Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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EL REGALO DEL EXTRAÑO
Capítulo 18
Charlotte:
La noche cayó de nuevo sobre la selva con una densidad azulada y tibia.
Oculto en las copas más altas de los árboles, Zaeryn esperó con la paciencia acumulada de un cazador consumado. Observó cómo la luz de la pequeña lámpara de la cueva se apagaba y esperó a que los ritmos respiratorios del entorno se asentaran en el silencio nocturno.
Para el príncipe de fuego, infiltrarse en la cueva se había convertido en una costumbre adictiva, una necesidad biológica que sobrepasaba la mera cautela táctica.
Su naturaleza de hombre bestia —un depredador, un acechador nato cuyos instintos se alimentaban de la observación y la búsqueda— lo arrastraba inexorablemente hacia la cueva cada vez que la oscuridad cubría el mundo.
La fascinación que sentía por la hembra humana había cruzado la frontera de la simple curiosidad para transformarse en un enigma personal que no podía dejar de investigar.
Descendió del dosel sin emitir la menor vibración. Sus pies descalzos tocaron el suelo de piedra de la cueva con la ligereza de una pluma. Sus ojos color ámbar, dotados de una visión nocturna impecable, recorrieron la estancia.
Esta vez, sus pasos lo llevaron directamente hacia la mesa de piedra.
Entre las herramientas de metal, frascos de reactivos y bitácoras llenas de esquemas, sus ojos se fijaron en un pequeño marco de madera.
Con dedos largos y cuidadosos, Zaeryn levantó el objeto.
Era la fotografía impreso de Charlotte y Ari.
Zaeryn contempló la imagen con una fascinación roza el sobrecogimiento.
En las tradiciones de los Fénix y las tribus del continente existían las pinturas en cuero, los grabados en piedra y los tapices, pero aquello era diferente.
La imagen plasmada en ese trozo de papel suave poseía un realismo hipnótico, casi mágico: los matices de la piel, la luz reflejada en los ojos de Charlotte y los detalles de la otra hembra sonriente a su lado estaban capturados con tal precisión que parecía que ambas mujeres estaban atrapadas, vivas, al otro lado de una diminuta ventana transparente.
Pasó la yema del pulgar sobre el rostro fotográfico de Charlotte, sintiendo el contraste entre la sonrisa relajada y luminosa de la imagen y la mujer exhausta que dormía a pocos metros de él.
Un movimiento brusco en el camastro lo hizo congelarse.
Zaeryn devolvió el marco a la mesa en una fracción de segundo, pegando la espalda contra la pared de la cueva y conteniendo el aliento.
Charlotte se agitó entre las mantas. Frunció el ceño con vehemencia, giró la cabeza hacia un lado y soltó con voz clara y firme:
—¡No toques eso...!
A Zaeryn se le aceleró el pulso. Un destello de alerta recorrió su columna vertebral; estaba convencido de que lo había descubierto, que la humana lo había pillado en pleno acecho en medio de la penumbra. Se preparó para la confrontación o para replegarse hacia las sombras.
Sin embargo, Charlotte no se levantó. Continuó balbuceando entre dientes, moviendo las manos torpemente sobre la manta:
—...la concentración de dióxido... te dije que el reactivo... no va ahí...
Zaeryn parpadeó, desconcertado. Luego, una comprensión tenue iluminó su rostro.
Estaba dormida, hablaba dormida, librando discusiones académicas o recuerdos lejanos en mitad de sus sueños.
El temible "espíritu del bosque" que hacía huir a las criaturas de los alrededores estaba allí, acurrucada en un lecho de mantas, discutiendo con fantasmas de su memoria sobre experimentos y frascos.
Una sonrisa genuina, cálida y divertida se dibujó en los labios del príncipe Fénix.
Avanzó lentamente hacia el camastro y se detuvo a su lado, contemplándola en silencio.
Desde la altura de su porte guerrero, Zaeryn analizó la figura de la mujer.
Físicamente, Charlotte era hermosa de una forma distinta a las mujeres de su pueblo: poseía facciones delicadas pero firmes, una tez clara que contrastaba con el marco oscuro de sus pestañas y un cuerpo delgado que, aunque parecía frágil ante la fuerza bruta de las bestias de este mundo, albergaba una resistencia asombrosa.
Pero no era su apariencia externa lo que mantenía al príncipe cautivo.
Lo que verdaderamente deslumbraba a Zaeryn era la belleza de su mente.
La contemplaba y veía a un ser único: una mujer capaz de enfrentarse al aislamiento absoluto sin perder la razón, que usaba el conocimiento como su única arma de defensa y el método como su escudo.
