Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.
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CAPÍTULO 5: Geometría de la ceniza
El beso no supo a sangre ni a cera espectral, sino al sabor metálico y limpio de la adrenalina pura, mezclado con la calidez inesperada de una boca que llevaba demasiado tiempo acorazada tras el hielo. Fue un contacto breve, una colisión contenida en la que los dedos de Gabriel se hundieron en el cabello húmedo de Valeria con una firmeza casi desesperada, mientras ella le sujetaba la solapa de la camisa manchada para no perder el equilibrio sobre el suelo resbaladizo del vestíbulo.
Cuando Gabriel rompió el contacto, no se alejó. Se quedó a un milímetro de sus labios, respirando el mismo aire agitado, con la frente apoyada contra la de ella. Sus ojos azules, oscurecidos por un tono tormentoso, recorrían las facciones de Valeria como si estuviera intentando rehacer las ecuaciones de su propia vida.
—Regla número cuatro —murmuró Gabriel, con una voz baja y áspera que le envió a ella una descarga eléctrica directo a la pelvis.
—No hay regla número cuatro —respondió Valeria, con el aliento entrecortado y una sonrisa torcida que pugnaba por no volverse demasiado blanda.
—Ahora la hay —corrigió él, rozando con el pulgar la piel tibia de su pómulo, limpiando una raya de hollín con una delicadeza abrumadora—. Bajo ninguna circunstancia volverá a saltar de una escalera para golpear a una manifestación de Clase III con una botella de vino. Es logísticamente inaceptable.
—Fue una jugada maestra y lo sabes, Don Frío. Si no le llego a romper la botella en los morros, esa cosa nos habría caído encima como una manta de calamares.
—Fue un acto de imprudencia suicida que casi le cuesta la columna vertebral —dijo Gabriel, aunque la forma en que su mano permanecía afianzada en la cintura de ella desmentía por completo la dureza de sus palabras.
Valeria dejó escapar una risita suave y apoyó las palmas de las manos sobre el pecho de él. Sintió el latido sordo y acelerado de su corazón bajo la tela fina de la camisa; no era la máquina perfecta que pretendía ser, sino un hombre hecho de carne, culpa y un fuego sofocado que amenazaba con abrasarlo todo si se le daba una mínima grieta por la que salir.
—Anda, levántate, Capitán —dijo ella, dándole un golpecito cariñoso en el hombro—. El suelo está frío y se me está pegando el pantalón al culo con la sangre fantasma esa.
Gabriel parpadeó, paró el análisis neuroquímico que sin duda estaba ejecutando en su mente y volvió a ponerse de pie con una agilidad sorprendente. Le ofreció la mano a Valeria y la tiró hacia arriba con la facilidad con la que se levanta una pluma. Por un segundo, la atracción la volvió a dejar pegada a su pecho, pero él se obligó a soltarla, ajustándose el reloj de pulsera con un gesto mecánico mientras su rostro intentaba recuperar, sin mucho éxito, la compostura profesional.
—El fluido espectral se disipará en diez minutos —declaró Gabriel, mirando las manchas rojas que empezaban a volverse polvo gris sobre el parqué de la entrada—. Sin embargo, el pilar central de la casa ha quedado resentido. La caída del nodo del segundo piso ha desequilibrado la tensión telúrica.
—En cristiano, Thorne.
—Significa que la casa se está inclinando hacia la falla —explicó él, caminando hacia la mesa de operaciones donde sus ordenadores portátiles continuaban parpadeando—. Y si no colocamos el sello definitivo antes del anochecer, el sótano se tragará la estructura entera como un sumidero.
Valeria se pasó una mano por la cara, quitándose una red de pelo pegajoso del ojo. Miró a su alrededor. El vestíbulo principal de la Casona de los Cedros parecía el escenario de un motín carcelario. Los tapices colgaban en jirones, las molduras del techo estaban reducidas a escombros en los rincones y un olor constante a azufre y humedad dominaba el aire.
