yo... te juro que la escuché. Estaba aquí. Alguien... alguien entró al sistema y lo borró —mi voz, siempre tan segura, flaqueó.
—¿Me estás diciendo que me interrumpes en medio de la noche para hacerme escuchar estática y lanzarle acusaciones a mi esposa sin una sola prueba? —se acercó a mí, invadiendo mi espacio, pero no con afecto, sino con una amenaza latente—. Isabella estuvo conmigo en la habitación. Estaba... intentando acercarse a mí.
—¡Es una trampa! —exclamé, desesperada—. Ella solo quería distraerte porque sabía que yo la había descubierto. Alexander, ella no es quien dice ser, ¡tienes que creerme!
—Lo que creo —dijo él, arrebatándome la tablet de las manos con un movimiento brusco— es que tu obsesión con mi matrimonio está cruzando una línea peligrosa. El sistema de esta mansión es impenetrable, Claudia. Si el archivo no está, es porque nunca existió o porque alguien con un nivel de acceso superior al tuyo decidió que no debías tenerlo.
Me quedé muda. ¿Nivel de acceso superior? Solo Alexander y su abuelo tenían esos permisos. ¿Acaso el abuelo Dimitri estaba protegiendo a la impostora? ¿O había alguien más en esta casa que yo no estaba tomando en cuenta?
—Vete a tu habitación —ordenó Alexander, devolviéndome la tablet con desprecio—. Y no vuelvas a traerme chismes de pasillo a menos que tengas algo real. Si vuelves a acosar a mi esposa de esta manera, te aseguro que ni siquiera tu lealtad a mi abuelo te salvará del despido.
Salí del despacho sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Estaba segura de lo que había oído. Alguien había borrado esa grabación en los escasos diez minutos que tardé en llegar al despacho.
Al doblar la esquina, vi una sombra al final del pasillo. Era uno de los empleados antiguos, o quizá solo el reflejo de mi propia paranoia. Pero una cosa era segura: Elena tenía un aliado dentro de la mansión Volkov, alguien que sabía de tecnología tanto como yo, y que estaba dispuesto a jugar sucio para mantener su secreto a salvo.
La pregunta era... ¿quién?
ojalá no bajen la Guardia