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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UNA CARRERA, UNA APUESTA Y UN BESO INESPERADO

Valentina Ríos tenía tres reglas para sobrevivir en su nueva casa.

La primera: ignorar a Sebastián Montenegro.

La segunda: mantenerse alejada de sus problemas.

Y la tercera: no permitir que su sonrisa arrogante volviera a aparecer en sus pensamientos.

Eran reglas sencillas. Razonables. Fáciles de cumplir.

O al menos eso creyó hasta que bajó a desayunar y lo encontró sentado a la mesa, con el cabello despeinado, una camiseta negra y esa expresión de superioridad que tanto le molestaba.

—Buenos días, princesa —dijo Sebastián sin levantar la mirada de su teléfono.

Valentina se detuvo en la entrada del comedor.

—¿Siempre eres tan desagradable por las mañanas o es un talento que desarrollaste con los años?

Sebastián levantó lentamente los ojos.

—Depende. ¿Siempre hablas tanto o todavía no has desayunado?

—Todavía no he desayunado.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Cuál?

Él sonrió.

—Que no pienso soportarte con hambre.

Valentina lo miró con incredulidad antes de tomar asiento al otro extremo de la mesa.

—Créeme, el sentimiento es mutuo.

Clara apareció en ese momento, acompañada de Alejandro Montenegro.

—¡Buenos días! Me alegra verlos desayunando juntos.

Valentina y Sebastián respondieron al mismo tiempo.

—No estamos juntos.

Se miraron.

—Deja de copiarme —dijo ella.

—Deja de hablar al mismo tiempo que yo —replicó él.

Alejandro se llevó una mano a la frente.

—Esto va a ser una larga temporada.

Clara intentó disimular una sonrisa.

—Estoy segura de que terminarán llevándose bien.

Valentina tomó un sorbo de jugo.

Sebastián soltó una carcajada.

—Claro, papá. Y yo voy a convertirme en sacerdote.

—Sebastián —advirtió Alejandro.

—¿Qué? Solo estoy siendo sincero.

Valentina decidió concentrarse en su desayuno. No iba a perder la paciencia tan temprano.

Sin embargo, cuando Sebastián se levantó para marcharse, dejó caer algo sobre la mesa.

Unas llaves de automóvil.

—Por cierto, niña nueva, si vas a salir hoy, procura no perderte. Esta casa es enorme y no tenemos tiempo para organizar una expedición de rescate.

Valentina levantó la cabeza.

—¿Y si me pierdo, qué? ¿Vas a buscarme?

Sebastián se inclinó ligeramente hacia ella.

—Depende. ¿Cuánto estás dispuesta a pagar?

—Ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra.

La sonrisa de Sebastián se ensanchó.

—Eso dices ahora.

Y salió del comedor.

Valentina lo siguió con la mirada, furiosa consigo misma por haber sentido un pequeño cosquilleo en el estómago cuando él se acercó.

Aquello no iba a terminar bien.

Lo presentía.

 

Un desconocido demasiado encantador

A las once de la mañana, Valentina decidió explorar los alrededores de la mansión.

No soportaba permanecer encerrada ni un minuto más. Después de recorrer el jardín y tomar algunas fotografías, descubrió un camino que conducía hasta el garaje.

Allí estaban los automóviles que había visto el día anterior.

Se acercó a uno de color rojo y observó su interior a través del cristal.

—Bonito, ¿verdad?

Valentina dio un pequeño salto.

Un joven estaba apoyado contra una columna, observándola con una sonrisa divertida.

Era el mismo muchacho que había visto hablando con Sebastián la noche anterior.

De cerca, resultaba todavía más atractivo.

Tenía el cabello oscuro, los ojos color miel y una expresión amable que contrastaba con la mirada desafiante de Sebastián.

—No estaba tocándolo —se defendió Valentina.

El joven rio.

—Tranquila. No soy el dueño.

—¿Y entonces qué haces aquí?

