Aurelia Rose Everhart lo tenía todo: sangre imperial, belleza y un futuro prometedor. Sin embargo, detrás de las paredes del palacio se escondían conspiraciones, traiciones y personas que deseaban verla desaparecer.
A los diecinueve años, Aurelia es acusada de traición y condenada a muerte. Pero cuando abre los ojos después de morir, descubre que ha regresado al pasado, al momento en que tenía apenas ocho años.
Con todos los recuerdos de su primera vida intactos, Aurelia decide que esta vez no será una princesa manipulada por los demás.
Esta vez cambiará su destino.
Aprenderá magia, construirá alianzas, descubrirá los secretos de su familia y se enfrentará a aquellos que algún día la traicionarán.
Porque Aurelia ya no quiere simplemente sobrevivir.
Quiere convertirse en la mujer que gobierne el Imperio de Elarion.
Pero cambiar el destino tiene un precio...
Y quizá, entre conspiraciones, magia y una peligrosa historia de amor, Aurelia descubra que su primera vida escondía secretos mucho
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Capítulo 4 — El secreto de la sangre imperial
Aurelia no volvió a dormir aquella noche.
Sentada frente a la ventana, observaba las luces del Palacio Imperial mientras sostenía entre sus manos uno de los libros que había pedido a Mireya.
Historia de la Familia Everhart.
Había leído el mismo libro en su primera vida.
Pero ahora lo observaba con otros ojos.
En aquella época jamás había prestado atención a ciertos detalles.
La historia oficial decía que la Familia Everhart había recibido la bendición de las estrellas hacía más de trescientos años.
Según los registros, el primer emperador había salvado al continente de una guerra y, como recompensa, una diosa le había concedido la Magia Astral.
Desde entonces, solamente algunos miembros de la familia habían heredado aquella afinidad.
Aurelia pasó una página.
Había una lista de emperadores.
Uno tras otro.
Pero había algo extraño.
Cada vez que aparecía un emperador que había poseído Magia Astral, su retrato estaba acompañado por una pequeña estrella dorada.
Aurelia comenzó a contarlas.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Se detuvo.
Había cinco emperadores.
Pero en los últimos cien años...
ninguno.
—¿Por qué? —murmuró.
En ese momento escuchó unos pasos.
Aurelia cerró el libro rápidamente.
—¿Quién es?
La puerta se abrió.
Era Mireya.
—Soy yo, princesa.
Aurelia relajó los hombros.
—¿Qué sucede?
—El emperador ha enviado un mensaje.
Mireya extendió una carta.
Aurelia la tomó.
El sello imperial estaba intacto.
La abrió.
«Aurelia. Mañana comenzarás tus estudios con el maestro de magia imperial. Prepárate.»
Aurelia sonrió.
Había conseguido su primera oportunidad.
Pero debajo de la firma de su padre había una segunda línea.
«No hables con nadie sobre lo ocurrido con el cristal.»
Aurelia se quedó inmóvil.
Su padre sabía.
Entonces, ¿por qué no había preguntado nada?
¿Por qué no había mencionado su magia?
Y, sobre todo...
¿por qué parecía estar protegiéndola?
—Mireya.
—¿Sí?
—¿Sabes algo sobre la Magia Astral?
Mireya negó con la cabeza.
—Solo sé que pertenece a la Familia Imperial.
Aurelia cerró el libro.
—Yo también creía eso.
Pero ahora sabía que había algo más.
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A la mañana siguiente, Aurelia fue llevada a una sala especial ubicada en la torre oriental.
Era una habitación enorme.
Las paredes estaban cubiertas de antiguos símbolos mágicos.
Había cristales flotando en el aire y varios libros apilados sobre mesas de madera.
En el centro se encontraba un anciano.
Cabello blanco.
Barba larga.
Ojos violetas.
Vestía una túnica azul oscura adornada con pequeñas estrellas.
Aurelia lo reconoció.
Maestro Elias Laurent.
En su primera vida, Elias había sido uno de los magos más importantes del imperio.
También había desaparecido misteriosamente cuando Aurelia tenía dieciséis años.
Ella nunca había sabido por qué.
—Así que tú eres la princesa Aurelia —dijo el anciano.
Aurelia hizo una reverencia.
—Es un honor conocerlo, maestro Laurent.
El anciano levantó una ceja.
—Sabes cómo hablar.
—He recibido educación imperial.
—Eso no explica por qué una niña de ocho años me mira como si ya me conociera.
Aurelia se quedó quieta.
Elias sonrió.
—Tranquila. Solo estaba probándote.
Aurelia respiró aliviada.
—Entonces espero aprobar.
El anciano soltó una pequeña carcajada.
—Me agradas.
Elias tomó un cristal.
—Coloca tu mano aquí.
Aurelia obedeció.
Esta vez, el cristal comenzó a iluminarse lentamente.
Primero apareció una pequeña luz azul.
Después blanca.
Finalmente, dorada.
Elias dejó de sonreír.
—Imposible...
Aurelia retiró la mano.
—¿Qué ocurre?
El anciano se acercó al cristal.
—No has heredado simplemente la Magia Astral.
—¿Entonces?
Elias la miró directamente.
