Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 16 — AMIGOS
Los días siguientes trajeron algo que Elysia casi había olvidado: calma.
No una calma absoluta, por supuesto. El castillo nunca estaba completamente en paz. Siempre había algo que hacer, algo que vigilar, algo que Aster necesitaba. Pero tras la partida de Athena y la aceptación del consejo conjunto, el ritmo se había vuelto más llevadero. Como si todos, desde los sirvientes hasta los guardias, hubieran soltado el aire que llevaban semanas conteniendo.
Elysia aprovechó para retomar los entrenamientos con Darian, para poner al día los informes atrasados, para dormir alguna noche más de cuatro horas seguidas. Y, sin saber muy bien cómo, también empezó a encontrarse con Kael.
El muchacho parecía tener un imán para estar donde ella estaba.
Si Elysia entrenaba en el patio al amanecer, Kael aparecía poco después, con su espada reluciente y su sonrisa tímida, preguntando si podía practicar cerca de ella. Si Elysia revisaba los puestos de guardia, Kael estaba allí, de turno, saludándola con un entusiasmo que desentonaba con el estoicismo general. Si Elysia comía en el comedor, Kael se sentaba en una mesa cercana, no lo bastante para invadir su espacio, pero sí lo bastante para que ella notara su presencia.
No era molesto. Era... extraño.
—Ese chico te sigue como un patito —le dijo Lian una mañana, mientras ambas observaban a Kael entrenar con otros soldados jóvenes.
—No me sigue.
—Claro que sí. Ayer te trajo agua sin que se la pidieras. Anteayer te alcanzó un pergamino que se te había caído. Y el martes te preguntó si necesitabas ayuda para ajustarte la armadura.
—Era un gesto amable.
—Era un gesto de alguien que quiere impresionarte. —Lian la miró de reojo—. Le gustas.
Elysia resopló.
—No digas tonterías. Es un chico nuevo. Solo quiere caer bien.
—Quiere caerte bien a ti. Hay diferencia.
Elysia no respondió. Prefirió centrarse en el entrenamiento de los soldados. Pero por el rabillo del ojo, vio a Kael ejecutar un movimiento con la espada y fallar estrepitosamente porque estaba mirando hacia donde ella estaba. El sargento le gritó. Kael se puso rojo como una cereza.
Definitivamente, algo raro pasaba.
Esa tarde, Aster la convocó a su despacho.
Elysia subió las escaleras de la torre norte con la familiaridad de quien ya se sabe el camino de memoria. Llamó a la puerta y entró. Aster estaba en su sitio habitual, detrás del escritorio, pero esta vez no había mapas. Solo una carta, abierta, con el sello del águila dorada.
—Lady Athena ha enviado la lista de representantes para el consejo —dijo, sin preámbulos—. La han aceptado todas las casas menores del este.
Elysia se acercó. Leyó la carta por encima. Eran seis nombres, todos de casas que ella no conocía, pero que sonaban legítimas. Al pie de la carta, la firma de Athena, con esa caligrafía curvada y elegante que ya empezaba a reconocer.
—Parece que todo va según lo acordado —dijo Elysia.
—Parece. —Aster se reclinó en su sillón—. Pero hay algo que no me gusta.
—¿Qué?
—La rapidez. Ha conseguido que todas las casas menores acepten en menos de dos semanas. Eso no se hace con buenas palabras. Se hace con favores. Con promesas. Con alianzas que no están en esa lista.
—¿Crees que está tramando algo?
—Siempre está tramando algo. Lo que no sé es qué.
Elysia se quedó pensativa. En el mahwa, Athena era la heroína que unía al pueblo contra el villano. Pero aquí, en la realidad, las cosas eran más complejas. Athena no era mala. Tampoco era inocente. Era una estratega, igual que Aster. Y dos estrategas en el mismo tablero solo podían significar una cosa: guerra de inteligencias.
—¿Quieres que investigue? —preguntó.
—Quiero que estés atenta. —Aster la miró—. El consejo se celebrará aquí dentro de un mes. Hasta entonces, no podemos bajar la guardia.
—No lo haremos.
—Y quiero que Kael entre en el equipo de vigilancia del salón.
Elysia parpadeó. No esperaba ese cambio de tema.
—¿Kael? ¿El nuevo?
—Darian dice que es bueno observando. Tiene ojo para los detalles. Y no levanta sospechas porque parece un cachorro inofensivo.
—Es un cachorro inofensivo.
—Precisamente. Nadie desconfía de un cachorro.
Elysia no supo si sentirse halagada por la astucia de Aster o preocupada por Kael. El muchacho era tierno, sí, pero también era un caballero recién ascendido. Ponerlo en un equipo de vigilancia para un evento tan importante era una responsabilidad enorme.
—¿Está seguro? —preguntó.
—Si no estuviera seguro, no lo habría ordenado. —Aster la observó con esos ojos grises que nunca parpadeaban—. ¿Algún problema con el chico?
—No. Ninguno.
—Parecías dudar.
—Solo... es muy nuevo. No quiero que se sienta abrumado.
Aster arqueó una ceja. Un gesto mínimo. Pero Elysia ya lo conocía lo suficiente para saber que significaba: «Eso no es asunto tuyo».
—Preocuparse por los subordinados es parte del trabajo de una comandante —dijo él, con un tono neutro—. Pero no te encariñes demasiado. En la guerra, los soldados nuevos son los primeros en caer.
Elysia sintió un escalofrío.
—No me estoy encariñando.
—Bien.
Pero mientras salía del despacho, Elysia se dio cuenta de que había mentido. Porque en algún momento de los últimos días, sin querer queriendo, el muchacho de ojos verdes y sonrisa tímida se había ganado un pequeño espacio en sus pensamientos. No como Aster. No como Lian. Como algo distinto. Algo más suave. Algo que no sabía nombrar.
Esa noche, mientras cenaba en el comedor, Kael se sentó cerca. Esta vez un poco más cerca de lo habitual. Llevaba el uniforme todavía manchado del entrenamiento y el cabello revuelto, pero sus ojos brillaban con esa energía incansable que lo caracterizaba.
—Comandante, perdón, Elysia. He oído que estaré en el equipo de vigilancia del consejo.
—Así es.
—Estoy muy nervioso. Pero también muy contento. Es una gran oportunidad. No quiero defraudar al señor Aster. Ni a usted. Quiero decir, ni a ti. —Se sonrojó—. ¿Voy a defraudarte?
Elysia dejó el pan en el plato y lo miró.
—No, Kael. No vas a defraudarme. Haz tu trabajo, presta atención, y todo saldrá bien.
—¿Eso cree?
—Lo sé.
La sonrisa de Kael fue tan amplia que iluminó su rincón del comedor. Elysia sintió un calor extraño en el pecho. No era atracción. No exactamente. Era algo más parecido a la ternura. A las ganas de proteger a alguien que todavía no había aprendido a protegerse solo.
—Gracias, Elysia. De verdad.
—De nada. Ahora come, que pareces un espantapájaros.
Kael se rió. Una risa franca, joven, que resonó en el comedor y atrajo un par de miradas curiosas. Incluso Lian, desde su mesa, les lanzó una mirada significativa que Elysia decidió ignorar.
Mientras cenaban, Kael le contó historias de su infancia, de su aldea en el este, de cómo siempre había querido ser caballero. Le habló de su madre, que lloró cuando lo vio con el uniforme. De su hermana pequeña, que le regaló una piedra de la suerte que ahora llevaba en el bolsillo. De su sueño de proteger a los que no podían protegerse solos.
Era tan distinto a Aster. Tan distinto a todos los que la rodeaban. Y quizá por eso, Elysia se encontró escuchándolo con una atención que no esperaba.
Cuando se retiró a su habitación, ya tarde, se miró en el espejo y se hizo una pregunta que no se había hecho antes:
¿Podía permitirse tener amigos en ese mundo?
No lo sabía. Pero algo le decía que Kael, sin querer queriendo, ya se había convertido en uno.