Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 17
...AITANA...
—¡Henrry, detente! —Le tomé el brazo con fuerza, clavando mis dedos en la fina tela de su saco azul para obligarlo a mirarme.
Él respiraba como si acabara de correr una maratón. Tenía los ojos desorbitados, inyectados en sangre, y por primera vez vi que no estaba fingiendo; estaba genuinamente aterrado.
Pero su reacción era tan desmedida, tan irracional, que no terminaba de cuadrarme. Estaba actuando como un animal acorralado, listo para embestir a cualquiera que se le cruzara, incluida la directora.
—Sueltame, Vega. No te metas en esto —siseó, intentando zafarse, pero no lo dejé ir.
—No te voy a soltar para que vayas a cometer una estupidez —le respondí, bajando la voz pero manteniendo un tono firme y autoritario—Mírate. Si entras así a la enfermería, lo único que vas a lograr es que Mía se cierre más y que la doctora Vance llame a la policía por tu comportamiento. Cálmate.
La directora Vance nos miró, acomodándose las gafas con una calma glacial que contrastaba drásticamente con el volcán que era Henrry.
Luego, apartó la vista de él y se dirigió directamente a mí, ignorándolo por completo. Había entendido perfectamente quién llevaba el control del juego.
—Señorita Vega, como delegada de don Augusto, la decisión final de cómo proceder con la institución está en sus manos —dijo la directora, cruzando las manos sobre el escritorio—. Pero debo ser muy clara: si el examen de toxicología de Mía da negativo y se confirma la versión de Angélica Voyer sobre la distribución, el consejo directivo no tendrá más opción que reportar esto a las autoridades correspondientes. No podemos tener un foco de distribución de Pink Crown en St. Jude's, sin importar el apellido de la alumna.
Henrry soltó un bufido y abrió la boca para gritar otra de sus amenazas, pero le puse una mano en el pecho, deteniéndolo en el acto. Su corazón latía a mil por hora bajo mi palma.
Me senté despacio, acomodando mi portafolio sobre mis piernas. Miré la bolsa de plástico con las pastillas rosa y luego miré a la directora.
—Doctora Vance, analicemos esto con cabeza fría —empecé a decir, usando mi mejor tono—. Angélica Voyer acusó a Mía de distribución para salvarse de la expulsión por la pelea. Pero piénselo un segundo: si Mía realmente estuviera distribuyendo una sustancia tan costosa y peligrosa dentro del colegio, ¿por qué guardaría el producto en el bolsillo secreto de su cartuchera? Una cartuchera que deja sobre el pupitre a la vista de cualquiera. Mía es rebelde, pero no es estúpida.
Henrry me miró de reojo, guardando un tenso silencio mientras procesaba mis palabras.
—Además —continué, inclinándome hacia adelante—, si acusamos formalmente a Mía, el nombre de St. Jude’s saldrá a la luz en los tabloides. "La prestigiosa academia de la élite, envuelta en un escándalo de microtráfico". A los patrocinadores y a los padres de familia no les va a importar quién empezó; simplemente sacarán a sus hijos de aquí. Nadie gana en ese escenario. Ni la academia, ni los Montenegro, ni los Voyer.
—¿Y qué propone entonces, señorita Vega? —preguntó la directora, visiblemente interesada en salvar la reputación de su colegio—. Las pastillas existen. Están sobre mi escritorio.
—Propongo una solución inteligente donde todos cooperemos sin necesidad de abrir un expediente judicial... de momento —dije, esbozando una sonrisa tranquila—. Primero, manejemos esto como un caso de indisciplina por la pelea física. Ambas alumnas, Mía y Angélica, recibirán una suspensión interna de tres días a partir de hoy. Sin registros de drogas en sus hojas de vida académica oficiales.
—¿Y el origen de las pastillas? —inquirió Vance.
—Ahí es donde entra el trato —expliqué—. Mientras dure la suspensión, mantendremos las píldoras bajo custodia confidencial en su caja fuerte, doctora. Yo misma me encargaré de interrogar a Mía en un ambiente neutral, fuera del colegio. Si logramos que Mía nos diga quién le entregó esa porquería, le entregaremos el nombre del verdadero distribuidor externo para que la junta tome medidas legales contra los verdaderos responsables, fuera del campus. A cambio, la hoja de Mía queda limpia y St. Jude's evita un escándalo de prensa. Y para asegurar la transparencia, el profesor Samuel Quintana, que es el titular de su área y alguien de entera confianza de la junta, supervisará el rendimiento académico de Mía desde casa durante la suspensión.
