Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 24
DASHA
Los nervios los tengo de punta. Jamás había estado en un sitio como este. Parker me asegura una vez más que todo irá bien; sin embargo, algo muy dentro de mí me dice que no es así. Sus palabras no ayudan, y menos cuando veo a esa mujer entrar con más de tres abogados al lado...
—Ellos no la conocen, Dasha. Usted sí —habla Parker.
—Todos de pie para recibir a Su Señoría —empieza a hablar un sujeto, dando la debida presentación que me termina de desbordar los nervios.
—El día de hoy se presenta ante Su Señoría la señora Elena Rossi, quien establece una demanda en contra de la señorita Dasha Lincor por la guardia y custodia de los mellizos Kael y Kiara Rossi, quienes actualmente son hijos legales de la señorita Lincor. Se da inicio a la sesión dándole la palabra a la parte demandante.
Me enderezo en mi sitio y mantengo la mirada sobre el abogado que se pone de pie.
—Buenos días, Su Señoría. Mi clienta, la señora Elena Rossi, establece esta demanda para obtener la guardia y custodia de sus nietos, hijos de su única y difunta hija, Sienna Rossi, ya que considera que el lugar donde se encuentran actualmente no es el adecuado para su desarrollo... —evito hacer algún gesto que me deje en evidencia ante el juez, pero es que no soporto estas estupideces de personas como ella—. Para mi clienta lo más importante es el bienestar de sus nietos, y bajo el cuidado de la señorita Dasha Lincor no se augura esto, puesto que, teniendo en cuenta el estilo de vida tan furtivo que lleva la demandada, esos niños no tendrán un buen ejemplo.
—¿En qué se basa para decir tales acusaciones? —habla el juez.
—Hay evidencia —saca una carpeta y la jueza hace una seña para que se la entregue—. Allí se puede evidenciar a la señorita Lincor en distintos clubes a altas horas de la noche durante casi todos los fines de semana. También podemos evidenciar que no comparte ningún vínculo sanguíneo con los menores y, a su vez, no tiene familiares vivos que puedan brindar apoyo en el cuidado de los niños, lo cual deja a los menores en una situación altamente desprotegida si algo le ocurre...
—¡Objeción, Su Señoría! —habla Parker—. Las acusaciones no tienen cabida aquí, puesto que el estilo de vida que describen de mi clienta quedó atrás una vez obtuvo la responsabilidad del cuidado de los menores.
—Es joven e inexperta, Su Señoría. Esos niños necesitan a alguien que los eduque de una forma decente, y con una jovencita como ella eso no es posible...
La rabia me burbujea en las venas.
El juez se queda en silencio reparando todo lo que le han entregado, y siento que el nudo en el centro de mi pecho se hace más fuerte.
—A continuación escucharemos los alegatos de la parte demandada —dice. Parker me indica que me ponga de pie y lo hago—. ¿Qué tiene que decir con respecto a las acusaciones que ha presentado la señora Rossi? ¿Se cree usted en condiciones de cuidar a los menores? ¿Se cree capaz de acoplarse al estilo de vida que aparenta ser una madre para ellos?
Dejo salir un suspiro largo.
—No me pararé aquí a decir que está siendo fácil; sin embargo, tampoco diré que es imposible. Tengo un vínculo con ellos desde que estaban en el vientre de su madre, cosa que no puede decir la señora Elena —empiezo a hablar con calma pero llena de seguridad—. Los conozco tanto como los conocía su madre, y de la misma manera ella me conocía a mí como para dejarme lo más apreciado que tenía en su vida, que eran ellos...
—Con respecto al estilo de vida que llevaba, no lo negaré; sin embargo, le puedo asegurar que desde que los niños están bajo mi cuidado eso no se ha vuelto a repetir. Pero también considero importante aclarar que, pese a ser joven y estar sola, he salido adelante. Hoy en día tengo mi propia empresa próspera y cuento con los recursos necesarios para cuidarlos y darles la educación que merecen y necesitan. Así que sí, Su Señoría, sí me siento capaz de seguir con esto.
Mis últimas palabras se quedan suspendidas en el aire, firmes y resonantes. Puedo ver cómo la compostura de Elena Rossi se resquebraja por un segundo; la rigidez de su espalda la delata y los nudillos de sus manos se vuelven blancos al aferrarse a la mesa. Pretendía aplastarme mostrándome como una jovencita irresponsable, pero acaba de darse cuenta de que no soy la presa fácil que calculó.
—Señorita Lincor —habla el juez con tono parsimonioso—, la parte demandante alega que su falta de apoyo familiar directo deja a los menores en una situación de vulnerabilidad. ¿Qué garantías tiene este tribunal de que la estabilidad de los niños no se verá afectada por sus compromisos laborales o imprevistos personales?
