Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 3: Mente moderna en tiempos antiguos.
El calor del verano se había apoderado de la capital de la Dinastía Tang. El aire estaba pesado, el polvo flotaba en las calles y, dentro de la mansión Wén, aunque los jardines ofrecían algo de alivio, la incomodidad era evidente. Los sirvientes se movían con paso lento, secándose el sudor, y las provisiones que llegaban del campo se echaban a perder mucho más rápido de lo habitual, generando pérdidas y preocupaciones.
Roxana observaba todo con ojos críticos, apoyada contra el tronco de un viejo árbol de ginkgo, mordisqueando una ramita mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Para ella, que venía del siglo XXI, ver cómo vivían y trabajaban en esta época era como ver un sistema lleno de fallos sencillos de corregir, si tan solo supieran lo que ella sabía. No era magia, ni sabiduría ancestral… Era simplemente conocimiento básico, cosas que cualquier estudiante de secundaria habría aprendido en su mundo. Pero aquí, en el año 638, esas ideas eran revolucionarias.
—¡Hermana mayor! —gritó Wén Lín, corriendo hacia ella con un cuaderno en la mano, seguido de cerca por su hermano menor Yǔ—. El cocinero está muy preocupado. Dice que las verduras se pudren a los dos días, que la carne no dura ni un día entero sin echarse a perder y que esta semana hemos tenido que tirar mucha comida.
Roxana sonrió, enderezándose y sacudiéndose la túnica. Era exactamente lo que estaba esperando.
—Vamos a verlo, entonces —dijo con determinación—. Creo que tengo algunas soluciones.
Caminó hacia la zona de almacenes y cocinas, seguida por sus hermanos, que la miraban con admiración absoluta. Para ellos, su hermana no tenía defectos; cualquier problema, por difícil que pareciera, ella tenía la respuesta. Al llegar, encontró al cocinero jefe, un hombre de mediana edad, corpulento y de aspecto preocupado, hablando con los sirvientes encargados de las provisiones. Al verla, todos se detuvieron e hicieron una reverencia respetuosa. Aunque era joven y mujer, en la mansión Wén la palabra de Roxana tenía más peso que la de cualquiera.
—Señorita Roxana —saludó el cocinero, inclinando la cabeza—. Perdone que le moleste con estos asuntos, pero el calor es implacable. Las frutas, las verduras, incluso los granos se estropean rápido. Es un desperdicio terrible y, además, temo que pronto no tengamos alimentos frescos suficientes.
Roxana caminó hasta los estantes donde guardaban los alimentos. Todo estaba expuesto al aire, sobre tablas de madera, directamente sobre el suelo de tierra o piedra, sin separación, sin orden, sin protección contra la humedad o el calor.
—El problema no es el calor, maestro Wang —dijo ella con calma, señalando con el dedo—. El problema es cómo guardan las cosas.
Todos la miraron con sorpresa. El cocinero frunció el ceño, confundido.
—¿Cómo dice, señorita? Siempre se ha guardado así. Nuestros antepasados lo hicieron así, y…
—Nuestros antepasados no sabían lo que yo sé —interrumpió ella con su carácter firme, sin malicia, pero sin titubear—. Escuchen bien: los alimentos se echan a perder por el calor, por la humedad, por el contacto con la tierra y por los pequeños insectos y seres que no ven a simple vista. Si cambiamos la forma de guardarlos, durarán mucho más tiempo.
Se acercó más y empezó a explicar, usando palabras sencillas, adaptando conceptos modernos a lo que ellos podían entender:
—Primero: nada de alimentos directamente en el suelo. El suelo guarda humedad y sube hacia arriba, pudriéndolo todo. Hagan estantes más altos, de madera bien seca, separados de la pared. Segundo: separen cada cosa. Las frutas dan un aire especial que madura y daña a las verduras si están juntas. Los granos y las harinas deben estar en recipientes cerrados, de cerámica o madera bien sellada, con un poco de ceniza seca debajo para absorber la humedad.
