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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:80
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

...Nina....

La carretera se abría como una herida entre las montañas.

Santiago manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventana, el viento revolviendo su pelo como si el mundo entero quisiera despeinarlo. Yo iba en el asiento del copiloto con los pies descalzos sobre el tablero —porque sí, porque podía, porque nadie me lo iba a prohibir— y Camila atrás, con sus pestañas postizas, su contour de revista y un perfume tan fuerte que Santiago había bajado las cuatro ventanas sin decir una palabra.

—Pongan música —dijo Camila—. Este silencio me está matando.

Conecté mi celular al Bluetooth.

La primera canción que sonó fue una balada. De esas lentas, con guitarra acústica y una voz que te arranca las costillas.

Santiago no dijo nada. Pero vi cómo sus dedos se apretaron en el volante.

Yo miraba el paisaje. Las montañas verdes, los pueblitos que aparecían y desaparecían entre la niebla. Todo olía a tierra mojada y a gasolina y a algo que no podía nombrar.

Entonces Camila me tocó el hombro.

Me incliné hacia atrás.

—Tu marido te está mirando por el espejo —susurró, tan bajito que apenas la oí.

—No es mi...

—Te está mirando como si fueras la última mujer sobre la tierra.

Me enderecé de golpe. Mis ojos se cruzaron con los de Santiago en el retrovisor. Él no apartó la mirada. Yo sí.

Me ardían las orejas.

Camila soltó una risita desde el asiento trasero, y yo subí el volumen de la música como si eso pudiera tapar el latido que me retumbaba en el pecho.

—¿Falta mucho? —pregunté, solo por decir algo.

—Cuarenta minutos —respondió Santiago. Su voz tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Y si ponemos reggaetón? —sugirió Camila.

—No —dijimos Santiago y yo al mismo tiempo.

Nos miramos.

Él sonrió. Apenas. Esa sonrisa que le nacía en la comisura izquierda y nunca llegaba a completarse.

Camila sacó su celular y empezó a grabarnos.

—Material para la boda —dijo.

—Camila.

—¿Qué? Solo documento la realidad.

El cañón apareció de pronto, como si la tierra se hubiera partido en dos. Paredes de roca rojiza cayendo en vertical hacia un río que brillaba allá abajo, diminuto, furioso. El resort estaba al borde, con cabañas de madera y una terraza que daba al vacío.

Santiago estacionó. Bajamos.

El aire era distinto ahí. Más limpio, más frío, con olor a pino y a aventura.

—¡Marcos! —gritó Camila, y luego se tapó la boca con las dos manos como si la palabra se le hubiera escapado sola.

Marcos Herrera estaba en la recepción. Alto, moreno, con esa postura de militar que hacía parecer que todo a su alrededor era un campo de entrenamiento. A su lado, tres tipos igualmente enormes con camisetas que decían FUERZA ESPECIAL en letras descoloridas.

Marcos levantó la mano.

—Ah, viniste —le dijo a Camila.

Así. «Ah, viniste.» Como si ella fuera el clima.

Camila se quedó congelada. Yo la conocía lo suficiente para saber que por dentro estaba gritando. Por fuera, se acomodó el pelo, levantó la barbilla y caminó hacia la recepción como si Marcos Herrera fuera un mueble más del lobby.

—Reservación a nombre de Salcedo —dije en el mostrador.

—Dos cabañas —confirmó Santiago detrás de mí—. Una doble, una individual.

—¿La doble es para...? —preguntó la recepcionista, mirándonos.

—Para nosotros —dijo él. Natural. Como si compartir una cabaña fuera lo más normal del mundo.

Yo abrí la boca para protestar.

La cerré.

«Las parejas normales duermen juntas, Nina.»

Su voz de esa tarde, en mi oído, mientras me besaba.

Tomé la llave sin mirarlo.

Dejamos las maletas y nos cambiamos. El plan era canyoneering: rapel por un acantilado de treinta metros hasta el fondo del cañón, donde el río se abría en una garganta de roca y agua verde.

Yo estaba emocionada. Santiago estaba tranquilo —pero él siempre estaba tranquilo, así que era imposible saber qué sentía—. Camila estaba aterrada pero lo disimulaba con selfies. Marcos revisaba los arneses con la seriedad de alguien desarmando una bomba.

El guía era un tipo enorme. Barba tupida, brazos como troncos, sonrisa de oso amigable.

—¡Bienvenidos al Cañón del Diablo! —tronó su voz—. Hoy van a rapear treinta metros de pared vertical, caer al río y, si Dios quiere, salir vivos. ¿Preguntas?

—¿Y si Dios no quiere? —dijo Camila.

