Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Desahogar su dolor
Arabella ordenaba los papeles desperdigados sobre su escritorio; pronto sería la hora de salir.
Cuando terminó, se quedó sentada un momento y suspiró. Sus labios dibujaron una sonrisa tenue.
—Ojalá no haya ningún contratiempo —murmuró, mirando un portarretrato: una foto de ella riendo a carcajadas, aquella vez que Mateo se la había tomado. Guardó el pequeño marco en su bolso. Le pesaba dejar su escritorio, pero no le quedaba otra: no soportaría ver a Mateo junto a otra mujer.
Se levantó dispuesta a volver a casa con el resto de los empleados que hacían fila para el ascensor.
Mateo se había ido con su madre y su prometida; a Arabella, que se despidió de ellos, solo le quedó una sonrisa amarga.
—Bella, ¿te vienes conmigo? —le preguntó Vero al salir las dos del mismo ascensor.
—Bueno, si no te molesta.
Vero se rio y la tomó del brazo de inmediato.
—Con que me invites a un plato de albóndigas, me basta. Se me revuelven las tripas del hambre, se me antojó sopa de albóndigas. —Volvió a reírse de su propia ocurrencia—. Aunque una secretaria de tu categoría no va a querer comer albóndigas de puesto; seguro que el señor Mateo te lleva a restaurantes caros.
Arabella solo sonrió al oírla.
—En mi pueblo, mis padres también venden albóndigas, Vero. Así que no me tomes por una niña rica.
Vero abrió los ojos como platos.
—Ay, madre. ¿En serio, Bella? —preguntó, incrédula.
—En serio. Si alguna vez vas al pueblo, pásate por mi casa.
Caminaron hacia el coche de Vero. Justo cuando Arabella iba a subir, otro auto hizo sonar la bocina y se detuvo delante.
Vero, que ya estaba por entrar, volvió a bajarse al reconocer aquel coche tan familiar frenando frente al suyo.
—Señorita, permítame llevarla —dijo Darío, el asistente de Mateo.
Arabella miró la ventanilla del coche de Mateo, pero no distinguió nada tras el cristal polarizado.
—¿Él está adentro? —preguntó.
Se refería a Mateo. Darío se limitó a asentir.
—Vero, parece que hoy te quedas sin tus albóndigas gratis. Otro día te lo compenso —dijo Arabella con una sonrisa.
Vero solo respondió con un gesto de la mano, chasqueando la lengua al ver lo cercana que era la secretaria con el jefe.
Darío le abrió la puerta y Arabella subió, sentándose al lado de Mateo.
El coche arrancó de nuevo, pero entre los dos solo había silencio. Arabella prefirió mirar por la ventanilla antes que a Mateo, cuya sola presencia le dolía.
—Extraño tu comida —dijo él, apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos.
Arabella no respondió; siguió inmóvil en su sitio.
Darío, mientras tanto, callaba, aunque de reojo espiaba por el retrovisor.
Si uno se fijaba bien, la relación entre el jefe y su secretaria se había enfriado, y el motivo, quizá, era la mujer con la que lo habían comprometido.
Al no recibir respuesta, Mateo volvió a erguirse en el asiento, tragándose la molestia de verse ignorado.
—Ara, te estoy hablando —exclamó con tono firme.
—¿Por qué no cocina tu futura esposa? Ella tiene más derecho. Además, no deberías pedirme que cocine para ti, porque no soy tu prometida —respondió Arabella con el rostro impasible.
—¡Arabella! —gritó Mateo, alzando la voz, lo que le arrancó a ella una sonrisa sardónica.
Darío no podía hacer más que presenciar la pelea de los dos.
—Darío, por favor, pare en el puesto de albóndigas que hay ahí adelante —pidió Arabella, sin dar la menor importancia a la cara de furia contenida de Mateo.
Un golpe seco. Mateo pateó el respaldo del asiento delantero, sobresaltando a Darío.
—Enseguida, señorita.
En cuanto el coche se detuvo, Arabella bajó sin decir palabra ni volverse hacia Mateo.
—Darío, lleve al señor Mateo, yo luego vuelvo por mi cuenta —dijo con suavidad.
—Pero, señorita...
—¡Arranque, Darío!
Darío dio un respingo. Arabella miró de refilón a Mateo a través de la ventanilla abierta.
—No se preocupe, váyanse a casa. —Y se alejó a paso firme, sin importarle la mirada afilada de Mateo.
—Fíjate, Darío, cada vez se atreve más —dijo Mateo cuando el coche volvió a rodar.
—La señorita solo está desahogando su dolor, señor —respondió Darío, que comprendía bastante bien la angustia de Arabella.
Mateo se quedó pensativo, rumiando aquellas palabras.