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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Pasé la primera noche en un hotelito de paso, abrazada a la maleta roja como si alguien pudiera venir a quitármela, mirando otro techo ajeno, contando las horas hasta que amaneciera. Al día siguiente busqué en internet, encontré un cuarto barato que se rentaba por semana, dejé mis cosas ahí y me fui a dar clase. Porque los alumnos no tienen la culpa de que a mí se me esté cayendo la vida encima, y porque, si soy honesta, entrar a un salón y hablar de literatura fue lo único de ese día que se sintió como pisar suelo firme. Ahí adentro yo seguía siendo la profesora Nava, no la señora abandonada, no la divorciada, no "esa pobre". Ahí yo todavía era alguien.

De regreso, ya entrada la tarde, con el cielo poniéndose morado y los faroles a medio prender, iba caminando cuando el celular vibró en la bolsa. Rodrigo.

"¿Por qué de repente quieres el divorcio? ¿No que me querías? Llevamos veinte años, Beatriz, no puedes tirarlo todo por una tontería de una tarde. ¿Qué te hice, además de eso?"

Me detuve en la banqueta, bajo un farol, a contestarle. Y las palabras me salieron de un lugar hondo, de un pozo que llevaba años tapado.

"No fue lo de esa tarde, Rodrigo. Eso fue nada más la gota. Fue cada aniversario que olvidaste. Fue cada vez que llegué con la cena caliente y ni las gracias. Fue cada "estás loca", cada "a tu edad", cada noche que me diste la espalda. Fueron veinte años de decepciones chiquitas que se me fueron juntando, una encima de otra, hasta que ya no cupo una más. Lo de esa tarde solo fue la última."

No esperé respuesta. Guardé el teléfono, me subí la bufanda, retomé el paso. Y no vi venir el peligro.

Eran dos muchachos jóvenes. Salieron de un zaguán oscuro y me cerraron el paso en un tramo sin negocios abiertos.

—La bolsa, señito —dijo el más alto—. Tranquila y no le pasa nada.

Se la tendí sin discutir. Pero el otro me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia el zaguán.

—Suéltame —dije.

—O la sueltas tú —dijo una voz detrás de ellos.

Dante apareció desde la esquina. Apartó al que me sujetaba con un golpe corto en el antebrazo y se plantó entre nosotros. El segundo intentó pegarle; Dante esquivó el puñetazo y lo inmovilizó contra la pared con una llave precisa. No fue una pelea de película. Fueron segundos tensos y dos movimientos de alguien que sabía defenderse.

Una patrulla dobló la esquina: un vecino había llamado desde una ventana. Los agentes recuperaron mi bolsa, separaron a los muchachos y los esposaron mientras tomaban nuestros datos.

No entendí de dónde había aprendido Dante a moverse así. Un mecánico podía saber defenderse, claro, pero él lo había hecho con una calma entrenada que no combinaba con la historia que me contaba.

Me quedé temblando en la banqueta, con la bolsa apretada contra el pecho y el corazón golpeándome fuerte. Y no solo del susto. Eso fue lo que me asustó de verdad.

—¿Estás bien? —Dante se acercó, me tomó los brazos con cuidado, me revisó las muñecas donde el tipo me había apretado, girándomelas hacia la luz del farol con una preocupación seria que me desarmó por completo—. ¿Te lastimaron? ¿Te tocaron? Dime.

—No... no. Estoy bien. Gracias. —Me aparté un poco, azorada, retirando las manos—. ¿Qué haces tú aquí?

—Vivo para allá. —Señaló vagamente hacia una dirección cualquiera. Mentía fatal, con una cara de niño que se ofrece a lavar los trastes que ya rompió—. Te acompaño a tu casa. Por si acaso. Estos no andan solos, a veces regresan.

No le di permiso, pero caminó a mi lado de todas formas, del lado de la calle, atento a cada esquina, a cada zaguán, moviéndose para quedar siempre entre el peligro y yo, como si fuera lo más natural del mundo. A media cuadra, como quien comenta el clima, soltó la pregunta:

—¿Tienes esposo?

—Me estoy divorciando —dije, seca, mirando al frente.

Se le iluminó la cara. Un segundo, un solo segundo, se le prendió entera como un foco. Luego, cuando notó que yo lo miraba, se apuró a componerla en un puchero de niño ofendido.

—Pues no estoy nada contento —dijo, muy digno—. Nada. Que hayas estado casada. Que ese señor haya pasado veinte años en el lugar donde debía estar yo. Me da coraje de solo pensarlo.

—No digas tonterías. —Pero se me escapó media sonrisa, la primera en dos días, chiquita y traicionera.

En la esquina había un puesto de quesadillas, con su comal humeante, su bote de salsas y su olor a maíz recién echado al fuego que me recordó de golpe que no había comido nada desde la mañana. Me detuve.

—Ven, te invito unas. Por lo de hoy. Es lo menos.

—Ni lo sueñes. —Dante se me adelantó y ya le estaba haciendo la seña al señor del puesto—. En mi diccionario no existe eso de dejar que una mujer pague la cena.

—Yo invito, yo pago, no seas necio.

—¿Van a querer del paquete de dos, para la parejita? —preguntó el señor, guiñándome el ojo mientras extendía la masa sobre el comal con las manos—. Sale más barato de a dos.

—No, no, no somos... —empecé, sintiendo el calor subírseme a la cara.

—Sí somos —dijo Dante, tranquilísimo, apoyando el codo en el puesto—. Dos de cada guisado, jefe. De queso con flor, de tinga, de champiñón. Y dos aguas.

—¡No somos pareja! —Bajé la voz hasta el susurro, jalándolo del brazo, muerta de vergüenza—. Por Dios, muchacho, tengo edad para ser tu... no digas esas cosas en la calle, que la gente oye.

Él me miró mientras el señor volteaba las quesadillas con una espátula y el aceite chisporroteaba, y por primera vez en toda la tarde dejó la broma a un lado. Se puso serio de verdad, y en serio se veía más grande, más hombre.

—Desde esa noche no he dejado de pensar en ti —dijo, sencillo, sin drama, sin poesía barata, como quien confiesa un hecho—. Todos los días. Hasta te sueño, Beatriz. Me despierto pensando en ti. Y ya sé que suena a locura, y ya sé lo de los años, pero es la verdad y no sé qué hacer con ella.

No supe qué contestar. El comal chisporroteaba, el vapor nos subía a la cara, la ciudad seguía su ruido de siempre alrededor. El corazón me golpeaba todavía —por el susto, me dije, nada más por el susto del asalto—, y me lo repetí dos veces para creérmelo. Dante ladeó la cabeza, recuperó la media sonrisa, tomó del papel encerado la primera quesadilla doradita y me la tendió con las dos manos.

—Qué casualidad encontrarte aquí, ¿verdad?

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