Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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Capítulo 20
Al otro lado
Tok.
Tok.
Tok.
Los tres golpes seguían suspendidos en el aire como si la madera de la puerta aún los estuviera recordando.
Gabriel permanecía inmóvil, con una mano sobre el picaporte.
No por miedo.
Por disciplina.
Durante años había aprendido que, frente a lo desconocido, el primer impulso era casi siempre el peor consejero.
La anciana dio un paso al frente.
Su voz apenas era un hilo.
—No abras.
Gabriel no respondió.
Miró el reloj de bolsillo.
Las agujas seguían inmóviles en las 2:17.
Después observó la brújula.
La aguja giraba lentamente...
Hasta detenerse.
No apuntaba hacia la montaña.
No apuntaba al norte.
Apuntaba directamente hacia la puerta.
Gabriel sintió un escalofrío.
Nunca antes la brújula había señalado una persona.
Del otro lado no se escuchaba ninguna respiración.
Ningún movimiento.
Era como si quien hubiera llamado hubiese desaparecido.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Una sombra cruzó lentamente por debajo de la puerta.
No tenía forma humana.
Parecía humo.
Pero avanzaba como si caminara.
Valeria retrocedió un paso.
La sombra se detuvo exactamente en el centro del umbral.
Y no avanzó más.
Gabriel lo comprendió al instante.
No podía entrar.
Necesitaba que alguien la dejara pasar.
Recordó una nota escrita por Hayato Mori en el Expediente 1908.
"Hay entidades que no cruzan un umbral.
Esperan que seas tú quien rompa el límite."
La anciana tomó un pequeño cuenco de cerámica que descansaba sobre un altar familiar.
Dentro había sal.
Con manos temblorosas dibujó una fina línea frente a la puerta.
No pronunció ningún rezo.
Solo inclinó la cabeza.
La sombra permaneció inmóvil.
Como si aquella línea invisible la hubiera detenido.
Gabriel observó cada detalle.
No intentaba atravesarla.
Simplemente...
Esperaba.
Y eso le produjo más miedo que cualquier ataque.
Entonces sonó una voz.
No desde afuera.
No desde adentro.
Parecía provenir exactamente del otro lado de la madera.
Serena.
Masculina.
—Gabriel Salazar.
Él no respondió.
—Has aprendido a no abrir puertas.
Bien.
Hayato también aprendió.
Gabriel sintió cómo el pulso se aceleraba.
Aquella voz no imitaba a nadie.
Era desconocida.
Y, sin embargo, hablaba de Hayato como si hubiera caminado junto a él.
La voz continuó.
—No he venido por ustedes.
He venido por lo que llevan.
Gabriel bajó la vista hacia el interior de su abrigo.
El reloj.
La fotografía.
La llave.
La brújula.
Por primera vez comprendió que no eran simples objetos.
Eran piezas.
Y alguien estaba reuniéndolas.
La anciana comenzó a rezar en voz muy baja.
No era un sutra budista.
Ni una oración sintoísta.
Era algo mucho más antiguo.
Valeria apenas distinguía algunas palabras.
Pero una de ellas se repetía una y otra vez.
"...Kotoba..."
Gabriel la reconoció.
En japonés significaba "palabra".
O "nombre", dependiendo del contexto.
Entonces entendió.
Todo giraba alrededor de los nombres.
El pueblo olvidado.
El rostro borrado.
La Segunda Llave.
Los espíritus que buscaban un nombre.
Nada de aquello era casualidad.
La voz volvió a hablar.
Más despacio.
—Pregúntale a la mujer...
...qué ocurrió la última vez que alguien abrió esta puerta después del anochecer.
Valeria giró inmediatamente hacia la anciana.
La mujer dejó de rezar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Durante unos segundos pareció debatirse entre callar...
O romper un silencio que llevaba décadas guardando.
Finalmente habló.
—Fue mi hijo.
Ninguno de los dos dijo una palabra.
La anciana continuó.
—Tenía once años.
Escuchó a su padre llamarlo desde afuera.
Su padre había muerto dos inviernos antes.
Creyó que estaba soñando.
Abrió la puerta.
La mujer cerró los ojos.
Su voz se quebró.
—Encontramos la casa abierta.
Las huellas del niño llegaban hasta el camino.
Las de quien lo llamó...
Se detenían exactamente frente al umbral.
Nunca volvimos a verlo.
Gabriel sintió un peso insoportable en el pecho.
No era solo una leyenda.
Aquello había ocurrido allí.
En esa misma puerta.
De repente...
La línea de sal comenzó a oscurecerse.
Grano por grano.
Como si algo invisible la estuviera quemando desde el otro lado.
La anciana dio un paso atrás.
—No...
Eso nunca había pasado.
Gabriel sujetó con fuerza el reloj de bolsillo.
En ese instante sintió una vibración.
Muy débil.
Abrió la tapa.
Las agujas seguían marcando las 2:17.
Pero el cristal volvió a empañarse.
Lentamente apareció una nueva palabra escrita desde el interior.
Yomizaka.
Después otra.
Ven.
La palabra permaneció apenas unos segundos.
Luego desapareció.
La voz del otro lado guardó silencio.
La sombra comenzó a retirarse.
Muy despacio.
Como si ya hubiera conseguido lo que buscaba.
Gabriel esperó un minuto entero antes de abrir la puerta.
La anciana quiso detenerlo.
Él negó con la cabeza.
—Ya se fue.
Giró el picaporte.
Abrió apenas unos centímetros.
Afuera no había nadie.
Solo la calle vacía de Minakami.
La niebla cubría el camino.
Y sobre el suelo de madera, justo frente al umbral, descansaba un objeto que antes no estaba allí.
Era un pequeño amuleto de tela roja.
Antiguo.
Gastado por el tiempo.
Tenía bordado un único kanji con hilo negro.
Gabriel lo recogió con cuidado.
La anciana dio un grito ahogado al verlo.
Retrocedió hasta chocar con la pared.
—No puede ser...
Valeria la sostuvo antes de que cayera.
—¿Qué ocurre?
La mujer no apartaba la vista del amuleto.
Sus labios temblaban.
—Ese omamori...
...solo lo recibían quienes eran elegidos para entrar en Yomizaka.
Gabriel sintió que el frío le recorría la espalda.
Entonces comprendió la verdad.
No habían encontrado el camino hacia el pueblo olvidado.
El pueblo olvidado...
Acababa de invitarlos a entrar.