Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 24
Capítulo 24
Pensé en Vargas.
En su hermano.
En todos los hombres que se esconden detrás de dinero sucio y favores peores.
Saqué el celular del bolso y llamé a la policía.
Llegaron rápido.
Dos patrullas se estacionaron frente a la casa. Los agentes revisaron la cerradura rota, las ventanas, los cajones abiertos, la pintura roja en la pared y la nota sobre mi escritorio.
Les di los nombres que tenía.
Vargas. Su gente. Los medios que habían entrado a mi casa. Camila, aunque no tenía pruebas directas.
Uno de los policías tomó fotos.
Otro me hizo preguntas.
—¿Hay cámaras en la calle?
Negué.
—Es una calle vieja. Algunas casas tienen timbre con cámara, pero no sé si apuntan hacia acá.
Fueron a hablar con vecinos.
Varias personas dijeron lo mismo: en la madrugada escucharon golpes, vidrios rotos, cosas cayendo. Nadie salió.
No los culpé.
Yo tampoco habría salido si no fuera mi casa.
Al final, el agente guardó su libreta.
—Parece un ataque intencional con robo y daños. Más que robo, suena a intimidación.
—Lo es.
—Le recomendamos no quedarse aquí unos días. Busque un hotel o familiares. Si esas personas vuelven, puede ser peligroso.
—Mi papá está hospitalizado.
—Con más razón. Muévase con cuidado.
Se fueron después de levantar el reporte.
Me quedé en la casa destruida, sin saber qué recoger primero.
No podía quedarme ahí.
Tampoco tenía a dónde ir.
Al final saqué una maleta pequeña y empecé a meter ropa como pude. Pantalones, blusas, ropa interior, documentos de papá, mis medicinas.
Entonces escuché pasos en la entrada.
El cuerpo se me puso frío.
Busqué alrededor.
No había nada útil.
Corrí a la cocina, tomé un cuchillo grande y me escondí detrás de la puerta.
Los pasos se acercaron.
Una sombra cruzó el pasillo.
Levanté el cuchillo.
—¿Valeria?
Alejandro.
Bajé la mano, pero no el enojo.
—¿Qué haces aquí?
Él miró el cuchillo, luego la casa.
—Bonita forma de recibirme. ¿Querías desquitarte conmigo?
—No te hagas el gracioso.
Dejé el cuchillo en la cocina y volví al cuarto a seguir metiendo ropa.
Alejandro se recargó en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos. Su traje impecable parecía una burla en medio de los vidrios rotos.
—Esta mañana mandé bajar las notas y las tendencias.
Me giré.
—Entonces todavía te queda algo de conciencia.
Su ceja se movió apenas.
—No vine por agradecimientos.
—Mejor, porque no tengo ninguno para darte.
Agarré otra blusa y la aventé a la maleta.
—Si no fuera por ti, no habría conocido a Vargas. Si no fuera por ti, no estaría metida en esto. Mi papá está en terapia intensiva, Emiliano terminó conmigo, mi casa está destrozada y alguien me amenaza de muerte. ¿Ya te sientes satisfecho?
La voz se me quebró al final.
Odié que pasara.
Odié más que él lo viera.
Me senté en el borde de la cama y lloré.
No pude evitarlo.
Había aguantado demasiado. La vergüenza, el miedo, la culpa, el cansancio, todo salió de golpe.
Alejandro no dijo nada.
No se acercó.
Tampoco se fue.
Lloré hasta que ya no me quedaron fuerzas.
Cuando levanté la cabeza, seguía en la puerta.
Su expresión ya no era tan fría.
—Si ya viste suficiente, vete —dije, limpiándome la cara.
Alejandro bajó la mirada a la manga de su saco, llena de polvo.
—Esta vez me equivoqué.
Solté una risa seca.
—Qué gran descubrimiento.
—No debí usarte para molestar a Vargas ni dejar que la situación llegara tan lejos.
—¿Eso es una disculpa?
—Tómalo como quieras.