Hizo una pausa, vio que todos la escuchaban con la boca abierta, sin perderse una sola palabra, y continuó:
—Y para la carne y el pescado, cuando hace calor: sal, mucha sal, y luego secar al aire, pero en sombra, o guardar enterrado en barriles con sal y hojas de loto secas. También pueden usar hojas de árboles aromáticos, como el ciprés o el laurel, entre las capas; eso aleja a los bichos y mantiene el sabor. Y algo más: si cavan un hueco profundo bajo tierra, lo recubren de paja y madera, y meten ahí los recipientes cerrados, el frío se queda abajo y las cosas duran el doble. Es como tener un pozo de frescura.
El cocinero abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Un pozo de frescura! —repitió, asombrado—. Nunca había escuchado tal cosa… pero tiene sentido. Si abajo hace más frío…
—Exacto —asintió Roxana, satisfecha—. Háganlo así, y verán cómo la comida ya no se tira.
En ese momento, su padre, Wén Chen, que había escuchado todo desde la entrada, se acercó con una mezcla de orgullo y asombro en la mirada. Había ido a revisar las cuentas de la casa y se había encontrado con aquella explicación magistral.
—Hija mía —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. ¿Cómo sabes todo esto? ¿Quién te lo enseñó?
Roxana sonrió con esa picardía que siempre la caracterizaba, y respondió con la respuesta que ya tenía preparada para todas esas preguntas:
—Nadie me lo enseñó, padre. Solo observo, pienso y me pregunto por qué las cosas son de una forma y no de otra. Es lógica pura: si algo se daña por el calor, hay que buscar el frío. Si se daña por la humedad, hay que secarlo. ¿No es sencillo?
Para ella era sencillo, claro. Pero para ellos, era sabiduría profunda, casi sobrenatural. Su padre sacudió la cabeza, maravillado, y dio órdenes inmediatas para que se hiciera todo tal como ella había dicho.
Pero las ideas de Roxana no se detuvieron ahí. Esa misma tarde, caminando por los terrenos de cultivo que pertenecían a la familia, vio a los campesinos trabajando bajo el sol, con herramientas rudimentarias, moviéndose de forma que gastaban mucha energía para muy poco resultado. El sistema de riego era desastroso: el agua corría por canales mal hechos, se perdía por todas partes, llegaba con dificultad a las plantas y muchas veces se inundaban unas zonas mientras otras se secaban.
—¡Esto es muy ineficaz! —murmuró para sí misma, mientras sus hermanos Hào y Lín caminaban a su lado.
—¿Qué pasa, hermana? —preguntó Hào, que ya empezaba a encargarse de supervisar las tierras.
—Que están trabajando el doble para conseguir la mitad —respondió ella, señalando los surcos mal trazados y el agua que corría sin control—. Mira cómo cavan: pasan la azada de cualquier forma, sin orden, y el agua se escapa. Y cuando hay sequía, sufren, y cuando llueve, se inunda todo. Se puede hacer mucho mejor.
Sin esperar más, se quitó la túnica exterior, se recogió las mangas y bajó hacia el campo, bajo las miradas atónitas de todos. Una joven de familia noble, hermosa y educada, metiéndose en la tierra sucia y caliente como si fuera una campesina… era algo que nadie había visto jamás. Pero Roxana no le dio importancia. Se arrodilló, dibujó líneas en el suelo con una rama y empezó a explicar a los capataces y trabajadores que se habían acercado, atraídos por la curiosidad.
—Miren: los surcos no deben ser rectos y profundos así, sino curvos y poco profundos, siguiendo la pendiente del terreno. Así el agua se queda, se reparte bien y no se lleva la tierra buena. Y para llevar el agua desde el río hasta aquí, no hagan canales anchos y abiertos; hagan zanjas estrechas y cubran con piedras o madera, así no se evapora ni se pierde. Y usen este sistema: cuando quieran subir agua de un nivel bajo a uno alto, pueden usar largos troncos huecos inclinados, y moverlos con una rueda de palas movida por el propio río. Así no tendrán que cargar cubos en la espalda todo el día.
Explicó con detalle, usando términos sencillos, dibujando esquemas en la tierra, corrigiendo errores, enseñando técnicas de rotación de cultivos que permitirían a la tierra descansar y dar más frutos, métodos para plantar más juntos ciertas semillas que se ayudan entre sí, y alejar otras que se hacen daño.
