Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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Una investigación peligrosamente mal planteada 3
—¿QUÉ FUE ESO?
Cerré la puerta de mi habitación.
—No grites.
Elara estaba completamente alterada.
—¡Casi besa al emperador!
—No exageres.
—¡Tenía la mano en su pecho!
Miré mi mano.
Error.
Todavía podía recordar el calor.
La cerré inmediatamente.
—Me estaba cayendo.
—Él la estaba mirando.
—Porque estaba frente a él.
—La estaba mirando la boca.
—Elara.
—¡Yo lo vi!
—Basta.
Me senté.
Necesitaba pensar.
Aquello no significaba nada.
Habíamos estado entrenando.
Adrenalina.
Proximidad.
Accidente.
Nada más.
Entonces recordé algo.
Evelyne.
Oh.
Fantástico.
Me había pasado toda la tarde mirando al hombre que supuestamente estaba investigando para otra mujer.
—Tenemos información —dije.
Elara parecía horrorizada.
—¿Eso es lo que ha concluido?
—Le gusta entrenar.
—Señora.
—No toma azúcar.
—Señora.
—Le gustan los caballos.
—¡Casi se besan!
La miré.
—Pero no ocurrió.
Silencio.
Elara cruzó los brazos.
—¿Y si hubiera ocurrido?
Abrí la boca.
No salió nada.
Porque no tenía respuesta.
Y eso…
me preocupó.
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Kael tampoco estaba teniendo una tarde especialmente tranquila.
—Majestad.
No respondió.
—Majestad.
El general golpeó ligeramente la mesa.
Kael levantó la mirada.
—¿Qué?
—Le pregunté si desea movilizar la segunda unidad.
—Sí.
—Acaba de decir que no hace un minuto.
Silencio.
Kael dejó la pluma.
—Entonces no.
El general lo observó.
—¿Está bien?
Kael le dirigió una mirada suficiente para matar cualquier curiosidad.
—Perfectamente.
—Claro.
El hombre recogió los documentos.
—Por cierto.
Kael levantó lentamente la mirada.
—Su esposa pelea bastante bien.
—Fuera.
—Sí, majestad.
La puerta se cerró.
Kael se quedó solo.
Intentó volver al documento.
No pudo.
Su mente regresó al patio.
Al cuerpo de Emilia chocando contra el suyo.
A su mano sobre su pecho.
A sus ojos.
A su boca.
Cerró los ojos.
Maldición.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Necesitaba aire.
Había algo que no comprendía.
Algo profundamente incómodo.
Había conocido a Anelis prácticamente toda su vida.
Había sostenido su mano.
Habían bailado.
Habían paseado juntos.
Había creído amarla.
Y nunca…
ni una sola vez…
había sentido aquella necesidad absurda, inmediata y casi incontrolable de acercarse más.
Con Emilia había ocurrido en segundos.
Un accidente.
Nada más.
Tenía que serlo.
Entonces recordó la forma en que ella lo había observado durante el desayuno.
Y después en el campo.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Ella también había mirado.
Mucho.
Demasiado.
La satisfacción duró exactamente tres segundos.
Hasta que recordó algo.
Evelyne.
Las había visto juntas.
Hablando.
Riéndose.
Y Emilia había dicho algo sobre una investigación.
Frunció el ceño.
¿Qué demonios estaba investigando su esposa?
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Dos días después, Kael obtuvo la respuesta.
Entró en uno de los salones laterales buscando al Anciano Severin.
No encontró al anciano.
Encontró algo mucho peor.
Emilia.
Y Evelyne.
Juntas.
Se detuvo antes de entrar.
Ninguna lo había visto.
—Entonces —decía Evelyne—, ¿descubriste algo?
Emilia bebió tranquilamente su té.
—Varias cosas.
Kael se quedó inmóvil.
—No le gusta el té demasiado dulce.
Evelyne sonrió.
—Eso ya lo sabía.
—Perfecto. Me habría ahorrado una mañana entera observándolo desayunar.
Kael entrecerró los ojos.
¿Perdón?
Evelyne rió.
—¿Qué más?
—Le gustan los caballos. Entrena casi todas las tardes. Lee bastante. Tiene un sentido del humor escondido en algún lugar profundamente enterrado y…
Emilia hizo una pausa.
—¿Y?
—Sonríe muy poco.
—Eso también lo sabía.
—Pues debería intentar conseguir que lo haga más.
Kael sintió algo extraño.
Muy extraño.
—¿Crees que tengo alguna posibilidad? —preguntó Evelyne.
Emilia sonrió.
—Por supuesto.
Silencio.
Kael comprendió.
Toda la observación.
Las preguntas.
El desayuno.
El entrenamiento.
La maldita investigación.
No estaba intentando conocerlo para ella.
Estaba estudiándolo…
para otra mujer.
Algo oscuro y completamente irracional se encendió dentro de él.
Entró.
—Qué conversación tan interesante.
Las dos mujeres se congelaron.
Emilia cerró los ojos.
Lentamente.
Evelyne palideció.
Kael sonrió.
Pero no había absolutamente nada amable en aquella sonrisa.
—Por favor.
Cerró la puerta detrás de él.
—Continúen.
Emilia lo miró.
Y por primera vez desde que había llegado a Draken…
pareció comprender que quizá…
solo quizá…
había cometido un error
Palabras de la autora
¿Qué creen que le pase a Emilia? 🫣🫣🫣