Me levanté.
—No quiero nada de ti.
—Pues deberías pensar mejor. Vargas no es un cualquiera. Tiene contactos, negocios turbios y un hermano más bruto que él. Yo lo dejé hecho pedazos. Necesitan desquitarse con alguien. Tú saliste en los medios. Y ahora terminaste con Fuentes.
—Yo no mandé a los medios.
—Eso dicen todos.
La rabia me devolvió el aire.
—¿De verdad crees que yo misma expondría mi cara golpeada? ¿Que yo buscaría que mi papá se enterara así? Eso fue Camila.
Alejandro frunció el ceño.
—Camila no haría algo tan sucio.
Sentí ganas de aventarle la maleta.
—Claro. Tu Camila es pura, santa y huele a flores. Yo soy la loca que siempre la acusa.
—Valeria.
—No me creas. Ya estoy acostumbrada.
Seguí guardando ropa.
Él me observó unos segundos.
—¿A dónde vas a ir?
—A un hotel.
—¿Crees que no te van a encontrar? Tu papá está en el hospital. Tú no puedes desaparecer.
La mano se me quedó quieta.
Tenía razón.
Y odié que tuviera razón.
Me acerqué a él.
—Entonces hazte responsable.
Alejandro me miró.
—¿Qué quieres decir?
—Esto empezó por tu reunión, por tu socio y por tu necesidad de humillarme. Tienes que garantizar la seguridad de mi papá y la mía.
Por primera vez en días, no le pedí amor.
Le exigí responsabilidad.
Él sonrió apenas.
—¿Y cómo quieres que los proteja?
No supe contestar.
El celular sonó.
Número desconocido.
Pensé en el médico y contesté de inmediato.
—¿Señorita Salcedo? Venga al hospital cuanto antes. Entraron varios hombres al área de su papá. Rompieron cosas y uno intentó desconectar el respirador.
El mundo se me fue.
—¿Mi papá? ¿Cómo está mi papá?
—Está estable. Un médico estaba en ronda y los detuvo. Seguridad llegó y ellos escaparon. La policía ya viene. Necesitamos que usted se presente.
Colgué con las manos heladas.
Alejandro había escuchado lo suficiente.
—Voy contigo.
No discutí.
No podía.
Llegamos al hospital y encontré policías hablando con médicos y enfermeras.
Di otra declaración.
Repetí nombres. Repetí amenazas. Repetí lo de la casa.
Los agentes prometieron investigar.
Yo ya no sabía si creerles.
Cuando se fueron, quedamos Alejandro y yo frente a terapia intensiva.
Me senté en la banca y miré el techo.
—En mi calle no hay cámaras. Aquí rompieron las cámaras del pasillo. Va a ser dificilísimo probar quién fue.
Alejandro respondió sin emoción:
—No va a ser dificilísimo. No los van a encontrar. Por eso se atreven.
Lo miré.
—Gracias por el consuelo.
—No es consuelo. Es realidad.
Me ardieron los ojos.
—Entonces quieren que me esconda toda la vida.
—Quieren que entiendas que estás sola.
—No estoy sola.
—Sin Fuentes, sin tu papá despierto y con Santiago metido en sus problemas, sí.
Me dolió porque tocó justo donde debía.
—Dijiste que podías protegernos —le recordé.
Alejandro guardó silencio unos segundos.
Luego habló mirando al frente.
—Cásate conmigo.
Me giré tan rápido que me dolió el cuello.
—¿Qué?
—Cásate conmigo.
Estaba parado con los brazos cruzados, como si acabara de proponer comprar café.
—No estoy para tus bromas.
—No es broma. Sería un matrimonio por acuerdo. Si eres mi esposa, nadie se atreve a tocarte ni a tocar a tu papá.
Lo miré con desconfianza.
—Me odias. ¿Por qué harías eso?
—Porque me conviene.
—Explícate.
—Cuando me dejaste, todo el círculo se rió de mí. Tú lo sabes. Si nos casamos y al año me divorcio de ti, yo cierro esa cuenta.
