Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 7
SR. ENRICO:
El reloj de la sala de espera marcaba las siete en punto cuando empujé la puerta de cristal. El ambiente tenía aquel olor amaderado suave, mezclado con lavanda. Casi demasiado acogedor, como si quisiera ablandar a personas que, como yo, no se permiten doblegarse.
La secretaria me saludó con una sonrisa automática. Hice un breve asentimiento con la cabeza. No me gusta el desperdicio de palabras. Caminé hasta la sala donde él me aguardaba.
Dr. Samuel. Siempre impecable. Gafas de montura fina, barba canosa bien cuidada, blazer azul marino. El tipo de hombre que parece confiar en la paciencia como quien confía en un arma.
- Buenas tardes, Enrico. Su voz, calmada, como siempre.
Asentí. Me senté en el sillón de cuero. Me acomodé el saco gris, abrí el primer botón de la camisa. Nunca consigo estar totalmente a gusto aquí, pero aprendí a no demostrarlo.
- ¿Cómo fueron estos 15 días? ¿Desde nuestra última sesión sucedió algo que quiera comentarme?
- Nada relevante.
- ¿Cómo fue esta semana?
- Igual a todas las otras. Mi voz sale firme, sin emoción.
Él no se apresura a anotar. Solo me mira. Eso irrita.
- ¿Igual en qué? Insiste.
- Trabajo, reuniones, contratos. Hago un gesto vago con la mano.
- Nada fuera de lo normal. Concluí.
El Dr. Samuel apoya la barbilla en la mano, analizándome.
- ¿Y en cuanto a Pedro?
Siento la mandíbula endurecerse.
- Sigue siendo Pedro. Silencioso, distante.
- ¿Consiguió contratar una nueva niñera para su hijo?
- ¡Sí!
Parpadeo despacio. Me quedo algunos segundos en silencio.
Él arquea la ceja.
- Imagino que ya la conoció.
Respiro hondo.
- Conocí. Respondo, sin cualquier emoción aparente.
- Es… eficiente.
Él espera. Sé que él espera algo más. Pienso en ella… la nueva niñera… Clara. Entonces completo, aún con la voz fría:
- Y… es la mujer más linda que ya he visto.
Las palabras salen antes de que pueda filtrarlas. El consultorio queda en silencio por un instante. Él me encara, y sé que percibió la pausa en mi respiración.
Me acomodo la corbata, deshaciendo la entrega que acabo de dar.
- Pero la belleza no es criterio de evaluación para la competencia, agrego rápido, firme.
- Apenas una constatación.
Él sonríe de lado, anotando algo. Odio cuando hace eso.
- Entiendo.
Cruzo los brazos.
- No hay nada para entender. Apenas dije un hecho.
Él cambia de asunto con la calma irritante de siempre:
- ¿Investigó sobre la vida de ella?
- ¡No! Ella tiene el curso de niñera, es cariñosa y a mi hijo le gustó ella. Eso es suficiente.
Él me mira con desconfianza.
- Viniendo de usted eso es una gran mentira. Quiero recordarle que usted necesita de mi ayuda. Y esta terapia solo puede resultar, si es sincero y verdadero conmigo.
Yo respiro hondo.
- Hermana mayor de cinco hermanos. Padre fallecido, madre con enfermedad degenerativa en la columna, necesitando de una cirugía con urgencia. Está en la fila para la cirugía. Yo digo con firmeza.
- ¿El hecho de ella no tener padre y la madre estar enferma. Despertó algún sentimiento?
Yo odio hacer esa terapia… no acredito que agregue alguna cosa. Pero no tengo poder de elección.
- Vamos a hacer aquel ejercicio hoy. Una palabra, una respuesta inmediata. Sin pensar demasiado. Él dice al ver que no tendrá respuestas.
- Diga apenas lo que se le venga a la cabeza.
Pongo los ojos en blanco internamente, pero no dejo que se note.
- Como quiera.
Él comienza.
- ¿Familia?
- Responsabilidad.
- ¿Amor?
Doy una risotada seca.
- Debilidad.
- ¿Control?
- Necesario.
- ¿Rabia?
Mi respiración se contiene por un segundo. Fuerzo una sonrisa fría.
- Energía.
Él anota.
- ¿Hijo?
- Herencia.
- ¿Mujer?
Silencio. Pienso en Clara por un instante. Los ojos de ella cuando pidió disculpa, la forma como Pedro se agarró a ella. Aprieto los dedos contra el brazo del sillón.
- No confiable. Respondo, ríspido.
- ¿Confianza?
- Estrategia.
- ¿Pérdida?
- Inaceptable.
- ¿Victoria?
- Natural.
- ¿Derrota?
Mis ojos se entrecierran.
- Imposible.
El Dr. Samuel deja el cuaderno sobre la mesa.
- Usted siempre responde como si estuviera en un tablero de ajedrez, Enrico.
- Porque es exactamente así como la vida es. Enderezo la postura.
- Quien no calcula, pierde.
Él inclina el cuerpo hacia adelante.
- ¿Y la nueva niñera? ¿Qué pieza es ella en ese tablero?
Siento la sangre hervir, pero mantengo el semblante inquebrantable.
- Aún no decidí.
Él levanta la ceja.
- ¿Entonces ella puede ser tanto aliada como amenaza?
Suelto una leve risa, fría.
- Todo el mundo puede.
El silencio pesa entre nosotros.
Pienso en Clara nuevamente, en la forma como miró para mí con miedo después que la confronté. Miedo. No de mí apenas, sino de la situación. Y después… el abrazo de Pedro en ella.
Aquel niño nunca abraza a nadie así. Ni a mí.
Me endurezco.
- No voy a permitir que ella estorbe. Mi voz sale más baja, pero firme.
- ¿Estorbe qué? Pregunta el Dr. Samuel.
Cruzo los brazos.
- La rutina. Pedro necesita de orden. De disciplina. No voy a dejar que alguien que sonríe demasiado y habla demasiado quiebre eso.
- Pero aún así usted la llamó de “la mujer más linda que ya he visto”.
Me quedo en silencio.
- Eso no cambia nada. Digo, cortante.
- La belleza es apenas distracción. Yo no me distraigo.
Él anota nuevamente, y eso me irrita.
- Usted continua acreditando que puede controlar todo. Comenta.
Inclino el cuerpo hacia adelante, mi mirada clavada en la de él.
- Porque puedo.
El Dr. Samuel no se intimida. Apenas respira hondo y habla:
- La diferencia, Enrico, es que usted acredita que controlar es lo mismo que vencer. Pero a veces… controlar es la forma más lenta de perder.
Trago saliva, pero no demuestro. Me levanto, acomodándome el saco.
- ¿Terminamos?
Él consulta el reloj.
- Sí, por hoy.
Extiendo la mano. Él aprieta, firme, mirándome a los ojos.
- Piense en lo que hablamos.
Doy una media sonrisa, fría.
- Yo pienso en todo, doctor. Me giro y camino hasta la puerta.
- La diferencia es que no me dejo influenciar.
Salgo de la sala sin mirar hacia atrás.