NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
Capítulo 7: Desayuno para el Lobo
El primer día trajo un sándwich de jamón y queso envuelto en papel aluminio arrugado y un jugo de naranja marca "Frutal" — el de la caja amarilla que cuesta tres créditos con cincuenta en cualquier tienda de la esquina.
Lo dejó sobre mi pupitre sin decir una palabra. Ni buenos días, ni una sonrisa, ni siquiera contacto visual. Solo el paquete aplastado, el jugo tibio, y su espalda alejándose hacia la última fila del salón.
Miré el sándwich como si fuera un artefacto arqueológico.
El pan estaba frío. El jamón era de la variedad más delgada que existe — esa que parece papel de seda con sabor a cerdo. El queso ni siquiera se había derretido.
Me lo comí entero.
El segundo día fue lo mismo. Sándwich. Jugo Frutal. Silencio.
El tercero, igual.
Para el cuarto día ya había desarrollado una teoría: Renato Solís gastaba exactamente lo mínimo necesario para cumplir con su parte del trato y se quedaba con la diferencia. Yo le había transferido cincuenta mil créditos "para gastos operativos del acuerdo". A este ritmo, cada desayuno le costaba menos de veinte créditos. El resto iba directo a pagar sus deudas.
Brillante, en realidad. Despreciable, pero brillante.
—¿Otra vez lo mismo? —murmuré el quinto día, desenvolviendo el papel aluminio con dos dedos como si manipulara residuos tóxicos.
Renato ya estaba sentado tres filas atrás. No levantó la vista de su cuaderno.
—El trato era desayuno. No especificaste calidad.
Tuve que morderme el labio para no sonreír.
Tenía razón. Yo había dicho "desayuno", no "desayuno digno de un ser humano con papilas gustativas funcionales". Error mío. En los negocios, si no lo pones en el contrato, no existe.
Me comí hasta la última migaja.
Y noté, como notaba cada mañana, que él no traía nada para sí mismo. Ni un pan, ni una fruta, ni un café de máquina. Nada. Se sentaba con el estómago vacío y abría su cuaderno como si el hambre fuera un concepto abstracto que no aplicaba a su persona.
Quise comprarle algo. Un café, un pan dulce, cualquier cosa.
No lo hice.
Si le ofrecía comida directamente, Renato Solís era perfectamente capaz de devolverla, levantarse e irse del salón sin mirar atrás. Lo conocía. Lo había conocido durante años en otra vida que él no recordaba y yo no podía olvidar. Su orgullo no era un rasgo de carácter — era un órgano vital. Cortarlo significaba matarlo.
Así que me comí mi sándwich barato y mi jugo tibio y fingí que no me importaba.
Cami me emboscó el viernes en los baños del edificio de Comunicación.
Yo estaba lavándome las manos cuando la puerta se abrió de golpe y apareció ella — pelo recogido en un moño despeinado, lentes de sol encajados en la cabeza como diadema, expresión de detective de telenovela a punto de resolver el caso del siglo.
—Valentina Montiel.
Cuando Cami usaba mi nombre completo, significaba problemas.
—Camila Reyes —respondí sin voltear, secándome las manos con toda la calma del mundo.
—Llevas una semana comiendo sándwiches de gasolinera.
—Son de tienda de conveniencia, hay una diferencia.
—Tú. La misma persona que hace un mes mandó devolver un latte porque la leche de almendra era de la marca equivocada. Comiendo sándwiches fríos de jamón genérico. Todos los días. A las ocho de la mañana. Con una sonrisita de idiota que nunca te había visto.
Me sequé las manos con mucha más lentitud de la necesaria.
—No tengo sonrisita de idiota.
—La tienes. Diego la vio. Yo la vi. El profesor de Derecho Mercantil la vio. Es como si alguien te hubiera reemplazado el cerebro con algodón de azúcar. —Cami se cruzó de brazos y me bloqueó la salida—. Es por el chico, ¿verdad? El de la beca. El alto, callado, con cara de que el mundo le debe dinero.
—Se llama Renato.
—Ay, Dios. Hasta dices su nombre diferente.
—¿Cómo digo su nombre?
—Como si estuvieras probando un postre.
Rodé los ojos con tanta fuerza que casi vi mi propio cerebro.
—Cami, escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez. No me gusta Renato Solís. Es mi asistente temporal por un acuerdo de negocios que no tengo intención de explicarte. Punto final.
Cami me miró. Parpadeó. Inclinó la cabeza.
—Ajá.
—Ajá.
—¿Y los sándwiches?
—Forman parte del acuerdo.
—¿El acuerdo incluye que tú, Valentina Montiel, heredera de Grupo Montiel, comas pan frío con jamón de lata con cara de felicidad suprema?
—Estás exagerando.
—Val. Te conozco desde los catorce años. Cuando un chico te gusta, haces exactamente esto: niegas todo, inventas excusas corporativas y te pones roja del cuello para arriba. —Señaló mi cuello—. Como ahora.
Me llevé la mano al cuello instintivamente. Maldita sea.
—Los chicos que me persiguen hacen fila desde aquí hasta París —dije, recomponiendo mi expresión—. Diles que compren boleto de avión y se formen.
—Nadie te preguntó por los que te persiguen. Te pregunté por el que tú persigues.
—Yo no persigo a nadie.
—Claro. Solo casualmente firmas pactos comerciales con chicos de beca, les transfieres dinero, y comes sus sándwiches de pobreza con los ojos brillantes. Totalmente normal. Comportamiento típico de una joven directora ejecutiva.
Pasé junto a ella hacia la puerta.
—Esta conversación terminó.
—¡Todavía no me respondes!
—Exacto.
Salí del baño con la espalda recta y la mandíbula apretada.
La verdad es que Cami tenía razón en todo. Cada maldita palabra.
Pero hay cosas que no puedes explicar. ¿Cómo le dices a tu mejor amiga que moriste, que viviste una vida entera al lado de un hombre que ahora tiene veintidós años y no te conoce, que despertaste en tu propio cuerpo joven con todos los recuerdos intactos y un reloj invisible contando hacia atrás?
No puedes. Así que niegas todo y sigues caminando.
La primera vez que lo seguí fue un accidente.
Bueno, no. Fue absolutamente deliberado. Pero me gusta pensar que fue un accidente porque eso me hace sentir menos patética.
Era miércoles. Las clases terminaron a las dos. Renato guardó su cuaderno — siempre el mismo, con la pasta doblada y las hojas llenas de una letra diminuta y apretada — y salió del edificio sin despedirse de nadie. Nunca se despedía de nadie.
Yo tenía planeado ir al estacionamiento, subirme a mi auto y manejar a casa. Eso era lo que una persona normal haría. Una persona con dignidad y sentido de la proporción.
En cambio, lo seguí.
No directamente. Mantuve distancia. Usé lentes de sol. Me sentí ridícula — la hija de uno de los empresarios más ricos de Ciudad Lirial acechando a un becado por los pasillos de la universidad como espía de película mala.
Renato caminó hasta la salida norte del campus. No tomó transporte. Caminó.
Veinte minutos después llegó a un restaurante llamado "La Cocina de Doña Marta" — un local pequeño metido entre una papelería y un taller mecánico. Entró por la puerta trasera. Tres minutos después apareció en la ventana de la cocina con un delantal gris y empezó a lavar platos.
Me quedé de pie en la acera de enfrente como una estatua con bolso de diseñador.
Lavar platos. De dos a seis, según calculé por el horario pegado en la puerta.
A las seis y cuarto salió del restaurante, se cambió la camiseta en la calle — así nada más, sin pudor, y tuve que desviar la mirada porque no confío en mí misma — y caminó otras diez cuadras hasta un centro de distribución de paquetería.
Carga y descarga. De seis treinta a nueve.
