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La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

NovelToon tiene autorización de Sylvia Rosyta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

El silencio volvió a caer entre ellos.

—Quieres que yo… —Santiago dejó la frase suspendida.

—Lo compre —completó Omar con calma—. Que se haga con el hospital por completo.

En ese preciso instante, algo cambió sutilmente en el rostro de Santiago. No fue una sonrisa, sino algo más peligroso que la mera satisfacción. Entrecerró los ojos levemente, como quien observa un tablero de ajedrez y descubre la jugada decisiva.

—Si el hospital pasa a ser propiedad suya —prosiguió Omar—, Diego no necesitará ser derribado con rumores, acusaciones ni escándalos. Podrá ser removido de manera oficial, con la autoridad que usted tendría como dueño.

Santiago se volvió por completo hacia Omar.

—Como propietario —continuó Omar con cautela—, usted tendría plena facultad sobre la estructura administrativa, las políticas internas y, por supuesto, el capital humano.

El significado era transparente. Un despido. Legal. Limpio. Prácticamente inapelable.

Pasaron unos segundos. Santiago sopesó la idea de Omar con detenimiento, no porque dudara, sino porque quería asegurarse de haber considerado todas las consecuencias. Luego esbozó una leve sonrisa: fina, fría y cargada de cálculo.

—Tiene sentido —dijo Santiago al fin, y Omar asintió apenas.

—¿Cuánto tiempo necesitamos para comprar el hospital, documentación incluida? —preguntó Santiago.

—Si quiere moverse rápido —respondió Omar—, podemos reunirnos con el dueño esta misma noche.

Santiago consultó el reloj en su muñeca. Pasaba de la medianoche. La ciudad nunca dormía del todo, y los empresarios —sobre todo los que buscan desprenderse de activos— suelen ser más accesibles precisamente a esas horas.

—Prepara el auto —ordenó Santiago sin vacilar—. Nos vamos ahora.

Omar se sobresaltó un poco, aunque no lo dejó ver abiertamente.

—¿Ahora, señor?

—Sí —contestó Santiago con frialdad—. No me gusta aplazar lo que hay que resolver.

Echó a andar sin esperar respuesta, dejando atrás a Omar, que se apresuró a seguirlo.

Esa noche, la ciudad se sintió distinta para Santiago. Las luces de los edificios altos refulgían como estrellas falsas, las calles brillaban con los restos de la lluvia y el aire traía el aroma del asfalto mojado. Dentro del auto reinaba el silencio. Omar se ocupaba del teléfono, organizando la reunión de improviso, mientras Santiago permanecía quieto, la mirada puesta al frente. En su mente no era Diego lo que veía. Era Camila.

El rostro de aquella mujer le cruzó nítido por la cabeza. La forma en que se había quedado dormida de puro agotamiento en la silla del hospital. La forma en que forzaba una sonrisa. La forma en que siempre decía que estaba bien, cuando era evidente que no.

—Todos los que se atrevan a hacerte daño van a sufrir un dolor mucho peor que el tuyo, Camila. Voy a hacer que Diego se hunda hasta que se arrepienta de haberte lastimado —murmuró Santiago tan bajo que nadie alcanzó a oírlo.

A la mañana siguiente, la luz del sol fue colándose despacio en la sala de Urgencias. Las lámparas de la habitación seguían encendidas, pero los rayos naturales de la mañana le daban al ambiente un aire un poco más cálido. Camila parpadeó lentamente. Le pesaba la cabeza, le dolía el cuerpo, y durante unos segundos no supo dónde se encontraba. Suspiró mientras intentaba moverse. Y entonces le vino la confusión.

Esto no era la silla de metal. Levantó un poco la cabeza y recorrió el lugar con la mirada. Estaba acostada en el sofá largo del rincón de la sala de Urgencias. El sofá que la noche anterior había visto, pero que jamás tocó. Los recuerdos le giraron deprisa. Anoche estaba sentada en la silla. Al lado de su padre. Recordaba que la cabeza le pesaba, que le ardían los ojos, y después le vino el sueño.