—Pues pongamos el sello y vámonos a comer —dijo ella, siguiéndolo hacia la mesa—. Te recuerdo que me debes tres cenas. Y con la caminata que me he pegado por tu culpa, voy a pedir la carta entera de carne.
Gabriel la miró de reojo mientras abría uno de los diarios de cuero negro extraídos de la caja fuerte. Sus ojos se demoraron un segundo en los labios de ella antes de volver a las páginas amarillentas cubiertas de una caligrafía apretada y minuciosa.
—El sello no es una pegatina que se coloca en la puerta y se olvida, señorita Gómez —dijo, pasando el índice por una serie de diagramas geométricos trazados en tinta china—. Su bisabuelo diseñó un circuito pasivo. Para cerrarlo, hay que trazar una red de ceniza consagrada y plata líquida en los cuatro puntos cardinales del perímetro subterráneo. Mientras yo realizo la calcificación del núcleo en la cámara central, alguien debe mantener el flujo de frecuencia desde la superficie.
Valeria se apoyó sobre la mesa, inclinándose sobre los planos.
—Ese "alguien" soy yo, supongo.
—Negativo —respondió Gabriel de inmediato, sin alzar la vista del texto—. Es demasiado peligroso. El punto de control de la superficie está en el patio trasero, junto a la boca del viejo pozo. La concentración de residuos catabólicos allí será alta durante el proceso de sellado.
—¿Y a quién vas a poner, Thorne? ¿A tu chófer calvo? Ese tipo casi se da a la fuga cuando vio salir un humo verde por la chimenea.
—Puedo solicitar una unidad de apoyo del Consejo...
—Tardarán cuatro horas en llegar y la casa se habrá hundido en tu "falla de materia oscura" dentro de dos —lo interrumpió Valeria, dándole un toque firme con el nudillo en el borde del diario—. Deja de intentar protegerme metiéndome en un armario, Gabriel. Ya he visto la sangre, he visto a la cabeza volante, le he dado un puñetazo a tu fantasma del gas y te he besado en mitad de una piscina de vísceras espectrales. Creo que estoy calificada para sostener un cable o lo que sea que haya que hacer en el pozo.
Gabriel se quedó en silencio. El tic en su mandíbula delató la lucha interna que estaba librando. La lógica le exigía apartarla del peligro, pero la realidad matemática le daba la razón a ella: no había tiempo.
—El procedimiento requiere precisión milimétrica —dijo él, alzando la mirada y clavándola en ella con una intensidad severa—. Si la frecuencia oscila más de dos hercios mientras estoy en la cámara del sótano, el reflujo de energía le destruirá el sistema nervioso. No habrá segunda oportunidad.
—Aprenderé a contar hercios, Don Frío —contestó Valeria con una sonrisa serena que no escondía la chispa de determinación en sus ojos oscuros—. Solo dime qué botón tengo que apretar y qué verso en latín tengo que recitar para que no nos convirtamos en abono.
El patio trasero de la Casona de los Cedros era un cuadrado de tierra negra rodeado por muros de piedra cubiertos de hiedra muerta. En el centro, la boca del pozo de piedra se alzaba como una garganta abierta, expulsando una vaharada de aire frío que olía a vegetación podrida y hierro oxidado.
El sol de la tarde empezaba a caer detrás de las colinas, tiñendo el cielo de un color naranja sucio que proyectaba sombras larguísimas sobre el césped seco.
Gabriel había instalado en la brocal del pozo un transmisor de radiofrecuencia de forma piramidal, fabricado en latón y cristal de cuarzo. Varios cables de cobre salían de la base de la pirámide y se introducían por la boca del pozo, perdiéndose en la oscuridad vertical.