Me quedé muda.
—¿Ese es tu plan? ¿Casarte para después dejarme y sentir que ganaste?
—Tú necesitas protección. Yo necesito sacarme esa espina.
—¿Y Camila?
Alejandro soltó una risa breve.
—Eres demasiado ingenua. Esto sería un acuerdo. No nos metemos en la vida del otro. Camila seguirá siendo mi novia.
La sangre se me subió a la cara.
—O sea que yo sería tu esposa de nombre y ella tu mujer de verdad.
—No lo dramatices.
—Qué asco.
—Desde la cena con los Fuentes, mis padres no dejan de presionarme para alejarme de Camila. Mi madre la busca para molestarla. Si me caso contigo, dejan de empujarme a otras mujeres y dejan a Camila en paz.
Ahí estaba.
Todo, al final, era por Camila.
Hasta casarse conmigo.
Respiré hondo.
La idea era absurda.
Humillante.
Pero pensé en papá conectado a máquinas.
Pensé en los hombres entrando a su cuarto.
Pensé en Camila viendo mi vida arder.
—Podemos fingir que estamos casados —dije.
Alejandro me miró como si hubiera dicho una tontería.
—Hay demasiados ojos encima de mí. Una mentira así se cae en un día.
—Casarnos y divorciarnos también dañará tu reputación.
Sonrió.
—A los hombres con dinero, el divorcio no les quita nada. Siempre hay alguien haciendo fila.
No discutí.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque era verdad.
—Tengo una condición.
La sonrisa se le borró.
—No te emociones.
—Los que filtraron la noticia y fueron a mi casa hicieron que mi papá tuviera un infarto. Quiero que los encuentres y los hagas pagar. Para ti es fácil.
—¿Y tú qué das a cambio?
Tragué saliva.
—Te ayudaré a cubrir lo de Camila. Mientras dure el acuerdo, no me meteré con ella.
Decirlo me revolvió el estómago.
Alejandro me miró un momento.
—Trato.
—Y quiero seguridad para mi papá.
—La tendrá.
—No quiero boda.
—Sólo acta. Sin fiesta.
—Un año.
—Un año.
Se acomodó el saco.
—Mis abogados harán el acuerdo prenupcial. Lo firmas y después vamos al Registro Civil.
Antes de irse, añadió:
—Limpia tus problemas sentimentales antes de firmar. No quiero escándalos innecesarios.
Lo vi alejarse por el pasillo.
Tres años antes, cuando Alejandro habló de casarse conmigo, tenía los ojos llenos de futuro.
Ahora hablaba de matrimonio como quien firma una factura.
Esa noche, uno de sus abogados llegó a una cafetería cerca del hospital.
El hombre puso la carpeta frente a mí.
—Señorita Salcedo, éste es el acuerdo prenupcial. Si no tiene observaciones, puede firmar.
Leí cada página.
Separación total de bienes.
Duración mínima de un año.
Sin reclamaciones patrimoniales posteriores.
Obligación de mantener apariencias en eventos necesarios.
Todo frío.
Todo claro.
Firmé.
El abogado guardó una copia y me dejó otra.
Luego sacó una tarjeta bancaria.
—El señor Alcázar indicó que le entregara esto. No tiene NIP asignado. Hay cinco millones de pesos para sus gastos durante este año.
Empujé la tarjeta de vuelta.
—No la quiero.
—Señorita, con este acuerdo usted renuncia a cualquier derecho económico sobre él. No tiene sentido pelearse con el dinero.
—No es pelearme con el dinero. Es no deberle más.
El abogado suspiró.
—También me pidió decirle que, como señora Alcázar, tendrá que acompañarlo a eventos importantes. No quiere que se presente con ropa o accesorios que den mala imagen al grupo.
Miré la tarjeta.
Me dolió más de lo que quería admitir.
Ni siquiera era dinero para mí.
Era presupuesto para que su esposa de papel no le diera vergüenza.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero