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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:5
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 6

Capítulo 6

Después de que Aldo se fue, el ambiente de la tienda fue recuperando la calma poco a poco. Sara y sus dos empleadas comenzaron a recoger las flores esparcidas por el suelo. Reunieron en una caja de cartón las macetas rotas, mientras que las flores que aún podían salvarse las trasladaron a cubetas con agua para que no se marchitaran tan rápido.

No hubo mucha conversación entre ellas. Solo el sonido de la escoba y los pasos menudos que de vez en cuando resonaban dentro de aquella tienda humilde. Cuando terminaron de ordenar todo, Sara por fin se sentó detrás del mostrador.

El cuerpo le pesaba, y no solo de cansancio físico: también la cabeza le daba vueltas. Lentamente abrió el cuaderno de cuentas de la tienda. Sus ojos recorrieron cifra tras cifra. Los ingresos de ese mes habían caído muy por debajo de lo habitual, mientras que los gastos no dejaban de crecer. El precio de las flores había subido, la cuenta del hospital de Sergio, la factura de luz, la renta del local... y encima los sueldos de sus empleadas.

Sara se presionó las sienes con suavidad; el pecho empezaba a apretársele. Volvió a hacer las cuentas para asegurarse de que no se había equivocado. Pero el resultado fue el mismo: no alcanzaba. De hecho, no quedaba absolutamente nada. Se inclinó hacia adelante y permaneció en silencio unos instantes antes de soltar un largo suspiro.

Lentamente alzó la mirada hacia sus dos empleadas, que acomodaban flores cerca de la puerta.

—Lina... Raquel... —las llamó en voz baja. Las dos chicas voltearon de inmediato.

—¿Sí, Sara?

Sara apretó el cuaderno de cuentas entre las manos.

—Necesito decirles algo...

Ambas se miraron un instante antes de acercarse. El rostro de Sara revelaba lo difícil que le resultaba hablar.

—Yo... —se detuvo un momento y luego continuó en voz baja—. Creo que ya no voy a poder contar con ustedes a partir del próximo mes.

El silencio cayó de golpe. Lina y Raquel se quedaron atónitas.

—¿Cómo dice, Sara? —preguntó Raquel despacio.

Sara agachó la cabeza.

—Las finanzas de la tienda están muy mal —confesó con honestidad—. Ni siquiera estoy segura de que alcance para pagarles el sueldo de este mes.

—Nosotras entendemos, Sara... —respondió Lina de inmediato.

—Pero aun así me da mucha pena —prosiguió Sara en voz baja—. Ustedes trabajan aquí de la mañana a la noche, y yo no puedo darles lo que merecen.

Raquel negó con la cabeza enérgicamente.

—No nos queremos ir, Sara.

Sara se quedó callada.

—No estén jugando...

—Hablamos en serio —dijo Lina con voz suave pero firme—. Desde siempre, Sara, usted ha sido muy buena con nosotras.

Raquel asintió de acuerdo.

—Somos huérfanas, Sara —dijo en un hilo de voz—. No tenemos a nadie más.

—Trabajamos aquí no solo por el dinero —agregó Lina con una sonrisa pequeña—, sino porque este lugar se siente como un hogar.

Los ojos de Sara fueron calentándose poco a poco al escuchar eso.

—Ustedes...

—Además —la interrumpió Raquel con suavidad—, no nos importa si pasamos algunos meses sin cobrar.

—Sí —añadió Lina rápidamente—. Cuando la tienda mejore, ahí nos paga, y no pasa nada.

Sara negó con la cabeza de inmediato.

—No puedo permitir eso...

—Sí puede —respondió Lina con ternura—. Lo que importa ahora es que usted se concentre en Sergio.

Al oír el nombre de su hijo, Sara enmudeció al instante.

Raquel esbozó una sonrisa pequeña.

—Sergio está enfermo, ¿verdad? —dijo con suavidad—. Sabemos que debe de tener mil cosas en la cabeza.

—Así que no se eche más peso encima —continuó Lina—. Nosotras seguimos aquí para ayudar en la tienda.