—Esto es un sintonizador de resonancia Armónica —explicó Gabriel, entregándole a Valeria un dispositivo que parecía un cronómetro antiguo con una aguja de plata y una pequeña pantalla digital—. La aguja debe mantenerse estrictamente dentro de la franja verde. Si la energía de la falla intenta repeler el sello, la aguja tenderá a deslizarse hacia el área roja. Cuando eso ocurra, gire el dial inferior un cuarto de vuelta a la izquierda y vierta cinco mililitros de esta solución de mercurio estabilizado por la boca del pozo.
Valeria sostuvo el frasco de vidrio oscuro que él le tendía. El líquido en su interior pesaba de forma antinatural y brillaba con un tono plateado violáceo.
—Girar dial, verter chupito de mercurio. Entendido. ¿Algo más?
Gabriel se ajustó el cinturón táctico del que colgaban tres dagas de bronce, cuatro viales de reactivos y el espejo de plata ahumada. Tenía la linterna de cabeza ya colocada sobre la frente, echándole una luz blanca y dura sobre el rostro.
—Si la aguja entra en la zona negra —dijo Gabriel, sujetándola por los codos y mirándola con una fijeza que rozaba la desesperación—, abandone el patio inmediatamente. No intente corregir la frecuencia. Corra hacia la carretera principal y no mire atrás por nada del mundo.
—No voy a dejarte atrapado ahí abajo, Gabriel —dijo ella con firmeza.
—No será una opción, Valeria. Si la aguja toca la zona negra, la cámara del sótano se colapsará en un punto cero. No habrá nada que salvar. Prométamelo.
Valeria apretó los dientes. El viento frío del atardecer le agitaba los mechones sueltos sobre la frente. Vio la vulnerabilidad oculta tras los ojos del cazador, el miedo a repetir la tragedia de su hermano, la grieta en su armadura de cristal que solo ella había logrado ver.
—Te prometo que no voy a dejar que te mueras —respondió ella, esquivando la promesa directa con esa astucia callejera que lo desesperaba.
Gabriel dejó escapar un largo suspiro, comprendiendo la trampa verbal, pero no tenía más tiempo para discutir. Se inclinó, le dio un beso rápido y firme en la comisura de los labios que le dejó a ella la piel ardiendo, y se dio la vuelta hacia la entrada trasera que bajaba directamente a las bodegas.
—Nos vemos en veinte minutos, señorita Gómez. Tenga la amabilidad de no destruir mi equipo.
—Procuraré no usarlo como pisapapeles, Thorne —gritó ella mientras la figura estilizada de Gabriel desaparecía por la puerta de roble que conducía a las entrañas de la tierra.
Valeria se quedó sola en el patio.
El silencio que siguió a la partida de Gabriel fue denso, pesado, de esos que hacen que los oídos piten por la falta de ruido ambiental. El único sonido era el chasquido rítmico de la aguja de plata en el dispositivo que sostenía en la mano izquierda: clic... clic... clic...
La aguja oscillaba tranquilamente en el centro de la zona verde.
Valeria se sentó sobre un bloque de piedra cubierto de musgo seco a dos metros del pozo, manteniendo la mirada fija en el dial y el frasco de mercurio en la mano derecha. El aire del patio se volvía cada vez más frío, tanto que su respiración empezaba a formar pequeñas nubes de vapor blanco frente a su cara.
Pasaron cinco minutos. Luego diez.
De repente, el suelo bajo sus pies vibró con un temblor sordo, como si un tren subterráneo pasara a cien metros de profundidad. De la boca del pozo brotó una columna de aire helado que traía consigo un sonido espantoso: no era un rugido, sino un susurro multitudinario, miles de voces hablando a la vez en un idioma sin vocales que le hizo erizar los pelos de los brazos.
La aguja de plata dio un brinco violento hacia la derecha, rozando el límite de la zona roja.
—Vale, tranquilita, Gómez. Hora de trabajar —se dijo a sí misma.
