El mundo no pertenece a los hombres. Pertenece a sus dueños.
Mientras los imperios mortales se desangran en guerras despiadadas e intrigas políticas por coronas de barro, los verdaderos hilos de Estirgia se mueven desde las sombras del plano divino. Doce Dioses Primordiales controlan el destino de la creación, y su voluntad se manifiesta en la tierra a través del Dogma: doce bendiciones místicas encarnadas en portadores mortales. Un poder absoluto capaz de reescribir la realidad, pero que exige un costo atroz: la erosión irreversible de la humanidad de quien lo canaliza.
En una tierra asfixiada por la traición, la necrosis y los caprichos de deidades implacables, las reglas del juego político están a punto de romperse. La guerra entre humanos es solo el preludio; el verdadero horror comienza cuando los peones divinos despiertan y Estirgia descubre el peso de la herencia de los dioses.
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Capítulo 5: La Inercia de la Muerte
Jake depositó a Elara en el rincón más profundo del callejón, ocultándola tras una pila de cajas de suministros oxidadas. Pero su atención ya no estaba en ella; estaba fija en el hombre de la capa azul que bloqueaba la salida. Los otros dos soldados se habían quedado atrás, manteniendo sus mosquetes de vapor en guardia, pero no dispararon. Sabían, por una mezcla de respeto y terror, que este era el territorio de caza de su teniente.
— ¿Crees que por haber desintegrado a un par de reclutas eres algo especial? —Valerius avanzó hacia él. No desenvainó su florete de inmediato. Sus manos, enguantadas en un cuero negro de calidad militar, estaban grabadas con runas que pulsaban con un rojo violento y rítmico— Tu movimiento fue rápido, te lo concedo. Pero en este mundo, la velocidad sin control es solo una invitación al desastre.
Jake se lanzó contra él con la furia de un animal acorralado. No utilizó técnica, sino la fuerza bruta que acababa de robarle a sus propios hombres. Lanzó un puñetazo directo a su rostro, un golpe cargado con tanta energía cinética que esperaba ver el cráneo del oficial estallar contra la pared de ladrillos.
— Ruptura de Inercia —susurró Valerius, casi con aburrimiento.
En el microsegundo antes de que el puño impactara, el aire alrededor del rostro de Valerius pareció cristalizarse, volviéndose más denso que el plomo. El brazo de Jake se detuvo en seco, como si hubiera golpeado una montaña de diamante sólido. No hubo retroceso ni rebote. Su impulso, su fuerza y su movimiento simplemente dejaron de existir para el mundo exterior.
Entonces, ocurrió el horror físico. Según las leyes de Vox, la energía no se destruye. Al no tener un objetivo donde descargarse, la fuerza cinética que Jake mismo había generado regresó por su brazo como una onda de choque interna.
¡CRACK!
Un grito de agonía pura se quedó atascado en su garganta. Sintió sus huesos astillarse, convirtiéndose en astillas blancas que desgarraban sus propios músculos desde adentro. El antebrazo derecho se retorció en un ángulo imposible, la piel tensándose hasta casi romperse bajo la presión de los fragmentos óseos. Jake cayó de rodillas, sujetándose la extremidad destrozada que ahora colgaba inútil y deforme a su costado.
— ¿Lo sientes ahora? —Valerius sonrió, caminando hacia él con una parsimonia aterradora— Todo lo que se mueve, se detiene ante mí. Y cuanto más fuerte me golpees, más piezas de tu propio cuerpo tendré que recoger del suelo cuando termine. Mi tecnología de Ruptura destruye el estado de las cosas. Eres estático, Jake. Eres un error que ha dejado de funcionar.
[ANÁSTASIS]: — ¡Tu brazo! ¡Jake, déjame usar la reserva de Elara! Puedo reconstruirlo en segundos si tomo un poco de su aliento vital...
[LETE]: — ¡No! Si tocas la vida de la chica ahora, la apagarás para siempre. Míralo... su poder es absoluto contra la materia, contra el movimiento. Pero yo... yo no soy materia. Yo soy el vacío donde el movimiento muere por voluntad propia.
