"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 21 El valor de las promesas
Pasaron los días siguientes y la alegría de aquella sorpresa no se borraba ni un instante.
Tanto Eluney como Cristian llevaban con orgullo sus pulseras iguales en la muñeca y los anillos de promesa en el dedo, como un recordatorio constante de lo que habían acordado y de lo que sentían.
En el colegio, todo seguía fluyendo con naturalidad.
Al estar en el mismo curso, compartían cada clase, cada recreo y cada camino de regreso a casa.
A veces, en medio de una explicación del profesor, Cristian le apretaba suavemente la mano por debajo del pupitre, y ella le respondía con un leve movimiento de los dedos, sin necesidad de palabras para decirse que estaban ahí, el uno para el otro.
Una tarde, después de terminar las clases, caminaron despacio hacia la casa de Eluney.
El sol ya se estaba ocultando, pintando el cielo de tonos dorados y violetas, y el aire tenía esa suavidad que anunciaba que el invierno ya se iba retirando poco a poco.
—¿Te has fijado?
—le dijo Cristian.
Deteniéndose un momento en una banca del parque que quedaba en el camino—.
Ya llevamos cuatro meses y medio, y cada día me doy cuenta de que lo que tenemos es más fuerte que cualquier duda o malentendido.
Eluney se sentó a su lado, entrelazó su brazo con el de él y miró su anillo, luego el suyo propio.
—Yo también lo siento así —respondió ella con voz suave—.
A veces pienso en lo mal que me sentí el día que cumplimos los cuatro meses, cuando no viniste y no me escribiste.
Pero ahora entiendo que valió la pena. La sorpresa fue tan grande que borró cualquier tristeza que hubiera sentido.
Cristian le tomó la mano, le acarició los dedos donde brillaba el anillo y le dio un beso suave en la frente.
—Te pido perdón de nuevo por hacerte pasar ese mal rato —le dijo con sinceridad—.
Fue la única forma de que no te enteraras de nada, pero prometo que no volveré a hacerlo sin avisarte de que estoy bien.
Prefiero que sepas que estoy ocupado preparando algo, a que te imagines cosas malas.
—Lo sé, mi amor —le respondió ella, sonriendo—.
Y también yo te prometo que confiaré más en ti.
Porque las promesas no son solo palabras.
¿Verdad?
Son para cumplirlas cada día.
Entonces, con mucha ternura, Cristian se inclinó y le dio un beso dulce y reposado en los labios, de esos que decían más que cualquier discurso.
Cuando se separaron, le dijo:
—Exacto.
Estas pulseras, estos anillos, lo que nos dijimos aquel día…
no son adornos.
Son el compromiso de seguir caminando despacio, respetándonos, ayudándonos en lo que haga falta.
Todavía nos faltan más de siete meses para cumplir el año completo, y mucho más tiempo después.
Tenemos toda una etapa hermosa por delante, sin prisas, sin apuros.
Mientras hablaban, vieron llegar corriendo a Antonella, que venía acompañada de la madre de Eluney.
La niña se acercó a ellos y, al ver sus manos entrelazadas, señaló con curiosidad:
—¡Tienen los anillos iguales!
¿Ya son para siempre?
Ambos se rieron con su inocencia.
Cristian le explicó agachándose a su altura:
—Son para recordarnos que queremos estar juntos mucho tiempo mi vida.
Todavía nos queda mucho camino, pero vamos a recorrerlo paso a paso.
—Y también tienen las pulseras iguales —
agregó Antonella, señalando sus muñecas—.
Así no se pierden nunca.
—Así es —respondió Eluney, abrazando a la niña—.
Así no nos perdemos, pase lo que pase.
Esa noche, cuando ya estaba en su habitación, Eluney miró una vez más sus regalos.
La pulsera que le había dado a Cristian, igual a la suya, significaba que llevaban un pedazo del otro dondequiera que fueran.
Los anillos eran la promesa de que, aunque el tiempo pasara y las cosas cambiaran, el cariño seguiría siendo el mismo.
Sabía que todavía faltaban muchos meses para llegar a cualquier fecha importante, y que el destino tenía sus propios caminos.
Pero por ahora, solo quería vivir cada día, guardar cada gesto y cada palabra, sabiendo que tenía a su lado a alguien que la quería, la respetaba y construía con ella una historia firme y verdadera.
Al día siguiente, todo volvió a la rutina, pero con una sensación de mayor seguridad.
En el colegio, en las salidas, en las visitas a sus casas, el vínculo entre ellos se hacía más profundo, asentándose como algo sólido, capaz de resistir cualquier cosa que pudiera venir en el futuro.