Con dedos firmes, giró el dial inferior un cuarto de vuelta a la izquierda. Un zumbido agudo salió de la pirámide de latón. Inmediatamente, desenroscó el tapón del frasco de mercurio y vertió una gota espesa y brillante por la boca del pozo.
El líquido cayó en la oscuridad. Dos segundos después, se oyó un impacto metálico, como si la gota hubiera golpeado un yunque candente, y una ráfaga de chispas azules saltó de la garganta de piedra.
La aguja vaciló, retrocedió y volvió a asentarse en el centro de la franja verde.
Valeria dejó escapar el aire que estaba reteniendo.
—Facilísimo. Esto es como ajustar la sintonía de una radio vieja, Don Frío. No sé de qué te preocupas tanto.
Pero el alivio duró poco.
A los quince minutos, la luz del sol desapareció por completo tras la línea de los árboles, sumiendo el patio en un crepúsculo violeta y sombrío. Las sombras de las paredes parecieron alargarse, estirándose sobre el césped seco como dedos negros que intentaban alcanzar sus botas.
Un chasquido seco resonó a sus espaldas.
Valeria no se giró de golpe. Los instintos que había desarrollado tras pasar veinticuatro horas en la Casona de los Cedros le advirtieron que los movimientos bruscos atraían a las cosas que no pertenecían a este mundo. Miró de reojo.
Junto al muro de hiedra muerta, una figura estaba de pie.
No era un monstruo de humo ni un clon de gas alucinógeno. Era una anciana bajita, envuelta en un mantón de lana negra raído, con un moño gris apretado en la nuca y unas manos deformadas por la artritis que sostenían un tijera de podar oxidada.
La tía abuela Matilde.
Valeria sintió que la sangre se le congelaba en las venas. La visión no tenía el contorno difuso de los fantasmas menores; parecía ridículamente sólida, tanto que podía ver los zurcidos en la lana de su mantón y las manchas de la vejez en la piel de sus pómulos.
—Valeria... —dijo la anciana. Su voz era seca, como hojas pisadas en otoño, exactamente igual a como la recordaba de las pocas llamadas telefónicas que habían mantenido cuando ella era una niña—. Niña desobediente. Has traído a un extraño a mi casa. Un hombre con las manos llenas de hierro y la cabeza llena de números.
Valeria apretó el dispositivo de medición en su mano. La aguja comenzó a temblar, acercándose peligrosamente a la zona roja.
—Tú estás muerta, tía Matilde —dijo Valeria, intentando que su voz no temblara—. Te moriste en una cama de hospital en la ciudad. Yo firmé el papeleo.
—Esta casa no olvida a los que han sangrado en sus habitaciones —respondió la figura de la anciana, dando un paso tullido hacia ella. El sonido de sus zapatillas de paño sobre la grava del patio era insoportablemente real—. Él te va a utilizar, Valeria. Los Thorne no aman a las personas; aman los problemas que pueden resolver. Cuando limpie el sótano, te dejará aquí con las deudas y la madera podrida. Para él solo eres un expediente. Un caso de estudio con una heredera molesta.
La aguja de plata dio un latigazo y se clavó en el borde mismo de la franja roja. El dispositivo empezó a emitir un pitido intermitente y molesto.
Piiip... piiip... piiip...
Valeria miró la pantalla. Sabía que tenía que girar el dial y verter el mercurio, pero la figura de la tía Matilde ya estaba a solo dos metros de ella, alzando la tijera de podar con una lentitud grotesca.
—Déjalo ir, niña —susurró la anciana—. Apaga la máquina. Deja que la casa se cierre. Así estaremos juntas. La familia siempre se queda en la familia.
Valeria miró a la anciana. Vio la malicia helada que brillaba en sus ojos nublados por las cataratas, la misma malicia que había visto en el Devorador del sótano. Esto no era el fantasma de su tía; era la falla utilizando los recuerdos de la casa para obligarla a cometer un error.