—Entonces fue un placer conocerlos.

Nos pusimos los arneses. El guía nos explicó las cuerdas, los mosquetones, la posición del cuerpo. Santiago escuchaba con los brazos cruzados, como si ya supiera todo eso. Probablemente ya lo sabía.

Estábamos en la orilla del acantilado, mirando el abismo, cuando escuché una voz que me congeló la sangre.

—¡Nina!

Me di vuelta.

Julián Ríos venía subiendo por el sendero. Jadeando. Sudando. Con unos lentes de sol carísimos, una camiseta blanca que parecía sacada de una pasarela y unas botas de montaña que claramente nunca habían tocado una montaña.

—¿Julián? —dije—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a hacer canyoneering —respondió, como si fuera obvio. Como si él no fuera la persona que se mareaba en las escaleras eléctricas.

Santiago no se movió. Pero algo cambió en su cara. Una sombra. Un músculo que se tensó en la mandíbula.

—¿Cómo supiste dónde estábamos? —pregunté.

—Camila subió la ubicación a Instagram hace veinte minutos.

Miré a Camila. Camila miró al cielo.

Julián se acercó al borde del acantilado. Miró hacia abajo. Se puso verde.

—Yo... voy a ser el compañero de Nina para bajar —anunció, tragando saliva.

—No —dijo Santiago.

—No te estoy pidiendo permiso a ti.

—Y yo no te estoy dando una opción.

Julián dio un paso hacia mí. Santiago puso un pie en su pecho y lo empujó. No fuerte. No violento. Solo... firme. Como quien aparta un obstáculo del camino.

Julián se tambaleó hacia atrás, los brazos abiertos, la cara descompuesta.

—¡Oye!

—Cuidado con el borde —dijo Santiago, sin inmutarse.

Luego me tomó la mano.

Su mano grande. Callosa. Caliente.

—¿Lista? —me preguntó.

No estaba lista. El abismo se abría bajo mis pies como la boca de algo hambriento. Treinta metros de caída. Roca roja, agua verde allá abajo, el rugido del río subiendo hasta mis oídos.

Pero su mano apretaba la mía.

—Lista —dije.

Y saltamos.

...Santi....

El viento nos golpeó como una pared. Nina gritó —un grito largo, agudo, que se mezcló con el rugido del agua y rebotó en las paredes del cañón—. Su pelo volaba hacia arriba, sus ojos estaban cerrados, su mano apretaba la mía con una fuerza que no creí posible en alguien tan pequeña.

La cuerda frenó nuestra caída. Nos balanceamos. Nina abrió los ojos y me miró, y su cara era puro asombro, puro miedo convertido en algo luminoso.

—¡Otra vez! —gritó.

Me reí. No pude evitarlo.

Fuimos bajando. Metro a metro, rebotando en la pared de roca, el agua cada vez más cerca, el frío subiéndonos por las piernas. Cuando llegamos al fondo, nos soltaron las cuerdas y caímos al río.

El agua estaba helada. El golpe me cortó la respiración. Abrí los ojos bajo la superficie.

Nina flotaba frente a mí. El pelo suelto moviéndose en el agua como algo vivo, las burbujas subiendo alrededor de su cara, los ojos cerrados, la boca conteniendo el aire.

Siempre amaré su alma libre e inmensa.

El pensamiento me atravesó limpio, sin aviso, como una bala que no duele hasta después.

Subimos a la superficie. Nina jadeó, se sacudió el pelo, se rio con la cara empapada.

—¡Eso fue increíble! —gritó, y me salpicó agua en la cara.

Arriba, Camila bajaba con Marcos. Ella gritaba insultos en tres idiomas. Él la sostenía con una sola mano como si pesara lo mismo que una mochila.

...Nina....

Julián tardó veinte minutos en bajar.

Lo vi desde el agua, pegado a la pared del acantilado como una araña que le tiene fobia a las alturas. El guía le gritaba instrucciones desde abajo. Julián respondía con gemidos.

Cuando por fin tocó el agua, se hundió y salió escupiendo.

—¡Eso fue... fue...! —Julián buscó la palabra—. ¡Fue horrible!

Nadé hacia él para ver si estaba bien. Julián me vio acercarme y de pronto se le iluminó la cara.

—Nina, mi arnés... creo que se rompió —dijo, agarrándose de mi hombro.

—¿Qué?

—Necesito... necesito que me sostengas —se pegó a mí. Sus brazos rodearon mi cintura bajo el agua.

—Julián, el arnés no tiene nada que ver con nadar...

—Es el trauma, Nina. El trauma del descenso. Necesito contacto humano.