—La garantía, Su Señoría, es que mientras la señora Rossi estuvo ausente durante años en la vida de su propia hija, yo estuve allí. Cuando Sienna necesitó apoyo, yo estuve allí. Y desde el día en que Kael y Kiara llegaron al mundo, no ha habido un solo momento en que les haya faltado techo, alimento, protección o afecto —digo con voz pausada, sin bajar la mirada—. Tener recursos no es solo tener un apellido o dinero en una cuenta bancaria; es tener la capacidad y el compromiso real de estar presente. Mi empresa me brinda la solvencia económica, pero mi amor por ellos me da la determinación para que jamás les falte nada.
Me muevo cuando escucho un ruido de fondo, pero no volteo.
—¡Objeción, Su Señoría! —interviene el abogado de Elena, levantando una mano de forma apresurada—. La declaración de la demandada apela a la emotividad y no desmiente la falta de un entorno familiar estructurado.
—Lugar a la objeción sobre el tono, pero el tribunal tomará en cuenta los argumentos de solvencia —dictamina el juez golpeando levemente el mallete—. Señor Parker, ¿tiene algo que agregar antes de que pase a revisar las pruebas documentales?
Parker se pone de pie con una elegancia impecable, ajustándose el saco antes de dirigirse al estrado.
—Solo un detalle, Su Señoría —dice Parker sosteniendo una carpeta azul—. Hemos adjuntado al expediente los informes de la evaluación psicológica realizada a Kael y Kiara por especialistas independientes, donde se certifica el apego seguro y el estado emocional óptimo de los menores bajo la custodia de mi clienta. Asimismo, presentamos los balances financieros auditados de la empresa de la señorita Lincor y las constancias de inscripción escolar de los niños.
Elena se gira hacia su abogado y le susurra algo con evidente desesperación. La grieta en su fachada de abuela perfecta ya es demasiado evidente.
El juez toma la carpeta presentada por Parker y comienza a hojear los documentos en absoluto silencio. Los segundos se estiran como horas. Siento que el corazón me martillea el pecho, pero me mantengo erguida en el estrado, negándome a mostrar debilidad.
Finalmente, el juez cierra el expediente de golpe. El sonido seco retumba en las paredes de la sala.
—Tras evaluar las declaraciones iniciales, la documentación financiera presentada y, sobre todo, el informe de bienestar psicológico de los menores —sentencia el juez mirando fijamente a Elena Rossi y a su equipo legal—, este tribunal no encuentra elementos suficientes para justificar una medida cautelar de separación de los niños de su entorno actual.
Siento que el aire regresa de golpazo a mis pulmones.
—La custodia provisional se mantendrá de manera exclusiva a favor de la señorita Dasha Lincor —continúa el juez—. Se ordena una inspección de rutina por parte del equipo de trabajo social para el informe final, pero la demanda de custodia de emergencia presentada por la parte actora queda desestimada.
—¡Es absurdo! Esos niños deben estar conmigo, que soy su abuela... —exclama Elena, perdiendo el control.
—¿Sí? ¿Una abuela que le pidió a su propia hija que se deshiciera de ellos? No eres su abuela, Elena; para ellos eres una desconocida. ¿O se te olvida que hasta hace un mes ni siquiera sabías que eran mellizos?
No me contengo y pierdo la compostura por unos segundos. Parker me pide en voz baja que me calme y me obligo a hacerlo.
—¡Silencio en la sala! —ordena el juez golpeando el mallete—. Se le pide a ambas partes controlarse y atenerse a la decisión de esta autoridad. Siempre y cuando no haya ninguna prueba que desestime la estabilidad de los menores en su actual hogar, esta audiencia queda cerrada.
Elena me mira con odio puro, y eso que no expuse todo lo que realmente es ni el hecho de que solo busca a los niños por interés...
—Vamos, Dasha, los niños te esperan —me murmura Parker.
Parker me pone la mano en la espalda y me indica que salga después de que lo hace el juez, pero justo cuando llego a la puerta, Elena se me atraviesa y me sostiene fuertemente del brazo.
—No te saldrás con la tuya, Dasha. Juro que haré que te los quiten; no eres lo que ellos necesitan y sé que pronto se te caerá tu fachada...
—No le tengo miedo, señora. No se equivoque conmigo, porque yo también puedo hacer que jamás se vuelva a acercar a ellos...
Dicho eso, me suelto de su agarre y me alejo con Parker. Justo cuando estamos llegando a la salida del juzgado, un deportivo rojo se estaciona justo enfrente. No me hace falta mucho para saber quién viene al volante...