Admiraba la forma en que intentaba desentrañar el mundo que la rodeaba, clasificando, midiendo y entendiendo cada hoja y cada piedra con una devoción casi sagrada.
Ella no buscaba dominar la naturaleza; buscaba dialogar con ella.
Y esa fuerza interior, esa inteligencia feroz envuelta en una figura tan vulnerable, despertaba en el heredero del Pico del Alba una admiración y un respeto que jamás había sentido por ningún otro ser.
Zaeryn se inclinó levemente, acomodó la orilla de la manta sobre los hombros de Charlotte sin rozar su piel y dio un paso atrás.
Sabía que la hidratación y la fruta no serían suficientes para sostener la energía de un cuerpo que intentaba mantenerse de pie en ese entorno salvaje.
Decidió que su próximo gesto no dejaría lugar a dudas sobre las intenciones del habitante silencioso que la velaba.
Se deslizó hacia la salida y desapareció en la selva antes de que los primeros rayos del alba tiñeran el cielo.
.
.
.
Cuando Charlotte despertó a la mañana siguiente, el proceso fue diferente. Ya no sintió la urgencia de revisar su piel; el enigma celular seguía allí, pero su mente estaba alerta, lista para buscar la confirmación de su hipótesis sobre el visitante nocturno.
Se vistió rápidamente, se calzó las botas y caminó con paso firme hacia la entrada de la cueva.
Al cruzar el umbral, se detuvo.
Sobre la misma piedra plana donde el día anterior habían estado las frutas, descansaba un envoltorio cuidadosamente confeccionado con hojas frescas de plátano silvestre, atado con una tira de fibra vegetal.
Charlotte se acercó despacio. Desató el nudo con manos cuidadosas y abrió las hojas.
En el interior descansaba una generosa porción de carne magra, perfectamente limpia, deshuesada y fresca, cortada con la precisión de una hoja afilada y lista para ser cocinada. Sin rastro de vísceras, ni suciedad, ni rasgaduras desprolijas.
Charlotte se quedó mirando el paquete en silencio. El impacto del hallazgo desarticuló por completo sus defensas racionales.
Las frutas podían haber sido un gesto ambiguo. Pero la carne magra, preparada y limpia, era un mensaje directo, inequívoco y deliberado.
Quienquiera que estuviera dejando eso allí no solo poseía manos hábiles y herramientas; conocía la biología humana, entendía sus necesidades nutricionales y estaba velando activamente por su supervivencia.
El aire pareció volverse más denso a su alrededor. Charlotte sintió un escalofrío recorrerle la nuca, pero no era de miedo; era la certeza de estar al borde de una revelación.
Se giró hacia el claro del bosque. Dio unos pasos hacia el centro, dejando atrás el refugio, y alzó la mirada hacia el dosel inmenso de los árboles, donde el viento mecía suavemente las hojas.
—Sé que estás ahí... —dijo en voz alta, rompiendo el murmullo de la selva.
Su voz resonó limpia y firme entre los troncos antiguos.
Esperó un segundo y continuó, con la barbilla en alto y la mirada recorriendo las alturas:
—Las frutas... la curación de mi brazo... y esto. No eres un animal y tampoco eres una alucinación.
Hizo una pausa. El silencio del bosque pareció contener la respiración junto a ella.
—¿Quién eres? —preguntó Charlotte, con una mezcla de exigencia científica y una profunda vulnerabilidad en la voz
—. ¿Por qué me estás ayudando?
El viento agitó las copas de los árboles, dejando caer un par de hojas secas sobre el sendero.
Nadie respondió. Ninguna figura emergió de la espesura.
Sin embargo, mucho más arriba, oculto entre la sombra de las ramas más altas y envuelto en la bruma matutina, Zaeryn permanecía inmóvil.
Sus ojos color ámbar observaban a la mujer parada en el claro, con su cabello agitado por la brisa y su mirada desafiante fija en la vegetación.
El príncipe Fénix apretó lentamente el puño sobre la madera del árbol.
Escuchar su llamado directo le hizo comprender que el juego del observador invisible había llegado a su límite.
Charlotte Callahan ya no solo estaba intentando entender el continente; ahora estaba intentando entenderlo a él.
Y Zaeryn sabía que la próxima vez que descendiera de las alturas, ya no lo haría en la penumbra de la noche mientras ella dormía.
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭
te queremos autora🥰🥰
un maratón 💘💘👏👏☺️☺️
que emoción 💘 bueno...será que la va a reclamar?🥰
cómo que el mushasho la puso nerviosa🤭🥰
Supongo que la marca hace sentir al compañero las emociones de tristeza, alegría o peligro? porque no lo veo como una simple marca
jajajaja si el no se quema con su fuego❤️🔥 nosotras si🤭🤭