Valerius alzó su bota reforzada para aplastar el cráneo de Jake. La incertidumbre lo golpeó más fuerte que la Ruptura de Inercia; estaba atrapado en una jaula de física destructiva: si luchaba, se desintegraba; si huía, el cambio de presión haría que sus órganos explotaran.
— Es una pena —dijo Valerius, mientras su bota descendía con la fuerza de una prensa hidráulica— Tenías un potencial interesante para ser un simple residuo de Tales.
Jake cerró los ojos. Dejó de intentar luchar con los músculos y dejó de ser un objeto que se mueve. En lugar de eso, permitió que la esencia de la Muerte se expandiera. No como un proyectil, sino como un derrame; como una mancha de tinta negra en un vaso de agua clara.
La bota de Valerius se detuvo a milímetros de la frente del joven. No porque el oficial quisiera detenerse.
— ¿Qué... qué es esto? —Valerius retrocedió, con el rostro palideciendo bajo la luz de las runas rojas.
La energía negativa de Lete no tenía inercia porque no tenía masa. No era algo que viajara de un punto A a un punto B; era una presencia que consumía la posibilidad de que algo existiera. El cuero de la bota del teniente empezó a descascarillarse, volviéndose ceniza grisácea en pleno aire. Su "Ruptura de Inercia" no encontraba nada que detener, porque la muerte no es un movimiento, sino el estado final donde las leyes de la física dejan de tener sentido.
Jake se puso en pie lentamente, ignorando el dolor atroz que le nubaba la vista. Su mano derecha empezó a brillar con un dorado tan intenso que quemaba; no para curar, sino para sobrecargar su sistema nervioso y obligarlo a mantenerse consciente a través de la agonía.
— Tu Ruptura no puede detener lo que ya ha llegado al final, Teniente —la voz de Jake ya no era humana; era un coro de sombras susurrando desde el fondo de una tumba— Has cometido el error de intentar medir a un Dios con leyes de laboratorio.
La energía necrótica empezó a trepar por la pierna de Valerius como una hiedra invisible. Los soldados de atrás, presas del pánico, abrieron fuego. Las balas de vapor, cargadas de una potencia cinética devastadora, se detuvieron en seco al entrar en su aura de ceniza. No hubo impacto; simplemente cayeron al suelo convertidas en plomo oxidado, despojadas de su propósito y de su fuerza.
Valerius entró en un terror primitivo. Su arrogancia se desmoronó, revelando al hombre pequeño que dependía de sus juguetes rúnicos.
— ¡Fuego! ¡Maten a esa... esa aberración! —gritó el oficial, mientras veía con horror cómo su propia piel empezaba a marchitarse bajo el efecto del Dogma.
Jake se acercó a él, arrastrando su brazo derecho roto que colgaba como un peso muerto. Cada paso era una tortura que solo la mano de la Vida lograba mitigar con pulsos dorados, manteniendo su corazón latiendo a pesar del shock traumático.
— Eres un gran depredador, Valerius —sentenció Jake, envolviendo su mano sana en un manto de negrura absoluta— Pero has intentado detener el final de todas las cosas. Y el final... no se detiene.
El joven tocó el pecho del oficial. Valerius intentó activar su Ruptura de Inercia una última vez. El aire alrededor de su coraza vibró con una fuerza que debería haber convertido a Jake en polvo, pero la energía de Lete simplemente devoró la vibración, absorbiéndola como un agujero negro traga la luz. Los ojos del teniente se abrieron desorbitados mientras sentía cómo su vitalidad y su experiencia empezaban a fluir hacia el chico.
— No... no puede ser... —sollozó el hombre, mientras su cuerpo se contraía y sus músculos se desvanecían bajo una armadura ahora demasiado pesada— Solo hay doce... solo doce...
— Y tú acabas de encontrar al cuarto —respondió Jake con una frialdad gélida.
El brillo rojo de los guantes de Valerius se apagó. Su vida fue un banquete amargo que fluyó por las venas de Jake, dándole la fuerza necesaria para no colapsar. Los otros soldados huyeron despavoridos, dejando atrás el esqueleto de su superior. Jake se desplomó junto a Elara, sintiendo cómo el Dogma luchaba por encajar en su frágil cuerpo humano. Había sobrevivido, pero la cacería de Vox acababa de subir de nivel.