Un pensamiento cruzó la mente de Valeria, claro y tajante como un tajo de navaja: Gabriel está ahí abajo confiando en que yo mantenga la línea.
—Mi tía Matilde nunca me llamó "niña" —dijo Valeria, alzando la barbilla con una rabia limpia que disipó el pánico de un plumazo—. Siempre me decía "lagartija". Y era una vieja cascarrabias, pero jamás me habría dejado sin casa.
Valeria no giró el dial un cuarto de vuelta. Lo giró una vuelta entera hacia la izquierda. Y en lugar de verter cinco mililitros de mercurio, tomó el frasco entero, lo desenroscó y lo vació completo por la boca del pozo.
—¡Tómate esto de mi parte, pedazo de chatarra mental! —gritó.
La reacción fue instantánea.
Una explosión de luz blanca brotó de la garganta del pozo. La figura de la tía Matilde emitió un alarido de frecuencias tan agudas que el cristal de la pantalla del dispositivo en la mano de Valeria se agrietó en mil pedazos. La ilusión se deshizo como un papel en llamas, convirtiéndose en una ráfaga de ceniza negra que el viento del patio se llevó en un segundo.
El pitido del aparato cesó. La aguja de plata, aunque rota, quedó clavada en el centro exacto de la franja verde.
El suelo dejó de vibrar. El aire helado que salía del pozo se detuvo, reemplazado por una brisa nocturna normal que olía a tierra mojada y pino fresco.
Silencio. Un silencio real, esta vez, limpio de cualquier presencia opresiva.
Valeria se dejó caer de espaldas sobre el césped, con los brazos abiertos en cruz, respirando grandes bocanadas de aire fresco. Estaba exhausta, cubierta de barro, con los nudillos dolidos y el corazón batiéndole en las costillas, pero estaba viva.
Unos pasos rápidos y pesados resonaron en el camino de grava que rodeaba la casa.
Gabriel apareció por la esquina del patio. Venía sin la linterna de cabeza, con la camisa abierta en el cuello, despeinado, cubierto de un polvo blanco que parecía yeso molido y con una de sus dagas de bronce sujeta en la mano derecha.
Se detuvo en seco al ver a Valeria tendida en el suelo. Su rostro, iluminado por la luz de la luna que acababa de salir, era una máscara de puro pánico.
—¡Valeria! —gritó, soltando la daga, que cayó sobre la tierra con un golpe sordo.
Se arrojó de rodillas a su lado, tomándola por los hombros y levantándola con una desesperación que no intentó ocultar en absoluto. Sus manos le recorrieron los brazos, el cuello, el rostro, buscando heridas con una prisa casi caótica.
—¿Está bien? ¿Qué ha pasado? La señal en la cámara central se disparó un trescientos por ciento... Escuché un alarido desde el canal de ventilación... ¿Le ha hecho algo?
Valeria lo miró. Vio los ojos azules del cazador, normalmente tan fríos y calculadores, llenos de un terror genuino por su vida. Le vio el polvo en las pestañas, el sudor en las sienes y la boca entreabierta por el esfuerzo de haber corrido hacia ella.
Le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia abajo con todas sus fuerzas.
Gabriel se colapsó sobre ella, abrazándola con una violencia contenida que le quitó el aire de los pulmones. Hundió la cara en el hueco de su hombro, respirando su olor con un alivio tan profundo que su cuerpo entero se estremeció contra el de ella.
—Te dije que no me iba a morir, Don Frío —murmuró Valeria en su oído, acariciándole el cabello sucio de yeso con los dedos—. Soy demasiado dura de pelar. Y además, aún no me has llevado a cenar.
Gabriel dejó escapar un sonido que fue mitad risa, mitad suspiro de agotamiento. Se apartó lo suficiente para mirarla a la cara, sosteniéndole la barbilla con los dedos temblorosos.
—Es usted insoportable —dijo él, pero su voz tenía una calidez tan intensa que a Valeria se le encendió un fuego dulce en el estómago—. La criatura del pozo era una manifestación de memoria activa. Se alimentaba del remordimiento. ¿Cómo la ha neutralizado?
—Le di sobredosis de mercurio y le dije que mi tía no era tan simpática como ella pretendía —resumió Valeria con una sonrisa de absoluta autosuficiencia—. ¿Y abajo? ¿El sótano ya no es la puerta del infierno?
Gabriel miró hacia el pozo. Un humo blanco y denso, con aroma a incienso y mirra, ascendía perezosamente por la boca de piedra, dispersándose en la noche.
—El circuito se ha cerrado —declaró Gabriel, volviendo a mirarla a ella—. La falla de materia oscura ha sido sellada con ceniza calcificada. La Casona de los Cedros vuelve a ser simplemente una casa vieja, ruinosa e ineficiente desde el punto de vista térmico.
—Mi casa —corrigió Valeria con orgullo—. Una casa vieja, ruinosa y sin monstruos.
—Por ahora —matizó Gabriel, aunque la curva de sus labios traicionaba su intento de mantener el pesimismo profesional—. Mañana tendré que enviar un equipo para evaluar los daños estructurales y desmantelar el cableado de la red.
—Mañana que venga quien quiera —dijo Valeria, apoyando la cabeza contra el pecho de él mientras permanecían sentados en el césped bajo la luna—. Hoy no pienso moverme de aquí. Salvo que tengas una manta decente en ese maletín tuyo de Mágico Andreu.
Gabriel se quitó la chaqueta de vestir —manchada de sangre seca y polvo de yeso— y la envolvió con ella con cuidado, asegurándose de que le cubriera las espaldas. Luego se sentó a su lado, pasándole un brazo protector por los hombros y atrayéndola contra su costado.
—Tengo algo mejor en el coche —dijo él en voz baja—. Un termo con té Earl Grey y una botella de brandy de cuarenta años.
Valeria entornó los ojos, mirándolo con fingida indignación.
—¿Me has tenido tomando café de mierda en un vaso de plástico todo el día y tenías brandy del bueno escondido en el coche?
—Se llama gestión de recursos en situaciones de crisis, señorita Gómez —respondió Gabriel con una serenidad imperturbable—. El alcohol está reservado para la fase de victoria operativa.
—Eres un monstruo, Gabriel Thorne. Un verdadero monstruo de hielo.
—Y usted es mi paciente más indisciplinada —contestó él, inclinándose para darle un beso suave sobre la sien, donde su piel aún olía a la pólvora del tónico.
Se quedaron allí sentados en la oscuridad del patio, apoyados el uno contra el otro mientras la brisa de la noche limpiaba los últimos restos de azufre del aire. La Casona de los Cedros se alzaba a sus espaldas, silenciosa, oscura y por primera vez en cien años, en absoluta paz.
Valeria cerró los ojos, disfrutando del calor del cuerpo de Gabriel y del latido constante y tranquilo de su corazón. Sabía que al día siguiente tendría que enfrentarse a las facturas, a las reformas, al banco y a la abrumadora realidad de una vida que tenía que reconstruir desde cero. Sabía que Gabriel Thorne pertenecía a un mundo de despachos de caoba, trajes a medida y secretos oscuros que ella apenas empezaba a comprender.
Pero mientras sintiera la presión firme de su brazo alrededor de sus hombros y el aroma a sándalo que emanaba de su piel, supo que no tendría que volver a caminar a oscuras por ningún pasillo.
—Oye, Thorne —murmuró ella, al borde del sueño.
—¿Sí, Valeria?
—La primera cena... que sea de pizza. De las que tienen tanto queso que chorrea por los codos.
Gabriel sonrió en la penumbra, contemplando el rostro sereno de la mujer que había patas arriba su universo perfecto de números y ecuaciones.
—Acepto las condiciones, señorita Gómez. Pero yo elijo el vino.