Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 6: El hielo empieza a agrietarse.
La medianoche había quedado atrás hacía un par de horas, pero en el ala este de la Mansión Sterling, el ambiente se había vuelto asfixiante. Liam caminaba de un lado a otro en la habitación de Alistair, con el corazón acelerado y una toalla húmeda entre las manos.
El cachorro había comenzado a dar vueltas en la cama poco después de las once, quejándose en sueños. Cuando Liam se acercó a revisarlo, se encontró con que las mejillas del niño estaban encendidas en un rojo febril y su piel se sentía peligrosamente caliente al tacto. El dulce aroma a vainilla y leche del pequeño se había vuelto espeso, agrio por el malestar, llenando el cuarto con una señal de auxilio que disparó de inmediato los instintos de protección de Liam.
—Tranquilo, mi amor, aquí estoy —susurró Liam con la voz entrecortada, sentándose en la orilla de la cama para colocar la toalla fresca sobre la frente de Alistair.
El niño dejó escapar un débil quejido, buscando inconscientemente el calor de la mano de Liam. Como Omega puro, Liam intentó liberar sus feromonas más calmantes, inundando la habitación con un aroma denso a lavanda y miel, tratando de arrullar al cachorro para mitigar su dolor. Sin embargo, la fiebre no cedía y el ama de llaves, la señora Greyson, había salido esa tarde a visitar a un familiar enfermo, dejando a Liam solo con la responsabilidad.
Necesitaba el botiquín del piso inferior o, peor aún, el coche para llevarlo al médico. Y solo había una persona en esa inmensa casa que podía autorizarlo.
Liam tragó saliva, mirando hacia la puerta abierta. El pasillo estaba oscuro. Sabía que Alexander Sterling odiaba ser molestado, recordaba perfectamente la advertencia de que debía mantenerse lejos de su vista, pero la salud de Alistair estaba primero.
Antes de que Liam pudiera ponerse de pie para ir a buscarlo, el aire de la habitación cambió de golpe.
Una corriente pesada, imponente y sumamente densa de madera de sándalo quemada y whisky inundó el espacio. El olor no era hostil, sino primitivo, cargado de una urgencia alfa que hizo que a Liam se le erizaran los vellos de la nuca. Unos pasos firmes y rápidos resonaron en el pasillo, y un segundo después, la silueta colosal de Alexander recortó el umbral de la puerta.
Alexander vestía solo una camisa negra con los primeros botones desabrochados y los pantalones del traje. Sus ojos, usualmente gélidos y calculadores, brillaban con una fijeza animal en la penumbra. Desde su despacho, sus sentidos de Alfa dominante habían captado la señal de alerta aromática de su cachorro y, de manera inevitable, la desesperación en la lavanda de Liam. Su lobo interno había tomado el control antes de que su mente racional pudiera detenerlo.
—¿Qué le pasa al niño? —demandó Alexander. Su voz profunda retumbó en las paredes, desprovista de su habitual monotonía robótica; esta vez había una nota de pura preocupación en ella.
Liam se levantó de la cama de inmediato, enfrentando la imponente presencia del Alfa sin retroceder.
—Tiene una fiebre muy alta, señor Sterling —explicó Liam, manteniendo la calma a pesar de los nervios—. Empezó hace un par de horas. He estado usando compresas frías, pero no baja. Su aroma está cambiando por el malestar, necesita un médico.
Alexander se acercó a la cama a grandes zancadas, rompiendo por primera vez la distancia que se había impuesto. Al ponerse al lado de Liam, el choque de sus aromas fue brutal. La lavanda y la miel de Liam se mezclaron con el sándalo y el whisky de Alexander, creando una combinación tan perfecta y armónica que el Alfa interno de Alexander dejó de rugir de inmediato, calmado por la sola proximidad de su destinado.
Alexander se inclinó sobre su hijo y colocó su mano grande sobre la frente del niño. La mandíbula del magnate se tensó al sentir el calor abrasador.
—Es una fiebre por desarrollo de instintos —diagnosticó Alexander, con la voz un poco más suave al notar cómo el pequeño Alistair, al sentir el olor de su padre, se relajaba mínimamente en la almohada—. Los cachorros omega suelen tener estos picos cuando sus cuerpos empiezan a estabilizar sus propias hormonas. Traeré los medicamentos de mi despacho.
Alexander se dio la vuelta para salir, pero el movimiento de su cuerpo arrastró una ráfaga de su aroma maduro que golpeó de lleno a Liam. Liam soltó un leve suspiro involuntario; la presencia del Alfa, lejos de asustarlo, le transmitía una extraña sensación de seguridad que su cuerpo agradecía.
En menos de dos minutos, Alexander regresó con un pequeño frasco y una jeringa dosificadora. Se sentó en el borde de la cama, justo al lado de donde Liam permanecía de pie.
—Ayúdame a levantarlo —pidió Alexander, mirando a Liam a los ojos por una fracción de segundo. Ese contacto visual directo hizo que el Alfa sintiera una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal, recordándole la fuerza del lazo de destinados que intentaba ignorar.
Liam se apresuró a asentir. Con una delicadeza infinita, deslizó sus brazos detrás de la espalda del niño, elevando su pequeño torso contra su propio pecho para que Alexander pudiera administrarle el jarabe. Mientras Alistair bebía el medicamento con dificultad, el cachorro estiró una de sus manitas febriles y se aferró con fuerza a la manga de la camisa de Alexander, al mismo tiempo que escondía el rostro en el cuello de Liam.
La escena dejó a Alexander sin habla. Por primera vez en cinco años, su hijo lo estaba tocando por voluntad propia, buscando su protección, mientras se refugiaba en los brazos de un omega que apenas conocía. El nido improvisado de la cama olía a los tres: a la vainilla del cachorro, a la lavanda sanadora de Liam y a su propio sándalo. Biológicamente, aquello parecía una familia perfecta.
El corazón de Alexander, ese órgano que juró haber enterrado en el accidente de tráfico de su pasado, dio un vuelco violento. Sintió una punzada de culpa hacia su difunto esposo, pero al mirar el rostro cansado de Liam, que sostenía al niño con tanto amor, la culpa fue aplastada por un instinto posesivo y protector mucho más fuerte.
—Quédate así un momento —dijo Alexander en un susurro áspero, incapaz de apartarse—. Tu aroma... lo está calmando. Lo noto.
—El suyo también, señor Sterling —respondió Liam con una sonrisa pequeña y suave, mirándolo desde la corta distancia que los separaba—. Los cachorros necesitan a su Alfa para sentirse seguros. Alistair lo ha extrañado mucho.
Alexander guardó silencio, pero no se movió. Se quedó sentado en la orilla de la cama, permitiendo que su mano acariciara con torpeza pero ternura el cabello oscuro de su hijo, mientras su cuerpo memorizaba la cercanía de Liam. El hielo que rodeaba la Mansión Sterling no se había derretido por completo, pero esa noche, en la penumbra de la habitación infantil, la primera gran grieta se había abierto en la armadura del Alfa dominante.