—Si hacen esto —concluyó, poniéndose de pie y limpiándose las manos—, en una sola cosecha verán la diferencia. Trabajarán menos, sufrirán menos y recogerán el doble o el triple de lo que recogen ahora.
Los campesinos se miraban entre ellos, boquiabiertos, luego miraban los dibujos en la tierra y luego a ella, con una mezcla de respeto y devoción. Para ellos, esa joven señora no era solo la hija de su amo; era como una diosa que bajaba para enseñarles cosas que nadie jamás les había dicho.
Pero la cosa más sorprendente llegó al día siguiente, cuando Roxana reunió a todas las sirvientas y mujeres de la casa para hablar de algo que, según ella, era lo más importante de todo, aunque muchos pensaban que eran tonterías: la higiene.
Estaban todas en el patio principal, incluidas su madre y algunas damas vecinas que habían venido de visita. Roxana, con su voz clara y firme, habló como si estuviera dando una lección en una universidad.
—Escuchen bien, porque esto salva vidas —empezó, caminando entre ellas—. La mayoría de las enfermedades, las fiebres, las dolencias de estómago y las infecciones que matan a niños y ancianos no son castigos del cielo ni mala suerte. Son cosas pequeñas, invisibles, que viven en la suciedad, en el agua estancada, en las manos sucias, en los alimentos mal lavados.
Explicó la importancia de lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño, de hervir el agua antes de beberla o de usarla para cocinar, de mantener los suelos limpios y ventilados, de lavar bien la ropa y dejarla secar al sol, de limpiar las heridas con agua limpia y ciertas hierbas antisépticas que ella conocía.
—El sol es el mejor amigo de la salud —decía, señalando hacia arriba—. Mata todo lo malo. Nada de ropa mojada guardada, nada de habitaciones cerradas todo el día. Aire y luz siempre.
Su madre, Lǐ Mèi, la escuchaba con los ojos brillantes de orgullo, mientras una de las damas visitantes, la señora Zhang, que ya tenía fama de chismosa, preguntó con tono de duda:
—Pero señorita Roxana… ¿quién le ha dicho a usted todo esto? Nunca en la historia de nuestra familia se ha hablado de estas cosas. ¿Cómo puede estar tan segura?
Roxana la miró directamente a los ojos, sin vacilar, y respondió con esa inteligencia afilada que dejaba a todos sin respuesta:
—Señora Zhang, la verdad no necesita haber sido dicha antes para ser verdad. Si usted se cae y se hace una herida, ¿se la deja sucia y llena de polvo, o la limpia? ¿No es lógico pensar que la suciedad hace daño? Yo solo digo lo que la lógica y la naturaleza nos enseñan, si nos tomamos el tiempo de observar bien.
Nadie pudo discutirle. Y cuando, en las semanas siguientes, empezaron a aplicarse todos sus consejos: los alimentos duraban mucho más, los campos daban mejores cosechas, en la casa casi nadie se enfermaba y los niños estaban más sanos y fuertes, la fama de Roxana Wén creció como la espuma.
Todos en la mansión, y poco a poco en toda la ciudad, hablaban de ella como de una joven extraordinaria, llena de sabiduría divina, una genio que había nacido con conocimientos que nadie más tenía. Nadie entendía de dónde venían esas ideas, ni cómo podía saber tanto de tantas cosas distintas. Su padre decía que era un don del cielo, su madre que era la inteligencia de su abuela renacida, sus hermanos que simplemente era la mejor del mundo.
Y Roxana sonreía en silencio, mientras seguía leyendo libros antiguos, ideando nuevas formas de mejorar la vida a su alrededor y esperando el momento en que esas ideas llegaran también al palacio imperial. Porque ella sabía que, cuando el Emperador Li Longjun se enterara de todo lo que ella era capaz de hacer, su indiferencia inicial se convertiría en algo mucho más intenso. Y mientras tanto, disfrutaba de ver cómo su mente moderna transformaba poco a poco este mundo antiguo, haciéndolo mejor, más seguro y más próspero.
Porque para Roxana Wén, no había muros que no pudiera derribar, ni reglas que no pudiera cambiar… y mucho menos conocimientos que no pudiera enseñar.