Traté de separarme pero él se aferraba como un pulpo. Me miraba con esos ojos de cachorro herido que seguramente le funcionaban con todas las demás.

—Siempre supe que sentías algo por mí —dijo, bajito, como si estuviéramos en una película y no flotando en un río helado con un arnés de seguridad—. Desde la primera vez que te vi. Desde aquella noche en el café, cuando te reíste de mi chiste malo. Supe que...

Una mano enorme agarró mi cintura por detrás.

Santiago me levantó del agua. Literalmente. Me sacó como si yo fuera una niña y él me estuviera rescatando de una alberca.

—¡Oye! —protesté, pataleando.

—Eres mi esposa —dijo, caminando hacia la orilla conmigo en brazos, el agua llegándole a la cintura—. No te vas a quedar ahí parada escuchando la declaración de amor de otro.

—¡No era una declaración de...!

—Sí lo era.

—¡No lo era!

—Nina.

—¿Qué?

—Cállate y déjate cargar.

Me quedé callada. Me dejé cargar. El calor de su pecho contra mi costado, el agua escurriendo de los dos, el sol rebotando en su pelo mojado.

Camila aplaudió desde una roca.

Yo quería morirme. Pero también quería que no me soltara nunca.

Julián no se rindió.

Media hora después, mientras todos descansábamos en las rocas del río, Julián decidió nadar solo hacia la parte más profunda de la garganta. Yo lo veía de reojo, preocupada a pesar de todo, porque Julián y el agua tenían una relación complicada. Es decir: Julián no sabía nadar bien.

De pronto dejó de moverse.

Su cuerpo se quedó flotando. Boca abajo. Los brazos abiertos. Inmóvil.

—¡Julián! —grité.

Me levanté de la roca. Santiago me agarró el brazo.

—Espera —dijo.

—¡Se está ahogando!

—No se está ahogando.

—¡Santiago, está flotando boca abajo!

Santiago entrecerró los ojos, mirando a Julián con la concentración de alguien que evalúa una situación táctica.

—Está fingiendo —concluyó.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque los ahogados no acomodan los brazos en posición simétrica.

Pero yo ya me había lanzado al agua. Nadé hacia Julián con el corazón en la garganta. Estaba a tres metros de él cuando una sombra enorme pasó a mi lado como un torpedo barbudo.

El guía.

El hombre-oso llegó a Julián antes que yo. Lo volteó boca arriba de un tirón, lo arrastró a una roca plana y le inclinó la cabeza hacia atrás.

—¡RCP! ¡Nadie se me muere en mi cañón! —rugió.

Y le plantó la boca en la boca.

No fue un beso. Fue un asalto. El guía sopló con la fuerza de un compresor industrial, las dos manos en el pecho de Julián, la barba espesa aplastándose contra toda la cara de Julián como un cojín peludo de reanimación.

Julián abrió los ojos.

Sus pupilas se dilataron hasta el tamaño de platos.

—MMMMFF —fue lo único que salió de su boca, porque la boca del guía seguía sellada contra la suya.

El guía sopló otra vez. Julián empezó a patalear. El guía lo mantuvo inmóvil con un brazo —uno solo, porque el otro seguía haciendo compresiones— y le dio una tercera respiración.

Julián lo empujó con las dos manos, rodó de la roca y cayó al agua escupiendo, tosiendo, limpiándose la boca con las dos manos.

—¡ESTOY BIEN! —gritó—. ¡NO NECESITABA REANIMACIÓN!

El guía se sentó en la roca, satisfecho, y se alisó la barba.

—Más vale prevenir que lamentar, joven.

Julián seguía escupiendo. Se refregaba los labios con el dorso de la mano como si pudiera borrar lo que acababa de pasar.

Santiago estaba sentado en una roca al otro lado del río. Inmóvil. Con los brazos cruzados. Y en su cara —en esa cara que casi nunca mostraba nada— había algo que jamás le había visto.

Estaba sonriendo. Abiertamente. Con dientes.

Marcos se cayó de la roca de la risa. Literal. Se fue de espaldas al agua, salió escupiendo y se siguió riendo.

Camila tenía el celular en alto, grabando todo.

—Esto va a tener un millón de vistas —dijo—. Mínimo.

Julián salió del agua con la dignidad de un gato mojado.

—Borra eso —le dijo a Camila.

—Ni muerta.

—Te voy a demandar.

—Le voy a poner filtro de corazones. Te vas a ver precioso.

Julián miró a Santiago. Santiago lo miró a él. La sonrisa de Santiago era lenta, devastadora, del tipo que no necesita palabras.

Julián se fue caminando sendero arriba, murmurando algo sobre abogados y derechos de imagen.

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