Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 17 "Bienvenida de la familia política"
Tres semanas después....
El invierno parecía haber cedido un poco ante la calidez de un domingo al mediodía.
En la sala de llegadas internacionales del aeropuerto de la capital, el bullicio habitual de los viajeros se desvaneció para dar paso a una escena de bienvenida cálida; los abrazos efusivos, las risas ahogadas y las lágrimas de felicidad no tardaron en aparecer en cuanto las puertas de la aduana se abrieron.
—¡Estoy tan feliz de volverte a ver, mi niña! —exclamó la mujer, envolviendo a Valentina en un abrazo protector y apretado.
A pesar del paso de los años, la mujer mayor no aparentaba la edad que tenía; lucía radiante, joven y con esa elegancia innata que solo poseían las grandes musas del arte internacional; su voz, quebrada por la emoción, conmovió a los presentes.
—Ay, mamá, deja de llorar, que si sigues así, yo también lo haré contigo—respondió su hija, con un nudo en la garganta y los ojos vidriosos.
—Lo siento, mi amor, no puedo evitarlo —finalizó Cecilia, soltando una risa ligera y limpiándose las mejillas.
—Sí claro, como ella es tu hija consentida te olvidas de mi—intervino Dimitri con un tono juguetón, cruzando los brazos.
—¿Dónde está el bebé de mamá? —replicó Cecilia en el mismo tono de broma, estirando los brazos hacia su hijo menor para molestarlo en público.
Dimitri rodó los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza, fingiendo indignación. A su lado, Damián Montenegro, el imponente patriarca de la familia y reconocido abogado, dio un paso al frente, le dio un golpe firme en el hombro a su hijo como una muestra de profundo cariño y admiración.
—Has crecido bastante muchacho y eso que te vi hace apenas unos meses en el extranjero —dijo con su voz profunda.
—Heredé todo de ti, padre —respondió su hijo con orgullo, enderezando la espalda— No solo la altura, sino también el ser el mejor en mi campo de estudio.
—Hola, mi querido Leonardo, ¿cómo estás, corazón? —Cecilia rompió el círculo familiar para volverse hacia su yerno, recibiéndolo con una inmensa calidez.
Desde que Valentina y él habían formalizado su relación años atrás, su suegra lo había tratado con un cariño maternal, se acercó, dándole un beso en la mejilla y un abrazo sincero, Leonardo correspondió a ambas cosas de inmediato, mostrando una faceta educada y respetuosa.
—Es un honor tenerla de nuevo aquí, señora Cecilia —respondió con una sonrisa atenta.
—Tú tan educado como siempre Leo—añadió la mujer con amabilidad— Espero que Damián y yo no seamos una molestia para ti en estos días.
—Son totalmente bienvenidos a hospedarse en la mansión hasta que gusten —aseguró él con mucha amabilidad.
—Solo serán unos cuantos días en lo que nos entregan la residencia qué rentamos—contestó su suegro.
—Sí, ya vez que nuestra villa queda al otro de la ciudad y sería demasiado complicado venir hasta acá para visitarlos —concluyó Cecilia.
Leonardo asintió entendiendo la situación pues ya lo sabia de ante mano, minutos después, toda la familia salió del aeropuerto hacia el estacionamiento VIP, donde una lujosa limusina negra los esperaba.
El vehículo había sido enviado exclusivamente para que el matrimonio Montenegro pudiera viajar con la máxima comodidad mientras se ponían al día con sus hijos durante el trayecto hacia la zona residencial de la ciudad.
Horas más tarde...
La noche cubrió el cielo con un manto estrellado y con un agradable clima.
Para la cena de bienvenida, Leonardo no había escatimado en gastos ni atenciones, reservó la sala privada con la mejor vista panorámica en el restaurante favorito de sus suegros, cuidando cada detalle para quedar como el anfitrión perfecto, incluso había invitado a sus abuelos, Augusto y Elisa, para recibir formalmente a los padres de Valentina y por supuesto, debido al estricto protocolo de la dinastía, también invitó a Alexander, ya que era su tío directo.
El ambiente dentro de la estancia privada era sumamente relajado, había sonrisas por aquí, sonrisas por allá y pequeñas risas ligeras que resonaban entre las copas de cristal.
Los hombres de la mesa, Augusto, Damián, Leonardo, Dimitri y Alexander mantenían una conversación fluida sobre temas de negocios mundiales y el mercado de las leyes corporativas.
Por su parte, las mujeres, Elisa, Cecilia y Valentina, conversaban con entusiasmo sobre la próxima exposición en la galería de arte, un terreno donde la madre de ella se desenvolvía con la soltura de una leyenda viva; todo parecía marchar a la perfección.
Sin embargo, un rato más tarde, en el extremo opuesto de la mesa, había alguien que no lograba disfrutar del todo de la velada. Alexander sostenía su copa de vino tinto, fingiendo prestar atención a un comentario legal de Damián, pero sus ojos oscuros se desviaban de reojo hacia otra dirección de la mesa, observaba cómo la madre de Valentina platicaba con Leonardo; entre suegra y yerno existía un afecto desbordante, un cariño casi evidente.
Había una confianza ciega en sus gestos, risas amenas y un trato tan cercano que hacía que Leonardo luciera completamente relajado, una faceta que no mostraba desde que la tensión por la presidencia; un frío presentimiento se instaló en el pecho del hombre, le dio un sorbo lento a su vino, procesando la escena con la mente fría, pero con el corazón apretado por la incertidumbre.
Alexander pensaba con seriedad que, cuando Valentina finalmente se divorciara de Leonardo y la verdad saliera a la luz, la madre de ella se convertiría en un obstáculo gigantesco.
¿Cómo iba Cecilia a aceptar a Alexander como su nuevo yerno?
¿Cómo iba la familia Montenegro a perdonar que el tío político se quedara con la esposa del hombre al que Cecilia parecía querer y proteger como a un propio hijo?
El panorama se volvía peligrosamente complejo fuera de las salas de juntas, desvió la mirada hacia Valentina, quien en ese momento sonreía con dulzura mientras conversaba con su madre Elisa.
Alexander la contempló en silencio, admirando su belleza bajo las luces de la sala privada, pero sintiendo el peso de la realidad familiar sobre sus hombros.
«Sin duda tendré que hablar de esto con Valentina lo antes posible», pensó para sí mismo, apretando discretamente el tallo de su copa. «Espero que el cariño de su madre hacia mi sobrino no se convierta en un impedimento para que podamos estar juntos».
Sabía que la guerra por el imperio de los De la Vega ya era difícil, pero ganarse el derecho de amar a Valentina frente a los ojos de los Montenegro prometía ser la batalla más dura de su vida y sobretodo enfrentarse de igual manera a los dos hombres Montenegro, padre e hijo.