—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 24 : Lo que no me dijiste
...DANTE...
Siempre creí que las personas eran fáciles de leer.
El miedo cambia la respiración. La culpa endurece la mirada. La mentira tarda apenas un segundo más en salir de la boca. Durante años viví rodeado de traidores y aprendí a reconocerlos antes incluso de que abrieran la boca.
Por eso el comportamiento de Valeria comenzó a inquietarme.
No porque creyera que me ocultaba algo, sino porque estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que había hecho desde que la conocí.
Se estaba alejando de mí.
Después de aquella noche esperaba verla sonreír al encontrarme. Esperaba esa mirada tímida que aparecía cada vez que pronunciaba su nombre. Esperaba cualquier cosa...
Menos indiferencia, habían pasado tres días.
Tres malditos días respondiendo mis mensajes con frases cortas. Tres días diciendo que estaba ocupada. Tres días evitándome y yo empezaba a perder una paciencia que siempre había creído infinita.
Aquella noche entré al club decidido a terminar con aquella incertidumbre. El ambiente seguía igual que siempre: música suave, luces tenues y clientes riendo como si el mundo fuera un lugar sencillo.
La encontré casi de inmediato.
Servía una botella de vino en una de las mesas privadas. Cuando levantó la vista y me descubrió observándola, algo cambió en su expresión. No fue alegría. Tampoco sorpresa.
Fue una tristeza tan fugaz que desapareció antes de que cualquiera pudiera notarla.
Excepto yo.
Bajó enseguida la mirada y continuó trabajando, como si yo fuera un cliente más.
Aquello terminó de convencerme algo estaba pasando.
Me acerqué a la barra.
Camila sonrió al verme.
—Buenas noches, señor De Luca.
Respondí al saludo sin apartar la vista de Valeria. Ella seguía evitándome, como si mi presencia le resultara incómoda.
Entonces tomé una decisión.
Una que, probablemente, no habría tomado si hubiera pensado con calma.
—Camila.
Ella levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Te gustaría cenar conmigo mañana por la noche?
El silencio fue inmediato.
Camila abrió los ojos con sorpresa.
Valeria dejó de caminar. Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Después continuó como si no hubiera escuchado nada.
Camila se llevó una mano al pecho.
—¿Habla en serio?
Asentí.
—Completamente.
Su sonrisa apareció al instante.
—Sí... claro que sí. Será un placer.
Le devolví una sonrisa cortés, aunque toda mi atención seguía puesta en otra persona.
Valeria terminó de atender la mesa y desapareció por el pasillo que conducía al almacén. No pidió permiso ni se despidió.
Simplemente desapareció y supe exactamente lo que significaba.
La seguí.
Empujé la puerta del almacén con suavidad. Ella estaba de espaldas, fingiendo ordenar unas cajas que claramente no necesitaban ser ordenadas. Sus hombros temblaban apenas.
Cerré la puerta.
El sonido hizo que se girara sobresaltada.
—Señor De Luca...
Su voz sonó demasiado formal.
Demasiado distante.
Di un paso hacia ella.
—¿Eso era lo que querías?
Frunció el ceño.
—¿De qué habla?
—De Camila.
Guardó silencio.
Esperé.
No respondió.
Di otro paso.
—Fuiste tú quien empezó a alejarse.
Otro más.
—Fuiste tú quien dejó de responder mis mensajes.
Seguí acercándome.
—Y ahora eres tú quien evita siquiera mirarme.
Valeria respiró profundamente.
—Nunca debió pasar lo que pasó entre nosotros.
Aquellas palabras me golpearon con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.
Negué despacio, sin apartar la mirada de la suya.
—No.
Mi voz sonó firme.
—Lo que pasó entre nosotros fue real.
Di un paso más, hasta quedar frente a ella.
—Lo único que cambió fuiste tú- dije.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Ella es mi mejor amiga.
Por fin.
La verdad empezaba a salir.
—Ella me dijo que se estába enamorando de ti - Bajó la cabeza—Y merece ser feliz.
La observé durante varios segundos antes de hacer la única pregunta que realmente me importaba.
—¿Y tú?
No respondió.
—Contéstame.
Silencio.
—¿No sientes nada por mí?
Sus labios temblaron, pero seguía sin hablar.
Me acerqué hasta quedar frente a ella y levanté su rostro con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de mis palabras.
—¡Mírame!.
Lo hizo.
Las lágrimas ya no podían esconderse.
—Dime que no te importa que mañana salga con Camila.
Solo eso.
Dímelo.
Intentó sostenerme la mirada. Resistió unos segundos, luchando contra todo lo que llevaba días intentando ocultar.
Pero fue inútil.
La primera lágrima resbaló por su mejilla y, tras ella, llegaron todas las demás. Su cuerpo comenzó a temblar mientras negaba una y otra vez con la cabeza.
—No puedo... —susurró con la voz quebrada—. No puedo hacerle eso.
En ese instante comprendí todo.
No se alejaba porque hubiera dejado de sentir. Se alejaba porque estaba intentando sacrificarse.
Respiré hondo.
-Valeria...
Su nombre quedó suspendido entre nosotros.
Esperé.
Ella respiró hondo. Sus labios se entreabrieron, como si por fin fuera a decir aquello que llevaba días intentando ocultar.
Entonces, la puerta del almacén se abrió de golpe.
El estruendo nos hizo apartar la mirada el uno del otro.
Lorenzo entró sin molestarse en llamar. Tenía el rostro completamente pálido y respiraba con dificultad, como si hubiera corrido hasta allí.
No recordaba haberlo visto nunca con esa expresión.
Algo había salido terriblemente mal.
—¡SEÑORR!
No esperó a que respondiera.
Bastó mirarlo para comprender que aquella no era una simple interrupción.
—¿Qué ocurrió?
Lorenzo sostenía una memoria USB entre los dedos.
—Encontramos las grabaciones de la noche del salón rojo.
Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.
—¿Y?
Tragó saliva antes de responder.
—Las cámaras del salón estaban desactivadas... pero una de las cámaras del pasillo siguió funcionando.
Valeria dejó de llorar y nos miró confundida.
Lorenzo respiró hondo.
—Ella aparece entrando con las bebidas.
Asentí.
Eso ya lo sabíamos.
Pero él negó lentamente con la cabeza.
—No es eso lo importante.
El silencio se hizo absoluto.
Podía escuchar hasta los latidos de mi propio corazón.
—Entonces, ¿qué?
Lorenzo dejó la memoria sobre una de las cajas.
Cuando volvió a hablar, su voz apenas fue un susurro.
—Cuando la reunión termina... ese hombre la detiene antes de que salga. Los dos permanecen solos durante casi un minuto.
Valeria frunció el ceño.
—No... yo no recuerdo eso.
Lorenzo volvió a tragar saliva.
—Y antes de marcharse... se inclina hacia usted... y le susurra algo al oído.
El almacén quedó completamente en silencio.
Valeria me miró aterrorizada y comenzó a negar una y otra vez con la cabeza.
—No... no recuerdo... no recuerdo nada.
La observé en silencio.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla comprendí que Valeria nunca había sido una víctima elegida al azar. Alguien la había marcado mucho antes de que nuestros caminos se cruzaran.
Y, si mi intuición no me fallaba, la respuesta que llevábamos semanas buscando no estaba escondida en un expediente, ni en una cuenta bancaria, ni en el despacho de un senador.
Estaba enterrada en la memoria de la mujer que tenía frente a mí. Una memoria por la que alguien ya estaba dispuesto a matar.