Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 9
Valentina aceptó cuando oyó a Dani gritar al otro lado del pasillo.
No fue un grito largo. Fue un golpe seco de dolor, cortado casi de inmediato, como si alguien le hubiera tapado la boca.
Ella se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¡Dani!
Nikolái ni parpadeó.
—No le han roto nada.
—¿Esa es su idea de tranquilidad?
—Es un hecho.
Valentina rodeó la mesa y lo empujó con las dos manos. Él pudo detenerla. No lo hizo. Recibió el golpe en el pecho como quien permite que una tormenta pequeña se desgaste sola.
—Retire los cargos —dijo ella—. Ahora.
—Ven conmigo.
—Primero retírelos.
—Última vez que lo ves.
La frase le cortó el aire.
—No.
—Sí.
—Es mi amigo.
—Era.
Valentina sintió ganas de arañarle la cara.
—Usted no decide eso.
—Acabo de decidir cuánto tiempo pasará en prisión. No confundas mis límites.
El odio le tembló en la mandíbula. Valentina miró la puerta. Detrás estaba Dani, solo, en un país donde no entendía la lengua, atrapado por una trampa diseñada por un hombre que no necesitaba ensuciarse las manos para destruir a alguien.
No podía salvarse y salvarlo a la vez.
Esa era la jaula real.
—Retire los cargos —repitió, más bajo— y voy con usted.
Nikolái se levantó.
—Hasta que te mueras, Valentina. Esa es la condición. No lo buscas, no le escribes, no le mandas recados por tu abuela ni por tu amiga gritona de Iztapalapa.
—Lupita no es de Iztapalapa.
La corrección salió automática, ridícula.
Nikolái ladeó la cabeza.
—Eso te preocupa.
—Me preocupa que sea un imbécil hasta con los datos que roba.
Por un segundo, algo parecido a diversión le tocó los ojos.
—Hasta que te mueras —repitió.
Valentina tragó el nudo de la garganta.
—Quiero verlo salir.
—Lo verás subir a un auto hacia el aeropuerto.
—Con su pasaporte.
—Con su pasaporte.
—Y llama al consulado.
—Después.
—Ahora.
Nikolái la miró largo rato. Luego sacó el teléfono e hizo una llamada en ruso. No levantó la voz. No negoció. Ordenó.
Veinte minutos después, desde una ventana estrecha de la comisaría, Valentina vio a Dani salir escoltado por dos policías y un hombre de traje. Tenía el labio partido. Caminaba por su cuenta. En la mano llevaba su pasaporte.
Antes de subir al auto, levantó la cabeza.
No podía verla. El vidrio era oscuro.
Aun así, Valentina puso la palma contra la ventana.
—Perdóname —susurró.
Nikolái estaba detrás de ella.
—No te oye.
—No era para usted.
El auto de Dani se fue.
Algo dentro de Valentina se quedó en esa calle.
Nikolái le devolvió su teléfono cuando subieron al Maybach. El aparato vibró en su mano. En la pantalla ya no estaba su fondo de Abuelita Carmen en el patio, sino un contacto nuevo fijado arriba de todos.
Nikolái Vólkov.
—Bórrelo —dijo.
—No.
—¿No le da miedo que llame a la policía?
Él señaló por la ventana.
Estaban pasando frente a la comisaría de la que acababan de salir.
—¿Esa policía, printsessa?
Valentina cerró los dedos alrededor del teléfono.
—Algún día va a equivocarse.
—Probablemente.
—Ojalá sea conmigo.
Nikolái la miró como si la idea no le molestara.
—A mí también me gustan los retos.
El trayecto hacia la Usad'ba duró lo suficiente para que la ciudad desapareciera. Las avenidas se volvieron carreteras oscuras, luego muros altos, luego árboles blancos que se levantaban a ambos lados como huesos finos. La nieve caía más espesa, silenciosa, y Valentina tuvo la sensación de estar cruzando una frontera aunque nadie revisara pasaportes.
Repino no parecía real.
Detrás de un muro de piedra de cuatro metros, cámaras giraban con ojos rojos. Guardias armados abrieron una reja negra con el escudo de un lobo. El Maybach avanzó por un camino largo, flanqueado por abedules, hasta que la mansión apareció al fondo.
La Usad'ba Vólkov era hermosa de una forma ofensiva.