Durante unos segundos, Sara fue absolutamente incapaz de articular palabra. El pecho se le llenó de calidez y de opresión al mismo tiempo. En medio de su vida hecha pedazos, aún había personas que se quedaban sinceramente a su lado. Sin darse cuenta, las lágrimas le resbalaron despacio. Se las secó con prisa, avergonzada.

—Perdón... —susurró bajito.

—¿Y ahora por qué llora, Sara? —Raquel soltó una risita.

Sara se rio entre lágrimas.

—Gracias... —dijo con el corazón en la mano—. De verdad... muchas gracias.

Lina y Raquel sonrieron con calidez.

Mientras tanto, el hospital empezaba a animarse conforme se acercaba el mediodía.

Enfermeras y médicos se turnaban sin cesar por los pasillos, y algunos pacientes comenzaban a recibir el alta tras los exámenes de la mañana.

En una de las habitaciones pediátricas, Sergio estaba sentado sobre la cama jugando con la punta de la cobija. Su carita lucía mucho más fresca que el día anterior. La fiebre había bajado, y desde temprano su cuerpecito ya no se veía tan débil como antes.

Una enfermera acababa de terminar de tomarle la temperatura.

—Muy bien, campeón —dijo con una sonrisa cálida—. La temperatura ya está normal.

Los ojos de Sergio se iluminaron al instante.

—¿Ya me puedo il? —preguntó rápidamente con su vocecita de niño.

La enfermera se rio al ver la expresión entusiasmada del pequeño.

—Sí, el doctor Santiago dijo que hoy al mediodía Sergio ya se puede ir a casa.

—¡Sííí! —Sergio sonrió de oreja a oreja, los ojitos achicados de alegría.

El niño se bajó de la cama con cuidado y se puso de pie, alisándose la ropita con cara de satisfacción.

A la enfermera le dio tanta ternura verlo que no pudo evitar enternecerse.

—¿Muy contento, eh?

—Sí... —contestó Sergio con entusiasmo—. Selgio ya estaba abulido de estar en el cualto todo el tiempo.

La enfermera se rio bajito.

—Tu mamá salió un momento, ¿verdad? Hay que esperar a que ella llegue para que te vayas.

Sergio asintió. Pero unos segundos después, sus ojos se desviaron hacia la ventana de la habitación.

—¿El jaldín del hospital tiene floles? —preguntó de pronto.

—Sí —respondió la enfermera, desconcertada—. ¿Por qué?

—Selgio quiele paseal pol allá.

La enfermera negó con la cabeza suavemente.

—No puedes ir solo. Mejor te acompaño yo, ¿sí?

Pero Sergio se irguió aún más y se dio unos golpecitos en el pecho.

—Selgio ya está sano —declaró con total convicción—. Puedo caminal solito.

Aquella frase inocente hizo que la enfermera sonriera con admiración.

El niño se veía increíblemente independiente para su edad. Aunque apenas tenía cuatro años, a veces hablaba como si se esforzara por parecer mayor.

—Vaya... —murmuró la enfermera—. Tus papás deben de estar muy orgullosos de tener un hijo tan fuerte como Sergio.

Esas palabras hicieron que Sergio se quedara callado unos segundos. Su carita se llenó de confusión antes de responder con toda inocencia:

—Selgio no tiene papás.

La enfermera se sobresaltó ligeramente. Sergio continuó con naturalidad, sin darse cuenta de lo dolorosas que sonaban sus palabras.

—Selgio solo tiene mamá.

La sonrisa de la enfermera se fue apagando. De inmediato se sintió mal.

—Ah... perdona —dijo rápidamente—. No quise...

Pero Sergio esbozó una sonrisa, como si no le importara.

—Mamá dice que Selgio tiene que sel un niño fuelte.

La enfermera contempló al pequeño que tenía delante con un revuelo de emociones. Sin saber bien por qué, sintió que el pecho se le apretaba al escuchar algo tan sencillo. Un niño tan chiquito, hablando ya de ser fuerte.

Finalmente, la enfermera le sonrió con dulzura y le acarició el cabello.

—Entonces te acompaño a pasear un ratito, ¿sí?

Sergio lo pensó un momento y al final asintió con ánimo.

—¡Sí!

La enfermera tomó la manita de Sergio y lo llevó fuera de la habitación.