—Tu magia está despertando demasiado rápido.
Aurelia guardó silencio.
—¿Eso es malo?
—Podría serlo.
Elias caminó alrededor de ella.
—La Magia Astral no funciona como las otras afinidades. No obedece completamente a su usuario.
—¿Qué significa?
—Que a veces...
El anciano se detuvo.
—La magia decide por sí misma qué mostrarte.
Aurelia recordó la visión de la noche anterior.
El árbol.
Los seis símbolos.
La corona.
—¿Puede mostrar el futuro?
Elias se quedó inmóvil.
—¿Quién te habló de eso?
Aurelia comprendió su error.
—Lo leí en un libro.
Elias la observó durante varios segundos.
—No existe ningún libro que explique esa parte de la Magia Astral.
Aurelia sintió un nudo en el estómago.
El anciano se acercó.
—Princesa Aurelia...
—¿Sí?
—¿Qué viste?
Aurelia dudó.
Finalmente respondió:
—Un árbol.
Los ojos de Elias se abrieron.
—¿El Árbol del Destino?
Aurelia asintió.
Elias retrocedió.
—Entonces realmente regresaste...
Aurelia se quedó helada.
—¿Qué dijo?
El anciano pareció darse cuenta de su error.
—Nada.
—No. Usted dijo que regresé.
Elias guardó silencio.
Aurelia se acercó.
—¿Qué significa eso?
El anciano cerró los ojos.
—Hay cosas que todavía no debes saber.
Aurelia apretó los puños.
—Tengo derecho a saber qué está pasando.
—No todavía.
—¿Por qué?
Elias la miró con tristeza.
—Porque si descubres demasiado pronto la verdad sobre tu sangre, podrían matarte antes de que puedas convertirte en emperatriz.
Aurelia sintió que su corazón se detenía.
—¿Cómo sabe que quiero ser emperatriz?
Elias sonrió.
—Porque tus ojos ya no son los de una niña de ocho años.
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Aquella tarde, Aurelia salió de la torre.
Su cabeza estaba llena de preguntas.
¿Quién era realmente su familia?
¿Qué era el Árbol del Destino?
¿Elias sabía que había vivido una vida anterior?
Y, sobre todo...
¿por qué había regresado?
Mientras caminaba por los jardines, escuchó una voz.
—Princesa.
Aurelia se giró.
Kael estaba sentado bajo un árbol.
—Te estaba esperando.
—¿Por qué?
—Porque dijiste que ibas a descubrir algo interesante.
Aurelia sonrió.
—Ya descubrí varias cosas.
Kael se levantó.
—¿Y?
Aurelia lo observó.
Por primera vez pensó en contarle una parte de la verdad.
Pero antes de poder hablar, escucharon un ruido.
Un caballo salió disparado por uno de los caminos del jardín.
Un joven caballero intentaba controlarlo.
—¡Apártense!
El caballo se dirigió directamente hacia Aurelia.
Kael reaccionó inmediatamente.
—¡Aurelia!
Corrió hacia ella.
Pero Aurelia no se movió.
En su mente apareció un recuerdo.
El mismo caballo.
El mismo jardín.
La misma tarde.
En su primera vida, aquel accidente había ocurrido.
Pero entonces...
Aurelia recordó algo.
No había sido un accidente.
Alguien había alterado las riendas.
Sus ojos brillaron dorados.
La magia respondió.
Una ráfaga de viento apareció frente a ella.
El caballo se detuvo bruscamente.
Kael llegó hasta Aurelia y la tomó del brazo.
—¡¿Estás loca?!
Aurelia miró al animal.
En el suelo, junto a sus patas, había una pequeña pieza metálica.
Una pieza que no debía estar allí.
Kael la recogió.
—Esto estaba unido a las riendas.
Aurelia la observó.
Tenía grabado un símbolo.
Un círculo negro.
El mismo símbolo que había visto en sus recuerdos antes de la muerte de Adrian.
Aurelia sintió un escalofrío.
La primera conspiración de su vida...
había comenzado doce años antes de lo que recordaba.
Y alguien ya estaba moviendo las piezas.
Aurelia cerró lentamente la mano.
—Kael.
—¿Qué?
—¿Quieres ayudarme a descubrir quién hizo esto?
Kael la miró durante unos segundos.
Después sonrió ligeramente.
—Pensé que nunca me lo pedirías.
Aurelia levantó una ceja.
—¿Entonces aceptas?
—Sí.
Kael le entregó la pieza.
—Pero tengo una condición.
—¿Cuál?
—Cuando seas emperatriz...
Kael la miró directamente.
—No te conviertas en una tirana.
Aurelia se quedó sorprendida.
Luego sonrió.
—Trato hecho.
Ninguno de los dos sabía que aquella promesa, hecha por dos niños en un jardín, cambiaría el destino de todo el Imperio de Elarion.
Porque aquella noche, mientras Aurelia dormía...
una figura desconocida entró en los archivos secretos del palacio.
Y encontró un antiguo documento.
En la primera página había una frase escrita con tinta dorada:
«Cuando la princesa de ojos azules regrese de la muerte, la corona despertará.»
La figura sonrió.
—Así que has regresado...
Y cerró lentamente el libro.