Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4: Bocetos bajo la luz del alba
El camino a casa transcurrió entre pensamientos que iban y venían como el tráfico nocturno. Cuando Yoselin cerró la puerta de su departamento detrás de sí, todavía sentía el calor de la mano de Camila en la suya y la sorpresa de descubrir quién era realmente. Se dejó caer en la cama sin siquiera cambiarse al principio, mirando al techo en la penumbra. ¿Una oportunidad de la mano de la hermana de quien la había cerrado la puerta en la cara? Era irónico, sí, pero también era la prueba de que no todos veían el mundo con los mismos ojos rígidos que Alejandro Varela.
El cansancio terminó por vencerla, y se quedó dormida abrazando la almohada, con una única certeza en la mente: no iba a desperdiciar esta segunda oportunidad.
A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a iluminar los cristales de las ventanas cuando se despertó. No necesitó despertador; la emoción la sacó del sueño de golpe. Se lavó la cara, tomó un café rápido y se sentó de inmediato frente a su mesa de trabajo, la misma donde había dejado los bocetos rechazados el día anterior. Ahora ya no veía críticas imaginarias sobre ellos: veía posibilidades.
Tomó lápices, reglas y hojas en blanco, y empezó a dibujar con una energía renovada. Primero salieron vestidos: algunos de líneas largas y fluidas, como la serenidad que le había transmitido Camila; otros con cortes audaces y detalles inesperados, como la personalidad que Alejandro no supo apreciar. Luego pasaba a las joyas: collares que parecían ríos de plata entrelazados, pulseras que encajaban perfectamente en la muñeca como si fueran hechas a su medida, aretes con la misma piedra azul que había llevado la noche anterior, y hasta diseños de relojes donde la correa se mezclaba con cadenas finas y piedras pequeñas.
Cada trazo era una respuesta al rechazo, pero también una promesa a sí misma. No estaba diseñando para convencer a nadie, sino para mostrar lo que era capaz de crear cuando se le permitía ser fiel a su estilo. Pasaron las horas sin que se diera cuenta; el almuerzo se le quedó frío en la mesa, y solo se detuvo cuando el teléfono vibró con fuerza entre los retazos de tela.
Miró la pantalla y el corazón le dio un vuelco: Camila Varela. Respiró hondo antes de contestar.
—¡Hola, Camila! —dijo tratando de sonar tranquila.
—¡Buenos días, Yoselin! Espero no haberte despertado —la voz de la chica sonaba alegre y clara—. He hablado con mi hermano, bueno... más bien he insistido mucho hasta que aceptó escucharte con calma. Mañana puedes venir a la empresa, ¿te parece bien? Yo estaré ahí todo el tiempo, no te dejaré sola.
—¡Claro que sí! Muchas gracias —exclamó Yoselin con sinceridad—. No sabes lo mucho que agradezco que confíes en mí.
—No tienes nada que agradecer, solo quiero ver tus diseños en persona —respondió Camila—. Nos vemos mañana a las diez de la mañana en la entrada principal. Ahí te espero.
Colgaron la llamada, y Yoselin dio un pequeño salto de alegría en medio de su taller. Ahora sí: tenía que prepararse bien. Sabía que Alejandro probablemente seguiría siendo frío y desconfiado, pero esta vez no llegaría con dudas: llegaría segura de lo que llevaba.
Decidió que lo mejor era lucir precisamente lo que ella misma creaba: sería la mejor presentación posible. Sacó un trozo de tela de color azul marino, del mismo tono que las piedras de sus joyas, y empezó a cortar con cuidado. Diseñó un vestido sencillo pero elegante: de escote en forma de V, mangas largas ligeramente abullonadas y una falda que caía recta hasta las rodillas, con un pequeño abertura en el costado. Mientras la máquina de coser trabajaba, ella iba puliendo las piezas que combinarían perfectamente con él.
Hizo un collar corto que se ajustaba al cuello, con una piedra central brillante; unos aretes discretos pero con el mismo diseño; y una pulsera fina que llevaba grabado un detalle casi invisible: una pequeña letra Y. Trabajó con calma, cuidando cada puntada, cada pulido en el metal, cada engaste de las piedras. Recordaba lo que le había dicho Alejandro: que veía rebeldía y no elegancia. Pues bien: él vería que se podía tener personalidad y clase al mismo tiempo.
Cuando terminó, ya era de noche. Se probó el conjunto frente al espejo y sonrió. Se veía ella misma: segura, auténtica, y hermosa a su manera. No llevaba un traje prestado para intentar parecer alguien más, sino su propia creación.
—Mañana —susurró a su reflejo—, mañana verás de qué estoy hecha, señor Varela.
Guardó todo con cuidado, apagó las luces y se fue a dormir mucho más tranquila que la noche anterior. Ya no era solo una diseñadora buscando una oportunidad: era una creadora que iba a demostrar que se equivocaban al cerrarle la puerta.