—Buscando a un amigo que tiene la mala costumbre de desaparecer cuando más lo necesitan.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Sebastián?

—El mismo.

—Tienes mis condolencias.

El joven soltó una carcajada sincera.

—Definitivamente, me caes bien.

Se acercó y le tendió la mano.

—Alejandro Ferrer.

Valentina estrechó su mano.

—Valentina Ríos.

—Lo sé.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo que lo sabes?

Alejandro levantó las manos, divertido.

—Tranquila. Sebastián me habló de ti.

Valentina sintió curiosidad, aunque procuró que no se le notara.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dijo?

Alejandro fingió pensarlo.

—Que eres insoportable, contestona y que probablemente vas a convertir su vida en un infierno.

Valentina abrió la boca, indignada.

—¡Ese idiota!

Alejandro volvió a reír.

—Aunque, por la manera en que lo dijo, sospecho que le divierte bastante discutir contigo.

—Pues dile que busque otro entretenimiento.

—Se lo diría, pero no creo que me haga caso.

Hubo un breve silencio.

Alejandro la observó con interés, sin incomodarla ni intentar intimidarla.

—¿Te estás acostumbrando a vivir aquí?

Valentina miró hacia la mansión.

—Todavía no. Todo es demasiado grande, demasiado elegante y demasiado… perfecto.

—Te entiendo. A veces los lugares que parecen perfectos son los que esconden las historias más complicadas.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Eso es una indirecta?

—Quizá.

—¿Y tú siempre hablas como si estuvieras escondiendo un secreto?

Alejandro sonrió, pero esta vez su sonrisa tuvo algo de misterio.

—Solo cuando hay alguien interesante haciendo preguntas.

Valentina no pudo evitar reír.

Por primera vez desde su llegada, se sintió cómoda.

Y lo que más le sorprendió fue que Alejandro conseguía hacerla sonreír sin necesidad de provocarla.

No tenía la menor idea de que aquella diferencia sería precisamente lo que terminaría confundiéndola.

 

La invitación prohibida

—¿Te gustaría salir esta noche?

Valentina miró a Alejandro, sorprendida.

—¿Contigo?

—No, con el automóvil rojo. Claro que conmigo.

Ella rio.

—Qué gracioso.

—Lo intento.

Alejandro se metió las manos en los bolsillos.

—Hay una reunión de amigos cerca de la ciudad. Música, comida y gente de nuestra edad. Creo que te vendría bien salir un rato.

Valentina dudó.

No conocía a nadie. No sabía si su madre le daría permiso y, sobre todo, no quería meterse en problemas durante su primera semana.

—No sé…

—No tienes que decidir ahora.

Alejandro sacó su teléfono.

—Te dejo mi número. Si quieres ir, me escribes. Y si no, podemos hacer algo otro día.

Valentina aceptó el teléfono para guardar su contacto.

—¿Siempre eres así de amable con las desconocidas?

—No.

—¿Ah, no?

Alejandro se acercó un poco, sin apartar los ojos de los suyos.

—Solo con las que me llaman la atención.

Valentina sintió que sus mejillas se calentaban.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder.

Alejandro pareció disfrutar de su silencio.

—Nos vemos, Valentina.

Se marchó con una sonrisa y ella permaneció junto al automóvil, mirando la pantalla de su teléfono.

Alejandro Ferrer.

No sabía qué tenía aquel chico, pero había algo en él que la hacía sentir tranquila.

Y eso era peligroso.

Porque Valentina había llegado a aquella casa convencida de que no pensaba enamorarse de nadie.

Mucho menos de dos hombres completamente diferentes.

 

La carrera clandestina

Esa misma tarde, Valentina descubrió que Sebastián no tenía intención de pasar el día en casa.

Lo vio salir del garaje vestido con una camiseta oscura y una chaqueta de cuero. Llevaba el teléfono en una mano y las llaves del automóvil en la otra.

—¿Adónde vas? —preguntó ella desde las escaleras.

Sebastián levantó la mirada.

—¿Ahora también tengo que informarte de mis movimientos?

—No. Solo intento averiguar si la casa estará en paz durante unas horas.

Él sonrió.

—Voy a salir con unos amigos.

—Pobres amigos.

—¿Quieres venir?

Valentina parpadeó, sorprendida.

—¿Perdón?

Sebastián se encogió de hombros.

—Has oído perfectamente.

—¿Me estás invitando a salir?

—No te emociones. No es una cita.

Valentina soltó una carcajada.

—Tranquilo, Montenegro. Ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra.

Sebastián la miró fijamente.

—Curioso. Creo que ya me dijiste eso esta mañana.

—Porque parece que tienes problemas para entender las cosas.

Él se acercó unos pasos.

—Escúchame, Valentina. Si quieres conocer esta ciudad, puedo enseñártela. Pero si prefieres quedarte aquí hablando sola, tampoco voy a detenerte.

Ella cruzó los brazos.

Una parte de ella quería rechazar la invitación inmediatamente.

La otra parte estaba demasiado intrigada.

—¿Adónde vamos?

Sebastián sonrió como si acabara de ganar una apuesta.

—Eso significa que vienes.

—Eso significa que quiero saber adónde me llevas antes de decidir si te acompaño.

—Qué desconfiada.

—Qué sospechoso eres.

Él soltó una risa.

—Ponte una chaqueta. Y no tardes.

 

Veinte minutos después, Valentina descubrió que había cometido un error.

No porque Sebastián condujera rápido. Aunque, para ser sincera, el modo en que cambiaba de marcha y tomaba las curvas la obligaba a sujetarse del asiento.

El problema era el lugar al que la había llevado.

Un antiguo circuito privado, apartado de la ciudad, donde decenas de personas se reunían alrededor de automóviles deportivos.

La música sonaba a todo volumen. Había luces, apuestas y grupos de jóvenes que gritaban cada vez que un coche aceleraba.

Valentina miró a Sebastián.

—Dime que no estamos aquí para correr.

Él apagó el motor.

—Estamos aquí para mirar.

—¿Y por qué todo el mundo está apostando dinero?

—Porque les gusta perderlo.

Valentina le lanzó una mirada asesina.

—Sebastián.

Él se rio.

—Relájate. No voy a hacer nada que te ponga en peligro.

Aquella respuesta la sorprendió.

Por un instante, el chico arrogante desapareció y dejó ver algo más serio.

Pero entonces alguien gritó su nombre.

—¡Montenegro! ¡Creí que no vendrías!

Un joven alto, con una gorra negra, se acercó al automóvil.

—¿Y quién es la chica?

Sebastián miró a Valentina.

—Valentina. Mi nueva hermanastra.

El muchacho silbó.

—Vaya. No sabía que ahora te gustaba la compañía.

—Cierra la boca, Nico.

Nico levantó las manos, riéndose.

—Está bien, está bien. No te pongas celoso.

Valentina frunció el ceño.

—¿Celoso de qué?

—De nada —respondieron ambos al mismo tiempo.

Ella suspiró.

Definitivamente, los hombres de aquella casa tenían algún problema.

Entonces vio a un grupo de personas acercarse a la pista.

Entre ellas estaba Alejandro Ferrer.

Su sonrisa desapareció cuando observó a Sebastián y luego a Valentina.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó a Sebastián.

—Qué alegría verte también.

Alejandro ignoró la provocación y miró a Valentina.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

Él intercambió una mirada con Sebastián.

—Porque este lugar no es precisamente el mejor sitio para alguien que acaba de llegar.

Sebastián se apoyó contra el automóvil.

—No sabía que ahora eras su guardaespaldas.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Y yo no sabía que habías decidido convertirla en parte de tus juegos.

Valentina miró a uno y luego al otro.

—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?

Ninguno respondió inmediatamente.

Finalmente, Sebastián se enderezó.

—Nada que deba preocuparte.

Alejandro negó con la cabeza.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Por primera vez, Valentina sintió que entre aquellos dos hombres existía una historia mucho más complicada que una simple amistad.

Y tenía la inquietante sensación de que ella acababa de quedar en medio.

 

La apuesta

El rugido de un motor hizo que todos se volvieran hacia la pista.

Un automóvil plateado se detuvo junto a la línea de salida. Su conductor bajó la ventanilla y miró directamente a Sebastián.

—¿Qué pasa, Montenegro? ¿Hoy tampoco tienes el valor de competir?

Nico soltó un silbido.

Sebastián no respondió.

El conductor volvió a hablar.

—¿O tienes miedo de perder frente a todos?

Valentina observó cómo la expresión de Sebastián cambiaba.

Su mandíbula se tensó. Sus dedos se cerraron alrededor de las llaves del automóvil.

—No lo hagas —dijo Alejandro en voz baja.

Sebastián lo ignoró.

—¿Cuánto estás apostando?

El hombre sonrió.

—Diez mil.

Valentina abrió los ojos.

—¿Diez mil qué?

—Tranquila —murmuró Sebastián.

—¡No me digas que me tranquilice! ¡Acabas de aceptar una apuesta de diez mil!

Él se volvió hacia ella.

—No tienes que quedarte.

—¡Ese no es el punto!

Sebastián se acercó, bajando la voz.

—Valentina, mírame.

Ella lo hizo, furiosa.

—Sé lo que hago.

—Eso dicen todos los idiotas antes de cometer una estupidez.

Por un instante, Sebastián pareció sorprendido.

Después sonrió.

—Empiezo a pensar que te preocupas por mí.

Valentina sintió que el rostro le ardía.

—Me preocupa tener que explicarle a tu padre por qué su hijo terminó estampado contra un árbol.

Alejandro intervino.

—Sebastián, basta. No tienes nada que demostrarle a nadie.

Pero el otro conductor ya estaba haciendo rugir su motor.

La multitud comenzó a gritar.

Sebastián miró a Valentina una última vez.

—Quédate con Alejandro.

Y se dirigió hacia su automóvil.

Valentina sintió un extraño vacío en el estómago.

No quería que corriera.

No quería verlo arriesgarse por orgullo.

Y, sobre todo, no entendía por qué la idea de que algo le sucediera le provocaba tanto miedo.

Alejandro se colocó a su lado.

—No te preocupes. Sebastián sabe conducir.

—¿Y eso debería tranquilizarme?

Él guardó silencio.

Los coches se alinearon.

La señal de salida estaba a punto de darse.

Valentina apretó los dedos alrededor de su teléfono.

Y entonces, justo antes de que los motores rugieran al unísono, vio algo que le heló la sangre.

El conductor del automóvil plateado hizo un gesto con la mano hacia otro hombre que se encontraba junto a la pista.

Un gesto breve.

Discreto.

Pero Valentina lo vio.

Y por alguna razón, tuvo la certeza de que aquella carrera no iba a ser tan limpia como todos creían.

 

El miedo que no quería reconocer

La carrera terminó en menos de un minuto.

Sebastián cruzó la meta en primer lugar.

La multitud estalló en gritos mientras él frenaba y salía del automóvil con una sonrisa triunfal.

Nico corrió hacia él.

—¡Eso estuvo increíble!

Sebastián chocó la mano con su amigo y recibió las felicitaciones de varios asistentes.

Valentina soltó el aire que llevaba reteniendo desde el comienzo.

Estaba furiosa.

Aliviada.

Y tan confundida que no sabía qué hacer con todas aquellas emociones.

Sebastián se acercó a ella.

—¿Y bien?

Valentina lo miró de arriba abajo.

—Eres un completo irresponsable.

Él sonrió.

—Hola a ti también.

—Podrías haberte accidentado.

—Pero no lo hice.

—¡Eso no significa que no pudiera pasar!

La sonrisa de Sebastián desapareció lentamente.

Por primera vez, pareció comprender que ella estaba realmente asustada.

—Estoy bien, Valentina.

Ella apartó la mirada.

—Me da igual.

Sebastián se acercó un poco más.

—Entonces, ¿por qué te tiemblan las manos?

Valentina bajó la vista.

No se había dado cuenta de que estaba apretando el teléfono con tanta fuerza.

Lo soltó inmediatamente.

—Porque hace frío.

Sebastián miró el cielo despejado y después volvió a mirarla.

—Claro. Debe de ser eso.

—No seas arrogante.

—No seas mentirosa.

Valentina quiso responder, pero él se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.

El gesto la dejó completamente inmóvil.

—¿Qué haces?

—Tienes frío, ¿no?

Ella levantó los ojos hacia él.

Estaban demasiado cerca.

Podía distinguir una pequeña cicatriz junto a su ceja y el brillo divertido de sus ojos oscuros.

Por un segundo, ninguno dijo nada.

La música, los gritos y el ruido de los automóviles parecieron desaparecer.

Sebastián bajó la mirada hacia sus labios.

Valentina lo notó.

Y su corazón comenzó a latir tan rápido que tuvo miedo de que él pudiera escucharlo.

Él se inclinó ligeramente.

Ella no retrocedió.

Pero justo cuando la distancia entre ambos parecía desaparecer, una voz los interrumpió.

—¿Interrumpo algo?

Alejandro.

Valentina se apartó de inmediato, sintiendo que las mejillas le ardían.

Sebastián cerró los ojos un instante y soltó una maldición entre dientes.

—¿Qué quieres, Ferrer?

Alejandro miró la chaqueta sobre los hombros de Valentina.

Después observó a Sebastián.

Una expresión difícil de interpretar cruzó su rostro.

—Quería asegurarme de que ella estuviera bien.

—Como puedes ver, está perfectamente.

Alejandro volvió a dirigirse a Valentina.

—¿Quieres que te lleve a casa?

Ella miró a Sebastián.

Él no dijo nada.

Simplemente se quedó observándola, con una expresión que por primera vez no parecía arrogante.

Parecía esperar su respuesta.

Valentina se quitó la chaqueta y se la devolvió.

—Sí. Creo que es mejor que me vaya.

Sebastián la aceptó sin apartar los ojos de ella.

—Como quieras.

Pero su voz sonó diferente.

Más fría.

Más distante.

Y Valentina odió descubrir que aquello le importaba.

 

Una despedida que no fue una despedida

El viaje de regreso fue tranquilo.

Alejandro conducía mientras Valentina observaba las luces de la ciudad a través de la ventana.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él finalmente.

—Claro.

—¿Te gusta Sebastián?

Valentina giró la cabeza tan rápido que casi se golpeó con el cristal.

—¡¿Qué?!

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Eso parece un sí.

—¡No! Es un no. Un no enorme. Gigantesco. Monumental.

—Entiendo.

—Es insoportable, arrogante, imprudente y cree que el mundo gira a su alrededor.

Alejandro asintió lentamente.

—Entonces no te gusta.

—¡Exactamente!

Él sonrió, pero no insistió.

Valentina volvió a mirar por la ventana, intentando ignorar el recuerdo de aquellos segundos en los que Sebastián había estado a punto de besarla.

No había significado nada.

Tenía que ser así.

—¿Y tú? —preguntó ella de pronto.

Alejandro la miró brevemente.

—¿Yo qué?

—¿Por qué te preocupa tanto lo que haga Sebastián?

La sonrisa de Alejandro se desvaneció un poco.

—Porque es mi mejor amigo.

—Parecía que estabas enfadado con él.

—Lo estoy. A veces hace cosas sin pensar en las consecuencias.

—¿Y siempre tienes que rescatarlo?

Alejandro soltó una risa suave.

—No siempre puedo.

Hubo un silencio.

Después, él volvió a hablar.

