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Su Juguete de Seda

Su Juguete de Seda

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

ADVERTENCIA DE CONTENIDO Y SINOPSIS EDITORIAL
“Su Juguete de Seda” es una novela de erotismo explícito y romance oscuro destinada exclusivamente a un público adulto (+18). Esta obra contiene escenas de alta intensidad sexual, dinámicas de poder complejas, lenguaje crudo y situaciones de dominación y sumisión que pueden herir la sensibilidad de algunos lectores. Se recomienda discreción.
La Historia:
Valeria Soler, una talentosa restauradora española, viaja a la idílica y lujosa Costa Amalfitana con un único objetivo: devolverle la vida a un mural erótico oculto en la propiedad más exclusiva de Italia. Sin embargo, al cruzar las puertas de Villa Obsidiana, descubre que el verdadero arte no está en las paredes, sino en los deseos prohibidos de su dueño.
Alexander Cavalcanti no es solo un magnate naviero; es un hombre que rige su vida y su alcoba bajo un código de control absoluto. Para Alexander, Valeria no es solo una empleada, es el desafío que ha estado esperando. Tras un contrato car

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El Contrato de Obsidiana

El calor de la Costa Amalfitana no se parecía a nada que Valeria hubiera experimentado en España. No era el calor seco y polvoriento de Madrid, sino una humedad pesada, cargada de sal y del aroma dulzón de los limoneros, que se pegaba a la piel como una segunda intención. Mientras el yate privado de los Cavalcanti cortaba las aguas color turquesa del Tirreno, Valeria sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas, siguiendo el ritmo constante de las hélices.

—Estamos llegando, señorita Soler —anunció el capitán sin apartar la vista del horizonte.

Frente a ella, Positano se alzaba como un sueño vertical de casas de colores pastel, pero el yate no se dirigía al puerto turístico. Viró hacia un saliente rocoso, una mole de piedra caliza negra que parecía devorar la luz del sol. Allí, incrustada en el acantilado como una gema oscura, se erguía Villa Obsidiana. No era una casa; era una fortaleza de cristal y mármol que desafiaba la gravedad.

Valeria se ajustó la correa de su maletín de cuero, donde guardaba sus pinceles, bisturíes y disolventes químicos. Había pasado los últimos cinco años restaurando frescos en iglesias frías y museos silenciosos. Aquella era su oportunidad de oro: tres meses en Italia con un presupuesto ilimitado para rescatar un mural erótico del siglo XVIII que, según los rumores, era tan explícito que había permanecido oculto tras una pared falsa durante décadas. Sin embargo, el verdadero misterio no era el mural, sino el hombre que la había contratado.

Alexander Cavalcanti. El nombre evocaba imágenes de barcos cargueros gigantescos, poder político y una vida privada protegida por un muro de abogados y silencios comprados.

El desembarque fue rápido. Un ascensor hidráulico tallado directamente en el interior de la roca la succionó hacia arriba. Cuando las puertas de acero inoxidable se deslizaron en silencio, Valeria soltó un suspiro contenido. La terraza superior era un desierto de mármol blanco bajo el cielo violeta del atardecer.

—Llegas tarde, Valeria.

La voz era profunda, con una textura rugosa que pareció rozarle la nuca. Valeria se giró. Alexander Cavalcanti estaba de pie junto a la barandilla de cristal, sosteniendo un vaso de whisky con un solo hielo. No vestía el traje de tres piezas que ella había visto en las revistas financieras. Llevaba unos pantalones de lino negro que caían perfectamente sobre sus zapatos de cuero hechos a medida, y una camisa de seda negra desabrochada en el cuello. La brisa marina agitaba la tela, revelando destellos de una piel bronceada y un físico que no se conseguía en una oficina, sino con disciplina militar.

—El vuelo tuvo un retraso en Roma, señor Cavalcanti —respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada gris acero. Los ojos de él eran gélidos, desprovistos de cualquier calidez social—. No volverá a ocurrir.

Alex dejó el vaso sobre una mesa de diseño y caminó hacia ella. Tenía la elegancia letal de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo el espacio personal de Valeria hasta que ella pudo olerlo: sándalo, tabaco caro y el olor metálico del poder.

—En Villa Obsidiana, el tiempo es el único lujo que no perdono desperdiciar —dijo él, bajando la vista hacia los labios de ella—. Mi tiempo es caro. Y desde este momento, el tuyo me pertenece.

Él no esperaba una respuesta. Se giró hacia una carpeta de cuero negro que reposaba sobre una tumbona de diseño.

—Aquí está el contrato final. Mi equipo legal ya te envió el borrador digital, pero he añadido un anexo de confidencialidad y convivencia que requiere tu firma física.

Valeria tomó la carpeta, sintiendo el frío del cuero. Al abrirla, sus ojos recorrieron las cláusulas técnicas habituales, pero se detuvo en seco al llegar a la página tres.

—¿"Cláusula de Disponibilidad Absoluta"? —leyó ella en voz alta, frunciendo el ceño—. Señor Cavalcanti, mi contrato estipula diez horas de trabajo diario en el mural. Aquí dice que debo estar disponible para... ¿"requerimientos sociales y personales"?

Alexander se acercó de nuevo, esta vez tan cerca que Valeria sintió el calor que emanaba de su pecho. Él extendió una mano y, con una lentitud deliberada, tomó un mechón de la melena castaña de ella, enrollándolo en su dedo índice.

—He pagado tres veces tu tarifa de mercado, Valeria —susurró él, acercando su rostro al oído de ella—. No me interesa solo tu habilidad con el pincel. Me interesa tu presencia. Esta villa es un mausoleo de lujo y necesito... entretenimiento. Serás mi invitada personal. Cenarás conmigo, me acompañarás cuando lo ordene y, a cambio, tendrás acceso a lugares que los ojos mortales nunca verán.

Valeria sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. Era una mezcla de indignación y una excitación oscura que se negaba a admitir.

—No soy una cortesana, señor —espetó ella, aunque su voz sonó más temblorosa de lo que pretendía.

Alex soltó el mechón de pelo y sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—No te estoy pidiendo que lo seas. Te estoy pidiendo que seas mi juguete de seda. Alguien hermoso que observar, alguien que obedezca mis reglas de etiqueta y alguien que me brinde la distracción que mi intelecto requiere. Si firmas, aceptas mi control total sobre tu agenda mientras estés bajo mi techo. Si no... el yate sigue en el muelle. Puedes volver a tu pequeño estudio en Madrid y pasar el resto de tu vida restaurando querubines en iglesias polvorientas.

Él le tendió una pluma estilográfica de oro. Valeria miró el contrato y luego al hombre frente a ella. Alexander Cavalcanti era el diablo vestido de seda negra, y Villa Obsidiana era su infierno privado. Pero ella siempre había sido una mujer de retos, y el hambre de aventura —y el magnetismo animal de aquel hombre— pudo más que su prudencia.

Con la mano firme, Valeria firmó el documento.

—Excelente —dijo Alex, tomando la carpeta—. Ahora, regla número uno.

Él bajó la mirada hacia los pies de Valeria, que calzaba unas sandalias de cuero sencillas pero elegantes.

—En esta casa, el ruido de los zapatos me molesta. Quítatelos. Caminarás descalza sobre mi mármol. Quiero oír el silencio de tus pasos cuando te acerques. Es una forma de recordarte que aquí, incluso tu forma de caminar depende de mis deseos.

Valeria sintió un nudo en la garganta. Humillada pero extrañamente encendida por la orden, se desabrochó las sandalias y dejó que sus pies descalzos tocaran el frío y perfecto mármol blanco de la terraza. Se sintió pequeña, vulnerable, pero bajo la mirada de Alexander, se sintió más viva que nunca.

—Sí, señor Cavalcanti —murmuró ella.

—Me llamarás Alexander cuando estemos solos —corrigió él, dándose la vuelta—. Sígueme. Es hora de que conozcas la cueva. Es hora de que veas el pecado que vas a restaurar.

Valeria caminó tras él, sintiendo la textura del suelo bajo sus plantas, consciente de que acababa de cruzar una puerta que no tenía retorno. No sabía qué era más peligroso: el mural oculto en la roca o el hombre que caminaba frente a ella con la seguridad de quien posee el mundo.

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Lissbeth Prada
uff intenso Alex
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