Henrry dio un respingo al escuchar el nombre de Samuel, pero no se atrevió a refutar.
Sabía que mi plan era perfecto. Era una salida elegante que protegía a su hermana del reformatorio, salvaba el honor de la familia y le daba a la academia un culpable real sin manchar sus perfectas paredes.
La doctora Vance meditó la propuesta durante un largo y agónico minuto. Finalmente, exhaló un suspiro de alivio y retiró la bolsa con las píldoras, guardándola en el cajón bajo llave.
—Es una propuesta sumamente sensata, señorita Vega. Don Augusto no se equivocó al enviarla —admitió la directora, poniéndose de pie—. Suspenderé a ambas niñas por alteración del orden y agresión física. Tienen mi voto de confianza de diez días para entregarme al proveedor real antes de que me vea obligada a reportar el hallazgo de la sustancia. Pueden ir a la enfermería por Mía.
—Gracias, doctora. Así se hará —respondí, poniéndome de pie con elegancia.
Salimos de la oficina. En cuanto la puerta de madera se cerró a nuestras espaldas, Henrry se giró hacia mí.
De nada, Montenegro. Acabo de salvar a tu familia de irse a la quinta porra.
Caminamos por el pasillo del ala médica en silencio. Ruby iba un paso atrás, con las manos entrelazadas y la cabeza baja, asimilando la gravedad de lo que acababa de pasar. Henrry, por su parte, parecía una bomba de tiempo a punto de estallar.
Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, los hombros rígidos y la vista clavada en el suelo.
—Henrry —le llamé en un susurro áspero antes de empujar la puerta de la enfermería—. Vas a entrar ahí y vas a respirar hondo. No quiero gritos, no quiero reclamos histéricos. Mía necesita un hermano mayor, no un juez. ¿Entendido?
Él ni siquiera me miró. Solo soltó un gruñido entre dientes, pero noté cómo apretaba los puños dentro del traje.
Empujé la puerta batiente. Al fondo, sentada en una camilla con las piernas encogidas contra el pecho, estaba Mía. Llevaba el uniforme de la academia desarreglado, la corbata torcida y el ojo izquierdo notablemente hinchado y rojo, producto de la pelea con Angélica Voyer.
Al vernos entrar, sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente y escondió la cara entre las rodillas.
A un lado de la camilla, la enfermera jefe de St. Jude’s sostenía una tableta digital. Al ver a Henrry, su expresión se volvió compasiva, pero sumamente seria.
—Señor Montenegro... —empezó la mujer, bajando la voz.
—Dímelo de una vez, Teresa —la cortó Henrry.
La enfermera miró la tableta y luego nos miró a nosotros.
—El examen de toxicología rápida está listo. Salió positivo para metanfetaminas y componentes de Pink Crown. Los niveles en la sangre indican que la ingesta fue hace unas seis horas, justo antes de entrar a la primera clase.
Miré a Mía, que empezó a sollozar con más fuerza, temblando por completo. No solo las estaba distribuyendo; la niña se estaba metiendo esa porquería al cuerpo antes de los exámenes.
Giré la cabeza con miedo de ver la reacción de Henrry. Esperaba que gritara, que golpeara la pared, que desatara esa furia irracional que había mostrado en la oficina de Vance. Pero no hizo nada de eso.
Henrry se quedó completamente paralizado.
Toda la rigidez de su cuerpo se desmoronó en un segundo. Se pasó una mano por la cara, soltando un suspiro ahogado que sonó casi como un lamento, y juro que por un instante vi sus ojos brillar, empañados por una impotencia absoluta.
Dio dos pasos lentos hacia la camilla, ignorando a la enfermera y pasando por mi lado como un fantasma. Se sentó en el borde del colchón y, sin decir una sola palabra, estiró sus largos brazos y envolvió a su hermanita en un abrazo protector, pegando la cabeza de la niña contra su pecho.
Mía se aferró a la camisa azul de Henrry como si fuera su único salvavidas en medio del océano, llorando a moco tendido, manchándole el traje de lágrimas y maquillaje corrido.
—¿Por qué, pulga? —murmuró Henrry, y su voz sonó tan rota, tan llena de un dolor real y profundo, que sentí una punzada directo en el corazón—. ¿Por qué te estás haciendo esto?