Santiago estaba de pie a unos pasos de ellos, todavía con la bata blanca de médico, que le daba un aire aún más imponente. Su mirada cayó sobre Sergio, que caminaba agarrado de la mano de la enfermera. Por alguna razón, desde la noche anterior aquel niño no dejaba de llamarle la atención.

Quizá por su carita inocente. O quizá porque algo en su mirada le resultaba tremendamente familiar.

—Doctor Santiago —saludó la enfermera al notar su presencia.

Santiago asintió levemente y volvió a fijar la vista en Sergio.

—¿A dónde van? —preguntó con tono neutro.

Sergio alzó la cabeza. Sus ojos redondos se iluminaron al reconocer al hombre.

—¡Doctol! —exclamó.

La enfermera sonrió.

—Sergio se aburrió en la habitación, doctor. Iba a acompañarlo a dar una vuelta por el jardín.

Santiago asintió despacio. Sin embargo, segundos después, sus ojos buscaron a otra persona que no se veía por ningún lado.

—¿Y su madre? —preguntó.

La enfermera respondió con cortesía:

—La señora Sara salió un momento, doctor. Dijo que tenía un asunto urgente. Antes de irse dejó a Sergio a nuestro cargo.

Santiago guardó silencio un instante.

Sin saber bien por qué, algo le molestó al enterarse de que Sara había dejado a su hijo solo en el hospital. Aunque sabía que aquella mujer debía de tener sus razones. Y entonces, sin pensarlo, otra pregunta le salió de los labios:

—¿Y el padre?

La enfermera pareció confundida por un momento.

—Desde ayer no he visto que venga el padre, doctor —contestó con franqueza.

Antes de que Santiago pudiera decir nada más, Sergio intervino con toda su inocencia:

—Selgio no tiene papá.

Santiago giró la cabeza lentamente.

El niño estaba de pie con expresión tranquila, como si estuviera diciendo algo de lo más normal.

—Selgio solo tiene mamá —continuó con su vocecita.

La enfermera se puso visiblemente incómoda.

—Sergio... —lo amonestó con suavidad, temiendo que el niño dijera algo inapropiado.

Pero Sergio siguió hablando sin ningún peso en la voz.

—Mamá dice... que papá está tlabajando lejos.

La mirada de Santiago se fue transformando poco a poco.

—¿Tlabajando lejos? —repitió en voz baja.

Sergio asintió con entusiasmo.

—Sí. Muy lejos. —Extendió sus bracitos, tratando de mostrar lo lejos que quería decir—. Mamá dice... que cuando Selgio sea glande, papá va a volvel.

Esas palabras hicieron que Santiago se quedara inmóvil unos segundos. Sin saber por qué, sintió que el pecho se le cerraba. Un niño tan pequeño ya había aprendido a aceptar la ausencia de un padre con esa sencillez.

La enfermera, a un lado de Sergio, también se conmovió.

Santiago, en cambio, solo calló. Su mirada se clavó en el pequeño que tenía delante. Había algo difícil de explicar que se agitaba dentro de él. Sergio no parecía triste al decirlo, como si de verdad creyera en las palabras de su madre: que algún día su padre regresaría. Santiago se agachó lentamente hasta quedar a la altura de Sergio.

—Y entonces... —su voz sonó más suave de lo habitual— ¿Sergio no está triste?

Sergio pareció pensarlo unos segundos y luego negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Polque mamá dice... —Sergio sonrió— que papá quiele mucho a Selgio.

El corazón de Santiago se estremeció de verdad. Aquel niño crecía solo con su madre, y aun así, viviendo sin padre, seguía creyendo que era amado. Santiago lo contempló largo rato, hasta que sin darse cuenta su expresión se suavizó un poco.

Un niño tan pequeño ya cargaba con el sufrimiento de su madre de una manera que no le correspondía. Y lo extraño era que cuanto más tiempo miraba a Sergio, más fuerte se hacía un sentimiento desconocido que crecía dentro de él.

La enfermera permanecía de pie, incómoda, junto a Sergio, mientras Santiago seguía en cuclillas frente al niño. Durante unos instantes, nadie habló. Pero el aire entre ellos se sentía mucho más cálido que antes.

