Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 12: Ahora mi reina no se me despega
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Kaleth Giraldo — Cali, Colombia
Parce, desde que Estefanía me confesó que me amaba, mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Yo llevaba tanto tiempo tragado de esa mujer que todavía me parecía mentira escucharla decirme «te amo, Kaleth».
Pero lo más curioso no era eso.
¡Lo más curioso era que ahora mi reina no se me despegaba!
Antes, cuando mi mamá se iba a trabajar, Estefanía aprovechaba para adelantar sus cosas, trabajar en el computador o salir a hacer alguna vuelta. Yo casi siempre terminaba solo en la casa, metido en mi cuarto o jugando con Santiago por el celular.
Ahora era otra historia.
Esa mañana, mi mamá estaba terminando de alistarse para ir al trabajo. Yo bajé a desayunar con el cabello todavía medio alborotado y encontré a Estefanía preparando unos huevos.
—Buenos días, mi reina hermosa —la saludé, acercándome a darle un beso en la mejilla.
Ella sonrió y me respondió con un besito en los labios.
—Buenos días, mi niño. ¿Cómo amaneciste?
¡Ave María! Casi se me cae la mandíbula al piso.
—¿Usted me acaba de dar un beso?
Estefanía soltó una carcajada.
—¡Ay, Kaleth! ¿Ahora también tengo que pedirte permiso para darte un beso?
—¡No, mujer! Deme todos los que quiera, que yo no me voy a quejar.
—Vos sí sos mucho cuento.
Me senté a desayunar con una sonrisa que no me cabía en la cara. Mi mamá, que estaba buscando las llaves de su carro, nos miró con curiosidad.
—¿Y ustedes dos por qué están tan contentos desde tan temprano?
Estefanía se puso un poquito nerviosa.
—Nada, Karol. Estamos hablando.
—Ajá —respondió mi mamá, mirándonos con desconfianza—. Bueno, yo me voy a trabajar. Kaleth, portate bien y no me dejés la casa patas arriba.
—Tranquila, ma. Yo soy un santo.
—¡Sí, cómo no! —contestó ella antes de salir.
Apenas escuchamos que la puerta se cerró, me giré hacia Estefanía.
—Bueno, mi reina, ¿qué vamos a hacer hoy?
Ella me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Primero, terminás tus deberes. Después podemos ver una película.
—¿Una película conmigo?
—No, Kaleth, con el vecino. ¡Claro que con vos!
Me eché a reír y la abracé por la cintura.
—¡Esta mujer me está consintiendo demasiado!
—¿Y eso es malo?
—No, mi reina. Pero después me malacostumbro y voy a querer tenerla conmigo todo el día.
Estefanía me acarició suavemente la mejilla.
—¿Y quién dijo que no podés compartir tiempo conmigo?
Yo me quedé mirándola, porque todavía me costaba acostumbrarme a esa nueva versión de nuestra relación.
—¿Entonces ya no me va a ignorar?
Su sonrisa se desvaneció un poquito.
—No quiero volver a hacerte sentir así, Kaleth. Me equivoqué al alejarme sin explicarte lo que me pasaba. Si algo me incomoda, prefiero hablarlo con vos.
—Eso me gusta más, mi reina. Porque yo no soy adivino, ¿sí o qué?
Ella soltó una risita.
—Ya sé, bobo.
Después de desayunar, subí a mi habitación para terminar unos deberes del colegio. Estefanía me acompañó y se sentó en una silla junto al escritorio con su portátil.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Tengo que adelantar un informe del trabajo.
—Ah, bueno. Entonces trabajamos juntos.
—Vos hacés tus tareas y yo las mías. No quiero que después me digás que por mi culpa no terminaste.
—¡Oiga, qué falta de confianza! Yo ahora soy un hombre responsable.
Ella me miró por encima del computador.
—¿Responsable?
—Sí, señora.
—Bueno, entonces demostralo.
Me puse a trabajar mientras ella revisaba sus documentos. De vez en cuando le hacía alguna pregunta o le contaba una bobada, y ella se reía tratando de no perder la concentración.
Cuando terminé mis deberes, levanté los brazos como si hubiera ganado un campeonato.
—¡Terminé, mi reina!
Estefanía aplaudió suavemente.
—¡Muy bien! ¿Viste que sí podías?
Me acerqué y la abracé.
—Todo por usted, ingeniera Holguín.
—No, señor. Todo por vos mismo. Yo solamente te acompaño.
Sus palabras me hicieron sonreír. Tenía razón. Yo quería mejorar por mí, aunque tenerla a mi lado me daba una motivación enorme.
Más tarde bajamos a la sala, preparamos crispetas y pusimos una comedia. Estefanía se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro.
Yo la miré de reojo, completamente feliz.
—¿Qué pasó? —me preguntó al notar mi sonrisa.
—Nada, mi reina. Es que estoy pensando que hace un mes usted ni me hablaba y ahora no me suelta.
Ella me dio un golpecito cariñoso en el pecho.
—¡Dejá de molestar!
—Bueno, pues. Pero me gusta esta versión suya.
Estefanía levantó la cabeza y me dio un beso.
—Te amo, Kaleth.
Yo le sonreí y le apreté suavemente la mano.
—Y yo a vos, mi reina.
Y así, mientras mi mamá trabajaba y nosotros compartíamos aquella tarde en casa, comprendí que las cosas entre Estefanía y yo estaban cambiando. Ya no quería correr ni exigirle nada; quería disfrutar de su compañía y construir algo bonito, un día a la vez.