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LA HERMANDAD DEL AMO

LA HERMANDAD DEL AMO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Fantasía épica / Completas
Popularitas:49
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Trinidad Raquel Reig Mateu

Dos amigos, un destino marcado por la sangre y una búsqueda desesperada. Cuando su amiga de la infancia desaparece sin dejar rastro, Joan y Ralph deberán despertar el poder oculto de sus linajes. Desde las sombras de la Hermandad del AMO hasta los secretos prohibidos de civilizaciones ancestrales, descubrirán que la realidad es solo un velo... y que para rescatar a quien aman, primero deben aceptar quiénes son en realidad.
En el juego del AMO, la lealtad es un mito y la sangre es la única moneda. ¿Estás listo para cruzar el umbral?

NovelToon tiene autorización de Maria Trinidad Raquel Reig Mateu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6 : EL SILENCIO QUE TENSA LA SOGA

Los turnos por las tardes eran los peores, auténticos pozos de agotamiento que se hundían al acercarse el fin de semana. El pub se llenaba como si de una plaga se tratase; Un hervidero de cuerpos que invadía cada rincón hasta que el aire se volvía más denso. Tras la barra, la hilera de clientes se transformaba en una cadena interminable de rostros exigentes y manos que reclamaban su consumición sin tregua.

En medio de aquel caos, ella se sentía atrapada, preguntándose que la retenía allí tras los sistemáticos desencuentros con su jefe. Él practicaba un acoso sutil, una violencia silenciosa camuflada bajo una capa de falsa caballerosidad que resulta más nauseabunda que un ataque directo. Sin embargo, el ambiente ahora estaba cargado de una tensión distinta: desde aquel último encontronazo, hacía ya más de tres semanas, el silencio de él era absoluto. Esa ausencia pesaba más que su presencia.

Esos encuentros siempre seguían el mismo patrón de una cortesía tóxica. Él se acercaba demasiado bajo el pretexto de supervisar la barra, dejando que su mano rozara la espalda de ella con una lentitud calculada, mientras le hablaba al oído con una suavidad que le erizaba la piel de puro asco.

- Tienes un aura especial —le decía a menudo, disfrazando su obsesión con misticismo—. En México, en un lugar que conozco bajo la luna de Yucatán, podrías alcanzar tu verdadero potencial. Solo necesitamos combinar bien nuestros cuerpos.

Asqueada se apartaba bruscamente de su encerrona, disimulando que iba a atender a un cliente que estaba a una distancia prudente de la puerta de salida, por si tenía que irse corriendo. Después de escucharle oír hablar así se dio cuenta que él no buscaba una empleada, ni siquiera una amante; buscaba una pieza para un tablero que ella apenas empezaba a comprender. Por eso, este silencio de tres semanas no era paz; era la calma que precede a la tormenta, el recordatorio de que aquel último "no" rotundo de ella había roto el barniz de caballero del jefe.

El último encuentro no había ocurrido en el estrépito del pub, sino en la penumbra asfixiante de la oficina, tras el cierre. Él no gritó; eso habría sido demasiado burdo para su estilo. Se limitó a invadir su espacio personal, acorralada contra el escritorio, vio como extendía sobre la mesa unos billetes de avión con destino a Ciudad de México y un pequeño amuleto de piedra oscura.

- Es una invitación al despertar, no a un simple viaje —susurró él, con esa voz untuosa que pretendía ser guía espiritual, pero sonaba a sentencia—. El ritual requiere de tu pureza, de tu entrega voluntaria bajo los cielos de México. Allí, el sexo no es carne, es trascendencia.

Ella, sintiendo una náusea que le subía por la garganta, apartó los pasajes con un golpe seco de la mano.

- No voy a ir a ningún lado contigo. Búscate a otra para tus delirios — le espetó, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor de sus piernas.

Fue entonces cuando lo vio. Por un segundo, la cortesía de él se evaporó, dejando paso a una mirada fría, carente de cualquier humanidad. No hubo más súplicas místicas, solo un silencio gélido que pareció bajar la temperatura de la habitación. Él recogió los billetes lentamente, sin dejar de mirarla, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Tres semanas después, ese silencio seguía ahí, flotando en el aire del pub como una soga que esperaba el momento justo para tensarse.

Salió del turno vespertino justo cuando el sol se hundía en el horizonte, tiñendo las calles de un naranja sangriento. Caminaba a paso frenético, con los nervios a flor de piel y la mirada saltando de un rincón a otro, temiendo que la silueta de su jefe o la de su inseparable y necio acompañante surgieran de cualquier sombra.

Al torcer una esquina, la realidad confirmó sus miedos. En la boca de un callejón oscuro, distinguió a un grupo de hombres rodeando al asistente de su jefe. El pánico le drenó el color del rostro. Sin pensar, se lanzó a cruzar la avenida principal; el chirrido de los neumáticos y el estruendo de los cláxones la envolvieron mientras los coches maniobraron bruscamente para no ser arroyada.

Alcanzó la acera opuesta con el corazón martilleando en las costillas y echó a correr desesperada, pero el asfalto parecía estirarse bajo sus pies. Los matones, más rápidos, le dieron alcance en pocos metros. Sintió unas manos rudas cerrándose sobre sus brazos como tenazas. Ella arremetió con codazos salvajes, desgarrándose la garganta en gritos de auxilio que se perdían en la indiferencia de la ciudad. A su alrededor, la gente seguía su camino, bajando la vista o acelerando el paso, dejándola sola en su lucha contra el abismo.

El agarre de los matones era implacable. Uno de ellos la rodeó por detrás, hundiendo sus dedos en la tela de su chaqueta mientras intentaba inmoviliza los brazos. Ella, espoleada por un terror primario, se revolvió con la fuerza de quien pelea por su vida. Inclinó el cuerpo hacia delante y descargó un codazo seco que impactó en las costillas de su captor, arrancándole un gruñido de dolor.

Al sentir que el agarre cedía un milímetro, se retorció con violencia. El sonido de la costura de su chaqueta rasgándose bajo la fuerza de los tirones fue ahogado por el ruido del tráfico. Otro de los tipos lanzó un zarpazo hacia su rostro; sintió el ardor metálico de las uñas surcando su mejilla y la frente, dejando un rastro de arañazos que empezaron a palpitar al instante.

La sangre le nubló un ojo por un segundo, pero no se detuvo. Aprovechando que la chaqueta se había convertido en una trampa de tela rota, terminó de zafarse de una manga, dejando parte de la prenda en manos del agresor. Como una exhalación, aprovechó el desequilibrio de los hombres para empujar a uno contra un contenedor de basura y echó a correr. El aire frío de la noche golpeó su rostro herido, pero no miró atrás; solo sentía el escozor de las heridas y el aleteo frenético de su corazón mientras se perdía en la oscuridad de las bocacalles.

Al llegar a la esquina, con los pulmones ardiendo y las piernas flaqueando por el pánico, la joven chocó frontalmente con otra mujer que se cruzó en su camino. El impacto la dejó sin fuerzas y cayó desplomada al suelo. La otra chica, se tambaleó por el golpe, pero sus acompañantes, la sujetaron a tiempo para evitar que se diera de bruces contra el asfalto.

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