—Valentina, quiero que sepas algo. Si algún día necesitas ayuda, puedes contar conmigo. No tienes que ganarte mi confianza ni demostrarme nada.

Ella lo miró.

No había arrogancia en su expresión. Tampoco parecía estar jugando con ella.

Solo había sinceridad.

Y eso la conmovió más de lo que esperaba.

—Gracias, Alejandro.

Él sonrió.

—De nada, bonita.

Valentina apartó la mirada, sonriendo también.

No sabía qué iba a pasar entre ellos.

Pero, por primera vez desde que había llegado a la mansión, sintió que quizá su nueva vida no sería tan terrible.

 

Cuando entró en casa, encontró a Sebastián esperándola en el vestíbulo.

Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

Valentina se detuvo.

—¿Qué haces despierto?

—Esperarte.

La respuesta la tomó por sorpresa.

—¿A mí?

Sebastián se encogió de hombros.

—Papá me pidió que me asegurara de que llegaras bien.

Valentina lo miró con desconfianza.

—¿Y no podías haberlo hecho por teléfono?

—Podría.

—Entonces…

—Pero preferí esperar.

El silencio que siguió fue extraño.

Valentina no sabía qué decir.

Sebastián tampoco parecía tener muchas ganas de explicar sus motivos.

Finalmente, ella comenzó a subir las escaleras.

—Buenas noches, Montenegro.

—Valentina.

Ella se detuvo y miró por encima del hombro.

—¿Qué?

Sebastián se pasó una mano por el cabello.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía incómodo.

—Lo de antes…

Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué pasa con lo de antes?

Él la observó durante unos segundos.

Después recuperó su sonrisa arrogante.

—No te hagas ilusiones. No iba a besarte.

Valentina sintió que toda la vergüenza se transformaba en furia.

—¡Ni aunque me pagaras!

Sebastián rio.

—Buenas noches, princesa.

—¡Vete al infierno!

Ella subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria.

Sebastián se quedó abajo, mirando hacia el segundo piso.

La sonrisa fue desapareciendo lentamente de su rostro.

Porque había mentido.

Y lo sabía.

Había estado a punto de besarla.

Y lo peor de todo era que seguía deseando hacerlo.

 

Valentina se dejó caer sobre la cama y sacó su teléfono.

Tenía un mensaje nuevo.

Era de Alejandro.

Alejandro Ferrer: Espero que hayas llegado bien. Me gustó pasar tiempo contigo hoy.

Valentina sonrió y comenzó a escribir.

Valentina: Llegué bien. Gracias por traerme a casa. Yo también la pasé muy bien contigo.

Unos segundos después, apareció otro mensaje.

Alejandro Ferrer: Entonces espero que podamos repetirlo. Solo tú y yo, la próxima vez.

Valentina se mordió el labio, sonriendo.

Antes de responder, escuchó un ruido procedente de la terraza.

Se incorporó de inmediato.

Alguien había dejado algo sobre una de las sillas.

Una pequeña caja negra.

Valentina se acercó con cautela y la abrió.

Dentro encontró una llave de automóvil y una nota escrita a mano.

«Si quieres descubrir quién es realmente Sebastián Montenegro, mañana a medianoche. Garaje. Ven sola.

Y no confíes en Alejandro Ferrer.

Él no es quien dice ser».

Valentina sintió que la sangre se le helaba.

Volvió a leer la nota.

Una vez.

Dos veces.

Después miró hacia la puerta de su habitación, como si alguien pudiera estar escuchándola.

¿Quién había dejado aquello?

¿Por qué querían que desconfiara de Alejandro?

Y, sobre todo…

¿Qué secreto escondían los dos hombres que acababa de conocer?

Valentina cerró la caja y apretó la llave entre sus dedos.

Sabía que lo más inteligente sería contarle todo a su madre.

Sabía que debía mantenerse alejada de los problemas de Sebastián.

Pero había algo que todavía no comprendía.

Y no descansaría hasta descubrirlo.

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