Sergio observaba a Santiago con esa curiosidad propia de los niños, y Santiago, a su vez, le estudiaba en silencio cada gesto del rostro.

Por alguna razón, cuanto más tiempo pasaba cerca de Sergio, más difícil le resultaba mantener la distancia.

—Doctor, si le parece bien, llevo a Sergio al jardín —dijo la enfermera al fin, rompiendo el silencio.

Pero antes de que ella pudiera dar un paso:

—Yo lo llevo.

La enfermera se quedó paralizada.

—¿Doctor? —preguntó para asegurarse.

Santiago se puso de pie despacio, alisándose la bata.

—Yo lo acompaño.

La enfermera se mostró un poco sorprendida.

Al fin y al cabo, Santiago era conocido como un médico profesional que mantenía cierta distancia con los pacientes. Amable, sí, pero nunca se involucraba de más. Por eso, verlo ofrecerse a acompañar a un niño a pasear resultaba claramente inusual.

Sin embargo, la enfermera no se atrevió a hacer preguntas.

—Está bien, doctor —respondió de inmediato.

Mientras tanto, los ojos de Sergio brillaban de felicidad.

—¿Doctol va a il con Selgio? —preguntó entusiasmado.

Sin darse cuenta, la comisura de los labios de Santiago se elevó ligeramente.

—Sí —respondió con brevedad.

Sergio sonrió de oreja a oreja, dejando ver sus dientitos.

—¡Selgio quiele vel las floles!

Santiago asintió.

—Está bien.

La enfermera se despidió tras asegurarse de que Sergio estuviera bien con Santiago. Ahora solo quedaban ellos dos en el pasillo del hospital.

Sergio caminaba junto a Santiago con pasitos cortos. Aunque acababa de recuperarse, el niño se veía lleno de energía.

Santiago, por su parte, acomodó el paso para no ir demasiado rápido. Algunas enfermeras que pasaban los miraban de reojo con expresiones de extrañeza.

El doctor Santiago Montero, paseando tranquilamente con un niño pequeño. Era una escena realmente insólita. Sin embargo, a Santiago no le importaron las miradas ajenas. De vez en cuando bajaba la vista hacia Sergio, que no paraba de hablar con su vocecita.

—¿Doctol vive aquí? —preguntó Sergio con inocencia.

—Sí.

—¿Doctol no se va a su casa?

Santiago vaciló un instante antes de responder:

—Todavía estoy trabajando.

—Aah... —Sergio asintió con aire de entendido, aunque en realidad no comprendía del todo.

Llegaron al pequeño jardín del hospital. Flores de varios colores crecían ordenadas a lo largo del sendero, y los ojos de Sergio se abrieron enormes de asombro.

—Qué bonitas... —murmuró. Se acercó a las flores y luego volteó hacia Santiago.

—Mamá también le gustan las floles —dijo de pronto.

Santiago detuvo el paso un instante.

—¿Sí?

Sergio asintió con ganas.

—Mamá tiene una tienda de floles.

Santiago se quedó callado; la mente se le fue directamente a Sara. Años atrás, aquella muchacha adoraba las flores. Incluso en la preparatoria, Sara solía decir que quería tener una florerería chiquita llena de rosas blancas y lirios. Y al final, la mujer lo había hecho realidad.

—Selgio también le ayuda a mamá —continuó Sergio con orgullo—. En las noches, Selgio le hace compañía en la tienda.

Santiago escuchó en silencio.

Cuanto más contaba Sergio, más claro se dibujaba el panorama de cómo había sido la vida de Sara todo ese tiempo. Aquella mujer había criado a su hijo sola. Sin saber bien por qué, un peso sordo fue llenándole el pecho a Santiago.

Cinco años atrás, él siempre había creído que Sara lo dejó por una vida mejor. Pero lo que veía ahora era justo lo contrario. Y eso empezó a inundar su cabeza de preguntas que durante años se había empeñado en ignorar.

—Sergio, ¿te acuerdas del nombre del papá de Sergio? —preguntó Santiago, dirigiéndose al pequeño de cuatro años.

Sergio volteó a verlo y lo miró fijamente, sin parpadear.

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