Columnas neoclásicas, ventanas altas iluminadas, escalinata de mármol, techo oscuro bajo la nieve. No era una casa. Era una declaración de guerra vestida de palacio.
Valentina bajó del auto sin aceptar la mano de Nikolái.
El frío le atravesó la ropa. El brazo quemado palpitó bajo la manga. Dos filas de hombres esperaban junto a la entrada. Ninguno la miró directamente, pero todos la vieron.
Un hombre mayor abrió la puerta principal.
Tenía cabello canoso, traje impecable y una postura tan recta que parecía tallado en madera.
—Pakhan —dijo, inclinando la cabeza.
—Borís.
El hombre miró a Valentina apenas un segundo. Fue un vistazo breve, profesional, pero algo se movió en su expresión. Sorpresa contenida.
Nunca había visto al Pakhan traer a una mujer.
Valentina lo entendió sin que nadie se lo dijera.
—Señorita Solís —dijo Borís en español formal—. Bienvenida a la Usad'ba.
—No estoy de visita.
Borís bajó la mirada.
—No, señorita.
El vestíbulo era inmenso, con piso de mármol blanco y negro, lámparas de cristal y una escalera doble que subía hacia un segundo nivel. Olía a cera, madera cara y flores que nadie había tocado.
Desde la escalera, una mujer rubia los observaba.
Vestía seda color champaña, tenía el cabello suelto sobre un hombro y una belleza fría que parecía practicada frente a espejos. Miró a Valentina de pies a cabeza, se detuvo en la ropa húmeda, en la bufanda de Dani, en el brazo quemado.
Dijo algo en ruso.
Valentina no entendió las palabras, pero sí el desprecio.
Borís tradujo con una incomodidad mínima.
—Dice que es la prometida del Pakhan.
La mujer sonrió.
Yelena Sorokina, supuso Valentina, porque esa casa tenía que tener también una rubia venenosa. La vida era muy poco original cuando quería humillarte.
Nikolái ni la miró.
—No lo es.
La sonrisa de Yelena se quebró.
Valentina habría disfrutado el golpe si no estuviera demasiado cansada.
—Pakhan —dijo Yelena, ahora en español con acento duro—, no sabía que coleccionabas turistas.
Nikolái se quitó los guantes.
—Borís, acompaña a Yelena a su habitación.
—Puedo caminar sola —dijo ella.
—Entonces hazlo.
Yelena bajó dos escalones, clavó los ojos en Valentina y pasó junto a ella dejando una estela de perfume caro.
—No sobreviven mucho aquí las cosas pequeñas —susurró.
Valentina giró la cabeza.
—Qué bueno que no soy cosa.
Yelena se detuvo.
Nikolái miró a Valentina.
Esta vez no sonrió, pero casi.
—Ven.
La llevó por salones que parecían museos privados: cuadros antiguos, alfombras gruesas, chimeneas apagadas, puertas vigiladas por hombres en silencio. Valentina intentó memorizar rutas, ventanas, salidas. Nikolái la dejó hacerlo.
Eso era mala señal.
Al final de un pasillo, bajaron por una escalera estrecha.
El olor cambió antes que la luz.
Metal.
Humedad.
Desinfectante.
Sangre vieja.
Valentina se detuvo en el último escalón.
—No.
Nikolái siguió bajando.
—Sí.
El sótano era amplio, frío, con paredes de concreto y jaulas alineadas a un lado. Había una mesa de acero, cadenas colgadas, herramientas que Valentina no quiso nombrar. En el centro, un hombre estaba atado a una silla.
Tenía la cara tan hinchada que no supo si estaba vivo hasta que gimió.
El estómago se le revolvió.
Nikolái se colocó detrás de ella, sin tocarla.
—Esto es lo que le pasa a quien me traiciona, printsessa. Para que lo tengas claro.
Valentina tragó saliva, pero no bajó la cabeza.
—¿Y esto es lo que le enseña a una mujer que quiere quedarse?
—No quieres quedarte.
—Entonces no finja que esto es una bienvenida.
Una puerta lateral, más pesada que las demás, vibró con un golpe desde adentro.
El hombre atado empezó a sollozar.
Otro golpe.
Luego un rugido bajo, profundo, imposible.
Valentina se quedó sin aire.
Nikolái ladeó la cabeza, observando su reacción.
—¿Te gustan los animales?