Camila se incorporó despacio; un mareo le punzó la cabeza un instante antes de disiparse. Se frotó el rostro y entonces la mirada le cayó sobre algo que le cubría el cuerpo. Un saco. El corazón le latió un poco más rápido al reconocerlo. Color oscuro. Tela gruesa. Y un aroma inconfundible.

Santiago.

Camila contempló el saco un buen rato; los dedos le rozaron el borde de la tela con vacilación. Quedaba una tibieza en él, como si la prenda todavía conservara la huella de su dueño.

—Entonces anoche no te fuiste, Santiago —murmuró Camila en voz muy baja.

Los fragmentos de lo ocurrido la noche anterior fueron armándose en su cabeza. Su pedido de que Santiago fuera a descansar. La mirada de él, en desacuerdo. Y ahora la respuesta estaba clara. Santiago se había quedado allí, acompañándola en silencio. Algo se le entibiaba en el pecho. Algo que le hacía arder levemente los ojos. Aspiró despacio y, con cuidado, dobló el saco.

Los movimientos fueron lentos, como si temiera estropear algo valioso. Cuando lo tuvo bien doblado, lo dejó en la orilla del sofá.

Se puso de pie poco a poco y caminó hasta la camilla de su padre. Don Ramón seguía dormido. La respiración se le oía más regular. El monitor cardíaco de al lado mostraba valores más estables que los de la noche anterior. Camila soltó un suspiro de alivio, se sentó al borde de la camilla y le tomó la mano con ternura.

—Papá —susurró Camila; le salió casi como una plegaria—. Despierta, papá. No sigas preocupando a tu hija. —Pero no hubo respuesta.

Camila aspiró largo, soltó el aire despacio. Le acariciaba el dorso de la mano a su padre con el pulgar, un gesto pequeño que repetía una y otra vez. De pronto, los dedos que sostenía se movieron. Un movimiento breve y suave, pero bastó para que Camila se tensara de golpe.

—¿Papá? —lo llamó deprisa; la voz le tembló un poco. Levantó la cabeza y le clavó la mirada al rostro sin parpadear.

Los párpados de don Ramón se agitaron despacio. Luego se abrieron.

—Ca… mi… la… —la voz salió tenue, casi un soplo.

Por un instante, Camila se quedó inmóvil. La mente le necesitó un momento para asimilar lo que acababa de pasar. Y al segundo siguiente, las lágrimas que había estado conteniendo le brotaron sin más.

—Papá… —Camila se incorporó a medias, apretándole la mano con más fuerza. Una sonrisa pequeña le asomó al rostro, entremezclada con un llanto que no podía dominar—. Qué bueno que despertaste…

Don Ramón la miró con los ojos algo nublados, pero cargados de calidez. La comisura de los labios se le curvó hacia arriba en una sonrisa débil.

—No llores, hija —musitó don Ramón, y Camila negó con la cabeza enseguida, aunque las lágrimas le seguían cayendo.

—No, papá, son… son lágrimas de alegría —respondió Camila entre balbuceos, y se le escapó una risita que al instante se convirtió en sollozo—. Me pegaste un susto enorme.

Don Ramón suspiró despacio; el pecho le subía y bajaba con lentitud. La mano libre le hizo un amago de movimiento, como queriendo acariciarle la cabeza a Camila, pero no le alcanzaron las fuerzas. Camila se inclinó enseguida para acercarle la frente y que la mano de su padre pudiera tocarla. El roce fue ligero, casi imperceptible. Pero bastó para oprimirle el pecho.

—Perdóname, papá… —dijo Camila de golpe. La voz se le apagó; agachó la cabeza.

Don Ramón frunció el ceño levemente.

—¿Perdonarte de qué, hija?

Camila se mordió el labio, tratando de contener el llanto que volvía a subirle. —Si tan solo hubiera sabido qué clase de hombre era Diego… —se le entrecortó la respiración—. Tú no habrías acabado enfermo así.

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