Las manos se me cerraron en puños dentro de los bolsillos.
No lo seguí más esa noche. Me subí a un taxi y volví a casa con un nudo en la garganta que no se deshizo ni con dos tazas de té.
Pero al día siguiente hice lo que mejor sé hacer: investigar.
Le pedí a Diego — que conoce a medio mundo en esta universidad — que averiguara discretamente la rutina de Renato. Lo que me reportó fue un inventario del infierno:
Lunes y miércoles: cocina de restaurante, cuatro horas. Centro de paquetería, dos horas y media.
Martes y jueves: recogepelotas en el club de tenis Lirial, turno completo después de clases.
Viernes: turno doble en la paquetería.
Sábados: un puesto de comida callejera. Ubicación variable.
Domingos: estudiaba. Todo el día. Sin descanso.
Siete días. Sin pausa. Sin vacaciones. Sin un solo momento en que Renato Solís se sentara a no hacer nada y respirara.
Cuando Diego me pasó la información, me quedé mirando la pantalla de mi teléfono tanto tiempo que la pantalla se apagó sola.
En mi vida anterior, nunca supe esto. Cuando conocí a Renato ya era profesional, ya había salido del abismo. Sabía que su pasado era difícil — él mencionaba fragmentos, pedazos sueltos que yo juntaba como piezas de rompecabezas. Pero nunca vi esto. Nunca vi el abismo desde adentro.
Y ahora lo estaba viendo, y no podía respirar.
El sábado lo encontré.
Me tomó una hora y tres paradas falsas ubicar el puesto callejero donde trabajaba ese fin de semana. La pista de Diego decía "zona de la calle Madero, cerca del mercado viejo". Ciudad Lirial tiene doscientas calles que podrían describirse así. Pero la encontré.
Era una parrilla de carne a la parrilla montada en la acera — una estructura precaria de lámina y varillas, con un techo de lona azul sujeto con cuerdas. Humo espeso subía del carbón y se mezclaba con el aire de la noche. A tres locales de distancia, una tienda de ropa usada tenía un altavoz junto a la puerta escupiendo cumbia a todo volumen. Los focos de neón del mercado parpadeaban en colores verdes y rojos. Olía a carne asada, a carbón, a aceite caliente, a ciudad viva.
Y ahí estaba Renato.
Me detuve al otro lado de la calle, medio escondida detrás de un poste de luz, y lo miré.
Estaba de pie frente a la parrilla con un delantal que alguna vez fue blanco y ahora era un mapa de manchas de grasa. Tenía pinzas largas de metal en una mano y con la otra acomodaba alambres llenos de carne sobre las brasas. El humo le daba en la cara y él ni parpadeaba. La venda que le había visto en la mano — la misma que le pusieron en el hospital — estaba negra de hollín y grasa, tan sucia que ya ni parecía venda, parecía un trapo viejo atado a los nudillos.
Trabajaba con una concentración mecánica. Voltear la carne, acomodar los alambres, servir en platos de unicel, cobrar, repetir. Sin quejarse. Sin hablar más de lo necesario. Sin levantar la vista.
Me apoyé contra la pared del edificio de enfrente y sentí que algo se rompía adentro de mi pecho.
Ese chico de veintidós años, con las manos quemadas y la ropa llena de humo, parado sobre una acera rota ganando centavos por hora — ese mismo chico, en siete años, usará trajes hechos a medida, viajará en primera clase, se sentará en palcos exclusivos de torneos Grand Slam, y el mundo entero pronunciará su nombre con respeto.
En siete años, las mismas personas que hoy pasan junto a su puesto de carne a la parrilla sin mirarlo harán fila para pedirle una foto.
En siete años, Renato Solís será el tenista latinoamericano con mayor valor comercial de la década.
Pero eso es en siete años. Y hoy es hoy. Y hoy está volteando alambres de carne sobre carbón con una venda sucia y los ojos muertos de cansancio.
Crucé la calle.